martes, 29 de marzo de 2011

Del nacimiento de la aldea global es lógico en mi opinión que se siga la acentuación del sentimiento tribal de pertenencia un grupo iqueño, identificativos.

Las personas, en un ámbito demasiado grande, como es nada menos que el del mundo, el planeta entero, se sienten indefensas, a una especie de intemperie cultural resultante del cruce y rozamiento y de la imbricación de unas culturas con otras.

Al desaparecer la protección del valle, se recuerda el ámbito de la cueva primigenia, y al alejarse los centros de poder, mando y representación, el mercado donde han de venderse los productos de nuestra modesta artesanía personal, se echan de menos las plazuelas de los mercados comarcales y, a la vez, se echa de menos la familia, progresivamente destruida por diversas circunstancias, o, por lo menos, el calor de la hoguera de la tribu.

Se nos desfigura la humanidad como conjunto, a fuerza de crisis sucesivas de crecimiento, unas veces tecnológico, otras de las ideas, en el fondo desfases de la indispensable convivencia pacífica del cuerpo inerte con el espíritu que lo vivifica.

Unas veces inventamos desaforados y luego nos resulta imposible entender que cada cosa lleva en la propia esencia su contrario, cada luz su sombra, y otras imaginamos utopías, como la lechera de la fábula, sin precaver la cuenta de resultados que reclama apoyar en la tierra la realización de cualquier vuelo.

Para el ser humano, es probable que el equilibrio y la armonía, conjugados, fuesen el ideal, pero eso sería casi el Edén, y de ahí fuimos expulsados hace tiempo. A lo mejor es que el privilegio de vivir tiene que pagar el peaje de que la vida sea como es.
El problema, aunque también, no es que los bancos sean mayores y más sólidos y fiables, todo lo cual estaría muy bien, si además las cajas fuesen todas privadas, lo suficientemente sólidas y fiables y del suficiente tamaño para poder intervenir en los mercados financieros internacionales, nacionales y comarcales. El problema real está en disponer de unas piezas económicas suficientes para competir en los mercados internacionales, además de los nacionales y comarcales. Y organizarlas y estructurar una economía nacional capaz, a la que debería engancharse, como complementaria en unos casos y suplementaria en otros, una red de pequeñas y medianas empresas.

Se equivoca ese presidente de ese banco, que no ha hecho sino enfrascarse en la contemplación del ombligo de su empresa, precisamente ahora, cuando hay que mirar de dentro afuera, y no al revés.

El problema, en realidad es que lo que viene, lo nuevo, es imprevisible por falto de antecedentes históricos. Estamos cambiando de época, el ámbito de actuación responsable del hombre medio ya ha cambiado, desplegado y más próximo, como consecuencia del avance tecnológico, el hombre está cambiando, como consecuencia de la dispersión y participación en el acervo cultural común, y ha de cambiar la sociedad –los modos y formas de hacer política y de organizar y funcionar la administración pública-, cosa que estoy dudando de que hayan comprendido y sepan hacer nuestros ya por desgracia profesionales de la política.

Me toca ira a la Capital grande, y, en seguida, a la chica, para seguir contemplando cada vez más asombrado, como hierven en vano sus cerebros, cuando se obstinan en cocinar en ellos las viejas ideas, ya insípidas y muchas caducadas.

lunes, 28 de marzo de 2011

Me ofende la tremenda, incomprensible crueldad anónima de quien pone una bomba y se va, silbando, con las manos en los bolsillos, sin pararse un momento, su insensatez, en pensar que cualquiera puede pasar por allí cuando estalle.

No hay nada ni nadie que pueda justificar tamaño desafuero. Asusta la inhumanidad a que puede llegar un ser humano sin dejar de aparentar serlo.
Ahora que habéis matado el árbol
y se ríe, entre dientes, la autoridad competente,
mientras los pájaros,
cada vez más desconcertados,
buscan lo que fue su nido,
el lugar de su congreso de pájaros, el escaño
desde que proclamaban cada día
la desbordante alegría de vivir,
ahora,
padres de mala acción, asesinos
de la indefensa ternura, de la bendición
majestuosa con que el árbol recibía a los vientos,
ahora
estaréis satisfechos,
disfrutaréis
de la satisfacción de haber sobrevivido a la belleza,
de haber entristecido un poco más
la locura sádica del mundo que nos rodea.
Yace en el suelo, sin pena ni gloria,
el testimonio de vuestro inútil capricho,
os habéis frotado las manos, limpiado el sudor,
encendéis un pitillo, hacéis,
si acaso,
un comentario respecto del partido de fútbol del domingo
o del culo de la vecina que pasa contoneándolo.
Ya está, el árbol ha muerto, la vida
sigue.
Podría ocurrir, durante un largo viaje, que la mar inundara toda la tierra conocida y no hubiese puerto a que regresar. O que, estando nosotros en la meseta, desapareciera por completo la mar. Sería en ambos casos como si hubiéramos descubierto un planeta nuevo, diferente y nos hubiésemos convertido en alienígenas, obligados a reaprender a vivir otra vida distinta.

Podría asimismo, cuando volviésemos de un largo viaje, que todos nuestros familiares y conocidos hubieran emigrado y ahora la ciudad y el barrio de siempre estuvieran poblados por desconocidos.

-Esto era … Aquí había …
-¡Déjese de monsergas, peregrino! –nos dirían-. Aquí no fue ni hubo nunca más que lo que hay.

Podrían ocurrirnos muchas de las cosas que, mientras vamos al trabajo de cada día, imaginamos. Por ejemplo, ese recurrente sueño de que al llegar al barrio y el edificio de nuestro trabajo cotidiano, si fuese ahora aquél el mismo barrio ni existiese siquiera el edificio. Desconcertados, vagaríamos por los alrededores, pero ni los mercachifles de las esquinas ni la vendedora de periódicos ni la taberna de más allá son ahora ni parecidos a los habituales.

Podría entremezclarse el tiempo con su anterior o con el futuro, y encontrarnos con que es la boda de nuestros abuelos la que se está celebrando en la iglesia donde iremos a misa esta semana, pero que todavía es otra, más nueva, y nuestra abuela sonríe y se pregunta si habremos venido del extranjero más lejano, con este atuendo del siglo XXI con que nos ve de reojo, al pasar feliz, del brazo, nada menos que del bisabuelo que no habíamos conocido hasta ahora.

sábado, 26 de marzo de 2011

Y como quien no quiere la cosa, veintiséis de marzo. Sol a raudales, en brazos de la primavera. Como si este año fuese, la muy ladina, a ser como debe, que, loca como suele estar, acabará nevando, cualquier día. El secreto está en no hacerle caso cuando se pone melindrosa. Mirar hacia otro lado. Si no, correremos el riesgo de que le entre comezón de artista y se empeñe en demostrarnos lo loca que está.

Casi cierre de curso. Después de Semana Santa, que está ahí, a la vuelta de la esquina, los estudiantes nos percatábamos del tiempo perdido y echábamos mano, inquietos, de los libros. Cuando estudiábamos. Nos coincidían la inquietud finicursal y una residual adolescencia. Nos hervía la sangre enamorada. En primavera, digan lo que digan quienes disimulan el sentimiento llamándole cursilería, la sangre de los adolescentes, si no encuentra de quien enamorarse, lo hace del amor mismo. No resulta tan extraño si se tiene en cuenta que Darío, el padre de Alejandro Magno, se enamoró de un árbol, dicen no sé si los escritos o la leyenda.

Luego están los efectivamente cursis, que se enredan como hiedra en el carbol más próximo, cubiertos de flores, ellas o ellos, que contra lo que muchos opinan –de esos que dicen que los hombres no lloran-, hay cursis machos y cursis hembras.

Tome –dice mi periodiquera-, le pongo los periódicos en una bolsa, para que no se le caigan las noticias por el camino. Los periódicos, durante algunas temporadas, son como la telebasura, parece que, como ella repite los mismos personales con los mismos aburridos soliloquios, la prensa reitera las tremendas noticias, que así se van diluyendo en la repetición y perdiendo la fuerza de su impacto inicial.

Bombas que tiran los buenos y los malos, y ambos matan inocentes y cada uno dice que fue el otro, parejas que se acuchillan o se matan a golpes y después se horrorizan, tratan de responsabilizar de lo ocurrido al muerto, y, a veces, completan la lúgubre tristeza del cuadro suicidándose de mala manera. Robos, timos, palizas a la puerta de la discoteca y de la noche. Borrachos que atropellan a noctámbulos. Fútbol. ¿Son los futbolistas las personas mejor pagadas del mundo?
Uno se pierde entre los ceros de los miles de millones que se cruzan para tratar de ganar y hacerlo cuanto antes. ¿Pueden, todos esos que vienen chapurreando nuestro idioma, poco menos que en olor de milagro, sentir la vieja rivalidad con el vecino del pueblo de al lado, de la ciudad más próxima, de cuando había que llevar en la camioneta que llevaba al equipo, las gaseosas del dopaje del descanso y venían los municipales a regar a falta de ducha a los esforzados gladiadores durante ese cuarto de hora reconfortante?

viernes, 25 de marzo de 2011

El pipirigallo y la pipirijaina,
un pipiolo y su pipiripao,
prefiero
poner
ponchos de vicuña al sol, a secar,
entre las flores
de pipirigallo,
mientras la pipirijaina hace propaganda
de su función de esta noche,
cuando se ponga el sol en el lugar.

Iré, entre tanto,
con el pipiolo a hartarnos
en su pipiripao.

Estás pipiliciego, me dicen,
cuando estés piponcho,
mejor te entretienes
tocando el piporro
o la pipiritaña.