Llueven los problemas como sirimiri, lento, calabobos, implacable en su constancia, pero nosotros empecinados en buscarnos las cosquillas unos a otros, los más simpáticos y los antipáticos de cada cual, empeñados en levantar uno tras otro los pliegues de la túnicas y de las clámides: a ver, a ver qué escondes, qué trato hiciste, a quién dejaste que te llenara el puño, al engruño, decíamos de niños, y enseñábamos un puñado de fabas pintas: ¿sobre cuántas? y había que tratar de acertar, justo como ahora con esto de ir desprestigiando a un político tras otro, ora de la derecha, ora de la izquierda, que hay que reconocer que en esto somos ecuánimes, que hay quien dice que estos de la elegancia social del regalo, que propugna con tanto acierto nuestro buen amigo Isidoro, no es cosa de partido, sino vicio nacional, arraigado de cuando se pagaba en especie, pollos y jamones, mantecas amarillas y requesón prisionero en pulseras de cuero resobado, un copín de fabas o la prueba de la matanza.
Mejor estaríamos poniendo la imaginación a la parrilla, barbacoa de imaginación, amagosto de ideas para montar el estalache de vender en el mercado. Os lo digo otra vez. No se trata de reducir gastos, sino de idear, inventar, crear un río de ingresos, abrir cauces para que pase el agua viva.
Pero hay elecciones. Cuantas menos propuestas imaginativas puedas hacer, lo probable es que más caigas en la tentación de ver la mota en el ojo ajeno y tratar de mandar al ostracismo a cada vez más antagonistas. Cuantos más eche el árbitro del equipo contrario, más agujeros quedarán para tratar de pasar el pelotón y hacerle al último de la fila, que suele ser el portero, un furaco en la red, como cuenta la leyenda que hizo una vez Lángara, cuando jugaba en el Oviedín del alma –por cierto también en el ostracismo decretado por vía de expediente administrativo-.
Al final, viejas glorias, que no es que no tengan propuestas que hacer, sino que no hicieron ninguna a lo largo de los años, o las hicieron torcidas, pero vuelven, porque saben que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.
Cuando eres viejo, casi tanto como la carretera, y tienes tanto tiempo, bendito sea el buen padre Dios, que nos da la oportunidad, para detenerte a ver, mirar y hasta escudriñar, incluso una tragedia puede, según el color del cristal, que dijo Campoamor, con aquel decir suyo campechano, parecer una tragicomedia.
Dejaron a Paco Cascos un erial, le hilvanamos una esperanza, pero ya le están echando en cara que han pasado ¡cien días! Y todavía no ha hecho la labor de los diez o veinte años perdidos en Capua, a la lumbre de las prejubilaciones que sostuvieron la economía.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
lunes, 31 de octubre de 2011
domingo, 30 de octubre de 2011
Nostalgia, me quedó ayer, anoche, de aquel Madrid, mi barrio de la segunda mitad de los años cuarenta, cuando, en 1946, que acabé mi bachillerato, estábamos rodeados de ruinas de todas las guerras. Mi barrio, que tenía su ombligo en la calle de Carretas, y, más concretamente, en su número 6, piso segundo, que era cuarto, encima de Sederías Carretas, que llevaba el bajo y el primero, es decir, el entresuelo. Entre cliente y cliente, las dependientas, a veces, las más pícaras o las más jóvenes o las más alegres o las que eran como pájaros cautivos, se asomaban al patio, nuestro patio, que nosotros compartíamos con ellas y con las chicas del baile de los sábados por la tarde de la Casa de Aragón, que ocupaba el piso segundo, es decir, el principal. Nosotros nos asomábamos desde la galería solana del cuarto, y desde las habitaciones que al mismo patio se asomaban por sus otros dos costados, dos habitaciones a un lado, dos al otro.
Mi barrio, que abarcaba desde la Plaza Mayor hasta el cruce de Alcalá con Gran Vía, desde Gran Vía hasta la calle de Atocha. Y allí mismo enfrente, en seguida, la tasca mayor del mundo, que hacía esquina y podías entrar por Barcelona y salir por Cádiz, se llamaba La Gaditana y cuando dabas propi, el camarero agraciado gritaba que ¡dinero al bote! y el resto de la más de media docena que atendía la barra aullaba que ¡gracias! Y mira tú lo rumboso que podíamos ser los estudiantes de entonces, que a mí, pongo por ejemplo, me daban para el bolsillo cinco duros a la semana. Costaba un chato de vino tres perrinas, es decir, quince céntimos y te ponían un par de boquerones en vinagre, de tapa.
Cuando tienes los dieciséis, dieciocho años que nosotros teníamos entonces ¡qué mayor riqueza! Atardecer en las cuevas de Luis Candelas o media tarde en cualquiera de las plazuelas con niñas que jugaban al corro. Modistillas como ángeles castigados sólo temporalmente en esta tierra todavía algo mora de Madrid, castillo famoso, nosotros con Kipling recién leído, respetuosos y enamorados, pero sólo un poco, de la alegría de vivir. Fabricaban, unas amigas que tuve, pelucas de pelo natural, todas alrededor de una mesa, bajas las persianas, dejando entrar solo el polen de los rayos de sol por en entrecierre de las persianas, ventanas abiertas, niñas cantando abajo, en la plaza. ¿Ves? Esta peluca se la pondrá un a señorona o una señorita del pan pringao e irán a la ópera o a presumir o a sabe Dios dónde y nosotros estaremos haciendo otra peluca para otra y nunca iremos a la ópera. ¿Y por qué no? Pues porque la vida es así y vosotros no vais a ser estudiantes más que cinco o seis años y luego os iréis con la señorita del pan pringao a la ópera y si te he visto no me acuerdo. Por eso ellas se las tenían que saber todas y compartíamos alegría, pero ¡mucho ojo con lo demás! en el tranvi de la Bombi, que salía, creo que era el 9, de la calle de Preciados, atravesaba Sol y bajaba a la ribera del Manzanares, donde la verbena, churros a real la media docena, hechos un lazo para engarzarlos en otro hecho con un junco de allí mismo, de al lado del río, que, a fuer de escaso –aprendiz de río, le tienen llamado-, ni reflejos tenía. Y había laberinto de espejos y noria y tiovivos. Un a copa de anís, ellos decían que del Mono, para mojar los tejeringos, un real. Una peseta para merendar la pareja, a todo más dos pesetas y media y los demás lo ponían la alegría o el sol o la magia de haber sobrevivido, entre tanta ruina, a las miserias de la guerra, que había que olvidar cuanto antes.
Don Luis y doña Manuela, jugando no sé si al tute, creo que a la brisca, ya anochecido, en la cocina, que era el feudo de doña Manolita, que allí, en sus potes y sartenes, hacía magia y obtenía néctares y ambrosías. Habíamos comprado unas ampollas de sulfuro de carbono, que vendían en las tiendas de broma. El sulfuro de carbono huele a cuesco humano, rompimos una y dice don Luis: que te has ido, Manuela, y ella: ¡te habrás ido tú!, y un final de risas al descubrirse la falcatrúa de aquellos malvados que éramos. Todavía existían, llegando a la Puerta del Sol, según bajábamos de casa en la acera de la izquierda el café de Pombo, y en seguida, en la misma plaza, a la derecha según salías, el café de Levante, y enfrente el Universal. En una esquina, la editorial y librería Pueyo y junto al café de Levante, otra librería, la de San Martín, ante cuyo escaparate habían, muchos años antes, asesinado a Canalejas, por pararse a mirar libros, afición a veces mal mirada por los bárbaros de cualquier tiempo.
Hace ya tiempo, publiqué un libro de cuentos y uno de ellos se vivía en mi vieja e inolvidable pensión. Casi al final de mi estancia, tuvieron que contratar otra ayudante más, fue una asturiana recia, no sé si Lola, se llamaba, de generosas domingas, que cuando un viajero, que no estable, un día, a la sobremesa, quiso tocarle sin permiso la popa, de un solo sopapo lo sentó en el suelo con gran regocijo de los estables. Los más estables nosotros, los estudiantes, Luisito, el hijo mayor de los Lombao, que siempre le teníamos envidia porque entraba y salía, pasaba y nos miraba por encima del hombro, él, con su carrera ya terminada, trabajo, novia formal, iba siempre elegante como un pincel.
Mi barrio, que abarcaba desde la Plaza Mayor hasta el cruce de Alcalá con Gran Vía, desde Gran Vía hasta la calle de Atocha. Y allí mismo enfrente, en seguida, la tasca mayor del mundo, que hacía esquina y podías entrar por Barcelona y salir por Cádiz, se llamaba La Gaditana y cuando dabas propi, el camarero agraciado gritaba que ¡dinero al bote! y el resto de la más de media docena que atendía la barra aullaba que ¡gracias! Y mira tú lo rumboso que podíamos ser los estudiantes de entonces, que a mí, pongo por ejemplo, me daban para el bolsillo cinco duros a la semana. Costaba un chato de vino tres perrinas, es decir, quince céntimos y te ponían un par de boquerones en vinagre, de tapa.
Cuando tienes los dieciséis, dieciocho años que nosotros teníamos entonces ¡qué mayor riqueza! Atardecer en las cuevas de Luis Candelas o media tarde en cualquiera de las plazuelas con niñas que jugaban al corro. Modistillas como ángeles castigados sólo temporalmente en esta tierra todavía algo mora de Madrid, castillo famoso, nosotros con Kipling recién leído, respetuosos y enamorados, pero sólo un poco, de la alegría de vivir. Fabricaban, unas amigas que tuve, pelucas de pelo natural, todas alrededor de una mesa, bajas las persianas, dejando entrar solo el polen de los rayos de sol por en entrecierre de las persianas, ventanas abiertas, niñas cantando abajo, en la plaza. ¿Ves? Esta peluca se la pondrá un a señorona o una señorita del pan pringao e irán a la ópera o a presumir o a sabe Dios dónde y nosotros estaremos haciendo otra peluca para otra y nunca iremos a la ópera. ¿Y por qué no? Pues porque la vida es así y vosotros no vais a ser estudiantes más que cinco o seis años y luego os iréis con la señorita del pan pringao a la ópera y si te he visto no me acuerdo. Por eso ellas se las tenían que saber todas y compartíamos alegría, pero ¡mucho ojo con lo demás! en el tranvi de la Bombi, que salía, creo que era el 9, de la calle de Preciados, atravesaba Sol y bajaba a la ribera del Manzanares, donde la verbena, churros a real la media docena, hechos un lazo para engarzarlos en otro hecho con un junco de allí mismo, de al lado del río, que, a fuer de escaso –aprendiz de río, le tienen llamado-, ni reflejos tenía. Y había laberinto de espejos y noria y tiovivos. Un a copa de anís, ellos decían que del Mono, para mojar los tejeringos, un real. Una peseta para merendar la pareja, a todo más dos pesetas y media y los demás lo ponían la alegría o el sol o la magia de haber sobrevivido, entre tanta ruina, a las miserias de la guerra, que había que olvidar cuanto antes.
Don Luis y doña Manuela, jugando no sé si al tute, creo que a la brisca, ya anochecido, en la cocina, que era el feudo de doña Manolita, que allí, en sus potes y sartenes, hacía magia y obtenía néctares y ambrosías. Habíamos comprado unas ampollas de sulfuro de carbono, que vendían en las tiendas de broma. El sulfuro de carbono huele a cuesco humano, rompimos una y dice don Luis: que te has ido, Manuela, y ella: ¡te habrás ido tú!, y un final de risas al descubrirse la falcatrúa de aquellos malvados que éramos. Todavía existían, llegando a la Puerta del Sol, según bajábamos de casa en la acera de la izquierda el café de Pombo, y en seguida, en la misma plaza, a la derecha según salías, el café de Levante, y enfrente el Universal. En una esquina, la editorial y librería Pueyo y junto al café de Levante, otra librería, la de San Martín, ante cuyo escaparate habían, muchos años antes, asesinado a Canalejas, por pararse a mirar libros, afición a veces mal mirada por los bárbaros de cualquier tiempo.
Hace ya tiempo, publiqué un libro de cuentos y uno de ellos se vivía en mi vieja e inolvidable pensión. Casi al final de mi estancia, tuvieron que contratar otra ayudante más, fue una asturiana recia, no sé si Lola, se llamaba, de generosas domingas, que cuando un viajero, que no estable, un día, a la sobremesa, quiso tocarle sin permiso la popa, de un solo sopapo lo sentó en el suelo con gran regocijo de los estables. Los más estables nosotros, los estudiantes, Luisito, el hijo mayor de los Lombao, que siempre le teníamos envidia porque entraba y salía, pasaba y nos miraba por encima del hombro, él, con su carrera ya terminada, trabajo, novia formal, iba siempre elegante como un pincel.
Una alegría, me llevé esta noche. Paso por el blog, sin saber por qué, hago un repaso de comentarios y me encuentro nada menos que dos, uno de una nieta y otro de un biznieto de mi querida queridísima patrona, doña Manuela, de Carretas, 6, 2º, que ya expliqué en su día por qué era un cuarto, según el modo de contar madrileño castizo. Una hija, la segunda, creo, de mis buenos de Pipi y Basi, que se casaron estando yo en la pensión, de modo que tuvo que ser allá por 1946 0 1947, y se acuerdan de la señorita Felisa, que cuando la convencíamos los estudiantes de que participara en alguna de nuestra fiestas, ella que siempre, elegantísima y seria, comía sola en una mesa de al lado de la galería, se animaba y cantaba con nosotros y nos decía en broma que no la tentásemos, que iba a perder la dignidad, y de Socorrito, que dormía al lado del teléfono, en una interior y ellos le llaman tía Coco. Y seguro que alguno tiene que acordarse de mi querida amiga Nines, que tejía bufandas inacabables y usaba zapatillas con un pompón azul en el empeine, que, no sé por qué, no he podido olvidar.
Doña Manuela, para nosotros doña Manolita, que, después de cenar, jugaba a la brisca en la cocina con el señor Lombao, a quien apenas veíamos porque trabajaba como un negro como jefe de los talleres del Informaciones que entonces dirigía don Víctor de la Serna, de dos de cuyos hijos, Manolo y Jesús, fui yo sucesivamente buen amigo en diferentes etapas de la vida.
Pues ¡no me iba a acordar de aquel sonado bautizo del primer nieto de mis patronos!, más que patronos, padrinos nuestros, que nos cuidaron y mimaban, sobre todo doña Manolita, en aquellos difíciles tiempos del racionamiento y siempre se arreglaba para darnos buenos guisos, en que ponía la magia inagotable de sus manos y la indispensable imaginación que en aquella época tenía que suplir las carencias de mercados y tiendas de ultramarinos, que era como se llamaban los colmados y tiendas de comestibles. Pagaba yo mil pelas al mes y eso comprendía un bocadillo hecho con media barra y una tortilla francesa a media tarde, porque entonces medía yo metro noventa y dos de estatura y pesaba setenta y seis kilos, y como dos de mis primos se habían muerto de ella alrededor de la fecha de mi nacimiento, tenía toda mi familia n miedo tremendo a aquella entonces plaga de la tuberculosis, de modo que pactaron con la patrona pagar un poco más y la sobrealimentación del bocadillo dicho.
¡Tiempos! La novia del hermano de Pipi, que nunca estaba en casa porque era aparejador y como es lógico sólo venía, soltero entonces, a cenar y dormir, se llamaba Fabiola, y le tomábamos el pelo a él escuchándole telefonearle, porque se escondía para cortejar telefónicamente desde una escalera que había al lado de la habitación de Socorro y llevaba al piso de arriba, una especie de ático, que hoy sería un estupendo dúplex. Arriba se hospedaban o dormían, según, mi primo Enrique Armas, su compañero de trabajo Antonio Llordén, del Barco de Valdeorras, Capitalina y Teresa, Capi y Tere, que eran las chicas de servir que ayudaban a la patrona además de su nuera, y aquel misterioso policía que no soy capaz de recordar cómo se llamaba.
Parte del bautizo lo celebramos en casa y otra parte en un merendero con organillo. Recuerdo haber visto fotografías en que aparezco con gorra visera de cuadros y pañuelo anudado al cuello, tocando el organillo, que en la fotografía no se ve, pero recuerdo que era amariillo y que Capi, un poco pimplada, bailando con no sé quien, agarrao como entonces se bailaban los chotis en un ladrillo, se cayeron en un arriate de flores.
Era aquella una casa inmensa, con pasillos larguísimos, en cuyas esquinas, cuando se acercaba el verano, ponía doña Manolita unos inmensos botijos blancos, que olían a tierra mojada y hacían un agua que sabía a gloria. Los botijos, la primera vez, se lavaban con agua mezclada con un puñado de anises. Mujeres de largo faldamento se ponían a las puertas de los toros y del fútbol con botijos análogos y por unas perras, entre quince y veinticinco céntimos, te dejaban echar un trago. Permitidme, ambos comentaristas del aburrido blog de un viejo octogenario, que os mande un fuerte abrazo, extensivo a cuantos descendientes haya tenido aquel matrimonio, bueno, honrado, trabajador y cariñoso como pocos, que recuerdo siempre con muy cariñoso y agradecido afecto.
Doña Manuela, para nosotros doña Manolita, que, después de cenar, jugaba a la brisca en la cocina con el señor Lombao, a quien apenas veíamos porque trabajaba como un negro como jefe de los talleres del Informaciones que entonces dirigía don Víctor de la Serna, de dos de cuyos hijos, Manolo y Jesús, fui yo sucesivamente buen amigo en diferentes etapas de la vida.
Pues ¡no me iba a acordar de aquel sonado bautizo del primer nieto de mis patronos!, más que patronos, padrinos nuestros, que nos cuidaron y mimaban, sobre todo doña Manolita, en aquellos difíciles tiempos del racionamiento y siempre se arreglaba para darnos buenos guisos, en que ponía la magia inagotable de sus manos y la indispensable imaginación que en aquella época tenía que suplir las carencias de mercados y tiendas de ultramarinos, que era como se llamaban los colmados y tiendas de comestibles. Pagaba yo mil pelas al mes y eso comprendía un bocadillo hecho con media barra y una tortilla francesa a media tarde, porque entonces medía yo metro noventa y dos de estatura y pesaba setenta y seis kilos, y como dos de mis primos se habían muerto de ella alrededor de la fecha de mi nacimiento, tenía toda mi familia n miedo tremendo a aquella entonces plaga de la tuberculosis, de modo que pactaron con la patrona pagar un poco más y la sobrealimentación del bocadillo dicho.
¡Tiempos! La novia del hermano de Pipi, que nunca estaba en casa porque era aparejador y como es lógico sólo venía, soltero entonces, a cenar y dormir, se llamaba Fabiola, y le tomábamos el pelo a él escuchándole telefonearle, porque se escondía para cortejar telefónicamente desde una escalera que había al lado de la habitación de Socorro y llevaba al piso de arriba, una especie de ático, que hoy sería un estupendo dúplex. Arriba se hospedaban o dormían, según, mi primo Enrique Armas, su compañero de trabajo Antonio Llordén, del Barco de Valdeorras, Capitalina y Teresa, Capi y Tere, que eran las chicas de servir que ayudaban a la patrona además de su nuera, y aquel misterioso policía que no soy capaz de recordar cómo se llamaba.
Parte del bautizo lo celebramos en casa y otra parte en un merendero con organillo. Recuerdo haber visto fotografías en que aparezco con gorra visera de cuadros y pañuelo anudado al cuello, tocando el organillo, que en la fotografía no se ve, pero recuerdo que era amariillo y que Capi, un poco pimplada, bailando con no sé quien, agarrao como entonces se bailaban los chotis en un ladrillo, se cayeron en un arriate de flores.
Era aquella una casa inmensa, con pasillos larguísimos, en cuyas esquinas, cuando se acercaba el verano, ponía doña Manolita unos inmensos botijos blancos, que olían a tierra mojada y hacían un agua que sabía a gloria. Los botijos, la primera vez, se lavaban con agua mezclada con un puñado de anises. Mujeres de largo faldamento se ponían a las puertas de los toros y del fútbol con botijos análogos y por unas perras, entre quince y veinticinco céntimos, te dejaban echar un trago. Permitidme, ambos comentaristas del aburrido blog de un viejo octogenario, que os mande un fuerte abrazo, extensivo a cuantos descendientes haya tenido aquel matrimonio, bueno, honrado, trabajador y cariñoso como pocos, que recuerdo siempre con muy cariñoso y agradecido afecto.
sábado, 29 de octubre de 2011
Confieso haber pecado y casi consentido con la tentación de envidiar a los tontos, cuanto más tontos mayor tentación, por esa seguridad suya en la certeza absoluta, definitiva e inatacable de sus convicciones.
Me recuerdo, sin vergüenza, indignado durante alguna de mis experiencias de escolarización infantil, defendiendo a capa y espada la identidad irrebatible de los tres reyes magos que me iban a proporcionar o me habían proporcionado ya aquel año de gracia algún objeto de irresistible deseo.
El tonto, al final de su vida, parece el más sabio. Muere confortado por la seguridad de no haber perdido el tiempo en zonas pantanosas de alguna de las posibles ciénagas de las dudas de su tiempo. Y cuanto aprendió, no le generó nunca y en ningún caso necesidad de volver a mirar, reconsiderar, desencantarse. Cuanto aprendió y tuvo por cierto, pieza a pieza, todas compactas, sin fisuras, lo fue acumulando, que un tonto puede tener tan buena memoria como aquél que se comentó en mis tiempos cuarteleros, que, aconsejado por algún tío malaleche de su pueblo, para recibir mejor trato durante la mili, había aprendido de pe a pa ya no recuerdo si eran las ordenanzas de Carlos III o tres o cuatro letras completas de la guía de teléfonos de su provincia de origen. ¿Se los digo, mi “afere”?
Mientras uno cualquiera de mi tribu, la de los, más o menos dotados estudiosos o por lo menos lectores impenitentes, acumula objetos desvencijados, metales herrumbrosos y dudas insondables, hay tontos que, con parecido bagaje, tienen la sensación de haber atesorado metales y piedras preciosas. ¡Qué la sensación!; tienen en realidad la absoluta convicción, la certeza, para ellos ineluctable, de ser ricos en sabiduría, que, dicho sea entre paréntesis, es la mayor y mejor riqueza, pero sin olvidar lo de que primero hay que vivir, y sólo luego cabe filosofar.
Díganme la verdad ¿no es envidiable? Al fin y al cabo, no hay nadie más que pueda ser de veras rico. Al que lo es materialmente, lo corroe y hace infeliz el miedo de que le pueden arrebatar en cualquier momento su riqueza; a quien más y más profunda y honradamente estudia, le van creciendo alrededor las hiedras de la ignorancia, la curiosidad y las dudas.
Sólo la posesión de la incontrovertible suma de las verdades irrebatibles proporciona una riqueza a salvo de depredadores. Porque al tonto, si de veras lo es y menos cuanto más lo sea, no hay quien pueda convencerlo de cosa distinta de lo que sin duda está convencido de saber.
De ahí el aire de satisfacción con que pasan a nuestro lado, nos saludan y nos compadecen. Porque hasta pueden ser buena gente, digna de los mayores aprecio y respeto.
Me recuerdo, sin vergüenza, indignado durante alguna de mis experiencias de escolarización infantil, defendiendo a capa y espada la identidad irrebatible de los tres reyes magos que me iban a proporcionar o me habían proporcionado ya aquel año de gracia algún objeto de irresistible deseo.
El tonto, al final de su vida, parece el más sabio. Muere confortado por la seguridad de no haber perdido el tiempo en zonas pantanosas de alguna de las posibles ciénagas de las dudas de su tiempo. Y cuanto aprendió, no le generó nunca y en ningún caso necesidad de volver a mirar, reconsiderar, desencantarse. Cuanto aprendió y tuvo por cierto, pieza a pieza, todas compactas, sin fisuras, lo fue acumulando, que un tonto puede tener tan buena memoria como aquél que se comentó en mis tiempos cuarteleros, que, aconsejado por algún tío malaleche de su pueblo, para recibir mejor trato durante la mili, había aprendido de pe a pa ya no recuerdo si eran las ordenanzas de Carlos III o tres o cuatro letras completas de la guía de teléfonos de su provincia de origen. ¿Se los digo, mi “afere”?
Mientras uno cualquiera de mi tribu, la de los, más o menos dotados estudiosos o por lo menos lectores impenitentes, acumula objetos desvencijados, metales herrumbrosos y dudas insondables, hay tontos que, con parecido bagaje, tienen la sensación de haber atesorado metales y piedras preciosas. ¡Qué la sensación!; tienen en realidad la absoluta convicción, la certeza, para ellos ineluctable, de ser ricos en sabiduría, que, dicho sea entre paréntesis, es la mayor y mejor riqueza, pero sin olvidar lo de que primero hay que vivir, y sólo luego cabe filosofar.
Díganme la verdad ¿no es envidiable? Al fin y al cabo, no hay nadie más que pueda ser de veras rico. Al que lo es materialmente, lo corroe y hace infeliz el miedo de que le pueden arrebatar en cualquier momento su riqueza; a quien más y más profunda y honradamente estudia, le van creciendo alrededor las hiedras de la ignorancia, la curiosidad y las dudas.
Sólo la posesión de la incontrovertible suma de las verdades irrebatibles proporciona una riqueza a salvo de depredadores. Porque al tonto, si de veras lo es y menos cuanto más lo sea, no hay quien pueda convencerlo de cosa distinta de lo que sin duda está convencido de saber.
De ahí el aire de satisfacción con que pasan a nuestro lado, nos saludan y nos compadecen. Porque hasta pueden ser buena gente, digna de los mayores aprecio y respeto.
viernes, 28 de octubre de 2011
Cada vez tengo alrededor más diccionarios. Con esto del idioma, me pasa como con el trabajo de cada día. Difícil como sin duda era, fue haciéndose más, con el tiempo, pese a lo que dicen de que la experiencia proporciona agilidad, como entrenamiento asiduo que es. Lo que en realidad representa es una escuela de posibilidades, que es tanto como decir de dudas. Cuando joven, cuando novel, cuando empiezas, las cosas, con todo lo que llevas estudiado, parecen sencillas. Luego empiezas a descubrir tu particular teoría de la relatividad, los matices y posibilidades hermenéuticas que se siguen de utilizar una palabra o su parecida, ni sinónimo ni antónimo; parecida, pero no la misma. Entre usar una u otra, un mundo de grises tirando a cada color del iris e incluso a sus compuestos y sus tonalidades.
Por eso, los diccionarios. Haces descubrimientos asombrosos. ¡Pero dónde iba yo, en qué estaba pensando cuando dije, en vez de decir!
Sobre todo al escribir. Lo escrito queda ahí, como recordatorio, grillete, espejo. Y lo peor es que con tanto diccionario, todavía puedes caer en la tentación, sin duda incurres en el error de pensar que ésta sí que es la palabra.
En la duda, me contaban que decía aquel maestro, no te abstengas; estudia más.
En la duda, añadiría yo de buena gana, mira siempre. Lo que pasa, ya sabéis, es lo de aquel moralista que recomendaba a su auditorio que hiciesen siempre lo que él decía, no lo que hacía habitualmente.
Es un maravilloso bosque, éste de las palabras conocidas y desconocidas. Y tiene por añadidura el aliciente de que cuando se va siguiendo la pista de una palabra, siempre hay otra cerca, de que no sabías o que existía siquiera o que pudiera tener el significado primero, segundo o tercero que ahora descubres boquiabierto.
Digo todo esto porque hoy leo que existe otro diccionario que me parece que no tengo. Esa es otra. Piensas que dispones de las obras completas de alguien, de uno de tus autores preferidos, pongo incluso por ejemplo, y te encuentras, hay ocasiones en que en una de esas entrañables librerías de viejo que son como cuevas de isla de cualquier tesoro, con un ejemplar desconocido de una obra hasta posiblemente olvidada.
A cambio, me decía indignado en cierta ocasión mi inolvidable amigo y compañero Jesús Villa, mira estas obras completas, encuadernadas como con traje de los domingos y tan descuidadas por el mercachifle que las publica que hay dos o tres obras repetidas en el mismo volumen.
Cosas veredes. Tengo que acordarme de tratar de localizar el dichoso diccionario. Porque, para colmo, alguien que me merece confianza, dice que es un buen diccionario.
Por eso, los diccionarios. Haces descubrimientos asombrosos. ¡Pero dónde iba yo, en qué estaba pensando cuando dije, en vez de decir!
Sobre todo al escribir. Lo escrito queda ahí, como recordatorio, grillete, espejo. Y lo peor es que con tanto diccionario, todavía puedes caer en la tentación, sin duda incurres en el error de pensar que ésta sí que es la palabra.
En la duda, me contaban que decía aquel maestro, no te abstengas; estudia más.
En la duda, añadiría yo de buena gana, mira siempre. Lo que pasa, ya sabéis, es lo de aquel moralista que recomendaba a su auditorio que hiciesen siempre lo que él decía, no lo que hacía habitualmente.
Es un maravilloso bosque, éste de las palabras conocidas y desconocidas. Y tiene por añadidura el aliciente de que cuando se va siguiendo la pista de una palabra, siempre hay otra cerca, de que no sabías o que existía siquiera o que pudiera tener el significado primero, segundo o tercero que ahora descubres boquiabierto.
Digo todo esto porque hoy leo que existe otro diccionario que me parece que no tengo. Esa es otra. Piensas que dispones de las obras completas de alguien, de uno de tus autores preferidos, pongo incluso por ejemplo, y te encuentras, hay ocasiones en que en una de esas entrañables librerías de viejo que son como cuevas de isla de cualquier tesoro, con un ejemplar desconocido de una obra hasta posiblemente olvidada.
A cambio, me decía indignado en cierta ocasión mi inolvidable amigo y compañero Jesús Villa, mira estas obras completas, encuadernadas como con traje de los domingos y tan descuidadas por el mercachifle que las publica que hay dos o tres obras repetidas en el mismo volumen.
Cosas veredes. Tengo que acordarme de tratar de localizar el dichoso diccionario. Porque, para colmo, alguien que me merece confianza, dice que es un buen diccionario.
Congreso, en Cádiz ¡donde aquellas Cortes!, esta vez de la abogacía, y lío, porque comparecen y coordinan una mesa dos de los miembros de la comisión en su día redactora del texto constitucional.
En ese texto, artículo segundo, se dice que “la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.
Y, en el 143 se añade que “1.- En el ejercicio del derecho de autonomía reconocido en el artículo 2 de la Constitución, las provincias limítrofes con características históricas, culturales y económicas comunes, los territorios insulares y las provincias con entidad regional histórica podrán acceder a su autogobierno y constituirse en Comunidades Autónomas con arreglo a lo previsto en este Título y en los respectivos Estatutos”.
Poco más adelante, en el 145, añade que “1.- En ningún caso se admitirá la federación de Comunidades Autónomas”.
Y va uno de los padres de la Constitución y dice que si de ese texto que según él garantiza la indisolubilidad de España pudiera seguirse algún tipo de separación, habrían fracasado sus redactores y pecado de ingenuidad.
¿Ingenuidad? ¿De veras hubo quien no se dio cuenta de que el texto combinado de estos artículos supone una deliberada ambigüedad, sin la cual, por otra parte, probablemente habría sido más difícil y hasta tal vez imposible que se aprobasen dichos textos?
Por favor. Un problema supone necesidad indispensable, para buscarle soluciones, de un planteamiento correcto.
Se escribió entonces, con la habilidad que por consiguiente hay que reconocer –otra cosa sería aprobar o no-, lo que se quiso escribir, que es tanto como decir que se escribió lo que proporcionó ocasión a todos los deliberantes, que partían de ideas diferentes, en algunos casos contradictorias y antagónicas, que se había llegado a un texto satisfactorio para las pretensiones de todos.
De aquellos polvos, estos lodos, en cuanto llovió sobre ellos la realidad de las cosas.
“Fundamenta” el texto aprobado la Constitución en la indisoluble unidad “de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”.
La Constitución no es la base y ley fundamental de una unidad indivisible, sino que “se fundamenta” en ella. Allí está dicho.
Añadiendo que, a partir de haberse fundamentado en esa unidad nacional, reconoce la existencia de unas “nacionalidades” y regiones, susceptibles de constituirse en Comunidades Autónomas.
Y yo pregunto: ¿qué es y en qué se diferencia una nacionalidad de una nación?
¿Existe la previsión de una Constitución, fundamentada en la unidad de la nación española, aplicable a toda una serie de regiones de aquélla, pero también a otras nacionalidades?
¿Hasta dónde llega, qué prevé y hasta dónde alcanza la prohibición de federar Comunidades, unas regionales y otras nacionalidades?
¿Cuáles son nacionalidades y cuáles no y por qué, en cada caso?
Para garantizar la indisolubilidad, no habría que definir el Estado Español como único, indisoluble y soberano, de tal modo que su soberanía, en régimen, para entendernos, de comunidad germánica, correspondiera a todos y cada uno de sus ciudadanos, toda ella e íntegra a cada uno de los ciudadanos y no como ocurriría en una comunidad romana, por cuotas indivisas. Y no habría que establecer que la Constitución así lo reconoce, basa, fundamenta, acepta y defenderá como primera, básica y fundamental de sus normas.
Tenemos lo que tenemos. Y un problema, ya entonces, cuya solución se dilató y ahora permanece, como a lo largo del tiempo permanecen cuantas preguntas se dejan más o menos provisional y deliberadamente sin respuesta.
Otra cosa son las respuestas que deban y que puedan darse. Y otra si estamos en condiciones y momento de que nuestros políticos se coloquen ante la pizarra dispuestos a defender por encima de sus intereses y de los de sus partidos una postura/solución honesta, objetiva y útil para todos cuantos estamos atrapados por sus eventuales consecuencias. Que por añadidura, algo tendremos que decir, en cuanto directa y gravemente interesados por la cuestión.
En ese texto, artículo segundo, se dice que “la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.
Y, en el 143 se añade que “1.- En el ejercicio del derecho de autonomía reconocido en el artículo 2 de la Constitución, las provincias limítrofes con características históricas, culturales y económicas comunes, los territorios insulares y las provincias con entidad regional histórica podrán acceder a su autogobierno y constituirse en Comunidades Autónomas con arreglo a lo previsto en este Título y en los respectivos Estatutos”.
Poco más adelante, en el 145, añade que “1.- En ningún caso se admitirá la federación de Comunidades Autónomas”.
Y va uno de los padres de la Constitución y dice que si de ese texto que según él garantiza la indisolubilidad de España pudiera seguirse algún tipo de separación, habrían fracasado sus redactores y pecado de ingenuidad.
¿Ingenuidad? ¿De veras hubo quien no se dio cuenta de que el texto combinado de estos artículos supone una deliberada ambigüedad, sin la cual, por otra parte, probablemente habría sido más difícil y hasta tal vez imposible que se aprobasen dichos textos?
Por favor. Un problema supone necesidad indispensable, para buscarle soluciones, de un planteamiento correcto.
Se escribió entonces, con la habilidad que por consiguiente hay que reconocer –otra cosa sería aprobar o no-, lo que se quiso escribir, que es tanto como decir que se escribió lo que proporcionó ocasión a todos los deliberantes, que partían de ideas diferentes, en algunos casos contradictorias y antagónicas, que se había llegado a un texto satisfactorio para las pretensiones de todos.
De aquellos polvos, estos lodos, en cuanto llovió sobre ellos la realidad de las cosas.
“Fundamenta” el texto aprobado la Constitución en la indisoluble unidad “de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”.
La Constitución no es la base y ley fundamental de una unidad indivisible, sino que “se fundamenta” en ella. Allí está dicho.
Añadiendo que, a partir de haberse fundamentado en esa unidad nacional, reconoce la existencia de unas “nacionalidades” y regiones, susceptibles de constituirse en Comunidades Autónomas.
Y yo pregunto: ¿qué es y en qué se diferencia una nacionalidad de una nación?
¿Existe la previsión de una Constitución, fundamentada en la unidad de la nación española, aplicable a toda una serie de regiones de aquélla, pero también a otras nacionalidades?
¿Hasta dónde llega, qué prevé y hasta dónde alcanza la prohibición de federar Comunidades, unas regionales y otras nacionalidades?
¿Cuáles son nacionalidades y cuáles no y por qué, en cada caso?
Para garantizar la indisolubilidad, no habría que definir el Estado Español como único, indisoluble y soberano, de tal modo que su soberanía, en régimen, para entendernos, de comunidad germánica, correspondiera a todos y cada uno de sus ciudadanos, toda ella e íntegra a cada uno de los ciudadanos y no como ocurriría en una comunidad romana, por cuotas indivisas. Y no habría que establecer que la Constitución así lo reconoce, basa, fundamenta, acepta y defenderá como primera, básica y fundamental de sus normas.
Tenemos lo que tenemos. Y un problema, ya entonces, cuya solución se dilató y ahora permanece, como a lo largo del tiempo permanecen cuantas preguntas se dejan más o menos provisional y deliberadamente sin respuesta.
Otra cosa son las respuestas que deban y que puedan darse. Y otra si estamos en condiciones y momento de que nuestros políticos se coloquen ante la pizarra dispuestos a defender por encima de sus intereses y de los de sus partidos una postura/solución honesta, objetiva y útil para todos cuantos estamos atrapados por sus eventuales consecuencias. Que por añadidura, algo tendremos que decir, en cuanto directa y gravemente interesados por la cuestión.
jueves, 27 de octubre de 2011
La selva trata siempre de recobrar su espacio. Las escaleras de un jardín, sus fuentes, los brocales de cada pozo, en los intersticios, crían hierbajos y ramitas que van tapando el cemento y denunciando la pereza de los viejos jardineros. Hoy leo que se persiguieron y mantuvieron sus respectivos ocupantes una especie de contienda, rematada por paliza, dos coches por las calles de Madrid, por donde cantaba el romance de corro que iba Alfonso XII, triste de sí, porque había muerto doña Mercedes, que cuatro duques la llevaron por las calles de Madrid, castillo famoso, que ardió en fiestas, en su coso, cuando mandaba allí el rey moro Aliatar y había salido aquel toro, tan famoso como el “Ratón” ése de nuestra sed de sangre y barbarie, cuyo alquiler de festejo crece a medida que aumenta el número de muescas que, a falta de culata de arma, le van pintando en cada asta.
Esta de principios, umbral de las leyes del talión y del más fuerte, es otra de las crisis que en la actualidad más rabiosa nos afligen. Cabe imaginar posible que tengamos que volver al cinturón de los revólveres y los concursos mortales de a ver quién “saca” más rápido.
Tal vez sean más urgentes los cursos definitorios de los límites de la libertad que arreglar las quitas y esperas de las deudas económicas y financieras que tenemos pendientes.
Parece mentira que la decadencia de occidente haya progresado tanto y en la misma progresión aparente que la población humana, ya de siete mil millones de personas, caóticamente repartidas sobre la faz de la Tierra y dando la impresión de que hay espacios sin poblar y otros donde no cabe nadie más sin pisar al vecino. Y que sea por donde vivimos menos por donde más se advierten los súbitos arrebatos de miedo, intemperancia, insolencia, crueldad y barbarie. Nadie se considera obligado a aguantarle nada a cualquier otro nadie, que a su vez, paga, a veces preventivamente, con la misma moneda. Me pregunto lo que ocurriría si en esas tremendas aglomeraciones donde no cabe alejarse, todos se comportasen habitualmente como este conglomerado nuestro, de nervios, prisas, ambiciones e intolerancia.
Esta de principios, umbral de las leyes del talión y del más fuerte, es otra de las crisis que en la actualidad más rabiosa nos afligen. Cabe imaginar posible que tengamos que volver al cinturón de los revólveres y los concursos mortales de a ver quién “saca” más rápido.
Tal vez sean más urgentes los cursos definitorios de los límites de la libertad que arreglar las quitas y esperas de las deudas económicas y financieras que tenemos pendientes.
Parece mentira que la decadencia de occidente haya progresado tanto y en la misma progresión aparente que la población humana, ya de siete mil millones de personas, caóticamente repartidas sobre la faz de la Tierra y dando la impresión de que hay espacios sin poblar y otros donde no cabe nadie más sin pisar al vecino. Y que sea por donde vivimos menos por donde más se advierten los súbitos arrebatos de miedo, intemperancia, insolencia, crueldad y barbarie. Nadie se considera obligado a aguantarle nada a cualquier otro nadie, que a su vez, paga, a veces preventivamente, con la misma moneda. Me pregunto lo que ocurriría si en esas tremendas aglomeraciones donde no cabe alejarse, todos se comportasen habitualmente como este conglomerado nuestro, de nervios, prisas, ambiciones e intolerancia.
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