Todo es bueno y malo a la vez. Cuanto somos, ocurre o nos pasa, tiene las dos vertientes y para llamar solana a la parte de halda de monte que mira al sur, tiene que haber un aveisío, dice el paisano, que mira al norte. La sombra y la luz.
Un político, un economista, cualquier maestro deberían retirarse tras de poco tiempo en el poder que corrompe, pero sería malo que se fueran, si son buenos gestor de la república, porque la experiencia suma capacidad y añade eficacia.
De lo que no cabe duda es de que no vale quien lo acredita y permanece sumido en supuestas meditaciones estériles. En cierta ocasión, iba yo, niño casi, de viaje con mi padre y señalando un burro, quieto en el prado junto a la carretera, me dijo con su sorna que así hay muchos humanos, sumidos en hondos pensamientos, pero que pasan los años y jamás los cuentan a nadie.
-¿Te imaginas –me preguntó retórico- lo que nos podrán contar cuando se decidan a hablarnos?
El más o menos pacífico asno, que no faltaba antes en ninguna quintana, servía al menos para llevar y traer las alforjas al mercado semanal. Y aún así, la tecnología lo mudó sucesivamente a la vespa y el seiscientos, como competidores del haiga metido bajo en hórreo o a duras penas en el henil cuando volvían los emigrantes, con sus videocámaras primeras, descomunales, y se filmaban en las escaleras de la casona, agitando la mano, triunfantes. Allá, nomás, contaban, todo el mundo tiene coche y frigorífico, y la abuela desdentada, volviéndose asombrada: ¿ya qué vien ser eso del jeroglífico?
Mi padre, viudo demasiado joven, que se recasó demasiado tarde y se nos murió, a su segunda tanda de hijos, demasiado pronto, era tajante en sus apreciaciones. Otro día me dijo que vista la escasa afición que tenía a la constancia en el estudio, nunca llegaría a nada. Me lo esculpió en el alma. Todavía hoy, cuando advierto la razón que tenía, duele la quemazón del latigazo. Quien más te quiere, o a quien más quieres, te hará llorar. Mi hermana, que también murió demasiado pronto, entre los vapores de una anestesia tras de una operación quirúrgica, me retrató, supongo que sin saberlo, y dejó otra herida incurable. Tal vez valga más que los burrillos que quedan, esos plateros blandos, engañosos, tercos en ese parón que de repente suelen ensayar cuanto te subes a su lomo y te tiran por encima de sus orejas, permanezcan callados.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
jueves, 2 de febrero de 2012
Y lo mejor de este tiempo, de algún modo asociado a la jubilación, es la posibilidad de rebuscar el rincón de casa, cerca de una ventana para mirar cómo amenaza caer y cae la nieve por fin, en las proximidades de un radiador de calefacción, el llar o la foguera, según, que arde, domesticada, en la chimenea, haciendo brasa que es como una nostalgia. Y un buen libro que te cuente lo que piensa la gente de otra gente, o enseñe algo y se descubren misterios cada vez más sugestivos, acerca de la economía de medios y formas con que funciona el universo.
Juegos de luces, movimiento, perspectivas cambiantes. No somos nada en el tiempo, pero nos preocupa la miserable extensión de los inalcanzables próximos cien años, nos debatimos y peleamos, palabras sólo, por ahora, en ristre, incapacitados para ponernos de acuerdo más de unos cientos cuando hay tanta gente atribulada por la tremenda alegría de vivir.
Me apunto a los versos del pirata de Espronceda que dijo a su través aquello de que “allá muevan feroz guerra … por un palmo más de tierra”. El mar y la playa, abiertos hacia la incógnita del horizonte, no son de nadie y son, por eso, de todos.
Hay un rincón, durante la llanura del día, en el oasis de cualquier hora de recogimiento, en que puedes, podemos, puedo, permitirnos el lujo de suponernos libres y engarzados en el círculo de paracaidistas unos nanosegundos antes de tirar de la cuerda y apoyar la textura del soporte en el aire.
Un momento durante que no importa si abren o cierran bancos y mercados, si convocaron o no elecciones, si la pirámide humana se habrá reconvertido en una esfera y nadie tiene ya privilegios ni responsabilidades, sino el afán no sé si ético o estético de pintar un cuadro cazar en el aire una melodía o escribir el más expresivo poema de la historia del mundo.
Cosa de la invernada que a la vez nos recorre de nostalgia y nos acoquina de desesperanzas, mientras abre, trabajosamente, la mimosa, como una quitanieves, el paso por los puertos y los collados del alba.
Juegos de luces, movimiento, perspectivas cambiantes. No somos nada en el tiempo, pero nos preocupa la miserable extensión de los inalcanzables próximos cien años, nos debatimos y peleamos, palabras sólo, por ahora, en ristre, incapacitados para ponernos de acuerdo más de unos cientos cuando hay tanta gente atribulada por la tremenda alegría de vivir.
Me apunto a los versos del pirata de Espronceda que dijo a su través aquello de que “allá muevan feroz guerra … por un palmo más de tierra”. El mar y la playa, abiertos hacia la incógnita del horizonte, no son de nadie y son, por eso, de todos.
Hay un rincón, durante la llanura del día, en el oasis de cualquier hora de recogimiento, en que puedes, podemos, puedo, permitirnos el lujo de suponernos libres y engarzados en el círculo de paracaidistas unos nanosegundos antes de tirar de la cuerda y apoyar la textura del soporte en el aire.
Un momento durante que no importa si abren o cierran bancos y mercados, si convocaron o no elecciones, si la pirámide humana se habrá reconvertido en una esfera y nadie tiene ya privilegios ni responsabilidades, sino el afán no sé si ético o estético de pintar un cuadro cazar en el aire una melodía o escribir el más expresivo poema de la historia del mundo.
Cosa de la invernada que a la vez nos recorre de nostalgia y nos acoquina de desesperanzas, mientras abre, trabajosamente, la mimosa, como una quitanieves, el paso por los puertos y los collados del alba.
miércoles, 1 de febrero de 2012
Dicen de buena tinta que es el frío, esto que viene cabalgando la nieve. Fabes pintes, morciella esmenuzada, chorizu blandu, el toucín a bocaos, ya nun se pode grandes, que nun dan les prótesis ni les epéntesis, Dimpués una tortillina de patata, gorda, masuñada, ya de postre l’arroz cun cheite, tseite o comu quiérais icir, que hay quien hasta l.leite ya esplica en baxo que se prenuncie “ts”.
Frío, meseta abajo, nordés turbio de nubes, orvalla, Camín de la capital pequeña, donde siguen jugando a las palabras y me sumo al juego y bailan y se entrecruzan y al final creo que todos perdemos el hilo. Más lluvia, más camino. Anochece.
Ocúrreseme a min –dice el aldeano que contempla sin prisa el vaso terciado de vino que tiene delante- que por qué no-is-mandamos una cartina a los jodíos de Madrí y que se faigan cargo de todo, que lleven la tunomía, los del lao de acá ya los de allá y que s’arreglen ya los mantengan. Si, si, a tos esos que tais pensando.
El mundo, Europa, España, Asturias, mi valle, la villa agazapada, tapándose con sus dos brazos de pedruscos y lajas, como defendiéndose, agachada, de los latigazos y de los arrumacos, alternativos, de la mar. ¿Qué hacemos con, de, en, por, Asturias? Es hoy mismo como un retal hecho jirones y hay quien dice apenas un trazo, del lado de acá de los montes que bajan de la meseta, poblado por cada día menos supervivientes más escépticos.
¿Qué hacemos, algunos –esos otros ya sabemos que no sirven más que para comer y callar-, que no enseñamos los dientes?
Pues si. Manque sean postizos. A todos esos, del Eo p’allá, del Duero p’ambaxo. Mientras nos mirábamos el embrigo, bien que se apuraron, los del Eo p’allá, a preparase. Nosotros a la sopa boba. Hubo hasta quien creyó que el maná iba a ser pa siempre jamás de los jamases, pero diéronnoslo pa que calásemos. En cuanto nos vieron domesticaos, acabose. ¿Y ahora?
Les dejamos hacer. Todo un espectáculo. Y para nuestro acendrado, acertado, agudo, implacable sentido crítico, una divertida secuencia propicia para la ironía, la charla de café, el augurio de males, hasta que de pronto nos llegó al toldo la subida de la marea, ¿y ahora?
Como pitos moyaus, así tamos, apegadinos al terrén.
Desconcertados, incrédulos, escépticos. ¿Quién podrá subirse al bidón, quitarse la chaqueta, hallar las palabras? “Una arenga, una bandera, un tambor”. Una arenga para imaginar, una bandera para proyectar, un tambor para marcar el paso.
-¿Y qué hacemos con ellos?
-Lo de siempre. Dejar que los muertos recojan y entierren a sus muertos.
Frío, meseta abajo, nordés turbio de nubes, orvalla, Camín de la capital pequeña, donde siguen jugando a las palabras y me sumo al juego y bailan y se entrecruzan y al final creo que todos perdemos el hilo. Más lluvia, más camino. Anochece.
Ocúrreseme a min –dice el aldeano que contempla sin prisa el vaso terciado de vino que tiene delante- que por qué no-is-mandamos una cartina a los jodíos de Madrí y que se faigan cargo de todo, que lleven la tunomía, los del lao de acá ya los de allá y que s’arreglen ya los mantengan. Si, si, a tos esos que tais pensando.
El mundo, Europa, España, Asturias, mi valle, la villa agazapada, tapándose con sus dos brazos de pedruscos y lajas, como defendiéndose, agachada, de los latigazos y de los arrumacos, alternativos, de la mar. ¿Qué hacemos con, de, en, por, Asturias? Es hoy mismo como un retal hecho jirones y hay quien dice apenas un trazo, del lado de acá de los montes que bajan de la meseta, poblado por cada día menos supervivientes más escépticos.
¿Qué hacemos, algunos –esos otros ya sabemos que no sirven más que para comer y callar-, que no enseñamos los dientes?
Pues si. Manque sean postizos. A todos esos, del Eo p’allá, del Duero p’ambaxo. Mientras nos mirábamos el embrigo, bien que se apuraron, los del Eo p’allá, a preparase. Nosotros a la sopa boba. Hubo hasta quien creyó que el maná iba a ser pa siempre jamás de los jamases, pero diéronnoslo pa que calásemos. En cuanto nos vieron domesticaos, acabose. ¿Y ahora?
Les dejamos hacer. Todo un espectáculo. Y para nuestro acendrado, acertado, agudo, implacable sentido crítico, una divertida secuencia propicia para la ironía, la charla de café, el augurio de males, hasta que de pronto nos llegó al toldo la subida de la marea, ¿y ahora?
Como pitos moyaus, así tamos, apegadinos al terrén.
Desconcertados, incrédulos, escépticos. ¿Quién podrá subirse al bidón, quitarse la chaqueta, hallar las palabras? “Una arenga, una bandera, un tambor”. Una arenga para imaginar, una bandera para proyectar, un tambor para marcar el paso.
-¿Y qué hacemos con ellos?
-Lo de siempre. Dejar que los muertos recojan y entierren a sus muertos.
La perrita núbil se me rebela. Tengo, dice, ahora, una nueva amiga. Es más, añade, tengo una abogada que me defendería, caso necesario, contra cualquier abuso de autoridad. Tiemblo. Está de moda lo de dictar órdenes de “alejamiento”. Me recuerdan lo del urbanismo aplicado a pueblecitos y villorrios. Normalmente, un pueblecito o un villorrio –ya saben, un pueblecito es de los que describía Azorín, blancos, inocentes, silenciosos, inermes, al sol mediterráneo de Sorolla; un villorrio es siempre oscuro, lúgubre, semiabandonado, crujiente, golpean puertas de viviendas vacías, arrastra el viento bolas de maleza incierta, como los que describía Faulkner, del condado aquél, sureño, decadente, donde vivió Snopes-, no tienen “edificios históricos”, ni suelen tenerlos de “notable interés”, y sin embargo, las flamantes “ordenanzas urbanísticas”, los tratan como ciudades medievales, pletóricas de tesoros como la mesa de Salomón y edificaciones como el Taj Mahal, cuando menos.
A lo que iba, usted, dice la orden de alejamiento, no podrá acercarse a menos de quinientos metros de esa mujer. El pueblecito y el villorrio juntos, desde la plaza mayor, donde la picota, hasta el último adobe del suburbio, tienen un radio aproximado de unos cuatrocientos metros, así, midiendo por alto. ¿Dónde quiere que me ponga, señoría? –pregunta el atribulado varón-, pero su señoría ya está ocupado dictando otra orden de alejamiento y póngase usted donde pueda, amigo, o haberlo pensado antes de amenazar a la dama de sus pensamientos.
La perrita núbil, que afortunadamente no sabe de letras, ve que me pongo a escribir, tuerce un poco la cabeza, que es su gesto de no entender y hace tres o cuatro viajes al banco del zaguán, donde toca con el hocico su arnés y luego vuelve, intentando mover el muñón: ¡que era broma, hombre! ¿vamos o no, a dar una vuelta?
Febrero y acaba de romper, cautelosa, la mimosa de la ladera. Mal verano, dice el augurio. Pero recuerdo ahora mismo que ya el padre Astete, en su catecismo, dijo de no escuchar ni creer agüeros ni hechicerías, de modo que podría incluso haber un buen verano, si quieren condescender la Niña y el Niño, esos de que tiran los periódicos cuando se les acaba lo de la serpiente de verano y se les olvida lo del lago Ness de las Escocias más profundas -¿será cierto lo que acaba de ocurrírseme de que el agua de un lago escocés podría ser en realidad whisky de por lo menos quince años?-. A ver, a ver. Conserve usted la esperanza. A mí, un desvencijado empirismo me reconduce a temer que habrá mal verano. Mala la habremos, pues, si no se le ocurren casi milagros milagrosos al equipo de don Mariano y tampoco viene la oleada turística a poner el parche de todos los años en la cuenta de resultados de la balanza esa de los pagos.
Escribo. Dos cuentos para un proyecto de libro colectivo, el epílogo de otro (libro) de un amigo, entradas para el blog, meditaciones para mi archivo más secreto, el impublicable y unos versos para el que probablemente será el último libro de versos que publique, Lendel, cuya portada escojo entre tres proyectos.
Esta tarde iré, Dios mediante, a la capital pequeña. La capital pequeña se advierte como semidormida. La sensación es de que llegas, entreabre un ojo y se desinteresa. Las capitales, grandes y pequeñas, están como desinfladas de ilusión. Echo de menos más sonrisas que había cuando éramos tan jóvenes que creímos posible cuanto nos prometieron.
A lo que iba, usted, dice la orden de alejamiento, no podrá acercarse a menos de quinientos metros de esa mujer. El pueblecito y el villorrio juntos, desde la plaza mayor, donde la picota, hasta el último adobe del suburbio, tienen un radio aproximado de unos cuatrocientos metros, así, midiendo por alto. ¿Dónde quiere que me ponga, señoría? –pregunta el atribulado varón-, pero su señoría ya está ocupado dictando otra orden de alejamiento y póngase usted donde pueda, amigo, o haberlo pensado antes de amenazar a la dama de sus pensamientos.
La perrita núbil, que afortunadamente no sabe de letras, ve que me pongo a escribir, tuerce un poco la cabeza, que es su gesto de no entender y hace tres o cuatro viajes al banco del zaguán, donde toca con el hocico su arnés y luego vuelve, intentando mover el muñón: ¡que era broma, hombre! ¿vamos o no, a dar una vuelta?
Febrero y acaba de romper, cautelosa, la mimosa de la ladera. Mal verano, dice el augurio. Pero recuerdo ahora mismo que ya el padre Astete, en su catecismo, dijo de no escuchar ni creer agüeros ni hechicerías, de modo que podría incluso haber un buen verano, si quieren condescender la Niña y el Niño, esos de que tiran los periódicos cuando se les acaba lo de la serpiente de verano y se les olvida lo del lago Ness de las Escocias más profundas -¿será cierto lo que acaba de ocurrírseme de que el agua de un lago escocés podría ser en realidad whisky de por lo menos quince años?-. A ver, a ver. Conserve usted la esperanza. A mí, un desvencijado empirismo me reconduce a temer que habrá mal verano. Mala la habremos, pues, si no se le ocurren casi milagros milagrosos al equipo de don Mariano y tampoco viene la oleada turística a poner el parche de todos los años en la cuenta de resultados de la balanza esa de los pagos.
Escribo. Dos cuentos para un proyecto de libro colectivo, el epílogo de otro (libro) de un amigo, entradas para el blog, meditaciones para mi archivo más secreto, el impublicable y unos versos para el que probablemente será el último libro de versos que publique, Lendel, cuya portada escojo entre tres proyectos.
Esta tarde iré, Dios mediante, a la capital pequeña. La capital pequeña se advierte como semidormida. La sensación es de que llegas, entreabre un ojo y se desinteresa. Las capitales, grandes y pequeñas, están como desinfladas de ilusión. Echo de menos más sonrisas que había cuando éramos tan jóvenes que creímos posible cuanto nos prometieron.
martes, 31 de enero de 2012
Nunca jamás, diría con entusiasmo juvenil hace poco. Nuestro tiempo siempre es poco. Por eso, hace poco, éramos, toda una generación, hoy senecta, adolescente.
Con ese entusiasmo, el adolescente, sería como lo habría dicho y repito: nunca jamás.
Ahora, a la vuelta de la esquina, aprendí que no hay nunca ni jamás, del lado de acá del espejo, mientras la eternidad no es más que una inconcebible esperanza.
Del lado de acá, una nube que pase, estorba la luminosidad de cualquier mañana, o, si el día está sumido en la tristeza, basta que entreabra un ocelo para que el sol, al tocar con un largo dedo distraído la corteza del árbol, ponga una pincelada de alegría en nuestra cavilación.
Nunca jamás.
Una gárrula bandada de chovas gira en torno a mi recuerdo de la espadaña de una iglesia castellana.
Como esa gente que anda siempre girando en torno al eje del tiovivo de la representación y de la gobernanza.
Había, cuando estuve en París, de pronto, tiovivos en lugares inesperados. Colores, luces, espejos. Cuando los vi, quietos, parecían recuerdos. Algo así como el organillo abandonado en lo más hondo, recóndito, olvidado de la enigmática tienda de la ropavejera. Siempre he mantenido la pregunta de por qué no me subí al tiovivo, no giré la manivela oxidada del organillo.
No funciona, este fracaso social del umbral del siglo XXI, del tercer milenio.
Dejamos a hijos y nietos, dos generaciones desamparadas, desconcertadas, desnortadas, un atribulado mundo sumido en el Maelström de la duda, como el capitán Nemo.
No sabemos qué hacer con las ruinas ni de Itálica ni de Roma. Las de Grecia las calcina el sol, en torno al Partenón.
Con ese entusiasmo, el adolescente, sería como lo habría dicho y repito: nunca jamás.
Ahora, a la vuelta de la esquina, aprendí que no hay nunca ni jamás, del lado de acá del espejo, mientras la eternidad no es más que una inconcebible esperanza.
Del lado de acá, una nube que pase, estorba la luminosidad de cualquier mañana, o, si el día está sumido en la tristeza, basta que entreabra un ocelo para que el sol, al tocar con un largo dedo distraído la corteza del árbol, ponga una pincelada de alegría en nuestra cavilación.
Nunca jamás.
Una gárrula bandada de chovas gira en torno a mi recuerdo de la espadaña de una iglesia castellana.
Como esa gente que anda siempre girando en torno al eje del tiovivo de la representación y de la gobernanza.
Había, cuando estuve en París, de pronto, tiovivos en lugares inesperados. Colores, luces, espejos. Cuando los vi, quietos, parecían recuerdos. Algo así como el organillo abandonado en lo más hondo, recóndito, olvidado de la enigmática tienda de la ropavejera. Siempre he mantenido la pregunta de por qué no me subí al tiovivo, no giré la manivela oxidada del organillo.
No funciona, este fracaso social del umbral del siglo XXI, del tercer milenio.
Dejamos a hijos y nietos, dos generaciones desamparadas, desconcertadas, desnortadas, un atribulado mundo sumido en el Maelström de la duda, como el capitán Nemo.
No sabemos qué hacer con las ruinas ni de Itálica ni de Roma. Las de Grecia las calcina el sol, en torno al Partenón.
lunes, 30 de enero de 2012
Los mismos de antes, es decir PSOE y PP, lo han conseguido. Acorralar a Paco Alvarez Cascos y obligarle a convocar unas elecciones en que unos, el PP, creen que van a arrollar, y otros, el PSOE, consideran que habida cuenta de la división del grupo adversario, partido por gala en dos, van a poder invertir la tendencia nacional de inclinación al PP.
Los votos más esperanzadores, que serán los de Francisco Alvarez Cascos y su Foro, resultarán posiblemente insuficientes, y quienes de uno y otro lado acreditaron ya su incompetencia para sacarnos del atolladero en que estamos, volverán a repartirse las respectivas responsabilidades, con el mismo probable resultado de lo que hasta ahora habían malogrado.
Como consecuencias inmediatamente previsibles, el Principado formará durante un período de entre medio y un siglo en el pelotón de los torpes de una España relegada por la pobreza a que nos llevarán las medidas monetarias que utilizará un gobierno de técnicos para reducir el gasto y con él la vitalidad económica, sin previsión conocida de un ulterior mapa de relanzamiento, asimismo al pelotón de los torpes de esta Europa incapaz de consumar su consolidación como Estados Unidos de Europa.
Para Asturias, una tragedia, para España un paso atrás, para Europa, asomarse a la categoría de espectadora de un mercado en que podrían haber competido dólares, yenes, yuanes piastras y euros, pero al que el euro va a llegar devaluado y renqueante.
Los votos más esperanzadores, que serán los de Francisco Alvarez Cascos y su Foro, resultarán posiblemente insuficientes, y quienes de uno y otro lado acreditaron ya su incompetencia para sacarnos del atolladero en que estamos, volverán a repartirse las respectivas responsabilidades, con el mismo probable resultado de lo que hasta ahora habían malogrado.
Como consecuencias inmediatamente previsibles, el Principado formará durante un período de entre medio y un siglo en el pelotón de los torpes de una España relegada por la pobreza a que nos llevarán las medidas monetarias que utilizará un gobierno de técnicos para reducir el gasto y con él la vitalidad económica, sin previsión conocida de un ulterior mapa de relanzamiento, asimismo al pelotón de los torpes de esta Europa incapaz de consumar su consolidación como Estados Unidos de Europa.
Para Asturias, una tragedia, para España un paso atrás, para Europa, asomarse a la categoría de espectadora de un mercado en que podrían haber competido dólares, yenes, yuanes piastras y euros, pero al que el euro va a llegar devaluado y renqueante.
Me dice una amiga que me privilegia con su amistad, una amiga dulce, a ratos, como la miel de romero, a ratos asilvestrada como una leona audaz, cazadora de ñus y cervatillos de la sabana, que eso de la perrita que no es perra, suena como a burda y grosera calderilla de aquellos patacones que llamábamos “perronas” y eran monedas de diez céntimos de cuando los céntimos de pesetina de plata eran algo, diez daban para una caja de cerillas de “clac” y una “perrina”, que era la monedilla de media perrona, llegó a dar, por los años cuarenta, para subir y bajar en el ascensor del metro de donde las cuatro calles, del Madrid reposado de antes de todas las movidas y era lo que costaba una caja de cerillas de las que se usaban en la cocina y para preparar “mariposas” para las lámparas de aceite.
Y por eso me corrijo y digo hoy, que mi perrita, ahora, es ya núbil –cosa que suena como a etérea y un poco digamos como ajardinado y poético- A ella se ve que la mudanza la regocija, porque mueve con especial alegría el muñón que le dejaron cuando nació y algún bárbaro ejemplar de nuestra especie, no sé si hombre o mujer, le amputó el rabo casi a ras de lana, sin ley, justicia ni razón, que diría el Segismundo calderoniano, para semejante agresión sin motivos previos ni más aparentes razones que la de la moda o mera y más sencilla usanza.
Un perro, valga la expresión para ambos sexos, no debería ser nunca privado de por lo menos uno o dos tercios del rabo que constituye medio de expresión obligado de muchas de sus sensaciones. Cuando feliz, suele agitarlo con la rapidez con que el colibrí mueve las alas, cuando triste lo mete entre las patas a la vez que agacha las orejas y busca su rincón de las desdichas. Alzar el rabo pone de manifiesto predisposición al servicio activo. Bajarlo, reticencia.
Hoy, cuando le comento de su nubilidad, se ve que trata de moverlo enérgicamente. Un acierto. A veces, una palabra, puede ser como una caricia.
Hasta para las perritas que ya son núbiles.
¿O será que trataba de mover el rabo porque me vio con el mando en la mano, dispuesto a llevarla a la calle?
Y por eso me corrijo y digo hoy, que mi perrita, ahora, es ya núbil –cosa que suena como a etérea y un poco digamos como ajardinado y poético- A ella se ve que la mudanza la regocija, porque mueve con especial alegría el muñón que le dejaron cuando nació y algún bárbaro ejemplar de nuestra especie, no sé si hombre o mujer, le amputó el rabo casi a ras de lana, sin ley, justicia ni razón, que diría el Segismundo calderoniano, para semejante agresión sin motivos previos ni más aparentes razones que la de la moda o mera y más sencilla usanza.
Un perro, valga la expresión para ambos sexos, no debería ser nunca privado de por lo menos uno o dos tercios del rabo que constituye medio de expresión obligado de muchas de sus sensaciones. Cuando feliz, suele agitarlo con la rapidez con que el colibrí mueve las alas, cuando triste lo mete entre las patas a la vez que agacha las orejas y busca su rincón de las desdichas. Alzar el rabo pone de manifiesto predisposición al servicio activo. Bajarlo, reticencia.
Hoy, cuando le comento de su nubilidad, se ve que trata de moverlo enérgicamente. Un acierto. A veces, una palabra, puede ser como una caricia.
Hasta para las perritas que ya son núbiles.
¿O será que trataba de mover el rabo porque me vio con el mando en la mano, dispuesto a llevarla a la calle?
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