lunes, 25 de junio de 2012


¿Murió? ¿Era mortal? ¿Había descubierto el gen de la inmortalidad? Nadie sabe o no contesta quien puede tener noticia de una eventual captura del holandés errante por Fu Manchú, que podría haberlo troceado con indiferente crueldad apasionado, en busca de ese huidizo misterio que habría permitido que Matusalén batiese todas las marcas anteriores y siguientes cuando vivió, según dicen, varios cientos de años. Y de haberlo conseguido, ahora mismo, el diabólico doctor podría estar urdiendo todavía maldades nuevas e inimaginables para endurecernos las crisis pendientes.

Lo recuerdo al hilo del fallecimiento de un antiguo compañero de juegos a que, como a casi todos, había también deslumbrado la ingenua serie de “Los tambores de Fu Manchú”, de que disfrutamos, preadolescentes, a lo largo de las funciones de tres domingos seguidos por la tarde, en el “infantil” de las cinco del cine Amelia, llamado teatro Amelia, pero que daba cine entre una pieza teatral y otra: Fu Manchú ataca; La venganza del Si-Fan; La derrota de Fu Manchú.

Jugábamos a Fu Manchú y los suyos, Avelinito era Fu Manchú y éste que ahora se va hacía de Allan Parker, su debelador, como ayudante del proverbial Neylan Smith, sin cuya ayuda y heroica persecución obsesiva del monstruoso médico chino, sin duda se habría adelantado el fin del mundo, víctima colectiva de sus malvadas artimañas.

Muere la gente de mi generación. Aquellos supervivientes de la calcinada posguerra de durante otra guerra. Los que pasamos del teléfono de manivela y el fonógrafo al telefonillo y el iPod, del cine de los sábados a la tableta que es a la vez cinemateca y biblioteca muchísimo más pobladas que la de Alejandría. Niños que veníamos del azúcar moreno, el pan negro y las lentejas rellenas de gorgojo a la miseria de estos platillos con una cagadita de carne o pescado y la ráfaga de la salsa adornando un hambre, ahora motivada, en plena abundancia, pese a las crisis, por miedo a los colesteroles, prótidos y lípidos de una sociedad decadente y aburrida, que inventa vicios para salir de la rutina de los habituales.

Miramos pasar los tarros de cenizas, camino del columbario y se siguen escenas, ahora quietas y mudas, en el visor de la memoria de cuando todos fuimos chavalería preocupada con ser el día de mañana, hoy ya ayer. Resultan, por su inocencia, conmovedoras, pero consuelan de que, uno tras otro, vayamos haciendo esto que aún nos queda por hacer, tal vez lo más difícil, para concluir el oficio de haber vivido con cuantos privilegios eso entrañó, a lo largo de tantos días y tantas vicisitudes.

Vayamos descansando en paz. 

domingo, 24 de junio de 2012


Ni hice hoguera ni ayudé ni salte ni pase sobre las brasas ni madrugué esta mañana en busca del primer trébol de cuatro hojas ni de la flor del agua. Estaba dormido, mientras las xanas se peinaron sentadas en los brocales de los pozos, junto a las fuentes, en los manantiales y las alfaguaras. ¡Qué coño de clase de asturiano soy, que ni busqué flores para hacer el ramo y ponerlo en la debida ventana!

Siguro que toy tan vieyo que nin pa llindiar valgo por mansa que sea la vaca que me encomienden. Tuve descuidao p’ol siñor San Juan, que me perdone. ¿Tamos los vieyos dispensaos?

Fue noche mágica, pero los mozos ya se entretienen de distinto modo. O puede que casi no queden mozos para formar cuadrilla, rondalla, coro y la melancolía se haya refugiado en el sonar de esa gaita que suena lejos, donde los recuerdos, donde hasta los druidas están dormidos esta mañana de borde del solsticio de verano.

Nació por estas fechas San Juanín, precursor sacrificado por un capricho de suripanta desencantada. Ella hizo también su oficio, como cada cual, para que se ejecutara la barbarie cruel y cruenta que late en los prólogos, las tramas y los ultígolos de lo bueno y lo malo que coexisten vete a ver por qué misteriosos motivos que están en la trastienda de cuanto pasa.

Mañanina de sol, tien que habese pañao el trébole. Alguién lo tien y lo esconde, como tos esos que guardan el boleto cuando-i-s toca la primitiva pa que nun entamen los moscones a zumbáis pedidos pa las fiestas, pa los menesterosos, pa una juerguina solapada, ahora que tiés tanto-i-dicen … Alguién tien que haber chegao a pañar la flor del agua. Y tahí San Pedro pa pon’el ramo que la noche de San Padro te lo puse, que la de San Xuan nun pude, que taba malo –diz el cantar-.

Y ahora –decía solemne la anciana señora muy encopetada a uno de “sus” pobres, poniéndole un par de perronas en la mano-, no te lo gastes en vino ni mujeres, Cosa de antes. Hace bien poco, me pidieron a mí en una peatonal “pa’una frasca de vino, tíu” y no hace tanto, otro “pa ir de putes, paisanu, que toy necesitau”. ¿Quién eres tú, era la encopetada señora o soy yo, para gobernar el destino de lo poco que damos a quien nos pide? Pedía en cierta ocasión uno, cuando la difunta peseta: dos reales pa un bocata, y el dador, suspicaz y aprovechado: mira, voy date una peseta y trasme otru pa mí.  


sábado, 23 de junio de 2012


No son ni esenciales, ni necesarios, ni siquiera útiles, todos esos personajillos que intentan diversificarnos, a los europeos y de convencernos de que somos diferentes unos de otros, y, los del país de al lado, como consecuencia, enemigos. Ahí está el error. Somos diferentes, como lo son los barrios de cada ciudad del mundo, grande o pequeña, pero siempre, todos, complementarios. La ciudad es lo que es, como lo es Europa, por complementariedad armónica de los diferentes instrumentos que componen la sinfónica. Y, como ella, necesitamos una sola batuta, un gobierno central, que resuma, organice y armonice todos y cada uno de los esfuerzos y méritos, los vicios y las virtudes de cada componente de esa unidad soñada, emprendida, hasta ahora por desgracia fracasada, que es Europa.

Amanece la víspera de la alborada anterior a la del señor San Juan. Es hoy el día más largo del año y se ha llenado de sol, mechado de nordeste. A ratos te fríe un sol recién estrenado, a veces tiritas en una esquina de la villa aprovecha el chaflán el viento para poner a punto las uñas.

Por la tarde juegan al fútbol los franceses contra los españoles. Tienen gracia los comentaristas, que hablan de los equipos como si fuesen seres vivos, unos y los mismos con los de su historia deportiva de hace medio o un cuarto de siglo y hablan y no acaban de cuentas pendientes, venganzas por encuentros anteriores y otras aventuras e ingenios a cual más pintoresco. Lo mejor de eventos como éste resulta que circula por las calles un diez por ciento de los coches que lo hacen habitualmente. Millones de españoles se pondrán ante el televisor, con algo de comer y de beber y una camisola futbolera con número a la espalda y estarán absortos, encandilados durante hora y tres cuartos.

Tengo que confesar con cierta vergüenza que desde que el fútbol se ha convertido en el tejer y destejer de unos y el tratar de interrumpir y sorprender de otros, con, como mucho, media docena, con suerte, de destellos de juego brillante en cada partido, la mayor parte de los que veo me aburren hasta el adormecimiento y vuelvo a mi crucigrama de La Vanguardia, el damero maldito o el libro, que ahora resulta que puedes llevar una biblioteca y una cinemateca a cuestas y ponerte a disfrutar en cualquier rincón hasta sin luz, que la traen incorporada las tabletas o los libros electrónicos.

Por cierto, irritante, al menos para mí, que algunos autores hayan caído en la tentación de escribir libros por entregas, sin principio, que está en otro anterior, ni final, que estará en el siguiente. Por lo menos, en cualquier trilogía o hasta pentalogía, cada tomo debe poder leerse con independencia de los otros, sin perjuicio de que la historia contenida en él pueda completarse con otras aventuras, contenidas en otro u otros, más o menos relacionadas, de los mismos personajes. Cortar una narración en varias y vender los pedazos por separado me parece un abuso y mayor cuanto más interesante y mejor escrita pueda estar. Y si por lo menos todos los tomos se pusieran a la venta al mismo tiempo, la trampa sería menor que la de mantener en suspenso un desenlace durante meses o años o incluso para siempre, si al autor le da por cortar el chorro, se le corta la inspiración o hasta podría morirse y llevarse un secreto cuyo derecho a  desvelar ya no le pertenece por entero.  

viernes, 22 de junio de 2012


Echas en falta el jueves. Estuve en la capital del semiestado autónomo. Se me ocurre comparar esto de las autonomías con pequeñas imitaciones del Estado, tal vez estados mínimos, o proyectos de Estado, o sus parodias, o, tal vez, bocetos resultantes de sueños utópicos de aprendices de político futuro, mezclados con cenicientos políticos viejos, que regresan al lugar de sus nostalgias y quieren sobrevivir en la jubilación de una segunda edición de su autobiografía práctica.

En la capital, ¿autónoma? ¿autonómica? La misma ciudad provinciana de siempre, con pujos esforzados y destellos, calles, vericuetos, callejas, callejones y eso que hemos dado en llamar peatonales y son como un epítome de la historia humana, pasado a cámara rápida por una pantalla de televisión. Me dan una palmadas en la espalda, me dicen adiós y me ponen el distintivo de ilustre, bajo un retrato que desde ahora colgará en el desván de la memoria. Ya soy “aquél” ¿os acordáis? De todos modos, me siento homenajeado y agradezco que me agradezcan porque la realidad es que no hay nada que agradecer cuando lo que haya hecho de bueno, fue cumplir con mi obligación y lo hecho mal no merece agradecimiento.

No sé dónde, leí hace poco que un sabio filósofo chino aconsejaba a uno de sus discípulos que buscase un trabajo que le agradase hacer y le produjera satisfacción, que lo eligiese como trabajo y que así no volvería a trabajar en la vida. 

Correr como el viento, volar, disfrutar de la telepatía unidireccional, ser, no inmensa, sino inagotablemente ricos.

Luego, se regresa a la vida de cada día, a estudiar las lecciones, aprender las mañas, que te infundan la vieja gramática parda, que nunca, más tarde, sabes quién te enseñó, pero estábamos enterados, después de los estudios primarios, medios y superiores o del aprendizaje de cualquier oficio o de una artesanía, desde el primer desorientado día hasta saber cómo y por qué se han de colocar así o asao los ladrillos, las tuberías o el barro en el alfar.

Nada es seguro, te informa la experiencia, y la realidad, cuando estás más descuidado, te abofetea con desprecio, sin contemplaciones. ¿Qué habíamos pensado? ¿Qué esto era Jauja?

Alguien me recuerda que durante la noche, a una hora indeterminada en que se supone que estábamos dormidos, acaba de llegar el verano, el carro del sol, los sudores y hasta hay quien dice que brotarán los lirios del jardín y hasta madurarán los membrillos, allá por el sur. Una vez, cuando las cámaras fotográficas todavía eran del siglo pasado, hice un viaje por el sur y la cámara, ajustada a las luces del norte, me quemó los recuerdos. Andan todavía por ahí, por algún curioso álbum en que sólo yo puedo adivinar un paisaje que no es sino humo blanquecino con algo como ectoplasmas, que somos nosotros bañándonos por primera vez en agua tibia de soles agobiantes. Fotografías como la paleta de Sorolla, una confusa luminosidad gris, como el probable interior de una perla.

Aclaro. Ser inagotablemente rico consiste en no tener nunca demasiado dinero, pero siempre el necesario. Disfrutar de telepatía unidireccional es saber, si quieres, lo que piensa tu interlocutor, pero que él, o ella, no lo sepa más que cuando y si tú quieres. Volar … bueno, si no se ha soñado que se volaba, no podréis comprenderlo. Algo así como cuando se bucea y flota entre dos aguas, mientras dura el aire y con un gesto es posible cambiar de altura, dirección, sentido.

Sueños todos limitados, banales, siendo como sin duda es posible imaginar vertientes de la inimaginable eternidad.

Se advierte en el aire la inminencia de la noche y la alborada del señor San Juan, la noche más corta, la alborada llena de magias y misterios de cada año. ¿Por qué las hogueras? ¿Por qué y para qué saltarlas? ¿Por qué y para que correr sobre las brasas? De tanto recorrer sus vericuetos, los hombres hemos olvidado el meollo de nuestros misterios. Se pierden en el tránsito desde el claustro materno a la primera llantina en manos de unos desconocidos y es posible, digo yo, que se recuperen durante el paso por el túnel sofocante de la muerte. 

miércoles, 20 de junio de 2012


Cómprate una lámpara, mejor, cómprate dos, cinco o seis, según si para un alumbrado u otro, un aparato u otro o la iluminación de a cada lado de un espejo. Sí, de esas de bajo consumo y larga duración que cuestan por lo menos ocho o diez euros cada una porque dice el papelín o está escrito en la caja que van a durar una eternidad y ahorrarás el oro y el moro.

Para empezar, lo de la duración, filfa, que te lo digo yo. Fallan una o dos en seguida y resisten otras, según, pero no es eso lo peor, lo peor es que vuelves a la tienda, acudes al super, recorres la cristiandad y parte de otras tierras, territorios culturales y anejos y descubres que igual, lo que se dice igual que las fracasadas, ya no tienen. Incluso el mismo fabricante, ahora ha mejorado el sistema y ésta o aquélla, un pelín más grandes, más pequeñas o lo que se dice una tonalidad, una tintada de tonalidad, son diferentes. Y mira por donde, eres un perfeccionista, o lo es tu mujer o la suegra o la abuelina que viven contigo y mira esa lámpara; es diferente de las otras.

No se puede salir a los mercados del mundo a competir con estos modos y maneras. Las cosas necesitan, además de unas garantías mínimas de continuidad en la fabricación y reposición en los defectos, un mínimo de seriedad comercial. Lo de tente mientras cobro o los burros enjalbegados para la feria deberían ser asunto de otro tiempo pasado. Ahora un euro son más de ciento cincuenta pesetas y pretenden estos presurosos mercachifles que los paguemos como si fueran pesetas, que ya se encargan ellos de recomponerles el valor exacto y cabal en cuanto los meten en los respectivos cofres corsarios.

Habría que impartir, para empezar a hablar de competencias y recuperaciones económicas, de mínimos de seriedad comercial, escandallos, ganancias justas y usura encubierta. Hay, como hubo préstamos de interés leonino, escandallos leoninos y timos comerciales encubiertos so capa de modernidad. Demasiada publicidad deslumbrante y escaseces cada vez más frecuentes de seriedad comercial.

Al hilo de lo dicho, recomiendo a amigos y enemigos e indiferentes que cuando alguien les haga una tentadora oferta, se ponga las gafas de leer de cerca, requiera una lupa y lea y relea la letra pequeña, donde más o menos claros, vienen especificados los complementos, inconvenientes y futuros daños colaterales. Me recordaba un reciente ejemplar de este furtivo bandidaje lo de aquella rampa, supuesto acceso para inválidos, que habían puesto junto a una escalera de cierta villa con alrededor de un cuarenta por ciento de desnivel. La ley, dura lex, parecía haberse cumplido al pie de la letra mediante aquella sorprendente burla de su espíritu.