miércoles, 22 de agosto de 2012


El 22 de agosto, los “dos patitos” de la lotería casera protohistoria del bingo, en esta Villa se echa el cierre de las fiestas de verano, de que aún falta el remate de Nuestra Señora de la Riégala, de Cadavedo.

Habrá quien, después, se vaya a Oviedo, a rematar el verano y mirar con la debida desconfianza el otoño de san Mateo. Los mateínos, los paisanos que somos, irán, junto con la vaga nostalgia de los recuerdos de los más viejos, sin fuelle para hacer el camino, a mirar con los ojos muy abiertos las barracas, los chiringuitos, la ciudad, todavía apretada alrededor de la torre de la Catedral.

Pero hoy es fiesta aquí, repito, todavía. Que por cierto se estuvo el sol esperando para enjugarse el sudor hasta la noche pasada, de la víspera y los fuegos artificiales, y permitir que de su toalla de nubes cayese un pequeño diluvio intimidatorio: ¡eh, chicos!, que viene el otoño.

Poca cohetería, este bisiesto de la economía triste, poca música, salvo el esfuerzo desproporcionado de unas verbenas en mi modesta opinión disparatadas.

La “movida”, ahora, suele acampar en el puerto, que deja de serlo para convertirse en una apretujada convivencia junto al ruido de la mar, el olor de la mar. Y rivalizan los hosteleros en la invención de platos y adornos, montajes de marisco y pececitos fritos, pulpo a lo más variados, crustáceos y yerbabuena. ¿Y usted?  Yo, espárragos de lata, que fuera dice “kojonudos”.

Cállate. No critiques. No protestes. La próxima vez. Más tarde. Ayer. Mañana, las cosas habrán sido perfectas, y, de cualquier modo, lo pasaste bien. Aprendiste una habanera. Conoces un nuevo sabor. Tuviste, con suerte, un cruce de mirares con una moza que podría haber sido la mujer de tu vida, pero como no, a partir de ahora, podrá ser un nostálgico recuerdo, capaz  de aliviarte de futuras situaciones tristes, angustiosas, de fracaso, embarazosas.

Mañana. Siempre hay un mañana para después de cada hoy.

martes, 21 de agosto de 2012


Decenas de festivales célticos, cornamusa, gaita y sus sonidos infinitamente nostálgicos, pero no vinieron, cuando lo hacían, a tocar la gaita y bailar en la playa danzas más o menos esotéricas, ni siquiera relacionarse con los otros celtas de más cerca o más lejos, sino, como avispados comerciantes que fueron de su época, a garantizarse el monopolio de la sal.

No viajaban por el placer de ir descubriendo tribus, culturas y paisajes nuevos, sino para establecer puestos de venta, en el mercado global de entonces, de uno de los productos más necesarios de su época, un producto como la sal, que movió implacables guerras y hasta puede que crisis económicas ajustadas a la cultura de una época en que había que almacenar para sobrevivir y había que, en la medida de lo posible, garantizarse la conservación de lo almacenado, en los envoltorios de que no constaba fecha de caducidad.

Buscaban dónde producir, almacenar y comerciar con la sal. Y venían, eso sí, de mar adentro, de lo desconocido, rubios, ojizarcos, braquicéfalos, con sus gaitas y sus cornamusas, con que es probable que tratasen de dejar marcada en el agua la estela de ese afán de regreso que impregna a cada humano que abandona su tierra en busca de riquezas y poderío.

Cada festival añora su paso por las costas del occidente del futuro de Europa, por el que fueron dejando salinas y secaderos, pero también, es cierto, hoces de oro, bosques mágicos y muérdago sin cortar, enredado en los robles pensativos.

Priva, sin embargo, en el umbral de la apoteosis festera, el ruido y la furia desmadrados, las canciones vociferadas, el grito unánime de la multitud incansable. Carpas cada vez mayores. Altavoces cada vez más potentes. La luna ya no viene a la fragua, que pasa asustada, velándose sus cráteres con hilachas de nube.

Por las esquinas del paisaje, se apagan con un breve temblor los tiempos de unos, pero se anuncia a la vez el albor de vuestro tiempo, el de nuestros semiolvidados sueños, que se han convertido en adolescentes ilusionados y patilargas jovencitas de mirar sorprendido. No se apaga, amanece un mundo.

Leo que están cerrando playas por una invasión de pequeñas medusas malignas. Un mundo nuevo no quiere decir un mundo feliz. Huxley lo sabía, en muy sarcástico. 

lunes, 20 de agosto de 2012


Un señor alcalde y un señor ciudadano, han tenido un encontronazo donde el muelle, en día de sus fiestas mayores y se han dado de chufas, collejas, bardiascazos, galletas, soplamocos, bofetadas, puñetazos o qué sé yo, si no esta allí e ignoro más detalles que los que cada cual cuenta como quiere y puede en las distintas publicaciones, bulos, panfletos, sueltos o artículos.

Mal asunto, este de los asturianos, a quienes ya el rey don Carlos III, consta en la Novísima Recopilación que prohibió reunirse, como tengo contado tantas veces, portando palos, en las riberas del Manzanares, cuando las fiestas del Santo y dirimiendo allí sus diferencias concejiles. So pena, nada menos que de galeras.

Eriza la pelambre considerar que disponemos de unos de los idiomas, tal vez el más, versátiles y expresivos, tanto para entendernos como para desentendernos e insistimos sin embargo en regresar a la penumbra de la pintura negra de Goya, que a mí me ha dado siempre casi tanto miedo como la profecía poética hecha en su día al “españolito” que entonces nacía, por don Antonio Machado, pesimista de la desesperanza, a veces. Esa pintura, que tan a menudo recordamos, de los jayanes empeñados en matarse a garrotazos, enterrados hasta la rodilla, para que no se te ocurra huir. Si acaso, pedir clemencia. ¿La habría? Induce a la duda la oscuridad del horizonte, al fondo del cuadro, donde, a pesar de todo, hay ramalazos de una luz. La luz, aún la más aparentemente lóbrega del fucilazo tormentoso de cualquier peligro, es siempre esperanzadora.

Aprieta el calor. Nuestro norte hace tránsito, casi, al condado de Yoknapatawpa –o como se escriba- de cuyos agobios nos cuenta Faulkner, un condado del sur, la descripción del clima del cual, casi podría aplicarse a la de este insistente bochorno sahariano que nos agobia.

La gente, alrededor de mis sudores, se sumerge bajo la espuma de la fiesta. Carpe diem, insiste, agotad la ocasión. Del otro lado de la esquina, me han dicho que vieron al primer afilador. Los erizos, ternura verde aún, se mecen ya en las ramas de los viejos castaños.

domingo, 19 de agosto de 2012


Pocas veces, si alguna, había subido tanto y con esta continuidad el marcador de los termómetros de este rincón de la costa, que habitual y misericordiosamente batía el nordeste como si hubiera sido siempre su obligación hacerlo así, pura rutina.

Han venido, sin embargo, año tras año, anunciándose por repetición tiempos de bochorno y calima, humedad y temperaturas, que, al desbordar la raya de los treinta, son desconocidas y agobiantes para las tribus del norte.

Desde aquella niñez de postguerra y chubascos de octubre, Navidades Blancas y belenes cubiertos de musgo arrancado de la humedad de los ribazos de la “carretera de arriba” y ácido bórico, que es, decía mi abuelo el boticario, lo que más se parece a la nieve, si lo desmenuzas, hasta la cosa que casi nadie quiere o puede o se atreve a entender, del famoso “cambio climático”, ha pasado una vida. Y sorprende descubrir que haya sido la nuestra.

Pero es que ha cambiado el mundo.

Y no sólo una vez, sino que, con sorprendente rapidez, un montón de ellas. Y los que antes tardaba varias generaciones en hacerlo, ahora varía muchas durante una sola generación.

A veces, miro atrás en el álbum y redescubro que mi abuelo, el mismo boticario, era alcalde de mi pueblo cuando pusieron la primera piedra del ferrocarril y yo lo era a mi vez, medio siglo después, cuando lo inauguramos. El día de la primera piedra, cuenta la fotografía correspondiente que llovía, y el señor alcalde se cobijó al lado del señor cura de la parroquia bajo un paraguas. El de la inauguración, hubo radiante sol y, que yo recuerde, no estuvo en el balcón del ayuntamiento el señor cura de la parroquia. Ahora doy en echarlo allí de manos y no cuando debería. Dos curas inolvidables. Don Raimundo cuando mi abuelo, don Heliodoro en mi época. Don Heliodoro fue un hombre preocupado, solidario, y, sobre todo, bueno, en todos los sentidos de la palabra, Cada vez que paso por junto al cementerio de Salave, en Tapia, donde duerme, rezo, no porque crea que él lo necesita para estarse acogido al buen padre Dios, sino para recordarme y recordarle que fue uno de mis mejores amigos de este mundo.

Cincuenta años para concluir un ferrocarril son probablemente demasiados años. Como no fuesen, que no era el caso, el transiberiano o el que va de costa a costa de los Estados Unidos de América. Que, encima, supongo que ninguno se tardó tanto en hacer, a pesar de los hielos, en un caso, y de los indios, en otro.

Cuando aquella niñez sobrecogedora de la postguerra, todavía se recordaban las hazañas del coronel Cody, Buffalo Bill, y las guerras de Marruecos y de Cuba.

La de cosas que han tenido que ocurrir.

Inexorable maquinaria, la virtual del tiempo que inventamos, afanosos de medir eternidades. No podremos nunca. La eternidad, que es suprema quietud, abarca cuantos tiempos podamos inventar.

La cosa, ¡déjate –dice mi otroyó el utilitario- de patrañas, microfilosofías y divagación!; la cosa, insisto, es que al acercarse el lindero de poniente del entusiasta veraneo de este año de sol, Asturias, osa hibernada, asoma, seguida, fiel y confiadamente, por sus deslumbrados esbardoa y redescubre que todo sigue como allá en julio, cuando cerraron sus carpetas los burócratas y en lo más profundo de sus escepticismos, siquiera fuese por un momento, se atrevieron a esperar que algo por lo menos, se arreglara solo, a fuerza de no mirarlo.

“Mala la hubisteis”, en este caso los asturianos, con el Roncesvalles del desnortado viaje que hace tiempo emprendimos hacia nuestras nostalgias. Empezó con aquello de que no permitiríamos que se nos privara de lo que teníamos. Lo que se tiene lo desgasta el uso y el consumo. Si no se repiensan las cosas, si no se reponen los medios y se ajustan al futuro que constantemente llega, se suele desembocar en el desaliento.

Es una hermosa batalla, cada batalla heroica, pero no suele remediar lo irremediable, como tampoco lo remedian las falsas revoluciones promovidas por quienes no tienen el propósito de cambiar, sino en de sustituir a los privilegiados de un orden equivocado. El error permanecerá, sin más mutación, sin más que mudar las personas que sufren y las que disfrutan.

La osa alza la cabeza, en el umbral de la osera y ventea el aire del tiempo nuevo.

Todavía no –se dice-, todavía hay tiempo de un sueño nuevo, otra ocasión.

Apenas deja el sol, con su largo tridente, moverse en busca de la sombra de los álamos del río. Arde el pinar. Se empina el fresno a mirar más lejos. Los humeiros del soto, capitaneados por un par de robles, se afanan en proponer sombra a los romeros, que cantan, se adivina que cansados, las canciones cada vez más antiguas, cada vez más íntimas. Como si ahora mismo, casi hora de la fiesta mayor y la mayor explosión de cohetería, se adentraran en el pasado, en busca de los entrañables seres que fuimos cuando el mundo parecía un hermoso jardín murado, a salvo de tempestades y ventoleras súbitas. La gente, un poco asustada, se apresura a degustar los infinitos sabores de las vísperas durante que todo es imaginable.

¿Seremos capaces, pasado mañana, cuando la osa salgo, de haber soñado un plan para las Asturias?

sábado, 18 de agosto de 2012


En los vodeviles, las revistas y operetas suele haber un número final, calificado por sus diseñadores de apoteosis, que a menudo degenera en un barullo con exhibición de todo el personal, el femenino coronado de plumas teóricamente de aves exóticas y plumaches artificiales. Y así este “largo y cálido verano” del bisiesto en funciones, desmelena cuantas clases y fuentes de ruido, furia y sonido  haya podido en cada caso pagar a base de recaudaciones de agotadas comisiones de fiestas, que se afanan por conseguir que los avispados hosteleros –tal vez en esta ocasión también agobiados-, participen en los gastos de atracción del guiri que pasaba indeciso, tabla de surf en baca y zodiac a remolque de su renqueante cochecito.

Es el último acto del festejo, el “día Grande”, musculado y mayusculado de cada ciudad, villa, pueblo, aldea, lugar acasarado, pueblecito o villorrio de la geografía de escondites veraniegos de la periferia del norte.

Resuenan desde los tímidos suspiros del saxofón asociado si acaso a piano y batería, pasando por los requintos de gaita y tamboril y los denodados esfuerzos de la banda municipal, a que se multiplican, más que suman, charangas disociadas por cualquier quítame allá esas pajas, hasta la feroz cohetería, que rebota, hace ecos y aterroriza a perros y gaviotas, provocando su algarabía.

Y, a todas estas, implacable, denuncia el termómetro que algo le está pasando al “Planeta Azul”, que los sucesivos incendios van desertizando. Respiramos mal, como si hubiera el calor desconocido, hay hasta donde cincuenta grados centígrados, convertido el aire en algo más espeso, tal vez mermelada de componentes desconocidos que se deslíe en aquel otro aire, ¿recordamos?, que venía del nordeste dorando la piel de las sirenas y trasladándonos la espuma de su canto.

Tres cuartos o más de España, en naranja y rojo. Un respiradero, bendito sea el buen padre Dios que lo permite, aquí en el cuadrante del noroeste, donde el final de la Tierra. Humanidad agazapada. Recuerdo las primeras páginas de “La Peste”, de Camús, donde describe la playa. Casi todo tiene su literatura. ¿Imita la sociedad lo que leyó o describe lo que hizo? Cualquier situación evoca el artificio de la música de fondo de una película vista hace demasiado tiempo para recordar del todo lo que allí pasaba.

Los que mandan, lo mismo que los mandados, apuran la pez de las vacaciones. El buen padre Dios nos ilumine y guarde, a ellos y a nosotros. Leí no sé dónde que esta semana entrante puede que hasta llueva. En la salita, la aspidistra que parecía haberse secado, contra toda desesperanza, ha exhalado una hoja nueva, aparentemente jugosa, terna y verde esmeralda o más.

viernes, 17 de agosto de 2012


Ya no recuerdo por qué extraña y desorbitada sinrazón, un auxiliar de la cátedra de Internacional Privado me proporcionó la experiencia de mi único suspenso, ya en quinto y último curso, de mi carrera. No debía tener razón él, porque solicité me examinara el Catedrático y me dio un notable.

Lo recuerdo ahora, de la mano de los dimes y diretes que continúan suscitando los derechos internacionales Público y Privado, tantas veces condicionados por la capacidad de imponer su voluntad de este Estado o de aquél, que con frecuencia se reservan no estar de acuerdo e incluso poder vetar las resoluciones de unos parlamentos que no han venido siendo más que ensayos de un Derecho Internacional con base y fundamento estrictamente jurídicos y con capacidad  universalmente confiada de imponer lo que en cada momento y circunstancia parezca mejor y más adecuado para mantener el orden y el concierto posibles en esta olla de grillos que siempre ha sido el mundo en que vivimos, cada vez más cercano, más íntimo, más relacionado y necesitado de la seguridad jurídica imprescindible para la convivencia pacífica.

Viene todo esto a cuenta de ese derecho de asilo, concedido vete a ver si con arreglo a los principios que han de tenerse en cuenta en estos casos o no, y la inmediata decisión del país más fuerte de desconocer el derecho de conceder o no el asilo que sin duda asiste al más débil. Es evidente la necesidad de que alguien con autoridad moral superior a ambos, pudiera decidir con arreglo a regla de equidad, y, en la duda, de misericordiosa benevolencia.

Auguro que se perderán en palabras. Cada vez se cuenta menos con la cómitas gentium, que obliga al poderoso, por serlo, a ser más respetuoso y cortés que si no lo fuera en sus relaciones con los que no lo son. La relación entre gentes de unos y otros países, determina derechos y obligaciones para los ciudadanos de cada uno de ellos. La proximidad íntima a que nos han conducido los éxitos de la técnica, imponen una soberanía internacional aplicable sin vetos, reservas de poder o de decisión última.

Dicen que la inteligencia individual no es una, sino un conjunto de inteligencias. La técnica, opino, supera en esa inteligencia colectiva que supone la cultura, por ahora a la moral. Lo jurídico, sin embargo, ha de imponerse al final. Una pena que mientras no sea así, habrá mucha gente que sufra por ello.