Larga es la lista de los derechos humanos. La aprenden en seguida los cuentacorrentistas, los consumidores, las beatas de misa de alba, los matarifes, las capadoras, los maletillas y los encopetados funcionarios, los abogados, los médicos, los notarios, los arquitectos y los ingenieros de primera y de segunda. Cuesta más darse cuenta de que más que la lista importa el Derecho Natural, que ya habían pensado derogar, y su anclaje en la Ley Eterna, y no me vuelva a citar a Nieztsche porque resulta que, muerto Dios, lo echaba de menos y rebuscaba porque, más que muerto, acabó por reputarlo escondido.
Se dan de baja los niños en clase de Religión, o los dan su padre y su madre, que ¿para qué vale eso? –preguntan- ¿proporciona perspectivas para saltarse el paro?
Día tras día, que no decaiga, se les sube algún preboste al ambón y les repite que aguanten un poco, que ya se atisba la otra economía de más allá de la muga del paro y de los escépticos.
Los escépticos, dice el de siempre, son los de siempre.
-¡Pero hombre, déjate de mirarlos y describirlos!, haz tú algo, tú que eres, además de bienintencionado, tan listo y estás flanqueado de lumbreras excepcionales.
Cada vez que arranquéis a un humano parte de su cuerpo o alimento de su alma, habréis creado un inválido.
Podréis decir y hacer cuanto os dé la gana al respecto, pero será un inválido aquel a quien falte un brazo o una pierna y lo será aquel que no disponga de una religión en que tener puerto de atraque para el alma velera. Y empecinarse en lo contrario llevará a quien como quiera que sea lo ensaye, a la catástrofe de su organigrama sociopolítico. La política tiene alma, también: es la filosofía, cuyos caminos acaban siempre en los mismos misteriosos interrogantes a que sólo puede dar indicios de respuestas la religión.
-¿Y si Dios hubiera muerto?
-Tendrían ustedes que inventarlo, y, por eso, resucitó. Escuchen el alboroto de campanas de cualquier Sábado de Gloria.
-Paparruchas.
-Es posible, cabe negarse a escuchar, pero … ¿responde eso a las preguntas?
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
lunes, 7 de febrero de 2011
domingo, 6 de febrero de 2011
Os cuento, desde Asturias, que la única persona que podría poner en marcha este Principado, con esfuerzo, imaginación, trabajo y decisión, sería Paco Alvarez Cascos, digan lo que digan unos y otros, detractores y partidarios.
No es un hombre afable, en la vida política, que le ha enseñado a ser duro, esquinado y rebelde, circunstancias todas a que debe añadirse la natural soberbia del ego de quien vale para hacer lo que se propone, pero es el único capaz de ponerle figura, vida, plan y proyecto a esta Autonomía, castigada hasta ahora a vagar errática por un desierto de incertidumbres, vacilaciones y aparente incapacidad.
Sólo aparente. Que este es un pueblo audaz, trabajador, duro y capaz, libre y liberal por tradición, crítico por antiguo y sabio, ilustrado y, aunque escéptico, soñador. No necesita más que la punta de lanza, la necia terquedad de querer ir hacia la salida de estas crisis.
Es posible que su candidatura, traiga las siglas que quiera, se deseche en las urnas y perdamos la ocasión. Asturias lo pagará y regresará a su condición de agreste lugar donde, paraíso natural, habrá trabajo y subsistencia posible para algo menos de medio millón de personas. Otro medio millón largo tendrá que volver a emigrar como entonces, como siempre que, como diría Ionesco, nos empeñamos en girar y girar mirando al suelo, hasta olvidar que existen las estrellas.
No es un hombre afable, en la vida política, que le ha enseñado a ser duro, esquinado y rebelde, circunstancias todas a que debe añadirse la natural soberbia del ego de quien vale para hacer lo que se propone, pero es el único capaz de ponerle figura, vida, plan y proyecto a esta Autonomía, castigada hasta ahora a vagar errática por un desierto de incertidumbres, vacilaciones y aparente incapacidad.
Sólo aparente. Que este es un pueblo audaz, trabajador, duro y capaz, libre y liberal por tradición, crítico por antiguo y sabio, ilustrado y, aunque escéptico, soñador. No necesita más que la punta de lanza, la necia terquedad de querer ir hacia la salida de estas crisis.
Es posible que su candidatura, traiga las siglas que quiera, se deseche en las urnas y perdamos la ocasión. Asturias lo pagará y regresará a su condición de agreste lugar donde, paraíso natural, habrá trabajo y subsistencia posible para algo menos de medio millón de personas. Otro medio millón largo tendrá que volver a emigrar como entonces, como siempre que, como diría Ionesco, nos empeñamos en girar y girar mirando al suelo, hasta olvidar que existen las estrellas.
viernes, 4 de febrero de 2011
Compro el libro, como había proyectado, y en seguida me sumerjo en la dificultad de su lectura, porque mi maestro no es fácil y de vez en cuando, como todos los maestros, da por supuesta la conformidad con todas sus conclusiones. Nadie creo yo que haya estado nunca de acuerdo total con lo pensado por otro. Una coincidencia básica, o una coincidencia porcentualmente trascendente, ya me parecen a mí importantes para poder decir que estos de acuerdo con éste o con otra maestro. Me apunto a gran parte de su teoría respecto de lo que somos y en lo que creemos. Confiemos, dice, porque la actual crisis económica, de tan incalculables dimensiones, también está motivada por la desconfianza. La desconfianza empieza cuando te percatas de que se han vaciado de conceptos, a fuerza de usarlas para mentir, la mayoría, no sólo de las palabras esotéricas, dudosas y ambiguas, que utilizan los eruditos para desorientarnos en sus laberintos, sino incluso las palabras de uso cotidiano, que todos utilizamos durante la rutina vital. En ese preciso momento, cuando ya nadie sabe de qué está hablando su vecino, se inicia la confusión babélica.
Me han destruido la calle, dicen que para arreglarla. Sacan de su vientre tubos, cables pedruscos y camiones enormes, acercan y apilan por todas partes tubos nuevos, estructuras de cemento, pedazos de metal.
Me regalan otros dos libros, uno que estudia la economía del siglo pasado y empieza a decir que el territorio del estado pertenece al rey; otro que según su autor enseña a envejecer sintiéndose feliz, y el tercero, que parece el más divertido es un “diccionario de literatura para snobs”, sus entradas se refieren a escritores malditos, inéditos u olvidados. Me tienta la idea de aprender los datos de unos cuantos y cuando me encuentre con alguno de esos seudoeruditos que todos conocéis, decirle: ah, pero ¿es que no has oído hablar del bueno de …, o de … o ni siquiera de …? Estás de capa caída, hijo, te heces viejo, te noto out.
A ver qué cara se le pone, al pequeño miserable, más o menos la que se me pondría a mí en su caso.
Me han destruido la calle, dicen que para arreglarla. Sacan de su vientre tubos, cables pedruscos y camiones enormes, acercan y apilan por todas partes tubos nuevos, estructuras de cemento, pedazos de metal.
Me regalan otros dos libros, uno que estudia la economía del siglo pasado y empieza a decir que el territorio del estado pertenece al rey; otro que según su autor enseña a envejecer sintiéndose feliz, y el tercero, que parece el más divertido es un “diccionario de literatura para snobs”, sus entradas se refieren a escritores malditos, inéditos u olvidados. Me tienta la idea de aprender los datos de unos cuantos y cuando me encuentre con alguno de esos seudoeruditos que todos conocéis, decirle: ah, pero ¿es que no has oído hablar del bueno de …, o de … o ni siquiera de …? Estás de capa caída, hijo, te heces viejo, te noto out.
A ver qué cara se le pone, al pequeño miserable, más o menos la que se me pondría a mí en su caso.
miércoles, 2 de febrero de 2011
¿A mí qué más me da? Yo soy poeta.
O pobre,
o vagabundo,
o el tonto del pueblo, o aquel
a quien diagnosticaron,
los muy soberbios,
una incurable locura.
Como si ser cualquier cosa,
como no sea ángel,
fantasma
o muerto,
librase del peligro de que cuando se excita
la multitud, enardecida
por cualquier
iluminado,
nos rrastre hasta el altar más próximo
para ofrecer
el sacrificio de turno.
Hacen falta chivos expiatorios,
víctimas,
que propicien la buena voluntad
de los revolucionarios.
Los revolucionarios son los dioses,
antropomórficos, sedientos
de sangre
como todos los dioses mendaces, idolatrados durante una historia
de este peregrino cruel
que llevamos dentro,
como una sombra interior,
una pesadilla,
un horrible sueño
algunos
de nosotros
O pobre,
o vagabundo,
o el tonto del pueblo, o aquel
a quien diagnosticaron,
los muy soberbios,
una incurable locura.
Como si ser cualquier cosa,
como no sea ángel,
fantasma
o muerto,
librase del peligro de que cuando se excita
la multitud, enardecida
por cualquier
iluminado,
nos rrastre hasta el altar más próximo
para ofrecer
el sacrificio de turno.
Hacen falta chivos expiatorios,
víctimas,
que propicien la buena voluntad
de los revolucionarios.
Los revolucionarios son los dioses,
antropomórficos, sedientos
de sangre
como todos los dioses mendaces, idolatrados durante una historia
de este peregrino cruel
que llevamos dentro,
como una sombra interior,
una pesadilla,
un horrible sueño
algunos
de nosotros
Nos lo ponen, ominoso como el profeta su mensaje en el espejo de palacio, en la ventanilla que desde el comedor abrimos al mundo, ese ojo de cerradura a través de que se esfuerzan por interesarnos de la inverecundia de una peculiar caterva de paseantes –boulevardieres, decía un pariente que vivió en el París de los sedicentes felices treinta, para referirse a quienes entonces ya se les parecían y remedaba con aquella simpatía suya, tan ácida, don Maurice Chevalier, bajo su sombrero de paja dura, el canotier-, nos ponen las sucesivas revoluciones del norte de Africa, primero tunecinos, hoy egipcios. Numerosas personas, excitadas, están peleándose, al parecer con ferocidad, en unas calles hasta hace pocos días pacíficas y llenas de turistas, hoy supongo que atrincherados en sus hoteles y aterrorizados. Tan incomprensible como siempre, que esas personas que hace tan poco iban como tú y como yo por las calles y las plazas de sus ciudades, más o menos como las nuestras, de pronto se hayan convertido en ardorosos guerreros y estén arriesgándose nada menos que a que les rompan la crisma y los maten o dejen inválidos de un mal golpe otros también hasta hace el mismo tiempo igual de aparentemente pacíficos conciudadanos.
Y lo más curioso del caso es que en el enfrentamiento parece ser que debaten si deben obedecer a unos o a otros posibles gobernantes, que es probable que los mantengan en hacer lo mismo que con los de ahora hacían cada día.
Fuera de unos pocos que sustituirán a otros pocos en los puestos clave de la organización del Estado, los demás, en cuanto acabe el motín, regresarán a casa, más o menos contentos del resultado, más o menos maltrechos, también, y reanudarán sus rutinas habituales.
Pacíficos, de nuevo, sonrientes, como si no hubiera pasado nada.
Y lo más curioso del caso es que en el enfrentamiento parece ser que debaten si deben obedecer a unos o a otros posibles gobernantes, que es probable que los mantengan en hacer lo mismo que con los de ahora hacían cada día.
Fuera de unos pocos que sustituirán a otros pocos en los puestos clave de la organización del Estado, los demás, en cuanto acabe el motín, regresarán a casa, más o menos contentos del resultado, más o menos maltrechos, también, y reanudarán sus rutinas habituales.
Pacíficos, de nuevo, sonrientes, como si no hubiera pasado nada.
Dice el periódico de hoy que el señor presidente de un país ha llamado por teléfono al señor presidente de otro país y le ha conminado a que en el país del segundo se vaya pensando en cambiar el sistema de gobierno. Y me quedo atónito, estupefacto, asombrado y media docena de sinónimos más de eso que ahora llaman “flipar”.
Opino, al parecer en contra de lo que opina el señor presidente del primero de los países citados más arriba, que a cada país puede convenirle un sistema de gobierno distinto de los de otros países. Opino, al parecer en contra también del señor presidente primero, que no hay un sistema de gobierno que pueda considerar mejor para todos los países del mundo, sin excepción.
El mundo, a Dios gracias, no es uniforme ni uniformizable, sino, gracias a Dios, múltiple y variopinto.
Mala la habremos, cuando un señor presidente pueda ordenar y mandar a otro señor presidente, cuya primordial y más importante función es mantener, como es la del primero, el sistema de gobierno mejor y más adecuado para su país, que modifique el sistema de gobierno segundo, para que se parezca al sistema de gobierno primero, así, sin más ni más.
Me atrevo a preguntarle al señor presidente primero, ése que manda hasta mucho más allá de sus fronteras, si de ha dado cuenta de que cuando se impide, por la razón que sea, a cualquier país, mantener un sistema de gobierno adecuado a sus posibilidades, necesidades y características, lo que hace ese país es desnaturalizar el sistema inadecuado, introducirle modificaciones –unas más burdas, otras más sutiles- y recomponer sobre las piezas del sistema que se le impone las características del que se le abroga.
Malos tiempos corremos. Casi todo lo viejo ha caducado en el botiquín de la historia, sin que nadie se ocupara, entretenidos como estábamos en sucesivas cazas de brujas de diferente jaez, de renovar los materiales y hacer evolucionar los modos y las maneras, y ahora nos ha sorprendido el tiempo nuevo, como un diluvio, en campo abierto y sin gabardina ni paraguas.
Precisamente cuando hace falta extraordinaria sutileza para de entre lo no caducado, que lo hay, del tiempo viejo, acertemos a seleccionar lo que se ha de conservar como cimiento de lo que viene indiscriminado, exigiendo no menor sutileza para elegir y probar y edificar nuestros siempre hermosos sueños humanos.
Opino, al parecer en contra de lo que opina el señor presidente del primero de los países citados más arriba, que a cada país puede convenirle un sistema de gobierno distinto de los de otros países. Opino, al parecer en contra también del señor presidente primero, que no hay un sistema de gobierno que pueda considerar mejor para todos los países del mundo, sin excepción.
El mundo, a Dios gracias, no es uniforme ni uniformizable, sino, gracias a Dios, múltiple y variopinto.
Mala la habremos, cuando un señor presidente pueda ordenar y mandar a otro señor presidente, cuya primordial y más importante función es mantener, como es la del primero, el sistema de gobierno mejor y más adecuado para su país, que modifique el sistema de gobierno segundo, para que se parezca al sistema de gobierno primero, así, sin más ni más.
Me atrevo a preguntarle al señor presidente primero, ése que manda hasta mucho más allá de sus fronteras, si de ha dado cuenta de que cuando se impide, por la razón que sea, a cualquier país, mantener un sistema de gobierno adecuado a sus posibilidades, necesidades y características, lo que hace ese país es desnaturalizar el sistema inadecuado, introducirle modificaciones –unas más burdas, otras más sutiles- y recomponer sobre las piezas del sistema que se le impone las características del que se le abroga.
Malos tiempos corremos. Casi todo lo viejo ha caducado en el botiquín de la historia, sin que nadie se ocupara, entretenidos como estábamos en sucesivas cazas de brujas de diferente jaez, de renovar los materiales y hacer evolucionar los modos y las maneras, y ahora nos ha sorprendido el tiempo nuevo, como un diluvio, en campo abierto y sin gabardina ni paraguas.
Precisamente cuando hace falta extraordinaria sutileza para de entre lo no caducado, que lo hay, del tiempo viejo, acertemos a seleccionar lo que se ha de conservar como cimiento de lo que viene indiscriminado, exigiendo no menor sutileza para elegir y probar y edificar nuestros siempre hermosos sueños humanos.
martes, 1 de febrero de 2011
¿Has observado, en el mundo de los sueños, que no hay sonido? Desaparecen, allí, los sentidos, dejan de mentir a las viejas neuronas. No quedan más que las convicciones puras y duras del subconsciente, que, vas conduciendo un coche y fallan los frenos, disparas un arma y es de goma, vuelas con tanta facilidad que parece imposible, una vez despierto, no conservar la facultad de hacerlo con la misma soltura.
Misterioso mundo paralelo, éste de los sueños, donde lo ocurrido se repite, pero deformado por los pinceles surrealistas de antiguos cansancios, tal vez, o por desesperanzas escépticas que se han de apartar como las telarañas del jardín, recién nacida la mañana. Ocurre de otra manera, porque es lo mismo, pero diferente. Todo se disuelve y recupera paulatinamente su deformación silenciosa. Como si estuviera ocurriendo en algún lejano ámbito del centro del universo, donde nada suena, más que la luz.
¿Con qué hicieron sus primeras notas los inventores de la música? No puedo imaginar a los cavernícolas que lucharon por mi supervivencia contra fieras, glaciaciones y misterios, con tiempo, sin embargo, para concebir el sonido y combinarlo.
Música, colores de la luz desmultiplicada por su asombro al tocar la hermosura de las cosas, la textura esperando la llegada de mis manos exploradoras.
A la puerta de la caverna, un día de sol, tal vez inventaron, alegres por la caza reciente, o sumidos en el profundo dolor de la primera muerte, en medio de la danza, la prodigiosa combinación de sonidos que mueve a bailar.
Millones de años por delante, olvidado por los humanos incluso el olvido de mi recuerdo, habrá alguien como yo, en algún inimaginable espacio y ambos estaremos siendo entonces humanidad al mismo tiempo.
Acaban de editar la traducción de un libro de uno de mis autores de cabecera. Los he leído todos, pero ninguno nunca completo. Me habla a retazos llenos de sabiduría y tomo de aquí y de allá una parte, sobre que voy reflexionando con calma.. Esto que dices, le discuto en ocasiones, no me convence. Nos contemplamos, ambos convencidos de su mayor sabiduría, pero también de que yo podría tener razón, porque creo que la torpeza, la ingenuidad, la intuición, pueden sostener una cultura cuando vacila. Dudar es un modo de sobrevivir cuando cualquier fracaso te induce a desesperanza. Siempre es posible, por muchas que sean las aparentes evidencias, que las cosas sean de otra manera en un mundo donde todos fingimos por lo menos una mitad de lo que hacemos, decimos y hasta pensamos. ¿Te habías dado cuenta de que incluso nos tratamos con frecuencia de engañar a nosotros mismos?
Misterioso mundo paralelo, éste de los sueños, donde lo ocurrido se repite, pero deformado por los pinceles surrealistas de antiguos cansancios, tal vez, o por desesperanzas escépticas que se han de apartar como las telarañas del jardín, recién nacida la mañana. Ocurre de otra manera, porque es lo mismo, pero diferente. Todo se disuelve y recupera paulatinamente su deformación silenciosa. Como si estuviera ocurriendo en algún lejano ámbito del centro del universo, donde nada suena, más que la luz.
¿Con qué hicieron sus primeras notas los inventores de la música? No puedo imaginar a los cavernícolas que lucharon por mi supervivencia contra fieras, glaciaciones y misterios, con tiempo, sin embargo, para concebir el sonido y combinarlo.
Música, colores de la luz desmultiplicada por su asombro al tocar la hermosura de las cosas, la textura esperando la llegada de mis manos exploradoras.
A la puerta de la caverna, un día de sol, tal vez inventaron, alegres por la caza reciente, o sumidos en el profundo dolor de la primera muerte, en medio de la danza, la prodigiosa combinación de sonidos que mueve a bailar.
Millones de años por delante, olvidado por los humanos incluso el olvido de mi recuerdo, habrá alguien como yo, en algún inimaginable espacio y ambos estaremos siendo entonces humanidad al mismo tiempo.
Acaban de editar la traducción de un libro de uno de mis autores de cabecera. Los he leído todos, pero ninguno nunca completo. Me habla a retazos llenos de sabiduría y tomo de aquí y de allá una parte, sobre que voy reflexionando con calma.. Esto que dices, le discuto en ocasiones, no me convence. Nos contemplamos, ambos convencidos de su mayor sabiduría, pero también de que yo podría tener razón, porque creo que la torpeza, la ingenuidad, la intuición, pueden sostener una cultura cuando vacila. Dudar es un modo de sobrevivir cuando cualquier fracaso te induce a desesperanza. Siempre es posible, por muchas que sean las aparentes evidencias, que las cosas sean de otra manera en un mundo donde todos fingimos por lo menos una mitad de lo que hacemos, decimos y hasta pensamos. ¿Te habías dado cuenta de que incluso nos tratamos con frecuencia de engañar a nosotros mismos?
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