martes, 15 de febrero de 2011

Habrá, en el plan de la creación, prevista
una especie
para sustituirnos. El buen padre Dios
ganó experiencia,
al crearnos
y tener, en seguida, que redimirnos de nuestras culpas.

La otra especie, que espera su turno,
será, es posible, tan avisada
que su hembra básica no comerá del árbol.

¿O se repetirá,
cada vez,
la misma historia,
cualquiera que sea la figura de los protagonistas?

Tal vez,
cualquiera que sea la especie
a que el buen padre Dios conceda el privilegio
de saber que está viva,
el precio
de ese conocimiento será, como una planta parásita,
la posibilidad de embarrar su luz.

Tal vez
seamos un campo de batalla. Cada uno
de nosotros un inconmensurable campo de batalla,
un alambique,
donde todo lo creado
tiene que convertirse en doloroso esfuerzo
para irnos convirtiendo
en gotas de algo transparente
para que la luz, en su día,
nos atraviese y pueda remansar
en la quietud de su esencia.

lunes, 14 de febrero de 2011

Miras alrededor y se desviven, pero descubres al poco, que se están esforzando por demostrarte el cariño diluido por el tiempo y las circunstancias. No te da pena. Te vacía. Ya estás en la balda, como un adorno en que nadie se fija, un libro que nadie leerá hasta sabe Dios cuándo. Eres una pieza, y gracias, del paisaje. Lo hiciste antes, y es probable que debamos pagar una parte de nuestras deudas, ya que son tantas y tan evidentes. Revives, ahora del lado malo, una historia tan vieja como el mundo. Y agradece a la casualidad que tienes muchas aficiones, que es probable que no ejerzas, pero sirven de consuelo porque piensas que ahora mismo podrías refugiarte en aquel rincón semisecreto y releer un libro, escuchar una melodía que recuerdas, volver a ver alguna de las películas almacenadas en cintas que quizá se pudrirán o secarán o no sé qué les pasa a las cintas viejas, de técnicas abandonadas. Se abandona la basura cada vez más nueva. Mudan los gustos y las ofertas se multiplican.

Uno de los libros de historia de mi lejano bachillerato recuerdo que decía que San Isidoro de Sevilla era “un compendio del saber de su tiempo”. Tremendo tiempo aquél en que una sola persona podía saber tanto que otros podían figurarse que lo sabía todo.

Hoy, cada día, una multitud rebusca, encuentra, prueba, idea sin cesar.

Y los viejos, en cada rincón, padecemos el temor de irnos disolviendo en la indiferencia. Lo que sabíamos ya no sirve a casi nadie. Se ha renovado. Hasta nuestras batallitas suenan a broma cuando contamos que nos escondíamos de la horrible amenaza de aquellas bombas que apenas derribaban un tabique o que los soldados de aquellos ejércitos llevaban fusiles que repetían cuando más cinco tiros y se encasquillaban con aquella frecuencia.

Para colmo, escuchamos con asombro que cuentan nuestra historia como no fue, y, si nos atrevemos a meter baza, nos desprecian: “¿qué sabes tú?” No sé quién dice que un relato no son más que palabras bien hilvanadas. Y hay quien asegura que con la memoria y el sueño, elabora no sólo leyendas, sino también la historia, el subconsciente.

Fuiste nieto, hijo, hermano, padre, abuelo. Fuiste, además, novio, marido, compartiste, para llegar a vagabundo y tienes, gracias, Señor, aún, tiempo de hacer recuento y triste balance, por compensación, de tus cuentas, que no salen, con tanta ocasión de amar como tuviste.

-¿Por qué, todo, vagabundo?
-No sé, voy
Por entre las notas de esa guitarra que el ordenador echa
Como flores desconocidas, en el aire
Frío
De lindero último del invierno,
Y se fingen polvo de oro,
Particulas
De polvo y luz, bellísimas mentiras,
Pasos de una conversación jamás tenida,
Palabras
Olvidadas
Antes
De que las diga nadie, de que nadie las cante,
Y, poco a poco,
Me voy
Quedando dormido al borde de la alfombra
Que ha desenrollado
La noche
Sobre el rumor incansable del río
Con el que el buen padre Dios insiste
En decir lo que dice
Y tampoco hoy entiendo.

domingo, 13 de febrero de 2011

Cuando no me entiendas, por favor, dímelo, será que me he perdido en esta nueva babelia del siglo XXi, cuando nada de lo que se dice es lo que parecería, sino lo procedente para complacer a no sabes quién, que bien lo sabe en cambio quien está hablando y hablando. Puede que se hable demasiado, pero la mayor parte de lo que se dice sea ya ininteligible. Entonces es como si creciera el silencio. En lo más hondo de la garrulería, está el silencio absoluto, que, como el cero absoluto, está muy por debajo de simple y sencillamente callarse.

Clama el gentío por la estabilidad. Todo debería ser estable. Nosotros, inamovibles. Nueva paradoja, cuando nada en la vida puede ser estable, cuando todo, constantemente, en algo tan dinámico como la vida de un conjunto como el que formamos con cuanto existe, que no da tregua.

Se nos convoca para otro examen cuando todavía no hemos salido de la burbuja de haber abandonado el aula del anterior y nos tambaleamos por el pasillo en busca de aire fresco. Pero el gentío, si quieres, el pueblo, lo que quiere es “llegar” y acampar, o, si prefieres, aparcar. Empleo estable, felicidad duradera, riqueza a salvo, salud para siempre.

Nuestras vidas son los ríos, y cada río, a lo largo del cauce, pasa por hoces y llanuras, hasta llegar a la indecisión del delta. He oído decir que el Amazonas desemboca con tanto ímpetu y caudal que endulza la mar hasta muy adentro. Hay otros ríos de caudal tan dependiente de los caprichos de las nubes, que llegan casi vacíos, tal vez exhaustos, a la mar, desde que suben largo trecho arriba por el río algunas especies de peces exploradores, como el mújol, perezoso y gregario, que pasa entre las truchas olisqueando el fondo.

¿Y todo esto …?

Es al hilo de un curioso fragmento de un libro intragable que estudié ayer porque lo había escrito un viejo conocido al que admiro y me ha dado la impresión de haberse perdido entre las palabras, como si se estuviera ahogando, pero inconsciente, prisionero de su ego y por ello tan satisfecho como suelen ir hacia el acantilado de sotavento los veleros de cada hombre de genio o cada mujer hermosa, decía Morgan, sin que nos quepa la posibilidad de que nos escuchen, sumidos como van cada cual en su tormenta perfecta.

sábado, 12 de febrero de 2011

Lo que ha barrido Egipto, una multitud de egipcios, la rebelión –alertaba Ortega, asustado por una obra de que había sido copartícipe-
de las masas, en este caso una masa egipcia, no es su pasado, sino su presente. Y lo ha hecho con la impaciencia con que las masas suelen actuar, una vez se han puesto en marcha, ya imparables, en busca del cauce adecuado, sin más previsión de repuestos que el universal consejo americano, tantas veces erróneo y como consecuencia histórica, errado.

Y ahí está, en mi modesta opinión, el quid del asunto: ¿cuál es el cauce adecuado? Creo que debería abrirse un debate, pero no político, sino filosófico, acerca de si cualquier sistema de organización sociopolítica puede y debe considerarse el mejor para todos y para cualquiera de los pueblos existentes o imaginables en el mundo.

Adelanto como hipótesis primera que no es así, en mi modesta opinión, y que deben tenerse en cuenta las circunstancias de cada caso, es decir, las circunstancias de cada pueblo, para atreverse a opinar respecto del régimen político que podría convenir a su inmediato futuro.
Alguien, sin duda impoluto, se lamenta de modo ostensible porque muchos “que tienen antecedentes políticos”, han estado ocupados después en el mundo de lo económico. Otras cuestiones que no comento aparte, que no tienen por qué modificar este comentario mío, es cosa de preguntarse lo que tendrían que haber hecho, tras de vivir su vida y dejar la huella de sus necesarios antecedentes, qué tendrían que haber hecho al abandonar otras dedicaciones anteriores. ¿Dejarse morir? ¿Suicidarse, siquiera fuese de modo metafórico, en orden a cualquier posible dedicación diferente o de distinto signo?

Para carecer de antecedentes tendría, cualquiera, que no haber sido.

Ser de un modo u otro, implica elegir muchas veces, con el único apoyo posible de los principios de cada cual, que se apoyan siempre en sus verdades.

Por desgracia, dirán unos, yo creo que por suerte, el humanismo se caracteriza por la comprensión de que cualquier verdad es provisional y subjetiva. Una persona no es un objeto de museo, clasificable, ni siquiera en su senectud, por sus características culturales.

Por experiencia afirmo que cada día es posible aprender, si se está atento, y cada cosa nueva que se aprende modifica el perfil cultural de cada sujeto.

Un profesional que se comporte y ejerza durante los últimos años de su actividad exactamente igual que los primeros, puede asegurarse que fracasó en el ejercicio de cualquier profesión, y añado sin duda que de cualquier arte y de cualquier artesanía en que ocurra algo parecido.

La vida, insisto, es un camino iniciático, en que cada paso tiene su sentido, su valor, sus motivos, sus consecuencias, y suma o resta en la composición esencial de la personalidad del peregrino, que nunca es el mismo cuando vuelve a casa. Ni siquiera yo, que apenas paseo, soy el mismo al volver a casa, a mi rincón, tras de cada paseo. Ir y vivir, si uno se va fijando, es como vivir una vida más grande o más pequeña.

viernes, 11 de febrero de 2011

Un rimero de libros. Nórdicos policíacos, policíacos que no son nórdicos, clásicos olvidados, semiclásicos sin aliento, humanismo, un atlas, filosofía.

La filosofía exige rigor cronológico. Si no te atienes a él, estarás, al poco, dando tumbos entre superaciones de ideas y sus renovaciones. Los semiclásicos digo que resuellan porque no les da, el que les queda, más que para tratar cada poco de inhalar, hondo, oxígeno. Y entre eso y que no es posible declarar clásico a nadie hasta que pasen cien años de su obra, momento hasta que nos habrá sido imposible sobrevivirle, ahí están, de momento, meros aspirantes. Algunos se les ve que no llegarán, pero no hay que decirlo, por si acaso. Ni somos, yo por lo menos, infalibles, ni es imposible que un día los asista el genio, ya sea el de la lámpara, ya el de su subconsciente, y escriban su obra maestra. La cosa es que se me ha formado un rimero de libros y apenas asomo por encima mi susto. ¿Cuándo voy a leer yo todo esto?

He vivido al lado de la literatura, como un novio sin esperanza. Nunca fue mi hora de hacer más que leer y escribir, lo de escribir en secreto y en silencio, mientras cobraba heridas de otras dedicaciones. Como los viejos estudiantes bávaros, coleccionaba cicatrices, unas por vocación profesional, otras por afición o aficiones a tomar parte en asuntos del común. Y mucho más allá de lo que llamó Dante la mitad del camino de la vida, publiqué unos libros de que dejo ejemplares en el desván con la esperanza de que mucho después de haber sido olvidado, algún descendiente curioso descubra que tuvo un ancestro aficionado a la literatura, pero que sólo vivió a su lado, sin confesarle amores, ni mucho menos bañándose en sus aguas.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Va acercándose, inexorable, la obra de mi calle, que no es mi calle, las calles no son de nadie, ni siquiera de los ayuntamientos. Las calles son de los coches, que las desprecian, monstruosos, triunfantes. La fábula lo dice: un monstruo acaba siempre por destruir a su constructor. Los humanos, con prisa, sin pensarlo demasiado, idearon y, en seguida, construyeron los coches. Bueno, pues ahí están ahora. Y cada calle que reconstruyen, se dan cuenta los que mandan de que en realidad mandan más los coches. Por mucho que se oxiden, se degraden, se arruguen, choquen entre sí y se destruyan o los desguacen. Siempre habrá quien haga más, venda más, reparta más y rodarán en mayor número por todas las superficies del mundo.

-¡Mira! ¡Una calle peatonal!
-¿Y no es aquello un coche? ¿Qué hace ahí, en plena calle supuestamente peatonal.
-Es que tiene que haber excepciones …

Ya estamos perdidos. Nos atropellará, cualquier día, una excepción. Y hasta puede que una excepción cuyo propietario no esté asegurado ni sea solvente.

Cada poco, hay que arreglar las calles. Salen, aterrorizadas, las ratas, nadie sabe de dónde, y los aguarones. Exhuman los sufridos operarios tuberías rotas, cansadas, gastadas, lodos que apestan, pedruscos. Hasta puedes tener mala suerte y que aparezca una moneda romana, o árabe, o vikinga. Entonces te pararían las obras y vendrían arqueólogos y aprendices, con lupas, paletas, brochas y tiempo dormido en el zurrón. Los arqueólogos siempre están cubiertos de polvo del tiempo pasado hace mucho y traen más en sus macutos color de tierra gastada y seca.

Una tropa de obreros disfrazados de playboys, a su vez disfrazados de obreros, viene subiendo la calle con sus máquinas, como maquetas, a su vez como máquinas amarillas y color naranja, que retumban, jadean, percuten, rechinan y anuncian con secos campanillazos de que van a dar marcha atrás, adelante o sabe Dios si echar a volar o dar una zapateta en el aire. Desentierran unos tubos, inhuman otros. Una bandada de gaviotas revuela y acecha por si entre la tierra aparece alguna carroña comestible.