Hay infinitos mundos
donde puedo
refugiarme todavía, huir
de la estupidez y de la barbarie.
No podéis
Llegar aún a mis secretos refugios, pero
se anuncian malos tiempos, hay quien dice
que dentro de muy poco
sabréis lo que estoy pensando.
Prefiero no vivir ese tiempo,
haber sentido,
para entonces,
la caricia cálida
de la voz de la muerte en el cuello
y así, cuando lleguéis
a pisotear mis cenizas y esparcirlas con vuestro vocerío
será como si yo no hubiera estado nunca,
pero sigo creyendo, que,
desde alguna parte
os podré dedicar una sonrisa
de despedida.
Luego, si queréis, olvidadme, ya estará dicho todo mi papel. -
viernes 4 de diciembre de 2009
miércoles 2 de diciembre de 2009
Copio: “Después de hacer el amor solía pensar que cualquier mujer habría podido darle lo mismo.”… “Cuando amas a alguien te mueres por satisfacer todas y cada una de las necesidades de ese alguien, pero no puedes, ¿no es cierto?. Nadie puede. Sólo estamos en condiciones de dar lo que otra persona está dispuesta a aceptar.”
Sigo copiando: “Sabía, incluso mejor que ella misma, que no había modo de predecir, así como de comprender en profundidad, de qué eran capaces los seres humanos. Ante una tentación irresistible, todo se dejaba de lado: las sanciones morales y legales, la educación privilegiada y aún las creencias religiosas.”
Hay más: “El pasado no se puede cambiar y hemos de afrontarlo con honestidad y sin excusas para luego dejarlo de lado; obsesionarse con el sentimiento de culpa es un capricho destructivo. Dijo que el ser humano es sentirse culpable: soy culpable ergo soy.”
Estoy citando a una autora inglesa, P.D. James, y, pasmaos, en una novela policíaca editada en España, no sé si este mes o el pasado, por Ediciones B, que se llama “La Sala del Crimen”.
La primera cita –dejando aparte eso de “hacer” el amor, que me parece una expresión difícilmente tolerable- creo que contiene una implícita definición bastante exacta del amor, comparado sutilmente con lo que cualquiera puede ofrecer a cualquiera para satisfacer una necesidad más o menos perentoria, pero ¿superficial?.
La segunda nos deja ante un interrogante que invita a profundizar sobre eso de las posibles -¿o no?- “tentaciones irresistibles”, que parece se citan como excusa de la complejidad esencial humana y lo variopinto de sus consecuencias.
La tercera contiene un a mi juicio acertado consejo, procedente, creo, de San Pablo. Si me abruma un recuerdo evidentemente irreparable, me cabe en cambio y tal vez como remedio, tratar de remontar el vuelo con el pasado a cuestas, y podría ser posible que así pesara menos a la hora de tener que mantenerse vivo hasta el último suspiro.
Sigo copiando: “Sabía, incluso mejor que ella misma, que no había modo de predecir, así como de comprender en profundidad, de qué eran capaces los seres humanos. Ante una tentación irresistible, todo se dejaba de lado: las sanciones morales y legales, la educación privilegiada y aún las creencias religiosas.”
Hay más: “El pasado no se puede cambiar y hemos de afrontarlo con honestidad y sin excusas para luego dejarlo de lado; obsesionarse con el sentimiento de culpa es un capricho destructivo. Dijo que el ser humano es sentirse culpable: soy culpable ergo soy.”
Estoy citando a una autora inglesa, P.D. James, y, pasmaos, en una novela policíaca editada en España, no sé si este mes o el pasado, por Ediciones B, que se llama “La Sala del Crimen”.
La primera cita –dejando aparte eso de “hacer” el amor, que me parece una expresión difícilmente tolerable- creo que contiene una implícita definición bastante exacta del amor, comparado sutilmente con lo que cualquiera puede ofrecer a cualquiera para satisfacer una necesidad más o menos perentoria, pero ¿superficial?.
La segunda nos deja ante un interrogante que invita a profundizar sobre eso de las posibles -¿o no?- “tentaciones irresistibles”, que parece se citan como excusa de la complejidad esencial humana y lo variopinto de sus consecuencias.
La tercera contiene un a mi juicio acertado consejo, procedente, creo, de San Pablo. Si me abruma un recuerdo evidentemente irreparable, me cabe en cambio y tal vez como remedio, tratar de remontar el vuelo con el pasado a cuestas, y podría ser posible que así pesara menos a la hora de tener que mantenerse vivo hasta el último suspiro.
martes 1 de diciembre de 2009
(Tu libertad ha de garantizar, mediante unas reglas que esencialmente la delimitan, la posibilidad de su coexistencia con mi libertad. Sólo así podremos compartirla.)
Me pregunto si se dan cuenta de que esos esfuerzos que hacen para arreglar pedazos de mundo son el tácito reconocimiento de la imposibilidad práctica de reunirse todos para tratar de lograr una especie de orden y concierto medianamente organizados del conjunto. Alguien tiene que haber dicho ya, puesto que casi todo se ha dicho ya antes, que las asambleas de un conjunto de muchos nunca sirven más que para desahogo verbal de algunos, que, proclamado que han sus principios, se desembarazan de ellos y dejan de sentirse vagamente responsables de no tenerlos en cuenta. Ya saben ustedes. El ya proverbial consejo inútil de que los demás hagan lo que les recomendamos, dejando así de seguir nuestro divergente ejemplo.
Me pregunto si se dan cuenta de que esos esfuerzos que hacen para arreglar pedazos de mundo son el tácito reconocimiento de la imposibilidad práctica de reunirse todos para tratar de lograr una especie de orden y concierto medianamente organizados del conjunto. Alguien tiene que haber dicho ya, puesto que casi todo se ha dicho ya antes, que las asambleas de un conjunto de muchos nunca sirven más que para desahogo verbal de algunos, que, proclamado que han sus principios, se desembarazan de ellos y dejan de sentirse vagamente responsables de no tenerlos en cuenta. Ya saben ustedes. El ya proverbial consejo inútil de que los demás hagan lo que les recomendamos, dejando así de seguir nuestro divergente ejemplo.
Un hombre puede converger o no con su tristeza, pero jamás podrá, mientras permanezca en este mundo, separarse de esa sombra que en algunas culturas no está permitido pisar, cuando van por una calle cualquiera, a su mujer, que, respetuosa, debe apartarse para guardar el protocolo. Cosa divertida, el protocolo. Y sin embargo parece que indispensable, dentro de ciertos límites, vestido de cortesía, urbanidad, modos. Cada vez hay menos modos en el trato de la gente y de su falta deriva como consecuencia este caótico, imprevisible modo de maltratarse recíprocamente. La falta urbanidad en el comportamiento suele desembocar en la ley del más fuerte, que esclaviza al más débil, que a su vez, aguza el ingenio para hacer la vida imposible a su amo y señor hasta que su sociedad humana menor: la familia, el matrimonio, la fraternidad, se hace añicos. El hombre –macho o hembra, ya que hablo del espécimen humano- converge con su tristeza, por lo menos a veces, por lo menos de manera ocasional, por casualidad. El hombre se emboza en su tristeza y no hay motín de Esquilache que lo pueda redimir, sino la alegría, que es como un amanecer y rebrota, inesperada, dejándonos desnudos al sol, inverecundos.
En seguida es cosa de seguir viviendo, la noche de invierno de la mano de PD James que ha escrito otra novela de su educadísimo victoriano comisario Dalgliesh que es poeta por añadidura y está enamorado de una de sus ayudantes pero sería horrible que se lo dijera porque jamás debe un policía inglés al menos decirle a una compañera que está enamorados inconcebible y se limitan a estarlo ella y él y él además porque el amor es así hay quien lo sostiene con posibilidad de simultáneas ama Adam que el comisario se llama Adam a una catedrática de Oxford con la que se cita una y otra vez pero siempre se interpone un cadáver y como consecuencia una investigación falta a la cita queda como un cochero ella vuelve a su cátedra en el primer tren que la autora especifica que es el de las dieciséis quince y cómo va a decirle así que la quiere y ella tampoco sabe si esto es amor porque el amor en cada modo de hacer y sentir de cada cultura está lleno de variedades y misteriosos ritos como esos bailes ceremoniales con que determinados animales se cortejan antes de proceder a eso tan divertido del apareamiento a que ahora llaman hacer el amor como si el amor se hiciera igual que manosea un alfarero el barro en su alfar.
En seguida es cosa de seguir viviendo, la noche de invierno de la mano de PD James que ha escrito otra novela de su educadísimo victoriano comisario Dalgliesh que es poeta por añadidura y está enamorado de una de sus ayudantes pero sería horrible que se lo dijera porque jamás debe un policía inglés al menos decirle a una compañera que está enamorados inconcebible y se limitan a estarlo ella y él y él además porque el amor es así hay quien lo sostiene con posibilidad de simultáneas ama Adam que el comisario se llama Adam a una catedrática de Oxford con la que se cita una y otra vez pero siempre se interpone un cadáver y como consecuencia una investigación falta a la cita queda como un cochero ella vuelve a su cátedra en el primer tren que la autora especifica que es el de las dieciséis quince y cómo va a decirle así que la quiere y ella tampoco sabe si esto es amor porque el amor en cada modo de hacer y sentir de cada cultura está lleno de variedades y misteriosos ritos como esos bailes ceremoniales con que determinados animales se cortejan antes de proceder a eso tan divertido del apareamiento a que ahora llaman hacer el amor como si el amor se hiciera igual que manosea un alfarero el barro en su alfar.
lunes 30 de noviembre de 2009
La sabiduría
va dejando huellas a su paso
y aquí y allá, un color,
un olor
o la poesía de una fórmula matemática
con una parte de la verdad temblando,
todavía,
en carne viva
del conocimiento.
va dejando huellas a su paso
y aquí y allá, un color,
un olor
o la poesía de una fórmula matemática
con una parte de la verdad temblando,
todavía,
en carne viva
del conocimiento.
Cae sobre los hombros del día, hoy, el frío, como una capa de nieve, se mueve inquieta la mar, afila las uñas el viento, ayer, acontecimiento cultural importante de este principio de siglo, le ganó el Barcelona al Madrid. No importa que la crisis permanezca, que nadie acierte con caminos para salir de ella, que hayan secuestrado a otras personas y se pagará otro rescate y así sucesivamente, como si de una lúgubre industria se tratara, eso sí, con la muerte como posibilidad de cualquier desenlace para cualquier día, con motivo de cualquier descuido de los buenos o de los malos, y todos se rasgarán las vestiduras del idioma en busca de la frase más altisonante, más expresiva, pero a los muertos es a los que se entierra, dejan de sufrir, y empieza el sufrimiento de su entorno, para el que la pérdida es siempre irremediable. Y todo ocurre en las puertas de la Navidad, que insiste en ser mensaje de amor. Incluso para cualquier ateo, cualquier agnóstico, cualquier incrédulo, cualquier escéptico, la navidad, incluso escrita con minúscula, tiene, incluso como leyenda, que sería si no fuese la Navidad con mayúscula de los creyentes en su misterio, entre los que me cuento por ese acto de la voluntad en que consiste la fe, el inconmensurable valor aún entonces de ser un mensaje de amor, que habría sido escrito, durante y en su misma, con su misma historia, por la comunidad humana.
sábado 28 de noviembre de 2009
El sol puede estar detrás de cualquier nube, que se quita y por el paisaje se desborda la luz encendiendo todos los colores que dormían. El sol despierta los colores y la lluvia los olores. Uno y otra es como si empezasen a tocar, ocultos, en el foso, y el proscenio adquiere una vida que ya estaba ahí, pero no era más que niebla. La niebla podría contener grandes cantidades de materia, pendiente de que la energía articule realidades vivas nuevas. Casi siempre, la niebla tiene metidos sus pies en el agua y dicen los sabios que la vida empezó en el agua. Podría haber ocurrido que en un lejano principio, que ahora imitan los bancos de niebla mucho más fluida, grandes masas de espesa niebla contuviesen el barro en que se insufló el soplo de la vida. Desde entonces, cada vez que pasa la muerte, detrás viene la vida recuperando y reciclando, reconstruyendo, y en eso consiste la base de la historia, o tal vez el hilo conductor de que pende la continuidad de lo humano, cada vez más complejo, más sofisticado, y, a la vez, para compensar, tan banal e insustancial. Lo que nos separa cada vez más por desgracia, no es, con serlo mucho, la riqueza y la pobreza, sino la inteligencia cultivada y su defecto o la falta de cultivo de extensas campos de ella. De la pobreza, incluso a cierta edad, hasta con crisis, no es que sea fácil, pero cabe salir con cierta soltura, de la ignorancia es mucho más difícil, y para remediarla ni cabe el último recurso de la lotería. Lo que no se estudió en su tiempo, cuesta mucho más hacerlo después y llega un momento en que, como ocurre con los términos preclusivos de un proceso, ya es imposible de remediar la carencia. En ese espacio entre la sabiduría y la ignorancia, en una extensa cueva, duermen los bárbaros y se entrenan, en la más profunda oscuridad.
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