Me gusta que me propongáis soñar despierto. Puedo imaginar parte de un mundo y que nos estemos plácidamente en él. Los otros sueños, los que concibo dormido, o no sé si son ellos los que me absorben, abducen a su mundo de gelatina y silencios, donde al parecer no hay sentimientos, porque me ha ocurrido pedir socorro y que nadie me ayude, pese a estar en lo que parece una concurrida calle, y me ha ocurrido tratar de defenderme o de gritar y no poder, sino despertar con la mezcla de angustia residual y alegría de descubrir que todo era un sueño. Evoco el soliloquio de Hamlet: “en el sueño de la muerte, ¿qué nuevo sueño soñaré?” La sobrecogedora pregunta pasa como una nube sobre esta tarde de tardo invierno, con la mimosa por fin recién florecida, avisando, con la demora, que esta año tardará en evidenciarse la primavera.
Viene el perro, el que ahora queda, desde que murió el foxterrier, y me avisa de que es hora de salir. Vamos por la vera del río, ahora un cauce de rumores y reflejos. Vagas siluetas encogidas pasan a nuestro lado y susurran, como quien da limosna, un saludo casi inaudible. El cocker huele, infatigable, las esquinas todas del trayecto, se para, reanuda el trotecillo, vuelve, me reconoce y comprueba que sigo sus huellas, de nuevo, tranquilo, se va hacia la farola siguiente, alza la pata y finge que la marca, si acaso con una última imaginaria gota de ese fluido mágico con que los perros no sé si se alejan o convocan. Hoy ha escogido una callejuela oscura para correr su aventura, realizar tal vez su sueño, de esta tarde. Del otro lado, a la salida, ya en terreno conocido, se vuele y me ladra las gracias con un solo ladrido seco, pero se advierte que amable. De vuelta a casa, me pide, moviendo el muñón de lo que debería haber sido rabo, su galleta de la tarde, que roe bajo la mesa, con delectación evidente. Luego se duerme como un viejecito que ya empieza a ser con sus once años, equivalentes a los setenta y siete de cualquier humano.
martes 9 de febrero de 2010
lunes 8 de febrero de 2010
También advierto la vejez cuando, como esta mañana, salgo a pasear por el borde del alma y descubro las anfractuosidades de su piel, porque el alma también sufre cuando vivir es enfrentarse con las consecuencias de la conducta propia. Cada vez que me equivoqué, una cicatriz en la epidermis del alma, que se refleja en el alma de la memoria. Y al llegar a cierta edad ya se nota al pasar los dedos que duele, más o menos, según la herida del recuerdo que sea.
Los recuerdos son como pequeños insectos inclasificables, que no existen, pero rodean a sus víctimas, que además son su origen, como pequeños monstruos, que, igual que el de Frankenstein, se vuelven contra el culpable de su existencia. No matan, acoquinan, angustian, aprietan, como un sol de verano, contra la tierra, y permiten sobrevivir, tal vez para así sobrevivir ellos.
No cabe tratar de cerrar, como se apaga una luz o se cierra una espita, el chorro de la memoria. La memoria se desborda sin motivo aparente, como llueve en ocasiones, de pronto, en plena sequía, y los ríos se salen de madre y asolan el paisaje.
Otras veces, en cambio, está dormida, perezosa. Conocí a quien, para defenderse de la crueldad inocente de la memoria, perdía la razón y vagaba, sin pasado ni futuro, como a contratiempo, repitiendo una ininteligible salmodia.
La memoria es como los niños, que, jugando, te dicen verdades hirientes, a veces, con prodigiosa ingenuidad
Los recuerdos son como pequeños insectos inclasificables, que no existen, pero rodean a sus víctimas, que además son su origen, como pequeños monstruos, que, igual que el de Frankenstein, se vuelven contra el culpable de su existencia. No matan, acoquinan, angustian, aprietan, como un sol de verano, contra la tierra, y permiten sobrevivir, tal vez para así sobrevivir ellos.
No cabe tratar de cerrar, como se apaga una luz o se cierra una espita, el chorro de la memoria. La memoria se desborda sin motivo aparente, como llueve en ocasiones, de pronto, en plena sequía, y los ríos se salen de madre y asolan el paisaje.
Otras veces, en cambio, está dormida, perezosa. Conocí a quien, para defenderse de la crueldad inocente de la memoria, perdía la razón y vagaba, sin pasado ni futuro, como a contratiempo, repitiendo una ininteligible salmodia.
La memoria es como los niños, que, jugando, te dicen verdades hirientes, a veces, con prodigiosa ingenuidad
sábado 6 de febrero de 2010
Vivir. Un sofisticado intercambio de paradojas. Se nos invita con la idea que el anfitrión tiene del acto a que nos llama. Asistimos con la que tenemos nosotros, o para aprovechar que el Pisuerga pase por Valladolid. Cada vez es más intrincada la madeja, que ni su dueño entiende ya, en que se mezclan los diversos caminos que se emprenden por los mismos que han de seguirlos o por otros y hoy he leído en un periódico que no es la primera vez en la historia que el hombre se considera capacitado o está lo suficientemente airado y fjera de sí como para atreverse a juzgar si Dios es o no justo- ¿Con arreglo a qué criterios de justicia? Me río yo de cada definidor, en cada época, y, dentro de cada época, al hilo de cada cultura o contracultura al uso, se atreve con el concepto de la justicia. ¿Qué si yo me atrevería? Pues quizá también y diría que es el equilibrio en el uso de la libertad con arreglo a sus fines y límites esenciales.
Me río de mí mismo. ¿Quién soy yo para hacer definiciones? Hay que hacerlas, sin embargo, en estos tumultuosos tiempos en que tantos te tratan de embaucar y convencer de estar en posesión de verdades incontrovertibles. Resulta conmovedora la observación de gente de buena voluntad que se agarra al clavo ardiendo de pensar que la justicia estriba en defender hasta la última gota de sangre un determinado principio, como si hubiera en cada sociedad, en cada conducta comunitaria, una piedra maestra que sirviese para mantener el complicado andamiaje de la supervivencia con que estamos afrontando el cambio de edad que nos acongoja. Casi entiendo lo que deben sufrir las langostas o las serpientes cuando mudan de caparazón o de piel, han de parirse a sí mismas, abandonar la piel antigua y cubrirse con otra igual, pero diferente. Nos está ocurriendo y se producen hechos sorprendentes, conductas erráticas.
Me río de mí mismo. ¿Quién soy yo para hacer definiciones? Hay que hacerlas, sin embargo, en estos tumultuosos tiempos en que tantos te tratan de embaucar y convencer de estar en posesión de verdades incontrovertibles. Resulta conmovedora la observación de gente de buena voluntad que se agarra al clavo ardiendo de pensar que la justicia estriba en defender hasta la última gota de sangre un determinado principio, como si hubiera en cada sociedad, en cada conducta comunitaria, una piedra maestra que sirviese para mantener el complicado andamiaje de la supervivencia con que estamos afrontando el cambio de edad que nos acongoja. Casi entiendo lo que deben sufrir las langostas o las serpientes cuando mudan de caparazón o de piel, han de parirse a sí mismas, abandonar la piel antigua y cubrirse con otra igual, pero diferente. Nos está ocurriendo y se producen hechos sorprendentes, conductas erráticas.
viernes 5 de febrero de 2010
Hay días, ahora, en lo más profundo del invierno, a caballo entre febrero que nace y enero, recién muerto, tan aparentemente desesperanzados, que el sol, cuando nace, no pasa de asemejarse, solecito cuando más, a uno de esos limones fracasados, que el viento desprende aún sin crecer, del árbol, y, arrugados como tristezas imaginadas, quedan, bajo el limonero, igual que recuerdos de lágrimas.
Luego te embufandas, te echas a la calle, compras el periódico, rebosante de calamidades, si tienes torcida la suerte, te caga una gaviota, que, las puñeteras, creo que algunas apuntan y con frecuencia atinan, y aún a pesar de todo te queda el recurso de irte a la cafetería, esconderte en el último rincón, con tu café bien caliente y extremadamente azucarado y un buen trozo de bizcocho, desplegar el periódico y desaparecer del mundo durante un cierto tiempo.
El café te reconforta, mancha tu corbata, si es que la llevabas aún, produce el bizcocho una molesta sensación de plenitud, pero el día ha mejorado, y, a caballo del frío, creo que, para compensar aquel desmedrado sol, provoca, incita. Todo esto, me digo, puede mejorarse, y sonrío a la primera persona que encuentro, que venía tan enfurruñada como yo y tal vez más escéptica, pero no le queda más remedio que sonreírme y desearme a su vez que tenga un buen día. Hasta se pueda hacer con el periódico un burujo y tirarlo despreciativamente en la primera papelera que se encuentre.
Luego te embufandas, te echas a la calle, compras el periódico, rebosante de calamidades, si tienes torcida la suerte, te caga una gaviota, que, las puñeteras, creo que algunas apuntan y con frecuencia atinan, y aún a pesar de todo te queda el recurso de irte a la cafetería, esconderte en el último rincón, con tu café bien caliente y extremadamente azucarado y un buen trozo de bizcocho, desplegar el periódico y desaparecer del mundo durante un cierto tiempo.
El café te reconforta, mancha tu corbata, si es que la llevabas aún, produce el bizcocho una molesta sensación de plenitud, pero el día ha mejorado, y, a caballo del frío, creo que, para compensar aquel desmedrado sol, provoca, incita. Todo esto, me digo, puede mejorarse, y sonrío a la primera persona que encuentro, que venía tan enfurruñada como yo y tal vez más escéptica, pero no le queda más remedio que sonreírme y desearme a su vez que tenga un buen día. Hasta se pueda hacer con el periódico un burujo y tirarlo despreciativamente en la primera papelera que se encuentre.
No se puede recordar un acto de amor,
no cabe en la memoria
ni los sentidos pueden abarcarlo, mueren,
flotando más allá del aire, donde cuanto ocurre
es inimaginable.
Por eso
sólo recuerdo el tacto de tu piel, la caricia
de algún suspiro tuyo, enamorado,
mi anhelo de quedar
para siempre en el sueño de ser uno
contigo en una sola palabra,
un ser
incorpóreo y fugaz
y, a la vez, eterno.
no cabe en la memoria
ni los sentidos pueden abarcarlo, mueren,
flotando más allá del aire, donde cuanto ocurre
es inimaginable.
Por eso
sólo recuerdo el tacto de tu piel, la caricia
de algún suspiro tuyo, enamorado,
mi anhelo de quedar
para siempre en el sueño de ser uno
contigo en una sola palabra,
un ser
incorpóreo y fugaz
y, a la vez, eterno.
Dejas de trepar al monte,
donde solías,
porque,
la vejez ha estrechado tus pulmones, gastado
la energía
que movió tus pasos, te llevaba,
paisaje adelante,
hasta más allá del recodo, de destino imprevisible
de cada camino
del paisaje del cuadro.
Dejas de ser un hombre capaz
de respirar hondo
hasta el motivo mismo, el hontanar
de cualquier tristeza.
De pronto, te descubres,
eres,
soy
una racha de viento, que pasa.
donde solías,
porque,
la vejez ha estrechado tus pulmones, gastado
la energía
que movió tus pasos, te llevaba,
paisaje adelante,
hasta más allá del recodo, de destino imprevisible
de cada camino
del paisaje del cuadro.
Dejas de ser un hombre capaz
de respirar hondo
hasta el motivo mismo, el hontanar
de cualquier tristeza.
De pronto, te descubres,
eres,
soy
una racha de viento, que pasa.
jueves 4 de febrero de 2010
Voy hasta mi capital próxima. Desde hace relativamente poco, como en los estados compuestos, nosotros, los ciudadanos, la gente, los contribuyentes, esta doliente humanidad, disponemos de dos capitales: la más pequeña y próxima y otra cada vez más lejos, más enfrascada en sus cosas, en que, cuando vamos, nos solemos perder si nos salimos de rutas habituales, a pesar de que, como en mi caso, para algunos fue durante muchos años su ciudad. Una ciudad, recuerdo de entonces, es como un conglomerado de pueblos pequeños, apretujados unos con otros, pero separados por invisibles trazos más o menos patentes. Y en cada pueblo pequeño, los habitantes de la ciudad grande nos apañamos para organizar toda una rutina de vida habitual que no excluye ir casi de viaje a ver los demás pueblos o estarse en el cogollo de la ciudad, por donde pululan los turistas, excitados, en busca de su ciudad preconcebida y es probable que inexistente.
Yo he ido hoy a mi capital próxima, mucho más pequeña, más familiar. Las ciudades pequeñas pueden ser muy hostiles, porque, a diferencia de las grandes ciudades, en ellas se pueden formar subgrupos, tribus, que son familias agnaticias, que, en los azacaneados tiempos que corren, miran a su alrededor y desconfían del desconocido que no forma parte del clan y por ello representa un peligro latente. En cambio, a los nuestros de cada día, los reconocemos, sabemos de muchas de sus flaquezas y nos preocupan, en estos tiempos de competitividad, sus habilidades.
No he advertido todavía conciencia clara de que una crisis económica que produce estado de necesidad de muchos y amenaza con extenderlo a muchos más, tal vez, si se descuidan quienes ya deberían haber estado más atentos a los acontecimientos de este principio de siglo. Oigo hablar mucho, pero veo hacer poco y sin la coordinación previa de una serie de planes de acción. Hay, en la sociedad, una curiosa mescolanza de jirones de utopía y síntomas de desorientación. Uno de esos climas propicios para que asomen por aquí y por allá los habituales pescadores en río revuelto, peligrosamente capaces de sembrar error en la tierra abonada del miedo. También puede que no sea para tanto y que este temor mío no sea más que un coctel de invierno y de cansancio. Uno, a su edad, ya no está para estos trotes.
Yo he ido hoy a mi capital próxima, mucho más pequeña, más familiar. Las ciudades pequeñas pueden ser muy hostiles, porque, a diferencia de las grandes ciudades, en ellas se pueden formar subgrupos, tribus, que son familias agnaticias, que, en los azacaneados tiempos que corren, miran a su alrededor y desconfían del desconocido que no forma parte del clan y por ello representa un peligro latente. En cambio, a los nuestros de cada día, los reconocemos, sabemos de muchas de sus flaquezas y nos preocupan, en estos tiempos de competitividad, sus habilidades.
No he advertido todavía conciencia clara de que una crisis económica que produce estado de necesidad de muchos y amenaza con extenderlo a muchos más, tal vez, si se descuidan quienes ya deberían haber estado más atentos a los acontecimientos de este principio de siglo. Oigo hablar mucho, pero veo hacer poco y sin la coordinación previa de una serie de planes de acción. Hay, en la sociedad, una curiosa mescolanza de jirones de utopía y síntomas de desorientación. Uno de esos climas propicios para que asomen por aquí y por allá los habituales pescadores en río revuelto, peligrosamente capaces de sembrar error en la tierra abonada del miedo. También puede que no sea para tanto y que este temor mío no sea más que un coctel de invierno y de cansancio. Uno, a su edad, ya no está para estos trotes.
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