De tanto hablar, a veces, a los oradores, no sé si es que se les va la olla o se salen de ella y se quedan en cueros intelectuales vivos, exponentes de la fragilidad del ingenio humano, incluso en casos de erudición probada y prudencia que, como la inocencia, ha de presuponérseles. Dicen y dicen, se les calienta la boca y menos mal que no disponemos la generalidad de los humanos de superpoderes ni de autoridad para mandarnos encerrar, desterrar o descalificar de por vida, porque, de ser así, más de tres cuartas partes de nosotros habrían sido reducidos a la insignificancia.
Hecha la anterior reflexión, a partir de lo que ponen las letras gordas de una noticia periodística creo que de ayer, sales a la calle y te maravilla el tenebroso paisaje de un atardecer otoñal, con dosel de sucias nubes bajas, que justo asomas inician una tímida llovizna. ¡Mira que es hermosa la vida! –se te ocurre a la vista de cualquier paisaje-, y en seguida e preguntas cómo será posible que haya gente tan desmesurada en el hacer, decir y tal vez pensar Que uno, a Dios gracias, no puede saber lo que está pensando el prójimo, y cabe que lo que esté pensando sea de lo más sensato y que esto que dice sea una deliberada exageración aberrante.
Escucho elogios de un poeta, cuyo nombre apunto para pedirlo en la librería donde últimamente me acusan de pedir los libros que se publicarán mañana. Los editores, o algunos de sus vendedores, han ideado la publicación previa de las publicaciones próximas. Debe ser, además de una coña marinera, un mecanismo o truco de mercado, que, en mi modesta opinión, a quienes interesan los libros, no hacen sino añadirles, a la desaparición de la librería clásica, con sus fondos y su conocimiento intrínseco de la mercancía que venden, la molestia de pedir lo que no hay todavía, cosa que, no acierto por qué, molesta a los dependientes de librería.
domingo 15 de noviembre de 2009
sábado 14 de noviembre de 2009
De vez en cuando hay que tirar gran parte del botiquín de casa: aspirinas, colirios y deshollinadores de nariz, todos caducados. Suelo hacerlo cuando está el otoño creciéndose, alentado por el viento de las castañas. Luego, las castañas las vendían, gordas y lustrosas, los de la frutería gallega habitual de mercadillo de la ribera del río. En casa las cuecen sin anises y así resultan con más sabor a castañas- Para asarlas –decía la abuela- dales siempre un corte en la piel, antes de echarlas a la sartén, o te explotarán y saltarán alegremente de ella. El capitán que nos daba clase cuando la Milicia Universitaria, en el campamento de El Robledo, de La Granja de San Ildefonso, en la provincia de Segovia, hoy Comunidad castellanoleonesa, insistía en que había que decir explosionar, porque lo de explotar sonaba, no a explosión, sino a explotación. Todo un tipo, aquel viejo capitán, que recomendaba aferrarse al fusil como si fuese “el cuerpo de una gachí”. La abuela de un vecino de la tienda de al lado, que se llamaba Pepito, lo fue a ver un domingo y mirando los fusiles alineados alrededor del pivote central de la tienda de campaña le decía que tuviese cuidado “cuando uses una de esas escopetas”. Por entonces nos prestaban para “hacer el servicio”, aquellos fusiles Mauser, reliquias venerables de la guerra del 14 y de nuestras carlistadas, pasado por la última locura del 36. ¿Lo ves? ¿Ves como son digresiones? Empecé por contar lo de la limpieza del botiquín y mira dónde hemos llegado.
viernes 13 de noviembre de 2009
Insisto en que el más rico del mundo es el que tiene bastante.
-¿Cuánto es bastante? –“dices, mientras clavas, en mi pupila, tu pupila azul”-.
Bastante es lo suficiente para ese hipotético ser feliz, que no sé si existe, pero, de existir, sería el hombre sin camisa de la leyenda del rey desgraciado a que un mago había pronosticado que sólo podría alcanzar la felicidad poniéndose la camisa de un hombre feliz, y cuando lo encontró después de una larga búsqueda, resultó que el hombre feliz no tenía camisas.
Recuerdo la discusión que montaron dos ciudadanos en su tasca preferida, respecto de si era más mucho o bastante. Como es lógico, no llegaron a acuerdo ninguno, en su comparación de conceptos heterogéneos. Bastante puede ser muy poco o muchísimo. Bastante es el ideal. Lo que ni te chifla ni te aterroriza. Lo que te permite ser el desconocido que apenas se advierte que pasa a nuestro lado.
-Pero –insistes- es que nunca se tiene bastante.
-Por eso no somos felices.
-Yo lo sería –alzas las cejas en busca del anhelo de turno- …
-No te dejes engañar por cada espejismo hacia que, babosos de deseo, nos arrastramos. No son más que señuelos, cimbeles, trampas para incautos. Allá en el recodo, a la derecha de la entrada de una iglesia de Toledo. Hasta hace poco mal iluminado, sorprendente, genial, está “el entierro del conde de Orgaz”, en que uno de los más grandes pintores de la historia del arte, refleja momento en que un poderoso señor descubre por qué la gloria mundi, lejano eco del concepto de felicidad, se lo lleva el viento en un suspiro.
-¿Cuánto es bastante? –“dices, mientras clavas, en mi pupila, tu pupila azul”-.
Bastante es lo suficiente para ese hipotético ser feliz, que no sé si existe, pero, de existir, sería el hombre sin camisa de la leyenda del rey desgraciado a que un mago había pronosticado que sólo podría alcanzar la felicidad poniéndose la camisa de un hombre feliz, y cuando lo encontró después de una larga búsqueda, resultó que el hombre feliz no tenía camisas.
Recuerdo la discusión que montaron dos ciudadanos en su tasca preferida, respecto de si era más mucho o bastante. Como es lógico, no llegaron a acuerdo ninguno, en su comparación de conceptos heterogéneos. Bastante puede ser muy poco o muchísimo. Bastante es el ideal. Lo que ni te chifla ni te aterroriza. Lo que te permite ser el desconocido que apenas se advierte que pasa a nuestro lado.
-Pero –insistes- es que nunca se tiene bastante.
-Por eso no somos felices.
-Yo lo sería –alzas las cejas en busca del anhelo de turno- …
-No te dejes engañar por cada espejismo hacia que, babosos de deseo, nos arrastramos. No son más que señuelos, cimbeles, trampas para incautos. Allá en el recodo, a la derecha de la entrada de una iglesia de Toledo. Hasta hace poco mal iluminado, sorprendente, genial, está “el entierro del conde de Orgaz”, en que uno de los más grandes pintores de la historia del arte, refleja momento en que un poderoso señor descubre por qué la gloria mundi, lejano eco del concepto de felicidad, se lo lleva el viento en un suspiro.
miércoles 11 de noviembre de 2009
Se cruzan millones de millones de las antiguas pesetas, que ahora se han reducido a euros y parece que somos más ricos porque todo cuesta una cifra más pequeña, pero, ahí está el truco de los prestidigitadores, de una moneda mucho más cara. Bien lo sabe cada vendedor, que pone bien grande la cifra pequeña y bien adornada la quisicosa, la baratija, el espejito, las cuentas de colores brillantes, a ver si te lo empuja y allá tú te arregles. Los millones de millones asustan, cuando traduces de la moneda que no entiendes a la que manejabas con tanto tiento, salvo que seas miembro de ese minigrupo de los multimillonarios, gente por cierto infeliz a su doble manera de no tener nunca bastante y además tener miedo de que alguien venga y se lleve parte de lo que ya tienen. La medida de su miedo puede hacerse por la dimensión de su soledad y el grosor de los blindajes de que se rodean o el número de sus musculosos guardaespaldas.
Alrededor del río, sobre los puentes, a lo largo de la orilla del sol, se alinean los puestos del mercadillo de los miércoles, con sus churros, sus bolsas y zapatos de charol y plexiglás, sus hierbas medicinales, la piel de las cabezas de cerdo y sus pezuñas, los jamones y los quesos puntiagudos, naranjas y nueces, todo un abigarrado mundo por entre que corretean perros y niños flacos, persiguiéndose alternativamente. Huele a aceite requemado y retumba, cuando me acerco al puesto de los discos, una serie de ruidos hilvanados por una melodía tartamuda. Baja el río aún turbio y airado, torrencial. Hay una niña morena y diría que sucia, que lo mira, pero creo que sin ver. Acabo y recomiendo “Flavia de los extraños talentos”, Alan Bradley, autor que para mí era hasta que empecé ésta su novela policíaca, un completo desconocido Voy a acabar los tres tomos de Esther Tusquets, sus memorias. Una vez, cuenta, todos estuvimos en guerra y de una u otra parte. Somos, apunto yo al margen, demasiado viejos para ser, y sin embargo tendríamos que habernos hecho todavía más indiferentes de lo que ya nos han hecho las sucesivas tandas de hipócritas, visionarios e iluminados cuyos exuvios va quemando inexorable el sol en un espacio intermedio, indeciso, entre los siglos XX y XXI, donde el alambique de la penúltima esperanza humana.
martes 10 de noviembre de 2009
Me hace gracia esa muletilla de que están enamorados de la justicia, que cada día voy oyendo y luego se les escapa en qué consiste ese supuesto amorío y pienso que ni la han conocido, circunstancia que me hace preguntarme de qué o de quién habrán estado enamoradas estas personas, en qué reja habrán pelado la pava o cantado las mañanitas.
La justicia es esquiva, y no digo si le ponemos mayúscula y hablamos de la Justicia, que nadie, que se sepa, le ha visto los ojos, permanentemente tapados para no saber de quién le hablan cuando le narran los hechos y le aportan las pruebas fehacientes de la aproximación posible a una verdad que hay que suponer siempre porque como preguntaba aquél: ¿qué es la verdad?
Lo que suele encandilar es tratar de buscarse el apoyo de la justicia, con su inconmensurable caudal de energía, a favor de los criterios subjetivos propios o contra los ajenos que no gustan.
La Justicia es el equilibrio entre permanecer impertérrito con la dura lex sed lex en la mano y atreverse a taracear el supuesto con las teselas de equidad indispensables para que la justicia se ajuste al caso concreto y mantenga su condición de exudación, criatura, hija de la caridad. Nace de la capacidad de escuchar a cuantos estén interesados en el problema que la busca siempre anhelosamente y dar y quitar, sin mirar de quién y para quién, con los ojos vendados como ella y el corazón limpio.
La Justicia, que sabe de lo lábil de la cultura humana y de las veleidades y caras de cada uno de los humanos, no tiene enamorados posibles, sino intérpretes de que usa circunstancialmente las manos y la voz, la razón y el corazón, para ser mi contradictor y yo mismo a la vez, nosotros y ellos, la Justicia es vagabundo, peregrino, y es camino, peregrinación hacia la supervivencia humana en busca permanente de su santuario.
La justicia es esquiva, y no digo si le ponemos mayúscula y hablamos de la Justicia, que nadie, que se sepa, le ha visto los ojos, permanentemente tapados para no saber de quién le hablan cuando le narran los hechos y le aportan las pruebas fehacientes de la aproximación posible a una verdad que hay que suponer siempre porque como preguntaba aquél: ¿qué es la verdad?
Lo que suele encandilar es tratar de buscarse el apoyo de la justicia, con su inconmensurable caudal de energía, a favor de los criterios subjetivos propios o contra los ajenos que no gustan.
La Justicia es el equilibrio entre permanecer impertérrito con la dura lex sed lex en la mano y atreverse a taracear el supuesto con las teselas de equidad indispensables para que la justicia se ajuste al caso concreto y mantenga su condición de exudación, criatura, hija de la caridad. Nace de la capacidad de escuchar a cuantos estén interesados en el problema que la busca siempre anhelosamente y dar y quitar, sin mirar de quién y para quién, con los ojos vendados como ella y el corazón limpio.
La Justicia, que sabe de lo lábil de la cultura humana y de las veleidades y caras de cada uno de los humanos, no tiene enamorados posibles, sino intérpretes de que usa circunstancialmente las manos y la voz, la razón y el corazón, para ser mi contradictor y yo mismo a la vez, nosotros y ellos, la Justicia es vagabundo, peregrino, y es camino, peregrinación hacia la supervivencia humana en busca permanente de su santuario.
lunes 9 de noviembre de 2009
Palabra sobre palabra
te escribiré esta mañana
una canción de amor.
Lo haré sin razón alguna,
como lo haría un ruiseñor,
solo que,
claro, peor.
La haré para levantar,
con ternura
la niebla de esta mañana.
Lo haré sin más motivo
-¿y te parece poco?-
de estar enamorado
de la vida que pasa.
La vida es como un fruto
hermoso
de la luz del alba.
La vida es nuestra sola
posibilidad de que nos mientan a la vez
nuestros cinco sentidos
hermosas mentiras.
La mentira
es la rosa del jardín del amor,
también efímera,
como ella,
pero lo mismo de bella.
Si la belleza,
como la fealdad, la juventud y la tristeza,
son mentiras todas,
¡cómo no me habría de enamorar
de cada una de ellas!
te escribiré esta mañana
una canción de amor.
Lo haré sin razón alguna,
como lo haría un ruiseñor,
solo que,
claro, peor.
La haré para levantar,
con ternura
la niebla de esta mañana.
Lo haré sin más motivo
-¿y te parece poco?-
de estar enamorado
de la vida que pasa.
La vida es como un fruto
hermoso
de la luz del alba.
La vida es nuestra sola
posibilidad de que nos mientan a la vez
nuestros cinco sentidos
hermosas mentiras.
La mentira
es la rosa del jardín del amor,
también efímera,
como ella,
pero lo mismo de bella.
Si la belleza,
como la fealdad, la juventud y la tristeza,
son mentiras todas,
¡cómo no me habría de enamorar
de cada una de ellas!
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