martes, 30 de noviembre de 2010

Apoteósico triunfo futbolístico del Barcelona C.F. de mis preferencias, que regateó y goleó a un apagado Madrid, su rival más fuerte, que no se sabe si es que jugó mal o el otro lo hizo tan bien que no le dejó levantar cabeza. Hay que disfrutarlo, porque otro día cualquiera ocurrirá al revés, que un juego es un juego y alguien tiene que pasarlo mal para que otros, alternativamente, disfruten y en definitiva, valga la pena jugarlo.

Y así, pasito a paso, nos sorprende que se nos haya ido noviembre, como el agua de un cesto, y ya sea hoy el último día del penúltimo mes del año 2010, ahí es nada.

Cuando éramos niños los octogenarios de hoy, se citaba por la gente que nos rodeaba el año dos mil como algo mágico, para ellos tan inalcanzable como para nosotros ahora mismo el tres mil. Y ya han pasado diez años desde aquello y habiendo mudado muchas cosas, hay otras muchas que permanecen. Como, pongo por ejemplo, este afán de enseñarnos recíprocamente los dientes, que tenemos los humanos de toda clase y condición, a pesar de todos los pesares que nos han producido a lo largo de la historia las inacabables guerras que se siguen de que en plena orgía de amenazas, a cualquiera se le va un poco la mano y pasa lo que pasa.

Nadie quiere las guerras. Y sin embargo, cuando no es Afganistán es Corea del norte o del sur, o los americanos, o los rusos, o este sátrapa o aquél, incontinentes mentales, incapaces de reprimir el gesto que acaba por desencadenar las catástrofes. Sigue siendo cierto que con una arenga, un tambor y una bandera se puede, como decía don Pío, montar la marimorena. Y venga de tachín tatachán y tremolar enseñas y lucir brillantes uniformes, que se disuelven entre el barro y el polvo que hay que morder más tarde en las trincheras del cruento disparate de ese afán de exterminar que contagia a los guerreros.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Ciudadanos en tránsito, ni de aquí ni de allá, puesto, como tenemos, “ya en pie en el estribo”, que dedicó el clásico. Tengo la impresión, ignoro si personal, de hallarme en uno de esos nudos de comunicaciones, estaciones de ferrocarril o aeropuertos donde hay que desembarcar y enlazar con otro tren u otro avión que siempre tardan un poco más de lo previsto. Por mucho que sea, pronto, aparecerá el otro vehículo, embarcaremos hacia el destino último del viaje.

Miro con profunda desconfianza por un lado el desarrollo de las elecciones catalanas, y por otro el Barcelona contra el Madrid. Luego habrá más días y todo habrá pasado, es probable que ganen Convergencia i Unió por un lado, y el Barcelona club de fútbol, por el otro. El martes será otro día, de echar cuentas, unos y otros, perdedores y ganadores. Pensándose todos otro empujón, en cómo renovarse y seguir.

Por otra parte coincide el último domingo de noviembre, supongo que como siempre, por más que sean móviles, con el primer domingo de adviento, que el señor cura de mi pueblo pone una corona de follaje sobre el altar, con velas que irá encendiendo a medida que avanza el tiempo y llega la Pascua. Un villancico se enciende, tímido, el primero, en off, y, paradójicamente, los coreanos del norte y del sur se empiezan a bombardear y provocar, insistiendo en la terrorífica idea de que las guerras, las agresiones, las venganzas, llevan a alguna parte.

A lo peor es que también las guerras son indispensables para que el planeta equilibre su precaria subsistencia y los humanos nos vayamos acoplando a los diferentes ciclos, a las etapas de la historia de una humanidad tan inexplicable como este grupo de que formamos parte. Parece como si no hubiese manera de escapar de su reiteración. Hace día, comentábamos los contertulios que si pudiera juntarse en una pila toda la riqueza de la tierra y fuésemos capaces de poner en fila a los seis mil millones de humanos que aproximadamente hay y repartiésemos entre ellos la riqueza en partes iguales, pasado que hubiese un siglo, los que quedaran se habrían reorganizado en un sistema jerárquico, tanto en lo político como en lo económico, porque los más de una u otra manera capaces ya se habrían hecho para entonces con su parte del león.

Somos como somos, debemos pelearnos con nosotros mismos, primero, luego con los demás, tratar de ser de otra manera, fracasar, levantarnos. No hay más ni otros mimbres. Es posible que en otros lejanos planetas las cosas ocurran de modo parecido, entre criaturas inimaginablemente distintas. Dios, asimismo inimaginable y por ello indescriptible, puede haber creado una infinidad de cosas diferentes, que lo verán de distintos modos, criaturas que es probable que también hayan necesitado el auxilio de la redención, operada en cada caso a su peculiar modo. Nos empeñamos en definir, en clasificar, cuando la realidad, esa que dicen los filósofos que no existe más que nuestra imaginación, capturada en los diferentes modos de expresión, que llamamos palabras, es inimaginablemente imponderable, inconmensurable.

De momento, por ser feria y fiesta de santa Catalina, en mi pueblo comimos callos y amarraron caballos y mulos en el llerón del río. Como antes –decían, llamando en vano al pasado- Nadie vuelve atrás.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Es probable que no nos conozcamos, caso de encontrarnos. Recuérdame, si eres tú la que me conoces, yo soy muy mal fisonomista, algo de cualquier entonces en que hayamos coincidido. Me ando buscando. Busco, sobre todo, aquél que fui cuando todavía no había llegado a ser como mucho más tarde. Cuando, para que lo entiendas, no habíamos llegado a la mitad de los caminos del bosque, coincidente, como ahora ya sabemos, en la encrucijada de su centro. Me gustaría saborear el aire que respirábamos cuando era esperanza todo, sin mezcla de los cansancios, los desalientos … Creo que la frontera de la niebla está en la primera muerte del primero de los que nos acompañaban de la generación anterior, cuando descubríamos que nuestros mayores eran vulnerables. Y no te digo cuando murió el primero de nosotros y descubrimos que un día tendríamos que pasar por ese trance, lo mismo que habíamos tenido el privilegio de nacer e incrustarnos en la ternura del nido en que estuvo nuestra niñez. Incorporarnos a una familia. Si, ya sé, nos pasaba como a nosotros, que, como fuimos descubriendo, ninguno somos más que lo que somos, con todo el peso de tener, además, que soportarnos y lo que es más difícil aún, tratar de mejorar los que hay y progresivamente, de por sí, se deteriora tanto, y, en ocasiones, hasta se desploma parcialmente, parece que se va a desmoronar del todo.

No es probable. Lo de reencontrarnos, digo. La gente tiene escasas oportunidades de relacionarse. Con la mayor parte de nuestros contemporáneos nos cruzamos pocas veces y menos nos hablamos. Y eso que ahora, con tanta televisión, nos cruzamos con alguien por la calle y tenemos la falsa sensación de conocer a alguien de quien no sabemos nada en realidad y es que se parece tal vez a algún habitual de la pantalla que nos permite ver paisaje como quien va en un vagón del tren y mira distraído por la ventanilla.

Este año, mucha gente se va lejos, la semana que viene, en cuanto se inicie el “puente” de primeros de diciembre. Van lejos de casa, a la nieve, los que pueden, a un rincón, otros, huyendo de cavilar sobre si seremos capaces de entender que somos más pobres que el año pasado. Otros, nos arrebujamos, sorprendidos por los primeros ramalazos y remosquetes del frío, y refugiamos la inquietud aventurera en un libro. Yo ando ya metido en dos o tres, de la media docena que me propongo degustar en diciembre. Los libros, que suelen contarte lo que pasó a mucha gente, son una alternativa barata y menos arriesgada que echarse a la carretera. Y por añadidura ahora los trenes no son como antes, que emprendías viaje a Madrid, desde cualquier lugar de la periferia, en un vagón de tercera, y estabas seguro de hacer un montón de nuevos amigos, aprender varias canciones nuevas, de las de tasca y francachela, como dice mi mujer, que les llama “cantarinos” y ya ha calado que yo nunca los aprendo enteros y los deterioro con caídas de tono entusiastas. Si no los hicisteis entonces, ya no podréis disfrutar de aquellos viajes, pongo por ejemplo, desde Madrid a Barcelona o viceversa, en el supuesto “exprés”, que, con suerte, duraban día y medio. Qué habrá sido de aquella “hermosa gente” de que nos hacíamos cómplices durante la aventura del placentero, imprevisible viaje, hecho sin estas prisas que nos agobian hoy, con la deleitosa probabilidad de una charla distendida, como si no fuésemos a ninguna parte y el viaje mismo fuese por cierto tiempo nuestro único destino.
“Finde” le llamáis ahora al fin de semana, con ese afán de síntesis que pasa por las “pelis”, por películas, y la “teuve” por la televisión. Bueno pues “finde” futbolero, ¡qué angustia!, por si el lunes va a someter el Barcelona al Madrid o si viceversa, como dicen muchos pronósticos y algunos temores. Amedrenta más este asunto que las elecciones catalanas y eso de las crisis que tal parece que ninguna de las dos cosas vayan con nosotros, por más que sean las dos gripes más amenazadoras que hayamos padecido desde hace tiempo. “Finde”, por otra parte, con la luz amatista, precursora del alba apuntando de que vienen sucesivamente el “puente” de “santa Constitución”, que ahora también llaman las vacaciones o la “semana blanca” de los “coles”, por colegios, y, en seguida, la Pascua de Navidad, que tengo que acordarme de escribir y traer y poner aquí mi villancico lleno de melancolías. Cada año, sin poderlo evitar, se me viene a las mientes el recuerdo de aquella Navidad, allá por los años cuarenta, que estoy degustando aquel trozo de turrón, con mi gente alrededor, en aquella habitación, precisamente, de una casa en que vivimos muy poco tiempo. Y soy incapaz de recordar por qué ese recuerdo tan preciso del sabor de un bocado de turrón, en un lugar determinado de una estancia concreta, justo de esa casa, cuando yo tenía diez u once años. Mi amigo Luis, ahora del otro lado del espejo, siempre se acordaba de felicitarme las pascuas y me mandaba uno de sus hermosos dibujos y un villancico alegre como unas castañuelas. Supongo que ahora se los dirá todavía más hermosos, dibujo y villancico, al buen padre Dios, en el lugar sin tiempo ni espacio en que me esperan. A ver si, llegado el momento, me ayudan y acierto con el camino.

martes, 23 de noviembre de 2010

Estoy en la acera, del lado de acá, pegado a la fachada de un edificio cualquiera. Delante, tengo el ancho de la acera, la calzada, con un paso de cebra a la vista, la otra acera y los edificios de la manzana de enfrente. Pasa por delante de mí toda una multitud de gente por ésta y otra por la acera del otro lado. Por la calzada, de este lado y del otro, se cruzan innumerables los automóviles.

Es la ciudad.

Casi ninguno habla ni con su o sus acompañantes, como mucho son grupos de tres, y muy pocos con los que se cruzan. Casi todos llevan gesto adusto, expresión de ir a hacer algo importante. Si alguno de los peatones hace además de bajarse de la acera e ir a cruzar la calle, suenan, airados, dos o tres bocinazos.

Ambas calzadas son de los coches. Y parte de las aceras. Y, dentro de poco, espacios en los portales. Y, casi en seguida, aparcamientos en el salón de arriba, de la casa donde vivimos y nos echan, como si fuera pienso, las inacabables aventuras de esa media docena de cuyo nombre no quisiera acordarme, pero ya es como una obsesión. Como aquellos viejos anuncios de los entreactos y los descansos del cine y del teatro, que acabábamos tarareando sin querer, silbando al respirar.

Aquí quietos, sin duda acabaremos por estorbar a alguien. Nos dará un empujón, sorry, un guiri. No se preocupe –contesto maquinal-, me aparto, entre la vendedora de caramelos y chucherías y el tullido que exhibe sus limitaciones y un letrero donde explica, sucintamente, que pide para comer él y que coma su familia. Así lo dice: “nop uedo trabajarpidoparaco meryqueco malafamiliamejorquerobar”. Así, todo junto o inesperadamente separado. La gente, sin mirar apenas, echa unas monedas en el burujo de papel que tiene delante. Me apoyo en la pared y sigo mirando o esperando, ya no recuerdo. Tal vez esperaba a alguien. ¿Desde cuando? Deba hacer ahora unos sesenta años que salí de mi último examen, del aula última de mi entonces recién estrenada licenciatura. Recuerdo que precisamente ese día compré un libro editado por Janés. Colección Manantial que no cesa. Autor: Charles Morgan. Título: Sparkembroke –no sé si se escribe exactamente así- y lo estuve hojeando y ojeando, antipé el disfrute inenarrable de irlo a leer inmediatamente después, sentado en la terraza del café donde solíamos ir a veces los del Colegio Mayor a jugar al dominó. Bolado, ¿se llamaba Eduardo? jugaba muy bien al dominó. Siempre me ha hechizado el juego del dominó y siempre he sido un jugador mediocre, distraído. El dominó, decía mi viejo amigo el procurador de los tribunales, se juega maquinal, instintivamente. Yo creo que el dominó es un juego de concentración, que se juega maquinalmente. Mientras hojeaba mi libro nuevo, enfrente, a la vez, hacía la instrucción una sección de cadetes de la Guardia civil y una nube de niños jugaba con media docena de cometas de colores. Y no sé si espero o si he vuelto, salido del hotel, llegado demasiado temprano a donde iba y estoy eso que dicen “haciendo tiempo”, ¿Se tricota el tiempo? ¿Se hace con bolillos? ¿Es una subespecie de mecano? De niño, los Reyes Magos, un año, me dejaron un mecano de piezas rojas y verdes, con esquineras plateadas. La paciencia no ha sido nunca lo mío. Entiendo demasiado aprisa, sintetizo en seguida y ya está mi insaciable curiosidad buscando otra cosa. Por eso prefiero la poesía o la música, que necesitan mucha menos atención y muchas menos palabras para decir muchísimas cosas.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Puede que sea ésta la última ocasión que Europa tenga para construirse como Unión Europea. Una constitución que tendría como consecuencia principal la de que se acabaría la diferencia entre países ricos y pobres, cuando todos fuesen uno, con comarcas más ricas o más pobres, según la productividad de cada cual en bienes y servicios de las diferentes clases imaginables.

Estamos corriendo el riesgo de que Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia o cualquiera de ellas, tengan que abandonar el grupo y el proyecto, hundidas, por su insuficiencia económica, en la desesperanza, el desencanto, el escepticismo.

Y la Unión Europea pasará a haber sido otro hermoso sueño de recrear la pax romana del imperio.

La riqueza de Europa se genera en Alemania, se gasta en Francia y se jubila en España o Italia, con Portugal y Grecia como segundas alternativas, pendientes de crear infraestructuras turísticas de una por desgracia mayor sofisticación.

Hay dos clases de turistas: los masificados, que recorren las curiosidades en rebaño y los mochileros, que van en grupos como mucho de media docena de individuos de ambos sexos, que pisan el terreno, lo recorren, se impregnan, se mezclan con la gente, conviven y descubren por lo menos una esquina del alma de los territorios y los pueblos por donde pasan. Los primeros prefieren, cuando llega la hora de comer o descansar, una mayor sofisticación; los segundos huyen de cualquiera y prefieren las condiciones de vida naturales, antiguas, dimanantes de los distintos modos de vida de cada lugar.

Hermoso sueño, el de la Europa Unida.

Tal vez en el tercer milenio. O antes, si se descubre que hay otros mundos habitados y la gente tiene que recurrir a la gente, aterrorizada por otra gente distinta, de modos y formas imprevisibles. En cualquier planeta, las condiciones de vida diferentes pueden haber determinado la aparición de criaturas inimaginables, con raciocinio parecido sin embargo al humano o incluso susceptible de desarrollos superiores o inferiores, y, desde luego, con culturas y códigos de valores diferentes.

domingo, 21 de noviembre de 2010

La definición de este domingo otoñal, pasado por agua está acentuada por el dolor de mi pie derecho, aliviado por un antiinflamatorio, el descubrimiento de las cajas de hadas hecho por mis nietas y ese sabor especial de la comida en familia de algunos domingos, cuando es como si la paz tocase una región sensible del alma que hay quien dice que no existe porque no puede verla. Tal vez el alma sea la parte de energía vital que corresponde a cada individuo humano.

Domingo, comida familiar. Todos hablan a la vez y el privilegio consiste en callar y escuchar la algarabía desde tu esquina oeste de la mesa.

Sube y baja el torbellino gárrulo del conjunto. No seas pedante, majadero, me digo, lo que pasa es que hablan todos a la vez y se forma un torbellino de sílabas y palabras, frases, como cuando agitas uno de esos pisapapeles de cristal que contiene una nevada.

-¿Y tú qué opinas?
-Yo –cogido de improviso-, pues … que tenéis alternativamente razón.

Se ríen. El abuelito –gritan con acierto- pensaba en otra cosa.

No en otra cosa. En vuestro conjunto, en los que no están, en los que se fueron más lejos, por más tiempo.

Los más lejanos son los muertos, que estuvieron como ahora estamos éstos. Dicen, y hago el esfuerzo indispensable y creo, que nos esperan en alguna parte, que nos recuperaremos unos a otros, que reconstruiremos algo definitivo, eviterno y luminoso. Como es difícilmente imaginable, casi increíble, hay que hacer el indispensable esfuerzo de la voluntad y creer.

El domingo de otoño, la lluvia, un plato de callos por santa Catalina. Es tradicional comer platos de callos estos días de matanza y fin de año agrícola, que acabó el día de san Martín. Ayer, santa Cecilia y hoy último domingo del año litúrgico, que el domingo que viene será primero de Adviento. Adviento es anuncio de una Navidad inminente. Santa Catalina es el día 25 de noviembre. De antiguo, alrededor de ese día, se celebraban ferias y fiestas en mi pueblo y se vendían xiplas. Las xiplas eran unos globos que se hinchaban a través de un canuto provisto de una lengüeta colocada al revés y se dejaban después desinflar con un largo gemido. Las xiplas de mi niñez costaban tres perrinas y el hijo del estanquero, que las vendía entre otros, se tragó un día una y sonaba, al respirar anhelante, como una enorme xipla humana. Sobrevivió, por increíble que parezca. Que ocurran cosas increíbles facilita realizar el acto de voluntad indispensable para creer otras que asimismo lo parezcan. No es tan increíble como parece que el alma sea inmortal. Es evidente que la vida se sobrevive a sí misma y toda la naturaleza converge sobre sí misma.

Las sucesivas guerras fueron acabando con las antiguas pequeñas cosas, so pretexto de que al parecer había llegado la modernidad. Nos ha costado aprender que la modernidad no es nunca un salto en el vacío. Ahora se mira hacia atrás con una cierta nostalgia, en parte justificada por las crisis que ni somos capaces de interpretar ni de por ahora de remediar. Instintivamente, miramos atrás. De algún modo, sabemos que la solución de todo está en comprender que el futuro es algo nuevo, pero está hecho, al menos en parte, con polvo de estrellas, es decir, de recuerdos. Algo de lo antiguo y algo de lo nuevo. Nada de lo ocurrido es del todo bueno ni del todo malo. Y con lo nuevo que venga, pasará lo mismo. Ni todo será del todo bueno ni del todo malo. Ahí puede que esté el principio del camino que lleve a desvelar la pista de la salida de este laberinto.

sábado, 20 de noviembre de 2010

El balompié forma parte de nuestras vidas. No sé ni hoy me importa si eso es o no bueno o malo, es un hecho. Que suele desarrollarse a tres alturas que conviven. La chavalería de mi pueblo suele preguntar a su interlocutor, como en mis tiempos por quién “salta”. Le está preguntando de quién, de qué equipo es partidario el otro. Y le suele contestar que del de su pueblo, del de su provincia que juegue en primera o segunda división –la del Oviedo es una peculiar situación miserable que no cuenta para sus apasionados partidarios, únicos en España que compiten en infortunios con los del Atlético de Madrid, conocido por el “Pupas, C. de F.”-, y, alternativamente, o del Madrid o del Barcelona.

Aproximadamente media España, del Madrid y otra media, del Barcelona. Que por diferentes circunstancias son los únicos que al parecer pueden, aunque no debieran, permitirse hacer el descomunal gasto indispensable para figurar entre la docena de mejores equipos de fútbol del mundo. Y, como consecuencia, son los dos únicos que normal y alternativamente pueden ganar los campeonatos en juego. A todo el mundo le gusta, de vez en cuando por lo menos, celebrar el triunfo de sus preferidos.

Al español medio, si es que tal espécimen resulta identificable, le gusta esta esquizofrénica simplificación de alternativas. Media España de Manolete, la otra media de Arruza, media del pesoe, media del pepé. O estás conmigo o estás contra mí. Nada de medias tintas.

De vez en cuando, sin embargo, uno u otro de los grupos en liza encuentra un elemento distorsionador de la pacífica disensión, del enfrentamiento incruento, del, por mucho que nos exaltemos, pacífico debate. Ha ocurrido ahora con el Madrid. El Madrid se ha traído a unos simpáticos portugueses cuyo sentido del humor resulta incomprensible para muchos de los adversarios del equipo. El Madrid se ha traído unos elementos distorsionadores, susceptible de ser malinterpretados como malintencionados.

Mal asunto, que yo sin embargo, no debo comentar por más extenso ni detallado, ya que como todo el mundo sabe mis preferencias están con el Barcelona. Desde mi atalaya, sin embargo y por experiencia de mi sensibilidad personal, opino que si de lo que se trataba era de desequilibrar el tranquilo desarrollo de la confrontación deportiva, se haya urdido de propósito o haya resultado por casualidad, lo están logrando, con el consiguiente riesgo de una tranquila convivencia. Porque el balompié, insisto, forma parte de nuestra vida, de nuestras rutinas, del charloteo de la cafetería a la hora del pincho, de la sobremesa plácida, no debemos consentirnos que se torne agarradiella de patio o de salida de colegio. Recuerdo cuando el paciente maestro de turno, nos separaba: ¡pero hombre!, y la explicación: señor maestro, ¡chincome la oreja!

jueves, 18 de noviembre de 2010

El día es un caleidoscopio de sensaciones, pero se pueden cerrar los ojos y entonces no es más que un túnel de aquellos de montaña de cuando las máquinas del tren eran de vapor y se tardaban minutos en volver a salir de entre el humo, que se colaba por los intersticios de las ventanillas mal cerradas, mal ajustadas, rotas, de las postguerras.

Olor a humo, carbonilla, el tren, resoplando, demasiados vagones, poca energía para tirar de ellos o empujarlos. Para subir el puerto y pasar a la meseta, ponían dos máquinas, una delante, otra empujando desde la cola del tren.

Más que mediado noviembre, se atisban Navidad y Año Nuevo, allá a lo lejos, pero no demasiado. Escasea el dinero, con esto de las crisis y el paro y se convierten en un obsceno espectáculo los despilfarros que según nos cuentan la televisión, la radio y los periódicos se siguen haciendo como si tal cosa por unos cuantos especímenes desaforados.

La vieja sociedad se arruga y cuartea. No es capaz de generar, parece, modos, maneras y personas capaces de construir las nuevas catedrales, que tal vez no serán de nada parecido a la piedra. La nueva sociedad podrá parecerse a la antigua, pero será de algún modo radicalmente diferente.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Cuando una sociedad se asusta, endurece las leyes. Alguien, tal vez uno solo, capaz de convencer, persuasivo, engañosamente falaz, se le puede ocurrir endurecer la ley, para tratar de corregir a sus conciudadanos y así cambiar el mundo a su antojo. Seréis, supongo les dirá, capaces de mover lo que no pudo Arquímedes porque nadie le proporcionó el punto de apoyo que pedía. Vosotros en cambio, ordenando las palabras, componiendo y recomponiendo las leyes, asustando a la gente, moveréis, tal vez para mejor, el mundo en que vivimos.

Pero yo en cambio, ya ves, me permito opinar que el mundo seguirá empecinado en funcionar con arreglo a las leyes del caos, absolutamente imprevisibles para nosotros, que, cuando les ponemos un dique por aquí, descubrimos que se colaron por allá, como el agua, que nadie lo cree, pero atraviesa los montes y brota del otro lado como un limpio hontanar nuevo, transparente.

Cada época tendrá el privilegio de disfrutar de un grupo de tal vez mediocres, que con sentido común reconstruirán lo indispensable para que la humanidad sobreviva, es decir, más humanidad capaz de adaptarse a las más rigurosas circunstancias, incluida la vesánica locura de esos iluminados que consideran posible poner puertas al campo de la inventiva humana o reducir a los hombres a la estupidez.

Me permitiría, si alguien me pidiera consejo, dar el de que se reconstruyera la solidaridad humana, se hiciese caso de la importante necesidad de que la caridad humanice las relaciones entre las personas.

Hará falta tiempo. A algunos no nos ha tocado vivir con intensidad la última parte de unos modos, su mudanza y el nacimiento de la esperanza de otros. Durante el cambio, la humanidad no ha cambiado, cambiaron las convicciones, pasaron de unas exageraciones a otras, de unos enfrentamientos a otros. Puede que lo más urgente sea hacer que el movimiento pendular de la historia sea menos violento, para que sufre la menor cantidad de gente posible. La gente, la “hermosa gente”, de Saroyan, suele ser inocente de la mayor parte de las cosas que pasan. Pero también es posible que esa aparente inocencia, sea a la vez dejación de parte de la condición humana que nos exige intervenir en lo que nos concierne y no delegar por sistema o, como los fisiócratas aconsejaban “dejar hacer, dejar pasar, que el tiempo transcurre por sí mismo”. Pienso que el tiempo, que no es más que una paradoja, es lo que tenemos para hacer nuestro respectivo camino hacia y hasta dondequiera que vayamos. Todos y cada uno.

martes, 16 de noviembre de 2010

La nube
que pasa, perezosa,
con aspecto de perfil, sombra blanca
de un rostro peregrino, esa nube
que va haciendo el camino de Santiago, está
hecha de ceniza
de árbol.

Era frondoso, estaba
en lo más profundo, en el centro mismo
del bosque de la ladera.

Anidaban en él centenares
de pájaros.

Cantaban todas las mañanas. Y él, que era
muy alto, prodigioso,
miraba siempre con nostalgia
la carretera lejana, el camino
de los peregrinos
del apóstol Santiago.

Incendiaron, una noche, el monte,
rugieron las llamas, volaron
los pájaros asustados, huyeron
los corzos y el oso,
el búho
y las lagartijas.
La hormigas no, las hormigas
se convirtieron, antes de morir, en mínimas
luciérnagas
enloquecidas.

El árbol se hizo columna de humo
con la que un ángel, que pasaba
se entretuvo en hacer una nube.

Ahora el árbol,
ceniza, pero nube
sigue el camino
de los peregrinos del apóstol
Santiago.

Dicen que, a veces,
de atardecida
la han visto detenerse
sobre los cruceros de las encrucijadas,
como si dudase
y que la han visto llorar gotas de rocío,
con forma de recuerdos,
sobre las madreselvas
en flor.
Haber estudiado en el mismo colegio que, no sirve más que para acreditar los diferentes beneficios o vicios que según la personalidad de cada cual, una misma serie de oportunidades puede conferir a unos u otros.

Ya sabes –me digo- lo de la parábola: hay tierras preparadas o no para recibir la misma simiente, que cuando cae en la buena da fruto, pero no si en piedra dura.

Viene a cuento de un suelto que acabo de leer en que su autor lo dice. El estudió en el mismo colegio que éste o que aquél. Bueno, pues el resultado fue diferente, según se advierte al comparar lo que cada cual de los tres dice cuando tiene ocasión.

Curioso caso éste de que los humanos seamos tan semejantes y tan diferentes, con y sin igualdad de oportunidades. No se pueden construir las personalidades más que desde dentro de cada cual y aprovechando unas u otras de las mismas oportunidades de que muchos se aprovechan a la vez de tan diversas maneras.

Cambiando bruscamente de tema, miro por la ventana y advierto la llegada del primer ramalazo de frío al ver cómo se arrebuja en su bufanda la moza que pasa. No se parece a la serranilla del señor marqués. A quien puede que le haya llegado noticia de que la aristocracia se siente minusvalorada por el pueblo infiel, según leía ayer en otra noticia. Y es que la virtud en particular y las virtudes en general, como los vicios y las culpabilidades, no son hereditarias por derecho natural, y cada título de nobleza personal, confirmado o no por la concesión correspondiente, son eso: personales. Nacer noble con título es una ficción del Derecho, una presunción iuris tantum. Hacerse noble es nada menos que un comportamiento personal, que, iuris et de iure proporciona a algunas conductas por descontado muy difíciles de mantener, la condición de personalidad noble, con o sin título oficial.

lunes, 15 de noviembre de 2010

-Acabas de escribir acerca de una catedral.

-En realidad creo que estaba escribiendo respecto de las catedrales en general, con ocasión de mi visita a ésta en concreto.

-¿Sabes cuál era el estilo de construcción …?

-No, por favor. No me examines. Distingo en cada catedral que visito, por lo general, diferentes épocas y estilos. Las catedrales tardaban en hacerse muchos años. Intervenía mucha gente. Varios maestros. Canteros diversos. Casi todas son una mezcla de románico, que advierto tallado en piedra, y gótico, cuando aprendieron a conjugar la piedra con el aire. El románico se dice hablando, el gótico se canta. Cada catedral que visito es una gigantesca manifestación colectiva de fe, a veces llena de dudas, de vacilaciones, de contradicciones, que expresa un amor a veces embriagador, otras que los amedrentaba, y se manifiesta con esperanza, a veces llena de dudas. Una catedral es la manifestación intrincada de una cultura tallada en piedra y por consiguiente de algún modo petrificada.

-Se están desmoronando, dicen.

-No importa. Cumplieron su función y devuelven los materiales al universo efervescente todavía, en plena consecuencia del estallido, o si quieres, del secreto acontecimiento de una creación, que sigue en marcha, como la vida es una continuación del nacimiento de cada ser. El big bang famoso no tiene por que haber sido o seguir siendo un estallido tremendo. Podrá haber sido un gesto de algo tan inconmensurable que no podemos imaginar. Una simple, sencilla, mínima arruga en la textura de la eternidad
Parece muy pequeño, lo miro desde la plaza, un ser humano en la puerta de una catedral. La puerta es, ¿sabe alguien por qué?, desmesuradamente grande, tiene arquivoltas y en ellas se cuenta, con toda seguridad, una historia, tal vez una capítulo de alguno de los libros de la Biblia. Estoy seguro de que alguien lo ha transcrito en algún libro que desconozco. No importa, porque seguramente lo habré leído en alguna ocasión, y lo mismo que soy incapaz de interpretarlo ahora mismo, mientras lo admiro, si alguien me indicase la interpretación correcta, lo identificaría. Este hombre que veo se acerca a los lados de la puerta y toma notas en una Moleskine. Me parece que trata de dibujar alguna de las figuras o de pergeñar un boceto del conjunto. Tal vez esté escribiendo el capítulo que digo, de la Biblia, o un libro acerca de esta catedral en concreto.

No somos ya capaces de interpretar una catedral.

Hay en las librerías, a nuestro alcance, una porción de libros que hablan de muchas, de algunas o de una catedral en concreto. Algunos hablan de los supuestos secretos de las catedrales. Yo opino que las catedrales no tienen más secreto que, si acaso, alguna frase esculpida a hurtadillas por algún cantero momentáneamente ocioso, como mensaje sin destinatario, una huella, dejada adrede, sin más propósito de comunicar al futuro que él estaba allí cuando se colocó la dovela. El resto son mensajes sin secreto, al revés, destinados a comunicar una historia a gentes que por lo general no sabían leer. Lo que pasa es que las catedrales, como la gente de su tiempo, hablan en latín, los latines romances y progresivamente macarrónicos de que proceden nuestros expresivos idiomas actuales, que, derivados de uno solo, van volviéndose a cerrar sobre otro, mezcla nueva de lo que estuvo antes junto y más tarde disperso.

Adivino que por las catedrales pululó la humanidad de una porción de siglos. Bulleron de vida sus más ocultos rincones, los claustros, las naves y las girolas. Hoy, ésta está vacía, salvo el otro hombre, ese que me parece tan pequeño, y yo, que seguro que le parezco a él insignificante.

Suena una campanada solemne y o se ha disuelto en ellas o ha alborotado a varias bandadas de cornejas, que revuelan asustadas.

Hay polvo de sol, mezclado con la tristeza de la tarde.

domingo, 14 de noviembre de 2010

La turbia torrentera
que arrastra la multitud invisible,
aherrojada, cautiva en el seno del agua.

No da tiempo a pensar,
con esta lluvia inacabable
de palabras vacías, chubascos
de palabras sin sentido,
gritos.

Caos viviente, muerte y vida entremezcladas,
en este desasosiego
del agua.

Todos vamos
con lo que fue,
en lo que fue,
en lo que es ahora
río.

“Nuestras vidas son los ríos” …
¿o es la mar
lo que es vida?

sábado, 13 de noviembre de 2010

Crecimos, los niños, ocupamos las calles habituales. Nos hicimos habituales de las calles, de las cafeterías –no había cafeterías, en mi villa, cuando yo era niño-, de los viejos cafés con divanes, todo en redondo, de peluche, el tablero de las mesas de mármol, ficherazo va y viene, de dominó, para jugar a las cartas, tapetes de fieltro verde. Ceniceros de latón –todo el mundo fumaba, cuando yo era niño, y cuando adolescente, y cuando joven. No se era un hombre hasta que se fumaba el primer pitillo o el primer cigarro puro ante el padre de cada cual-, escupideras a pie de columna. Había espejos, en un café de mi villa había un espejo veneciano, tal vez dos, y muchos con marco de madera, ébano o caoba, castaño. Los de pintado pino se bichaban. La carcoma los iba minando, minando, hasta que con la uña les arrancabas pedazos de marco, o el espejo, un día, sin más ni más, se venía abajo con gran estruendo. Mala suerte, decían que traía, que se rompiera un espejo. En los viejos cafés de mi pueblo, además, había billares y podías jugar a hacer carambolas, al chapó o a la treinta y una, que era un juego más golfo.

Bueno, pues la digresión viene a cuento de que cualquier día, los niños que acabamos por hacernos habituales de las calles, las tabernas, los chiscones, los merenderos, los cafés y los casinos de nuestros pueblos y nuestras villas, dejaremos de estar, tras de habernos trabajosamente hecho viejos, y sin embargo, las calles, por lo menos, tal vez con otros nombres, que ya sabéis lo que pasa, seguirán siendo habituales.

Algunos pueblos se van vaciando, se quedan como un exuvio abandonado, pero suele aparecer otra gente que los renueva. A alguno de esos pueblos llega gente inesperada, rara, o tal vez lo parezca porque cuando un pueblo se queda vacío, en ese espacio que queda hasta que llegan los otros, al pueblo se le muere el alma. Y por eso los nuevos que vienen parecen raros, hasta que a fuerza de soñar, sudar, respirar y echar palabras, al pueblo le nace un alma nueva, que se advierte con muchísima dificultad, mirando bien por las esquinas que hacen los quicios de las puertas, o entre las columnas del puente, o al pie del campanario de la iglesia, aunque hayan abandonado la espadaña las cigüeñas, que son unos animales muy sensibles al desprecio y la soledad y por eso ya hace bastante que anidan en la parte de arriba de las columnas de los tendidos de alta tensión.

Debe ser tremendo, que pase lo que dice en pocas palabras la copla de don Manuel Machado, el hermano del otro Machado que es el que más gente cita, cuando dice esa copla tremenda en su sencillez de que “tu calle ya no es tu calle / que es una calle cualquiera / camino de cualquier parte”. Pocas veces se ha dicho más con menos palabras. Uno puede imaginarse una novela de tropecientas páginas. Don Manuel lo sugiere, si no he contado mal, con dieciséis palabras.
Podríamos construir un castillo. Los hacían siempre arriba, en el monte desde que podrían ver acercarse a sus enemigos. Con gallardete, escudo y leyenda en la torre del homenaje, bien altos, a la vista, como si, igual que el león cuando ruge desde lo alto de su puesto de vigilancia, pudieran ahuyentar los peligros. Un castillo con grandes y pequeñas estancias, pasajes secretos y patios soleados, como claustros, con cipreses cautivos, “enhiesto surtidor de sombra y sueño”, en la esquinas, con una fuente chorreando copiosa en el centro, para dirigir la oración o el pensamiento. Los claustros están hechos para rezar o pensar, indistintamente, dando vueltas, como quien saca el agua con los cangilones de un noria. El agua, como un símbolo, brotando por los caños de la fuente del centro. Con su sonido pautando los rezos y los pensamientos. Copos de ideas flotando en el aire del claustro, que juega a la gallina ciega por entre los cipreses, serios, entecos, adustos. Brotan el agua y el árbol. Podríamos dar vueltas en el claustro, o estarnos en su esquina, en butacones de mimbre de alto respaldo. En un claustro no hay salida ni puesta de sol. El sol pasa, se asoma al brocal del claustro. Acaricia levemente las piedras. En el claustro no corre el viento, se arremolina.
Viento del sudoeste, pesado y dulce como arena del desierto tornada en niebla difícil de respirar. Calor sin calor, castañas y matanza, con el cerdo muerto en el patio, sangre, sudor y grasa, Noviembre. Don Juan Tenorio, sin trabajo, duerme en la plaza Mayor, al pie de la picota, sin novicia que llevarse a los sueños y con las putas demasiado ocupadas para oír requiebros y perder tiempo. Anuncian los carteles de la aldea vecina que habrá, en la soirée del fin de semana, despelotes femeninos y masculinos. Otoño. Siena, beige, ocres, malva y amarillo brillante. Las letras, por lo menos las vocales, son de colores. Cada cual las ve de un color: la e, siena, la i, amarilla, la u, verde, la o, negra y la a roja. Compones la palabra y puedes verla coloreada. La música juega con los colores, seguramente cada nota tiene uno concreto, pero los legos no advertimos más que el vertiginoso juego de la música, ya compuesta, en el aire. El sonido tiene colores, o de algún modo se relacionan el sonido y la luz descompuesta. El otoño habla con tonos mesurados, sobre todo cuando el viento del sudoeste le erosiona las esquinas. De pronto, aquí y allá, se rasga la textura del otoño y asoman la nieve, el frío, las vagas de mar. Acabo la Riña de Gatos y me voy con Ian Rankin a Edimburgo. La Riña es una mezcla de interés y desgana. La acabas y piensas que no es una buena novela, pero qué buena podría haber sido sin demasiado, o tal vez con demasiado esfuerzo. Hay un cansado, triste, escéptico, acrisolado sentido del humor, que a mi juicio es el que a la vez la salva y la condena. En las primeras páginas dee mi nueva lectura descubro que Rankin, a quien tanto admiro, dicen que cambia de personaje, pero en realidad lo que cambia es el nombre del mismo personaje. Rebus está en Fox, y viceversa, como si fuesen el uno disfrazado del otro.
Las hortensias,
siempre has tenido mano con las flores,
aún, después de muertas,
tienen esa belleza melancólica
de ser recuerdos
de sí mismas.

Se van mutando hasta daguerrotipos
de aquella exhuberancia del verano.

Se miran,
de vez en cuando, en el espejo.

En las hortensias del salón, se apoyan
los ojos
cansados, mis ojos
de anciano lector,
que ahora se cansa a pie de página
y necesita respirar un poco, digerir
lentamente el ideario
de los personajes, del autor. A veces
de un joven filósofo
que se aventura a pensar.

Las hortensias son como un regazo maternal,
amable,
un sosiego.

Que están muertas y tal vez no lo saben,
como esas estrellas lejanas, cuya luz
nos llega: SOS de luz,
cuando
ellas
ya
no
están
tampoco.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Leo en un rincón que varios escritores charlando acerca de la literatura opinan que se trata de un mundo que defrauda a quien se acerca a él con propósitos como el de ser admirado, amado, cambiar el mundo, mejorar la sociedad. Parece como si nos hubiésemos empeñado en destripar todos los muñecos de una abandonada niñez, previo achacar a la adolescencia la condición de volcán de sueños imposibles. No lo acepto. Cada hombre como yo, recorre el camino de la niñez, la adolescencia, el monacato de sus estudios, que le sorben, junto con desesperados amores en busca del verdadero, la juventud, una madurez más o menos afortunada y la venerabilidad de la senectud. Y a lo largo de esa trayectoria, algunos entre que me cuento, escribimos por el placer de jugar con las palabras que mueve el viento en cuanto cualquiera las dice, o el de usarlas para contar a los demás nuestros sentimientos y sensaciones, o, simple y sencillamente, por esa inevitablemente gloriosa, maravillosa sensación de expresar y tratar de compartir la privilegiada suerte de estar vivos contándola, aunque no sea más que para nosotros mismos, quizá, en alguna ocasión, puesto que a mí me ocurre, con la secreta esperanza de que alguien, sea no de nuestra estirpe y nuestra sangre y familia o no, halle lo escrito en cualquier depósito, sótano, desván o ropavejería y leyendo tenga ocasión de dialogar con nuestro recuerdo. Eso es todo. Tras de leer la noticia, necesitaba decirlo en alta voz, y escribirlo. Ahí queda, en este rincón.
El Derecho, decía uno de mis más ilustres, inolvidable profesor, a que el derecho entusiasmaba y se le atropellaban las palabras para tratar de explicarnos, a aquella tropa ignara, con el pelo de la dehesa de la adolescencia anudado por entre las neuronas, no es el que dirige la sociedad humana. La sociedad humana la forjan los hombres, al tratar de realizarse, liberarse o remediar sus necesidades individuales y colectivas, para lo cual le es preciso relacionarse con los demás hombres y así crear el Derecho, que lego nosotros, los juristas, desde los diferentes lugares sociales que ocupemos en el desarrollo de nuestros conocimientos, y, sobre todo, del profundo conocimiento de la cultura y los principios de nuestro grupo social y nuestra época loe que tenemos que elaborar un sistema, el Derecho positivo, luego abierto en el abanico innumerable de sus ramas, que permita ordenar, asegurar o reparar las relaciones que entre sí traben los humanos, su cumplimiento y su incumplimiento culpables o fortuitos. Mediante unas normas muy generales, muy claras y legitimadas sobre los principios de la cultura del grupo, luego complementadas por otras de detalle y una interpretación que las aplique con cuenta de las circunstancias de cada caso concreto.

Fueron unos años irrepetibles, vividos entre estudiosos de la multitud de las ciencias y de las artes, luego nos dispersamos y estoy a punto de cumplir cincuenta años, me faltan unos meses, si sobrevivo a los cuales, los habré cumplido, de ejercicio profesional, los sesenta de estudio y los cincuenta de ejercicio profesional del Derecho. Sin duda hice más cosas, pero lo que en realidad supuso trabajo y nos dio de comer a mí y a los míos, fue el ejercicio del Derecho.

Un tiempo durante que cambiaron muchas cosas, pero ninguna lo que en esencia nos reveló aquella mañana en clase, y desarrolló durante muchas otras, aquel de los más ilustres, inolvidable profesor, que tal vez anduviese entonces por lo que Dante llamó “la mitad del camino de la vida”. Y ya era entonces, recién salidos como estábamos de aquella tremenda guerra que ahora pretender reducir a tan pequeño y vergonzoso asunto, un sabio jurista.

Nuestra generación, los que mi buen amigo Pablo y yo llamamos los “quintos del 50”, que milagrosamente fuimos demasiado jóvenes para intervenir, pero vivimos junto a las más tremendas, violentas y crueles guerra de la historia de la humanidad, y, no menos milagrosamente, sobrevivimos a esas guerras y a sus respectivas posguerras, que tampoco fueron mancas, aún recordamos –que los niños parece que no están, pero se enteran de mucho más de lo que suponen los mayores de su época-, el miedo de cuantos nos rodeaban, protegían y a quienes queríamos con aquella completa confianza que jamás se vuelve a tener y disfrutar, y recordamos las enloquecidas y enloquecedoras barbaries de las guerras frías y calientes, y la dictadura como forma de gobierno, con sus porqués y sus explicaciones, y el medroso tránsito, con cada corazón en un hilo, y sus vicisitudes, y la forma democrática, que a muchos parece remedo, parodia y a otros camino, y hay quien dice que es la concreción actual de un concepto imposible de lograr en estado puro, y vaya usted a saber quién tiene razón, que a lo mejor está en la suma de criterios, dividida por su número, cercano a infinito.

El Derecho parece haber cambiado sustancialmente, pero no. Continúa siendo rigurosamente cierta la luminosa explicación de aquel repito ilustre jurista, cuyos atentos, muchos deslumbrados alumnos de entonces, tras de dispersos, estamos ya a punto de entregar la antorcha a la generación de lo que llamo neorenacimiento, cuando ya no hay quintos de ningún año ni es aún imaginable la sociedad que brotará de estas profundas crisis que también hemos atravesado sin pestañear, atentos, tratando de aportar lo posible, lo que nos queda, los “quintos del 50”, todos ya inexorablemente octogenarios, pero creo que todavía lo esperanzadamente jóvenes para atrevernos a soñar.
Enfermiza madurez, la del otoño,
niños
pálidos, ojerosos, en la escuela
que huele a tiza y a sudor.

Un anciano, tal vez él,
el otoño mismo,
vende castañas, dice que asadas y calientes,
embarcadas
en cucuruchos de papel de periódico,
en la esquina
donde se arremolinan las hojas secas de los plátanos.

Déjame, le digo, que me mire
en tus ojos.
No hay tiempo -me responde-
para cursilerías. Vamos a ese portal mismo,
acabemos
de una vez, que tengo otra cita con otro viejo verde,
pa entre los tamujos de Gabriel y Galán,
donde sigue
sin haber nunca naide.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La Constitución proclama que España es un “Estado aconfesional”, lo que no impide que cualquier centro de enseñanza, por lo menos cualquier centro de enseñanza privada, subvencionado o no, tenga que ser asimismo aconfesional. Un centro puede ser confesional, y si a él asisten alumnos que pretendan ser aconfesionales, lo que pueden sus padres, tutores o encargados de custodia, es retirarlos. Por encima de la aconfesionalidad del Estado está el derecho humano de que se respete el culto de cada cual, su religión y sus creencias.

Incluso opino que si un maestro, valga catedrático, quiere dar sus clases presidido por un símbolo de su religión, no debe impedírsele. Es más, exhibir un signo de lo que cree y confiesa, anuncia y proclama, para que todo el mundo pueda saberlo de antemano, el matiz y las convicciones de que van a estar impregnadas sus enseñanzas.

La libertad tiene muchos matices, muchos tonos, semitonos y consecuencias, pero para todos y no sólo para quien prefiere que las cosas sean como uno, varios o muchos prefieran.
Si haberse comportado en alguna ocasión como un miserable o serlo con cierta habitualidad fuera motivo para encarcelar a alguien, es posible que todos debiéramos estar ya en la cárcel o esperando en la puerta a que nos dejara sitio la ingente multitud de presos. Porque no sólo es transgredir alguna norma, cosa harto frecuente en estos tiempos de legislación múltiple, variada y hasta caprichosa en ocasiones, sino cuando, y esto es mucho más grave, cuando actuamos o nos abstenemos de hacerlo contra nuestros principios, no sólo los de nuestra cultura, sino los personales de cada cual.

Nuestra conciencia, debilitada por el paso del tiempo, las manipulaciones sociopolíticas y el conocimiento de esa debilidad que convive con nuestra fortaleza, es más comprensiva porque vive en nosotros, saltando desde la cabeza hasta el corazón y viceversa, pero no deja de estar ahí, cargada de presencias y de ausencias, recordándonos cada poco lo frágiles que podemos volver a ser cada vez que somos tan duros y lo crueles a pesar de la ternura.

Algo como este temporal que nos ha sorprendido añorando el verano recién pasado, quejándonos todavía del calor, y llegaron juntos el frío, la desazón, la nieve y esa ira súbita de la mar, que sorprende siempre que llega, creo que por la simple razón de que quienes vivimos en el litoral, de algún modo, todos, somos sus amantes mas o menos secretos, lo confesemos o no, y por eso, con frecuencia, necesitamos subir a algún lugar medianamente elevado y ensanchar el horizonte, pero también, cada poco, bajar a la playa, ponernos a su nivel, respirar su aire, olerlo y tocar la espuma.

martes, 9 de noviembre de 2010

Es tan complicado hablar de religión que muchos se consideran, tal vez una sorprendente mayoría, capacitados para opinar respecto, no sólo de la religión que profesa o de que algo le ha separado hace poco, sino de las religiones en general. Y de esta mayoría, una mayoría se considera suficientemente informada de cuanto en materia religiosa debe saber, sin haberlo estudiado nunca.

Se manejan conceptos como laico, ateo, agnóstico, católico, cristiano o budista con singular evidencia de que no se sabe de lo que se está hablando. Se recomienda ser ecumenista o no, sin explicar en qué consisten la tolerancia o su contrario.

Y se identifica una religión cualquiera con la conducta de uno o de varios de sus ministros o la de uno o de varios, sean o no en cada caso muchos, de sus practicantes.

Las conductas son personales, sean de personas físicas o asociadas, la religión suele ser un camino universal de búsqueda e interrogación, al transitar por el cual, ministros y practicantes pueden fracasar y equivocarse en multitud de ocasiones, en su mayoría con la reiteración con que solemos los humanos hacerlo en nuestros intentos.

La religión es en mi modesta opinión un auxilio, un camino para cuanto en el hombre es diferente de la materia de que está compuesto, y de ningún modo un impedimento, ni la sucesiva propuesta de dificultades y problemas que el humano deba sortear, resolver o tratar de eludir para llegar a algo esquivo. La religión, creo, es un sistema de ayudas para tratar de entender la esencia íntima e individual y colectiva de cada cual y de acercarse al origen y destino de todo, es decir, de un Dios inevitable, indefinible, inimaginable y que por eso cada religión imagina y hasta define a su gusto y desde su perspectiva.

Y, como hay gente sin imaginación, gente sin esperanza, gente sin amor, escéptica, misógina e insolidaria, la hay atea o agnóstica, pero que no puede evitar estar viva y compuesta de materia inerte y algo más, diferente, inalcanzable por los sentidos, que les incita a preguntarse de dónde vienen, hacia dónde van, qué sentido tiene la existencia. Y se conforman con asegurar que entre la física y la química se puede hallar solución para cualquier pregunta. Lo que proporciona un sentido trascendental, y si se quiere hasta trágico, al asunto, es que tampoco pueden estar seguros de sus respuestas.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Escribe a ratos con desgana, Mendoza, su Riña de Gatos, pero no puede evitar ser a otros él mismo, y es entonces cuando, de modo súbito, el premio Planeta de este año se hace interesante, para luego decaer de nuevo, como si el autor se aburriese y dejaran de interesarle sus personajes, que no se molesta más que en abocetar sin el menor entusiasmo.

He llegado a la página 184 y como son 427, me acerco a la mitad del libro sin que el caudal de acontecimientos de la trama y el peculiar misterio de la urdimbre me capturen del todo ni me suelten tampoco. Una de esas obras que leo de un tirón y después me pregunto por qué. Sospecho que ha querido, el autor, escribir como esos pintores que pintan el cuadro con una levísima capa de pinturas, de tal modo que hasta se advierte la textura del soporte. Un libro que te lleva de la mano, sin insistir, pero descubriendo tan paulatinamente la peripecia que al final estoy enfrascado en lo que pasa y atento.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Castillos en España, dicen los ingleses, y los españoles, castillos en el aire. Siempre me ha hechizado esta visión del inglés medio que a través de la interpretación española, sitúa a España por encima de las nubes. Donde tal vez esté.

Y nosotros, aquí abajo, perdidos en una proyección de la de verdad, con los castillos en ruinas y las catedrales cayéndose a pedazos de granito que se despanzurran en la girola. Los castillos de verdad seguro que están encima de la nube, a salvo de la riada turística que viene a sacar al gobierno de turno las castañas de la cuenta de resultados del fuego, y eso que llaman balanza de pagos.

Nuestro plan Marshall fueron los guiris. Vienen a comprobar las leyendas de los viajeros de cuando no los había apenas, como el Jorgito de las biblias o, hace mucho menos Cees Noteboom. Camilo José Cela, que tenía el don de la palabra expresiva, recorrió como si fuese uno de ellos la Alcarria y parte de ambas Castillas y les trazó a los guiris de ahora un camino que ellos desdeñan porque ellos ya saben lo que vienen buscando: guitarras, castañuelas, faralaes, navajas y trabucos, cante hondo e imaginería.

Estos españoles, dicen, comen cualquier cosa a cualquier hora, sin más tasa que quitarse del vino, y eso porque ahora oler a vino a través de los soplillos de la guardia civil te arranca puntos del carné de conducir. En seguida aprenden a comer cualquier cosa, es decir, jamón y marisco, filetes de solomillo, cordero, cochino de todas las edades y pescados a la sal y la sidra. Y a beber, que daba pena, cuando llegaron aquellos de aquella noche de mi estancia en el hotel no sé cuántos de Madrid, que cenaron con coca cola y el más viejo, de la leontina y las gafas doradas, sin dejar de masticar un grueso puro aparentemente apagado.

Tenemos que numerar las piedras de España y bajarla de la nube y reconstruirla ahí, en la meseta, donde señalan las cigüeñas desde sus nidos, que ahora, como el estado se ha declarado laico, los quitaron de las espadañas de los campanarios y del cresterío de los viejos palacios de los cascos viejos y los tienen instalados en las columnas de las conducciones de alta tensión que atraviesan los páramos y los trigales.
La visita del Papa a España nos recuerda que tenemos pendiente otra definición de España. Se diría que España, tan definida y descrita por unos y otros, paradójicamente, es una colección de indefiniciones permanentes. Y así, no sabemos a ciencia cierta si somos una yuxtaposición de entidades o una sola, compuesta de varios pueblos o subdividida de modo tribal. Ignoramos si somos un país serio, industrializado o industrializable o esa tierra de guitarra y panderetas de que se ha llegado a hablar. ¿Somos un pueblo guerrero o un pueblo de gentes irritables y propicias a la amarradiella interna. ¿Hay una España o dos enfrentadas de cuyo choque se nutre la esencia del conjunto?

La visita del Papa nos recuerda la pregunta de si tienen razón los que dicen que España es la más católica o por lo menos más cristiana, entre las naciones cristianas o católicas, como dicen unos, o se ha convertido en un estado laico, como otros propugnan.

Y como una cuestión suele traer a la otra, se sigue la pregunta más trascendental de si es posible o no que exista una sociedad humana sin alguna religión.

Mi respuesta personal a la última de estas preguntas es que no puede existir sociedad humana sin religión. Me parece evidente que el hombre se mueve y vive en más mundos que el material de que está hecho y que le rodea. De hecho, pensar, amar u odiar están fuera de ese mundo y en otro conceptual en que se mueve entre ideas, esperanza de cuanto cabe imaginar y fe en futuros inconcretos. Y todos ello necesita explicaciones y reglas que están en mundo diferente de aquel a que me remiten los laicos, en que los principios, al carecer de cimientos, son caprichosos y en mi opinión insuficientes.

Una religión trata siempre de dar respuesta a las preguntas fundamentales, busco origen, destino y por qué de lo que existe, y, más concretamente, de lo humano y la vida y si la vida acaba o no y dónde en su caso o en qué se convierte.

Es importante mantener vivo ese hilo conductor que relaciona la búsqueda de respuestas individual y colectiva, con las respuestas, siempre provisionales, siempre en evolución, pero ancladas en principios mínimos indeclinables.

Como en cuanto concierne a la especie humana, la religión, cualquiera que se considere, es un perpetuo debate, una ebullición constante, propia de todo lo que está vivo. Y tratar de evitarlo, es tratar de limitar algo tan escurridizo, fuerte, lábil y cambiante como es la vida misma, capaz de sobrevivirse, mutar, evolucionar. Me pregunto si España habrá dejado de ser católica del modo que la entendieron Carlos V y Felipe II y esté buscando el camino recorrido por Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, con los interlineados de Hans Küng y de la Teología de la Libertad.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Cada libro marca una senda en lo desconocido. Cada autor me lleva, según su capricho, a través de aventuras sucedidas o que pudieran haber sucedido a otro. Cada autor sale de su mundo y del mío, y, amistosamente, ambos recorremos otro, ajeno a los dos, pero que él es el que va conociendo a medida que me lo describe y anima para que lo acompañe.

Cada vez escribe más gente, cada vez hay más gente que lo hace mejor y cada vez escriben más los que escriben. Como consecuencia, las librerías están llenas y también cada vez es más difícil seleccionar lo que podrá interesarnos, responder a alguna de nuestras preguntas, satisfacer alguna de nuestras curiosidades, o, simple y sencillamente, deleitarme con la maestría de algunos cuya capacidad como escritores es envidiable.

Una ambición legítima. Aprender a escribir y a hacerlo bien. Con dos finalidades posibles, satisfacer el orgullo personal o acertar con el modo de transmitir a otros lo que deseamos contarles.

Es frecuente oír decir a algunos que escriben para su satisfacción personal y por eso les importa un comino la opinión ajena y la crítica literaria. Otros se esfuerzan en corregirse con arreglo a las críticas que van recibiendo.

Leer es mucho menos complicado. Para empezar, se trata de una actividad privada, y eres muy libre de llevarte a casa, siempre que los hayas pagado, libros de la más variada clase, condición y contenido, y de empezar a leerlos o mantenerlos preparados para el momento oportuno, o, si los empezaste y no te gustan, dejarlos en un plúteo o echarlos a la basura.

A mí, como lector, una de las cosas que más me indigna es que existan tantos y tan buenos publicistas, que nos manipulan y engatusan con resúmenes atractivos de libros insoportables sin más destino posible que la basura de que hablábamos, con el consiguiente gasto de por medio, mucho más lamentable en épocas de crisis como las que estamos padeciendo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Me preocupa que alguien me pida un comentario de su obra. Su obra suelen ser unos cuadros, unos textos, fotografías, poemas. O que me llamen para formar parte de un jurado. O, lo que casi es más grave, que me soliciten para hacer la presentación de una obra o para comentarla o para que escriba un prólogo.

Si un jurado ha de debatir respecto de obras de autores consagrados, suele enzarzarse la discusión. Casi todos los propuestos merecen recibir el premio de que se trate. Se hace, al obtener el fallo, una justicia ocasional, a que contribuyen las maniobras, a veces complejas, de grupos de componentes del jurado, puestos de acuerdo o no, muy frecuentemente, más para que no resulte elegido éste que para que lo sea este otro. Si el jurado se enfrenta con un tropel de ansiosos noveles, pocas veces hay uno que destaque, y es tan laborioso irlo separando de la multitud de los demás que cuando te enfrentas con su obra ya estás cansado, distraído, en peligro de no darte cuenta.

Es peor, sin embargo, puesto que los criterios, en muchas ocasiones la paciencia, la sagacidad o el oficio de los demás miembros del jurado, tener que estar solo ante una obra también única, que debes enjuiciar consciente de que lo harás desde tu peculiar perspectiva, motivado por cualquier circunstancia en que te encuentres, sin decir demasiado ni demasiado poco.

Se trata, casi siempre, de artistas a quienes conoces y normalmente aprecias, y te gustaría hablar bien de su obra, pero tampoco se debe engañar a quienes van a leer lo que escribas o escucharán con atención, incluso confiando en ocasiones en ti, lo que les aconsejes y digas.

Suelo aplicar mi mejor voluntad a mirar las cosas desde la mejor perspectiva posible. Ya que por otra parte, considero que cualquiera de esas obras, que a mí me parecen buenas o malas, son todas obras de arte que definen la capacidad que alguien tiene de expresar lo que siente y tratar de contárselo a los demás. Pienso que la piedra de toque para identificar al artista vocacional de quien no lo es, consiste en diferenciar a quienes quieren comunicar para compartir de quienes pretenden resultar deslumbrantes para asombrar. Sin olvidar la dificultad adicional de que también algunos de los últimos. Es muy difícil, tanto cuando se actúa en solitario como cuando se actúa colectivamente y tu voto puede ser decisivo, o tu argumentación convincente

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Plantea un autor la pregunta de si sería mejor un mundo en que todos fuesen intelectuales. Añado al planteamiento si, además de intelectuales, también fuesen sabios, buenos, ricos y ahí me quedo provisionalmente. Y, casi en seguida, respondo que yo creo que no. La intuición me dice que tiene que haber de todo, y para que el mundo de que se tratase fuera mejor, todo tendría que estar equilibrado. Cuidado, que no he dicho que cortada la sociedad en porciones iguales, sino equilibradas. Desconozco la proporción ideal y la razón por la que alguien tenga que sufrir, pero repito que intuyo que es así y así se estabilizarán, a la larga, los estratos sociales, cualquiera que se el punto de partida que elijamos. Y en cada momento de la historia de lo humano, cada cual, con naturalidad o a regañadientes, irá de modo paulatino en busca de su lugar y se colocará en él, o de él saldrá. De acuerdo con las oportunidades, las circunstancias del caso o su capacidad y fuerzas de voluntad y de concentración personales, pero ocurrirá. No parece que sea remediable. Lo paradójico del caso es que de acuerdo con nuestros principios culturales, se debe hacer cuanto sea posible para dar al que no tiene, enseñar al que no sabe y repartir con los demás, aún a sabiendas de que a la larga la situación, la estructura social, tenderá a repetirse. Y que, sin embargo, no cumpliremos con nuestra obligación si no tratamos de remediarlo, respetando la dignidad de los demás, cualquiera que sea su condición, y, lo que es más, todo ello por sinrazón de amor.

martes, 2 de noviembre de 2010

Han abierto la veda de los más simpáticos porque los envidian y la de los más antipáticos porque los odian. La mayoría se consolidará probablemente por ambos rechazos en torno a uno nuevo. Es éste país de comerse un líder cada para de legislaturas como mucho, sea bueno, malo o regular y precisamente por ser regular, malo o bueno, lo que quiere decir que no hay remedio. Si haces: ¡pero hombre, qué estás haciendo! si no haces: ¡a ver cuándo te mojas! Y si procuras ser ecléctico, ni hacer demasiado ni permanecer demasiado inactivo: ¡eres un gandul y un mediocre!.

En los tres casos, ¡fuera! Hay que cambiar de postura. Lo comparo siempre con mis dolores de muelas, que, cuando me despiertan por la noche, ingenuo de mí, creo que se me aliviarán dándome la vuelta o ahuecando las almohadas,

Van todos en el mismo carro de desechos. Y viene el nuevo y ya estamos todos al acecho. ¿De qué clase será éste –nos preguntamos- de los operantes, de los inoperantes o de los tibios?

Resulta que, además, como somos diecisiete gajos y pico, la cosecha, cada vez que se convocan elecciones, es abundante. Se recuenta y salen de las tres clases. En teoría es posible echar una ojeada e irse a vivir durante la legislatura a donde haya resultado elegido uno de las características que prefiramos. Pero no, lo que hacemos es afilar el hacha. Como los druídas, tenemos cada uno una hoz de oro para cortar el muérdago y la cabeza de los políticos.

Su venganza es esconderse en las filas de su partido, buscarse una anónima sinecura, imitar al emperador cuando se fue a Yuste