domingo, 31 de julio de 2011

Vamos a ver. Un poco de seriedad. Leo ahora que no hubo tampoco Carlomagno y que no se sabe quién, por qué ni para qué, inventó y metió a calzador un tiempo imaginario en la historia, un tiempo que no hubo. Algo como lo de los grandes mentirosos, que se inventan una vida diferente para consolar su fracaso, el nuestro, habitual, de la gente que hubiésemos querido llegar a ser … y aquí, la cohetería.

Habremos sido, cuando llegue la única hora, con la del nacimiento, de veras trascendente para cada cual, que es la de morir, habremos sido cuanto estamos siendo, fuimos y aún seremos, a este desesperante ritmo que impone el desgaste del cuerpo en que consiste una de las delicias de la vejez.

No sirven de nada los códices que mienten hazañas que no existieron o en que no tomamos parte, más que, cuando más, como espectadores.

¿O si? Puede que sin ellos, la vida nos resultara mucho más difícil.

Por más que, transcurrido el tiempo, hayamos ido magnificando nuestro papel en escenas de que no fuimos ni siquiera comparsas.

Pero también es cierto que nos permite sentirnos héroes incluso a quienes no lo hemos sido nunca.

Me llama la atención, en muchas autobiografías, algunas de personajes que conocimos, llamativas por la precocidad con que cuentan haber sido prudentes y sabios, allá en lo más temprano de su edad, adolescentes todavía.

No me digan que no es cosa de asombro que algunos, cuando ya no podremos llegar, demos en la ingenuidad de consolarnos pensando que fuimos lo que habríamos soñado y lo contamos con todo lujo de detalles, cuando no en memorias autobiográficas, ahora en esto del blog, donde es como si nos soñáramos en el mundo paralelo del otro lado de cualquier agujero negro, donde dicen que hay tantos, pero es cada día más imposible ir, porque alguien ha repetido con Einstein que no es posible ganarle una carrera a la luz.

Deja ver.

Yo, con esto de que me cuenten que hubo cosas que nadie nos contó y otras que se nos fingieron para dotarnos de antecedentes distintos de esta habitual fragilidad humana que por lo menos a mí me adorna, cada vez dudo más de lo supuestamente inmutable y comprendo mejor por qué hay refranes, pequeñas alcancías de la sabiduría popular escamoteadas del acervo de la sabiduría oficial, que son contradictorios con otros, de tal modo que ambos son verdad y mentira a la vez y nos permiten la ambigua versatilidad humana, que, como el agua, se cuela con rumor de risa contenida por los intersticios de la pedantería intelectual, combinada, para formar la piedra granítica de la ignorancia, con la suficiencia, para que la historia de la vida humana pueda continuar, verdad o fantasía, escribiéndose e ilustrándose a todo color.

La fantasía, por ejemplo, ya ha sido más rápida que la luz.
Dicen que dicen que dicen y aluego naide diz nada, comenta algún andrógino correveidile de mi lugar, de cuya nombre no es que no quiera, sino que ya no me acuerdo de verdad. Son cosas del verano. El verano, por húmedo que venga de nubarrones, nubachas y nordés (el nordés es el viento que dio nombre a la calle del mal abrigo o Malabrigo, de mi pueblo), es tiempo de atragantos y de congojas, paradójico tiempo en que llega el guiri, en grandes grupos, se hace lo posible por que se deje los cuartos, pero no hay más remedio que contratar trabajadores de fuera, porque los del lugar, que se quejan en invierno de no tener trabajo, lo desdeñan en verano porque les obligaría a perderse los festejos.

No me digan que no tiene la triste gracia de la tragicomedia.

Sube, río arriba, un pato foráneo, de cuya identidad sólo ha sospecha algún ilustrado vecino y amigo, notable cazador (Nemrod que todo cazaba), en sus tiempos, y por ello conocedor de gran parte de la flora y la fauna de esta diócesis, y se baña con nuestros curros doméstico, el oco eterno, ese tal Jacinto y las tres ocas que suelen navegar en fila india, y, si os fijáis, cuando dos duermen, la otra vigila, a pocos pasos de oca, con el áspero graznido a punto de alerta, como dicen que ocurrió en tiempos de Maricastaña cuando los gansos del Capitolio de Roma graznaron a rebato y salvaron aquella república.

Mira, dicen sobre todo las señoras de los guiris (las señoras se fijan siempre en todo, están pendientes, vigilan, como la oca supradicha), ¡tienen patos en el río! Pues sí, señora, y hubo tiempo en que además de patos, ocas, nutrias, cormoranes, truchas y muíles, como ahora, amén de sastrecillos y luciérnagas, arañas y aguarones, palomas, gaviotas, lavanderas, gorriones, la garza, ranitas de san Antón, culebras de agua y sapos, teníamos anguilas, que son una especie en este micromundo desaparecida.

viernes, 29 de julio de 2011

Tiene cierta gracia triste, como la del payaso triste del proverbial ensayo sobre la tristeza paradójica de algún payaso circunstancial o sustancialmente triste, que me habléis de un “esperanzador” proceso electoral..

(Hay rosas, en nuestro mejor rosal, que es viejo, sabio, experimentado, que nacen con un increíble aspecto de tristeza)

Recuerdo haber esperado resultados taumatúrgicos. No sea pedante, me digo, empieza otra vez. Recuerdo haber esperado milagros, de los procesos electorales. Y no una sola, sino varias veces.

(Soy yo el que se ha hecho viejo, es evidente, pero ¿hasta ese punto se hace uno viejo?)

Un viejo es un personaje habitualmente solitario. En parte, se supone que ha perdido sentido del tacto y no puede experimentar el consuelo de rozar las puntas de los dedos, la mano, el cuerpo, de modo tan apasionantemente, si prefieres, apasionadamente reconfortante. No es cierto. Ni siquiera las vicisitudes reumáticas impiden que la piel humana necesite, busque, se complemente en el papel de regalo, la otra piel que ama, puesto que se ama como arde el tronco en la chimenea, por entero, crujiendo de sufrimiento placentero porque se exhala cuanto cabe en una humanidad personal, en busca de la felicidad de otra persona.

(La soledad te pone al borde del precipicio del escepticismo. La soledad no buscada, te hace atrabiliario. Alguien se acerca y te encrespas y arqueas, bufas igual que un gato semisalvaje acosado)

La humanidad tardará en salir de este proceso, túnel, crisis, tramo difícil del camino iniciático de su baqueteada historia. Estamos, a mi juicio, en el lindero entre dos épocas. Este es uno de esos cambios como ocurrió al derrumbarse el sistema feudal. O cuando, de súbito, por lo menos en apariencia, la rebelión de las masas tomó la Bastilla.

(Habrá sido “el muro” equivalente de las murallas de Jericó)

Vamos a tientas por entre formas y fórmulas desconocidas, nos desconciertan los contactos como, recuerdo aquella primera noche en que me invitaron a una “cena medieval”, contenida en un cuenco hondo, de barro, en que metí la mano y sentías como tocino sin afeitar, de modo que me limité a cenar agua del vaso, afortunadamente transparente, por si el vino fuera sangre de dinosaurio o de lamprea.

(Tendrá alguien, Tal vez debamos hacerlo nosotros. Es hasta posible que tú o yo, gente mediocre, de la calle, quienes debamos encender una luz, que permita a todos ver dónde estamos, cómo somos ahora, qué necesita alguien cerca)

Ha vuelto a salir el sol. Tal vez, al fin y al cabo, tengamos un verano como habíamos soñado allá durante el invierno, cuando los días volverán en seguida, si no, a ser cortos y seremos un poco más viejos, y habrá habido elecciones.
Toca a rebato el señor presidente y convoca elecciones para el 20 de noviembre, que ya es puntería en la fecha, por las mismas razones que ha poco esgrimió para no convocarlas.

Así es la política, no como el péndulo de Foucault, sino de pura ida y venida, que hoy hago por esto aquello y mañana lo contrario y está claro que en ambos casos ha sido un acierto y a la vez un desacierto, y nosotros, yo mismo, la plebe urbana que soy, ociosa y corrompida, nos bastará con lo de los festejos, panem et circenses, la cosa de la solución de los males de la rebelión de las masas, ha venido pasando por construir estadios cada vez mayores para que más gente disfrute en más numerosa compañía y se desprenda mediante un solo grito compartido la descarga conjunta de la adrenalina colectiva.

Habrá elecciones y así nos amargarán los ribetes del verano, ya de por sí, hasta ahora, otoñal, con las preelecciones que impedirán que este año se vayan todos a disfrutar y permitirnos a los demás disfrutar de vacaciones en el sobresalto económico nuestro de cada alborada.

En cada esquina un cartel del santo patrono de cada lugar y a su lado la reunión de mensajeros, en busca de nuestro, como diría don Miguel Delibes, disputado voto.

Un generalizado regocijo de la clase política se entremezcla con nuestro recelo y con la salida a la calle de un gentío cuya voz se me antoja cada vez más confusa, salvo en cuanto me parece espuma producida por el batido del descontento, el escepticismo y la sensación creciente de que tendremos que ser más pobres, el curso que viene, como estaba previsto y sin embargo nadie quería creer.

Y eso, me atrevo sin duda a pronosticar, gane quien gane, porque nadie, que yo sepa, ha dado con la piedra filosofal, la cuadratura del círculo ni el movimiento continuo, ni siquiera ha sido posible reencontrar, después de su última escaramuza, la varita mágica de Harry Potter, y el día 21 de noviembre, los mimbres con que tendrán que hacer el cesto los ganadores serán los mismos que hay ahora, salvo milagroso acuerdo político salvador, único evento, para mí improbable, capaz de mejorar el estado general del enfermo, constituyente por fin de la Comunidad Europea.

miércoles, 27 de julio de 2011

El miércoles se reparten la calle vendedores de todas clases, Desde senegaleses hasta gallegos, todos de pura cepa, que venden pimientos de Padrón e hipopótamos tallados en madera, bolsas, zapatos, libros viejos, prendas de ropa y cintas, todavía, de magnetofón. La gente se aglomera y compra jamones del país a medio curar, quesos de teta y chorizos o churros. Los churros dominan todos los demás olores. Aquí, las crisis benefician, como benefician a los cada vez más numerosos bazares chinos, los todoacién y los cupones de miniloterías, cuanto más baratas, mejor.

Hay un submundo aparentemente sosegado, tirando a feliz, descrito en el margen de cada página del libro del gran mundo. El mundo grande cree que necesita tantas cosas para saciar sus necesidades que le resulta imposible llegar a la orilla de la felicidad.

Pocos eventos más a la vez ominosos y divertidos que las encuestas mediante que hay quien dice que es capaz de calcular con exactitud pitagórica las probabilidades de resultados de cualquier confrontación electoral.

Digo que amenazadoras porque podrían ser verdad y que divertidas porque ¡mira que si lo fuesen!

Auguro malos tiempos para los indignados que peregrinan ya por todo el país y anuncian salidas al extranjero de fuera. Ya tienen supuestos representantes. Ya hay quien que hará o que tiene hecha una lista de reivindicaciones que los satisfarían.

Como diría un sedicente poeta de mi barrio: “¡Ah, los representantes!”

Menos mal que, desde arriba, el sol, como queriendo apuntarse por fin al festejo de las vacaciones incipientes y enterarse bien de todo esto que pasa, apartó por fin el “suave cendal”, que volvería a decir el supradicho poeta, de las nieblas, que el reiterado vate llamaría por cierto “autumnales”, y se nos ha venido a posar sobre, y calentar, calvas y cogotes. Me ablandó tanto las ideas que mi ya amigo, el vendedor senegalés, me vende un precioso hipopótamo de madera oscura que me hago la ilusión de que es de ébano y le confiero y concedo un lugar aquí, en mi refugio, donde será, a la vez que yo, un recuerdo.

martes, 26 de julio de 2011

Canta el tiempo su sinfonía en gris mayor y a ratos los violines exhalan el orballu, que no cae, sino flota en el aire y los oboes dicen la melodía de la brisa del nordeste.

Verano de los de aquella niñez, que los guarda en el mechinal de los recuerdos, como plumas mojadas de las cornejas.

Adviertes cómo toman posición los más ladinos de los políticos, se acurrucan junto a la hoguera hacia que arrastran las respectivas sardinas escuálidas de las promesas vacías. Adivinas en los ojos con que te evitan mirar de frente que dudan de si podrán decirte otra vez lo mismo y volverás a encandilarte y hasta es posible, que el hombre es crédulo y de ello viven los malabaristas, los trileros, las loterías, los bingos y las máquinas tragaperras, y cada cual piensa si será esta la ocasión que pintan calva y soñamos al unísono con el cuerno de la abundancia de la bonoloto o del tesoro escondido, de la isla de Stevenson.

Verano triste como unas castañuelas rotas o una guitarra polvorienta, sin cuerdas, “del salón en el ángulo oscuro”. Harpo escribe en sus memorias que le gustaba hablar con la suya, para compensar la ficción de su mudez, contrapunto de la garrulería de Groucho, el que no sería nunca socio de un club que le admitiese a él como socio.

Habrá un glorioso, luminoso, estruendoso mes de agosto, repiten los esperanzados mirando al cielo. Y a alguien le tocarán los botes de las diferentes loterías.

Me conformo con el delicado encanto de los amores del mayor Pettigrew, primera novela deliciosa de Helen Simonson, que nos edita Salamandra y agradezco a Asteroide que nos haya editado “Una temporada para silbar”, de Ivan Doig. ¿Quién ha dicho por ahí que se acabaron los escritores o se van a acabar los libros?

Es un verano para leer. Porque hay un tiempo para reír, otro para llorar, creo que es el Eclesiastés, el que lo dice, el mismo que añade que “hay que dar más a Dios que a los hombres”. Lo que pasa que justo hay que dárselo a través de los hombres, de la otra gente, hermosa gente, dice Saroyan en “La Comedia Humana”, prójimo le llama la Ley.

El orballu, si salgo, pasa bajo el paraguas, se cuela entre el gorro y el cuello del chubasquero y me acaricia el cogote como un soplo frío, que apenas toca, como los besos soñados.

lunes, 25 de julio de 2011

Ya está ahí otra de las cabezas de la hidra. Se reproducen cuando las cortas, como la hierba mala. Matarán y matarán, insaciables, si no ponemos amor al prójimo en la pócima que cocina el druída de la aldea gala. Lo importante no es vencer, sino convencer. Descubrir que un acto de amor no es nunca el equivalente de una transacción, en que ambas partes ceden de los que defendían como sus respectivos derechos. Un acto de amor es hacer por la felicidad de otros sin pedir nada a cambio.

Dijimos una y otra vez, pero se ríen de la ocurrencia, que las crisis que nos afligen no son únicamente económicas, sino que hay una crisis sociopolítica, peor aún, del sustento moral de lo sociopolítico, dimanante de que se haya decidido por quien corresponda la derogación de los principios sin tener otros con que sustituirlos.

Si no hay unos principios básicos del comportamiento, de la cultura como comportamiento de la mayoría de cualquier grupo social, la gente suele desesperarse, masificarse y hasta puede enloquecer, individual o colectivamente.

Hay que matar a muchos, leo que dijo quien ya lo había hecho poco antes. Y como nadie mata sin motivo, aunque lo haga siempre sin razón ni razones, parece debe imputarse esta espantosa matanza indiscriminada a la desesperación. Para el matador, parece haber sido una batalla contra su enemigo, es decir, contra la sociedad en general, que supo dar respuesta a sus preguntas.

¿Hay más como él? Seguro que sí. En la mayor parte de las falsas salidas del laberinto, donde duerme la desesperación, tal vez disfrazada de bella durmiente del bosque, en realidad bruja envenenada de todos los odios de nuestra parte oscura, nuestro cerebro primero, cruel, reptiíneo, emponzoñado de todos los miedos ancestrales del hombre.

Si aventamos la débil capa de civilización, si desnudamos a la humanidad de una ética de universal aceptación, queda ese agujero negro que se manifiesta ocasionalmente aquí o allá, disfrazado de ataque de locura, perverso síntoma de la pandemia instintiva del hombre sin trascendencia
Llueve sobre mojado, literalmente contando, este año de gracia, del verano que se le ve con ganas, pero se disuelve el sol en humedades de fondón del valle, donde se pudren y huelen a tierra los helechos de la ladera. Lees eso que han puesto en la cafetería habitual de que se venden helados y te entra un escalofrío febril. Entran los cofrades del mal vino, se ajustan a la barra, sorben un tercio, medio vaso a lo más y se ven haciendo la ruta y el camino iniciático del vino peleón, fumándose entre capilla y capilla un cigarro a hurtadillas.

Cuando yo joven no te hacías un hombre hasta que fumabas entre toses y náuseas el primer pitillo liado en el retrete de casa, que sabía a fuego pocho, acre. Ni lo conseguías del todo hasta no volver de la mili, con tu paquete de anécdotas. Ahora, lo que son las cosas, si todavía fumas, o delincuente o suicida. Me pregunto cómo se hacen hombres la chavalería de ahora, sin primer cigarrillo ni mili durante que dejarse el primer ralo bigote.

No se puede ser viejo con mal verano. Sales en busca del periódico y te moja el orballo las ideas, indefensas bajo la calva. Protestan los amigos a que das los buenos días. ¿Pero nun ves lo malos que tan? Ni se enteran de que lo de los “buenos días” es la expresión de un buen deseo y no una noticia del tiempo, que esas las da Ana de Roque, desesperanzadora, a la vuelta del telediarío del mediodía, que por cierto todavía hay quien le llama “parte” y escucha con atención el “parte de las tres”, como si fuera, que hay días que lo parece, un parte de guerra.


Se quejan los hosteleros de que no hay cuchipandas como antes. Ahora, si puede, el viajero se conforma con repartir con otras un “plato del día”. “Prohibido compartir el plato del día” –ponen en sus pizarras. Se advierte a la legua que hay menos dinero que otros años. Y o no han venido todavía a los pueblecitos de la costa los ricachos o hay menos ricachos o les da vergüenza que se les vez y se fueron todos a alguna isla donde, agrupados, se arropan mutuamente y les da menos miedo lo de que la gente haya salido a la calle y nadie sepa exactamente por qué ni lo que cabe hacer para que cunda el sosiego aquel, por lo menos aparente, que había.

No se han dado cuenta todavía de que hay cosas con las que no se puede jugar, conceptos que no se pueden olvidar, por provisionales que parezcan y principios que no pueden abandonarse así como así, tan frágil como es el delgado barniz de nuestra civilización.

domingo, 24 de julio de 2011

Uno mi lamento a todos los que lloran a Amy, que no llegó a los treinta años y por fortuna nos deja muchos más de escuchar cómo desgarra el tiempo con sus canciones exultantes de resaca de alegrías artificiales. Por las desgarraduras del ectoplasma del tiempo se escapan la madurez y la ancianidad posibles de la artista, quebrada como el tallo de una flor. Ausente, errabunda por su onírico laberinto.

Se maltrató tal vez porque no se sentía capaz de expresar todo el sentimiento a pesar de aquel chorro de voz imposible. Sufrió. Su imagen, que recorrió el mundo, caída en el escenario, semidestruída, intentando, a pesar de todo y de todos, incluso de sí misma, que continuase la representación, será una inolvidable memoria escultórica del dolor humano quebrando la frágil debilidad del humano sentimiento.

Alguien dijo que los elegidos por los dioses mueren siempre jóvenes.
Volvieron nubes y lluvia de este persistente otoño del remate de julio, el mes del César, campeón de las Galias y víctima, sin embargo, de una imaginaria aldea gala protegida por un druída con su poción mágica y el vicio de transportar menhires y comer jabalíes de Obélix.

Vuelven los futbolistas, algunos con camiseta nueva, cartera pletórica, intermediario enriquecido y otros como los americanos del pote, como pueden, permanece en cambio oculto el dinero, en los mechinales de los ricachos viejos y en los paraísos de los ricachos nuevos.

Mi diagnóstico es que si no llegan a un acuerdo y no constituyen pronto, como mucho a medio plazo, los estados unidos de Europa, la zona euro acabará por romperse en los dos o tres pedazos de los ricachos, los medianejos y los más o menos pobres. Los primeros seguirán sobreviviendo más o menos aterrorizados, cada vez, a medida que el vaho del terror los alcance, los segundos permanecerán el delicado encanto de la burguesía, cada vez más contaminados por el miedo y los terceros, cada vez más indignados, seguirán generando en el seno de su creciente masa, ambiciones y desesperación. Lo peor para una sociedad no es siquiera, con ser tan maño como es, que produzca indignados, sino que produzca desesperados. Los indignados conservan una especie de instinto selectivo del perfil de sus enemigos; los desesperados no hacen distinciones: simple, sencilla, horriblemente, matan de modo tan discriminado como ocurrió en Noruega ayer, o en las torres americanas, o aquí mismo, en nuestra propia tierra, que tan empapada de sangre debe estar ya, después de todo lo que la historia cuenta.

Proliferan, los habituales festejos, como si no ocurriese nada alrededor y lo único que las comisiones organizadoras respectivas dicen que este año habrá que apretarse el cinturón porque les escasean las contribuciones dinerarias. Mientras no falten las orquestas, fanfarrias, charangas y orquestinas, los requintos y los aprendices locales de los grupos musicales adolescentes, algunos como Peter Pan o como Dorian Grey; mientras queden amas de casa sudositas como la catira Pipía Sánchez, dispuestas a quemarse la barriga cocinando empanadas, tortillas y filetes empanados, para acompañar la sidricilina de la romería, habrá festejos. Se desgañitarán al unísono el vendedor de la tómbola y los adoradores del karaoke, los romeros y los anunciantes. Es, a pesar de las apariencias, la segunda hoguera del verano. La primera, como siempre, fue la del señor san Juan.

viernes, 22 de julio de 2011

Todo se hace más viejo sin saber cómo, por qué ni cuando. Te acuestas, un día tras otro, y, al despertar, por no sé que arte o qué desastre, eres un poco más viejo, casi nada, pero no te fijas del todo hasta que evidentemente, la cosa ha ido acumulando desperfectos y ahora eres un puñetero anciano resollante en cuanto la calle se inclina en tu contra, y presientes que no podrías correr ni aunque se desmandase el toro que tiene precariamente agarrado de una cadena, a la altura del ollar, su cuidador.

Vienen, sucesivamente, el albañil, el fontanero, el vendedor de materiales de construcción, ponen la casa patas arriba y aún miran con expresión inequívoca de maligno deseo los tabiques que permanecen intactos. A la vista del destrozo, adivino que está en juego más del salario de un mes. Habrá que rebañar de aquí y de allá. Leo una deliciosa primera novela de esas que todavía te hacen reír con el inesperado ingenio teñido de humor de la autora. Pero no la recomiendo todavía. Apenas llevo unas páginas y podría estropearse antes de llegar a la mitad, más o menos, que es cuando ya se puede confiar en la continuidad del acierto o el desacierto de un libro.

Algunos autores nuevos, al llegar a cierto punto, se desmoronan. Debe ser cuando algún personaje se les enfrenta. La primera vez que me lo hizo a mi uno, me disuadió para siempre de volver a intentar escribir más allá de los linderos de un cuento. Una novela puede llevar a límites de esquizofrenia, cuando te obliga a razonar desde el punto de vista de un personaje que no ve las cosas como tú y se te engalla y discute y descubres que hasta en parte podría tener razón.

Lo malo de la razón es su divisibilidad. De pronto, se descubre que el más sólido razonamiento se ha resquebrajado y aparecen toda una multitud de razones que acaban, como los liliputienses, por amarrar y poner en buen recaudo al para ellos gigantesco Gulliver. Y no debe olvidarse que hay casos en que un solo enano, domina, como David a Goliat, a un gigantesco enemigo y otras, como Ulises, hasta puede dejar con tres pares de narices a Polifemo y su tribu de cíclopes, mediante una honda, o con aquella sencilla añagaza del ingenioso Ulises, ya acreditado con lo del caballo con que metió el agua en casa a los troyanos.

Los sofistas fueron en su tiempo verdaderos artistas en el uso de las razones que cabe desgajar del árbol de la razón pura.
¿Algo que decir? Nada, salvo que ha llegado el otoño. Este año, el otoño empieza a últimos de julio. Para mí con la desilusión de un dolor de muelas adicional. Frescacho en la calle y el FC Barcelona ha fichado al primer chileno de su historia. Extremo, rematador, algo chupón, dicen y goleador, en brasileño, goleiro. Los periódicos, según qué leas, dicen, primera página de uno, que los europeos han decidido salvar la economía griega, última página de este mismo o de otro: que dejará de haber crisis cuando dejemos de hablar, no sé si de la o de las crisis. Me recuerda el cuento del alcohólico y el cocodrilo, que me contó en alguna ocasión Angel González. Angel era poeta, pero sabía contar cuentos y lo hacía con gracia singular. En pocos trazos, éste era un escritor alcohólico que paseaba por Parías con una mascota. La mascota era un cocodrilo. Al cocodrilo se le apetecía ir aquí y allá, siempre, se quejaba el escritor, de asustar a la gente. Cansado, tras de diferentes vicisitudes, el escritor se enfrena a su mascota y le dice: o te comportas adecuadamente o dejo de beber y desapareces.

Como la crisis, por ensalmo, acudiendo al acreditado sistema del avestruz, que me temo no funcione.

La otra noche, viniendo de Madrid con toda Castilla al sol, pasamos el Negrón y salimos a la entreniebla, con un súbito escalofrío. Y así sigue la cosa. El sol no sale, se asoma por los agujeros del algodón de las nubes, toda una sinfonía de grises interpretada con arrebatos que convierten el cielo en caprichosas obras de arte.

Cae como granizo un nuevo decreto de medidas se supone que urgentes, que van, pronostico, a dar más de un quebradero de cabeza, con la puesta al día de la vigilancia de rehabilitación de viejos inmuebles. Los copropietarios de los inmuebles más viejos, agrupados en heterogéneas familias a veces tan peculiares como resultan algunas comunidades de vecinos, además de sus inevitables goteras, habrán de sobreponerse a las crisis, innombrables para ver si dejan de estar ahí, sacar de las alcancías sus ahorros y echar una mano a los artesanos y artistas de la construcción, que todavía no han explicado lo que hicieron con los cuartos de las vacas gordas.

Damos otro paso admirativo hacia el derecho anglosajón y se encomienda ahora la investigación del crimen al ministerio fiscal. ¿Acabaremos pareciéndonos a Perry Mason, Hamilton Burger y Della Street?

Rodeado, lamento tener que repetir que de muchachas en flor, que ahora las cortan como las rosas, con el tallo de sus piernas largas, para que hagan mejor florero, también me pregunto lo que dirían nuestros bisabuelos, desojados para tratar de atisbar algún tobillo cuando las bisabuelas se subían a las calesas, si ahora mismo uno de ellos se pudiera sentar, redivivo por una mañana o una tarde, en un banco del parque, a pleno sol, en este soto carnal, todavía sin sol, del verano.

Para no perder la costumbre, orballa. Cuando llueve y hace sol, canturreaba siempre la abuelina, andan las brujas alrededor.

martes, 19 de julio de 2011

Todos los meses voy a la Capital, hoy veo que este otoño que disfrutamos la afecta también, con una temperatura para mañana, Dios mediante, a las ocho de la mañana, de quince grados.

En la Capital, con quince grados por la mañana temprano y veintisiete a las dos de la tarde, que también apuntan las previsiones, se puede estar y correrá brisa bajo las acacias.

Las intrépidas acacias de Madrid, cada una en su alcorque meado de perros y plagado de basura. Algunas digo yo que serán las mismas de mi época estudiantil. Lo parecen. Son, como los alumnos de mister Chips, se renuevan, las renueva el Ayuntamiento, supongo, cuando se hacen demasiado viejas. Los alumnos de mister Chips eran siempre aparentemente los mismos. Siempre chicos del mismo curso de bachillerato o de carrera, que como es natural se renovaban cada curso, pero a él le parecían los mismos.

Ocurre cuando ejerces la profesión de abogado, que primero hablas ante jueces mucho mayores que tú, venerables te parecen algunos; luego son como tú, más o menos, y, casi en seguida, pasan a parecerte chavalería porque ahora el carcamal eres tú.

A los árboles, en general, se les nota menos la vejez. Suelen morir de pie, Casona tiene una obra de teatro en que lo asegura.

Verano otoñal, seguro que cosa de la economía, que se retuerce y la manejan y exprimen para evitar tener que reconocer que las naciones no pueden pagar las cuentas que tienen pendientes.

Mucha gente se entera ahora por primera vez de que las naciones gastan más de lo que ganan, piden prestado y por lo general, se lo dan, porque es axiomático, o hasta ahora mismo lo era, que una nación paga siempre. Nada había más aparentemente seguro que los títulos de la deuda que cada nación emitía para cubrir débitos procedentes de un déficit primero permanente, en seguida, progresivo, ahora, sofocante.

Deben la nación y los súbditos. Un impago es como un alud, en cualquier ámbito en que se produzca. Va creciendo a medida que recorre las cada vez más desoladas laderas.

Cuando se produce un concurso de acreedores, se intenta recomponer, primero, después se habla de esperas, por fin de quitas.

Tendrán que producirse quitas.

Nadie debe gastar más de lo que tiene, decían los primeros estudiosos de la economía.

Bueno, hombre, opinaron sesudos varones, un poquito más, algo que podrá amortizarse en el futuro, con poco esfuerzo, reservando un porcentaje de las ganancias para financiar los préstamos …
Otro poquito, reservando algo más … Cada vez más. Es inexorable que llegue un momento en que la deuda sobrepase las posibilidades de la optimista lechera de la fábula.

Y puede llegar otro momento en que tras de haber gastado más, hayas ganado menos.

Hay conceptos que no pueden mezclarse impunemente, por ejemplo, la economía y la ilusión; la economía y el sueño; la economía y la esperanza.

En su día, cierto autor, comentando lo de que no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, ni hay mal que cien años dure ni hay enfermo que lo aguante, dijo que es una mentira entre dos verdades: los plazos, en efecto, son inexorables, y un mal que te dure mucho menos de cien años no se puede soportar, pero deudas, con o sin cobrador de frac, de torero o de bufón, con o sin sicarios cobradores, con o sin atanigadores, que diría mi buen amigo Manuel, director que fue, con singular éxito, de una oficina bancaria, deudas hay multitud que se van arracimando a medida que distribuyen el pernicioso efecto de ir provocando otras y no se pagarán ya nunca jamás de los jamases.

Lo que sí se puede es empezar de nuevo el ciclo, partir de casi cero y con un propósito de enmienda tal vez imposible de cumplir, siendo, como somos, lo únicos animales que sin querer tropiezan dos veces en la misma piedra.

lunes, 18 de julio de 2011

Descoloca a veces un político a sus adversarios con la facilidad que suelen tener para adaptarse, como los líquidos, a la forma de la vasija que los contiene.

Un político de casta no es nunca como los vaqueros o los indios de las primeras películas del lejano oeste americano, íntegramente buenos o malos. El político vocacional tiene mucho del recuerdo de la civilización oriental, la más antigua de las hoy conocidas. Aquello del yin y el yang sirve de receptáculo para las ideas que constantemente evolucionan en su cerebro. Fluyen de aquel ancestral principio de equilibrio.

Son los buenos políticos las únicas personas que conozco, capaces de acostarse con la apariencia de una pieza terminada y acabada de delimitar y levantarse con otra diferente, impregnada, eso si, de la evolución de los mismos principios, que no tienen por qué no acabar siendo contradictorios con sus originarios.

Un buen político no es más que provisionalmente definible.

La evolución paralela de sus convicciones, sometidas a duda constante, y de las circunstancias a que debe permanecer atento, cambian con cada decisión, que debe ser adoptada como si aquel criterio fuese inmutable y las circunstancias hubieran degenerado en consecuencias asimismo inmutables.

Las decisiones de un político no admiten nunca dilación. Han de ser adoptadas en el momento justo, sin pararse a pensar, y sin embargo, paradójicamente, deben ser consecuencia de un sólido criterio formado a través de haber pensado mucho.

Cuando cualquiera que no tenga vocación y personalidad política, por mucha que sea su afición, si bien podrá acertar al decidir, no lo hará sino por casualidad, y en la mayor parte de las ocasiones, se advertirá en seguida la vacua fragilidad de sus caprichosas decisiones.

En cada país, en cada nación, en cada estado, hay políticos de una y otra clase. De la atenta sagacidad del pueblo votante, depende una progresiva y necesaria selección. Es malo votar con la intención de sumar y criterios de adhesión personal sin más, o votar para sumar por consigna de un grupo, una asociación, un partido o una tertulia. Nada más que de la concurrencia de criterios fundados e independientes puede seguirse una aproximación a la verdad.

Como es lógico, soy consciente de que cuando digo lo que pienso, puedo estar diciendo algo radicalmente equivocado y mejorable por contraste con lo que piensa cualquier eventual lector.

domingo, 17 de julio de 2011

Si de verdad queda alguien dispuesto a ejecutar la idea de Europa, acabarán por intervenirnos, a los más pobres, para reconvertir a unos hacia la productividad y convencer a otros de que permanecerán en la función de ser útiles para otras funciones diversas, pero no para generar la riqueza material que permita el desarrollo del conjunto hacia un futuro común.

Nadie, que yo sepa, está dispuesto al sacrificio personal, corporativo, comarcal o nacional que son indispensables para regenerar la deteriorada incompetencia económica que nos aflige.

Estamos empeñados en ser como éramos, regresar al bienestar de los pícaros, donde se prima la astucia sobre el esfuerzo, habida cuenta de que el esfuerzo cuesta trabajo y tiempo. Para qué desperdiciarlos se preguntan los más listos, habiendo puertas traseras, atajos y demás procedimientos de llegar antes. Una vez allí, la experiencia suplirá en lo indispensable al conocimiento.

Estamos empecinados en la convicción de que vale más ser cabeza de ratón, en los aquellos de la empresa y la industria, que cuerpo o cola de león, en unos tiempos que se anuncian como exigentes de peso, genio y figura para competir y para resistir los envites y los embates de los inevitables fracasos que salpican muchos de los negocios que han de emprenderse y afrontarse, todos aleatorios, en el moderno ámbito del macrocomercio y la macroeconomía.

Y lo que es definitivamente peor, nos empeñamos en sustituir la búsqueda de salidas de nuestro laberinto por la de responsables de nuestros evidentes errores y posible ruina económica, y en cargar a otros, no sólo su esfuerzo, sino también el nuestro propio, cuando todos están siendo indispensables.

Por eso hoy la burguesía catalana de CiU toca a rebato y llama a distribuirse y realizar el trabajo a un ritmo propio, antes que venga una Comisión a formular programas de trabajo y exigir su cumplimiento y los sacrificios anejos, indispensables para pagar deudas pendientes. Una piña, adivina y proclama que ha de hacerse, para trabajar en conjunto, y crear y solidificar los también a mi juicio indispensables grupos empresariales de producción diversificada.

sábado, 16 de julio de 2011

Bien por Paco. Ha dicho lo debido en su discurso, un tanto engolado a veces y con digresiones que son lo mío, pero tal vez allí habrían sobrado –debe tenerse siempre en cuenta que no es oro todo lo que reluce de lo que se cuenta de nuestra pasada lucidez asturiana, en que hay de todo, como en botica, y ya se sabe que la memoria que prevalece es sólo la selectiva-, pero en mi modesta opinión ha sido un discurso sólido, valiente, detallado y suficiente.

Has desmarcado al Foro del PP, consciente de que el PP tiene ribetes excesivos, que por una parte lastran y por otro lado asustan. Tal vez debamos entender conveniente que el Foro sustituya en Asturias al PP, como hasta cierto punto podría decirse que hacen el PNV en Euzcadi, dicho sea con las debidas reservas, y no sé si Convegencia o Unió, o tal vez entrambas, en Cataluña –cruz para la Cataluña del extremo más alejado, ésta de llevar en el frontispicio del nombre la eñe característica del castellano español por antonomasia mayoritaria de uso-. Lo que supondría una definitiva opción por modernizar y corregir el núcleo del ideario capaz de equilibrar para el futuro que nos espera las dos características, individual y social de las personas que tenemos por más civilizadas de nuestro tiempo.

Nada más y nada menos que ponerle al gato el cascabel de iniciar la reforma definitoria descriptiva de los campos desde que cabe diferenciar en nuestro tiempo los conceptos políticos –trascendido, para entendernos de una vez, aquello de derechas e izquierdas-.

Lo dicho, tras de releer las treinta y dos páginas del debate de su participación en el debate de investidura: un discurso tan generalizadamente esperanzador que no se le han puesto –y estamos nada menos que en Asturias, donde la crítica se produce y crece comos los escayos de los bardiales-, dificultades más serias o más graves de que “eso ya lo había dicho yo” o “ya veremos cómo lo logra”, “ya veremos si es capaz, con lo que está cayendo y sin dinero …”. Nadie ha dicho que algo estuviese fuera de lugar o pareciese desaconsejable.

Concluido lo del predicar, ha llegado por cierto la hora de empezar a prepararse a dar trigo. Que el buen padre Dios, para lo de a El rogando y con el mazo dando, reparta habilidad y suerte.

viernes, 15 de julio de 2011

Calor en Oviedo. Se miran unos a otros con la desconfianza asomándoles por un nervioso rictus que sustituye a la sonrisa porque, me dice uno de ellos, a saber las consecuencias que va a tener la política de Cascos.

Supongo que se refiere a su modo de hacer, porque lo que va a ser conducta, lo anunció ya en el discurso de proposición de su investidura, a que, por cierto, me llegan invitaciones por varios conductos. Disminuirá la cifra de la tripulación, seleccionará oficiales, marinería, infantes de marina y grumetes de primera calidad, estibará los víveres indispensables y se hará a la mar dispuesto a hacer todo lo posible con el mayor esfuerzo del menor número de personas, con los medios indispensables.

Cae el sol de la tarde joven, a chorros, cargado de humedad, sobre las terrazas pletóricas de fumadores y una tropa numerosa y juvenil de guardias municipales en funciones de custodia de las calles, se enfrenta a la decidida embestida del exceso de automóviles. Todo un hervor, producido por las cámaras de vigilancia, los anuncios de multas en mi opinión desmesuradas y ese dudoso afán peatonalizador, que se entrechocan en una Ciudad con vocaciones contradictorias de lugar de paseo y calma y capital de los servicios de su territorio, con las inevitables prisas y urgencias de esta segunda condición.

Cada vez más figuras y figuraciones a la vuelta de cada esquina, en las plazuelas, que van desde lo pintoresco y lo provocador hasta lo lúdico y lo banal, pasando por la obra de arte y el esperpento. Eso va en gustos, de modo que cada cual masculla su comentario y todos tan felices.

Y cada vez más músicos de esquina: acordeones, guitarras, violines, pequeños grupos, algunos deliciosos, que bordan su interpretación, otros horribles, que apenas permiten distinguir jirones de la melodía a partir de que derrochan el entusiasmo de su rasgueo o su resoplido.

Calor húmedo, entro en el coche y el aire acondicionado me hace toser, como siempre, como cuando era tan joven que ni me fijaba. Qué pena haber pasado por entre tantas cosas admirables, distraído por el propio empuje juvenil y no haberme detenido a mirar y admirar.

miércoles, 13 de julio de 2011

A eso de la media tarde, por fin, ha condescendido el sol a apartar las sábanas de nube que lo cubrían, abrió los ojos y todavía restregándolos con pereza, nos ha mirado con su indiferencia de cíclope.

En seguida, nuestra perra, que ha salido lista y desenvuelta, se me acercó, me arañó la pernera del pantalón y me condujo hasta el banco del zaguán, donde las correas.

-¿Qué opinas –me preguntan- del nuevo equipo municipal?

No opino. Si apenas llevan un mes. Época, esta nuestra, de prisas, además urgentes. Tienen que arreglarse los asuntos antes de que se planteen. Lo más gordo, ahora mismo, se plantea lejos. Parece un juego incruento, lleno de fintas e ingeniosidades, desarrollado en multitud de reuniones en que se respira la palabrería.

Nadie tiene ni mucho menos la seguridad de acertar. Es éste un tiempo nuevo, un camino todavía sin hacer, un paisaje sin más referencias que escasas analogías con otro tiempo en que para mayor dificultad, la humanidad se hartó de equivocarse.

No ha dado tiempo de pensar de modo sosegado. El futuro viene tan tumultuosamente y nos coge tan increíblemente desprevenidos que ignoro si por primera vez en la historia, tenemos que decidir provisionalmente. Lo primero, transmiten todos los telégrafos de la filosofía del mundo, sobrevivir. Distribuirnos con solidaridad conocimientos y víveres, y, en seguida, la noticia de que debemos tratar de compaginarnos, equilibrarnos, reconstruir la conciencia de que seguimos siendo nosotros mismos –esencial no dejar de serlo-, pero incluidos en algo nuevo, diferente, inmenso, para lo cual es, además, indispensable, derribar las fronteras de las comarcas que deben seguir identificándonos.

No es contradictorio, lo que digo, sino la paradoja que en principio parece que va a abarcarnos al empezar esta nueva época de todo lo humano.

Rezuma sensación de angustiosa necesidad de ir acomodando el Derecho a lo nuevo, cada revista profesional sensibilizada y profunda que va llegando, con los juristas desconcertados a veces por la desgarradora actividad legislativa que a veces lastima principios de que no se debería prescindir hasta que nazcan, crezcan o se consoliden los que un día habrán quizá de sustituirlos

martes, 12 de julio de 2011

Discurso del nuevo presidente, todavía con minúscula, in pectore, del Principado de Asturias. 32 páginas, que leo con gran atención. Estoy de acuerdo en un noventa por ciento. Dejo un cuatro para discrepar y otro seis por ciento para lo que tengo de incrédulo y convencido de que él también sabe que hay cosas que no se puede. Me entusiasman, por ejemplo, los párrafos dedicados al restablecimiento del Campus Universitario, la Investigación, la extensión de la enseñanza, la Formación Profesional, las citas de aquellos pioneros.

La urgencia de remediar el paro, ablandar la parte impositiva, dar facilidades de arranque e implantación de centros de trabajo de todo tamaño e índole, pero con rigurosa exclusión de las utopías sin fundamento y los timos y provisionalidades.

Pocas citas y en el clavo. “Salen” Jovellanos y Melquíades Álvarez, ambos coincidentes y ninguno mal mentor. Dos o tres modernos economistas de que no leí nada pero cuya cita hace suponer, por el contenido, que sus versiones son aprovechables.

De agricultura y ganadería ha aprendido don Paco algo, por ejemplo respecto del aprovechamiento de la carne, sus modos y maneras y la incorporación asociada al mundo del comercio competitivo. Es bueno que anuncie que no se olvidará de la mar.

En materia energética no estoy al hilo, pero debe tenérseme en cuenta que “soy de letras”.

Aplaudo, esperanzado. Sabía de antemano que traería un plan muy completo y extremadamente detallado en su cabeza. Otra cosa son las dificultades del terreno, los intereses creados, los laberintos administrativos, pero mi confianza renace figurándome a Alejandro cuando le propusieron las dificultades del nudo gordiano.

Ha sido hoy un buen día para regar de ilusiones el jardín de las esperanzas.
Napoleón quiso ponernos a todos bajo la bandera de Francia, con la revolución apaciguada por fin y hecho el tránsito desde lo entonces antiguo hasta lo que después fue llegando a empellones y balazos cada vez más disparatados y convertidos progresivamente en bombas que todavía, después de tantos muertos, resultan inimaginables.

Waterloo es una semilla enterrada, el lugar donde la escondieron los europeos, que se alían siempre para acabar con el díscolo o con el soñador o con el iluminado o con quienquiera que ponga en duda que Europa es como es y no cabe que se trate de componerla de otra manera.

Hay ocasiones en que, como esta última, se preguntan si, aprovechando la carrerilla, recién salidos de una horrible experiencia, puesto que han logrado tantos acuerdos provisionales, no sería posible hacer por decisión del conjunto lo que ninguno solo es probable que logre nunca.

En seguida, se invierte el dibujo, se pone patas arriba el organigrama y donde uno quería y los demás no, pasan a querer todos, pero cada uno va encontrando, a medida que se trata de profundizar hacia el meollo del logro, las razones y los motivos que en su opinión desaconsejan la que pareció deslumbrante idea, justo concebida en el momento que parecía tan oportuno, cuando el mundo se había hecho más pequeño, las distancias más cortas, las comunicaciones más fáciles, la competencia en los mercados más dura y difícil.

Ahí estamos. Tan importantes políticos como Sarkozy, se han ido, como hoy cuentan gráficamente los periódicos y además tiene perfecto derecho, a tomar el sol en una playa. Supongo que Frau Merckel se reirá sola, imaginando su cuenta de resultados de este año que han empezado a volver las palomas con ramos de olivo.

Alguien, en mi modesta opinión, con el debido respeto en su caso, debería advertir a alguno de nuestros excelentísimos, ilustres y demás, que, para salir de un laberinto, es de primordial importancia saber por dónde se entra en él.
Fingen no haberse dado cuenta del tremendo fracaso de haber juntado los rebaños, las churras con las merinas, porque era urgente poner remiendos a la idea de Europa Unida o los Estados Unidos de Europa, diríase que imposibles, salvo por lo que se refiere a lo que debería haber sido consecuencia y en cambio se improvisó como renqueante motor de arrastre de la hermosa idea de aquella Gran Europa.

Como no llegaba lo que debía haber precedido a la moneda común, se procuró extenderla hasta los confines del conglomerado, hasta la última tesela, hendida o rota, del borde del mosaico.

Se juntó a los más ricos con los más pobres, y, proporcionándoles oportunidades diferentes, se les proclamó que ahora todos eran iguales. Tenía, en efecto, la misma moneda. Se acabó lo de cambiar en el umbral de cada frontera o aprisa y corriendo en la multitud de cambistas dispersos por cada ciudad, perdiendo unas virutas al trocar cada moneda. Hubo, por fin, una para todos.

Pero no todos estábamos en condiciones de ganar lo mismo y cada cual, a fin de cada semana, cada mes, cada año, iba descubriendo que como en la canción aquélla de Julio Iglesias, todo seguía igual.

Con una sutil diferencia, la de que como estábamos más cerca, los más ricos de los más pobres, los pobres teníamos que hacer mayor esfuerzo para mantener la dignidad sin que se advirtiera demasiado que nos estábamos pasando al pedir prestado o habíamos regresado a la práctica de dar vuelta a la ropa gastada.

Si en un plazo prudencial, los Estados hubieran sido capaces de lograr el acuerdo político de por lo menos su federación, habríamos llegado a tiempo para redistribuirnos el trabajo e irnos asimilando a las sinergias cada vez mayores y asimilatorias del conjunto.

Pero ni llega, ni se le espera.

Y, como consecuencia, lo que nos esperan son los malos tiempos de tener que jerarquizar la manada como era, cada oveja con su pareja, cada cual a su altura de posibilidades.

Lo que pasa es que en el camino se han generado gastos, se han hecho dispendios, se han pedido créditos que se iban a pagar como los del fútbol, con los ingresos procedentes del ascenso.

Me temo que va a llover.

Me consuela estar convencido de que la humanidad siempre ha sobrevivido a lo que parecía imposible.

domingo, 10 de julio de 2011

Se enciende el lucero, probablemente, más allá del edredón de nubes que hoy nos agobia llorando a ratos el orballo característico de este inicio de verano, escucho una selección de Jack Jonhson, sorbo con el habitual deleite las últimas páginas de una novela de Ian Rankin, policíaca, claro, que por añadidura narra el último caso del cansadamente escéptico inspector John Rebus, definitivamente anclado, sin él saberlo, en el corazón de la sargento Siobhan Clarke, que es probable que ascienda la semana que viene, cuando el inspector, por fin, se jubile.

Es clima de sosegada calma. Mi burbuja particular, al pie de mi Mac, con su fondo de escritorio del paisaje que sale del soto de san Timoteo, un collado sin gente, de muchos tonos de verde, en una esquina del cual se ha colado la carrocería azul de una furgoneta, justo al pie del chopo lombardo hembra se advierte que ya cicatrizado del dolor de la pérdida de su macho de al lado, que hace ya más de quince años que partió un rayo.

En los pueblos, a algunos árboles, se les conoce porque forman parte de recuerdos o de paisajes tan repetidos y entrañables que no puede evitarse saber que están allí hasta el punto de que cuando alguien, por razones siempre discutibles, los tala, queda una especie de herida en su recuerdo ya imposible de repetir en más memorias.

Ocurrió con el arbolón de La Repicona, que era un acer platanoides corpulento y centenario, con este álamo negro de “la carretera de abajo” o con el delicado, humilde aliso de la orilla de junto al puente “de Travesía”, que apenas sobrevivió a los dos evónimos vecinos suyos más próximos y seguro que amigos, entrelazados como amantes, que uno murió de quebranto por vejez y al otro, o la otra, lo extirparon con premeditación y alevosía unos operarios de la madrugada.

Manía de quitar árboles, a veces porque dan claustrofobia al propietario de una casa de enfrente, o un edil sin ideas piensa tal vez que así, por lo menos una, hablarán de él, aunque sea mal, y da una de esas órdenes inexorables, irrevocables, que mudan el paisaje urbano y dejan sin tribuna, sin nido, sin refugio, a un tropel de pájaros, que de pronto han dejado de estar, pulular, cantar, y la tarde adquiere un tono más de cemento y fachada, de artificial, transida como queda de gaviotas y cada vez más altas, ya casi invisibles golondrinas.

No quedamos apenas coetáneos de los últimos aligustres que bordearon el río recién encauzado por esa calle del Pilarín, que tiene nombre de moza quizá inexistente y ya murieron, que sepa, los últimos que asistieron a la tala de los álamos que dieron nombre inicial a la Alameda donde está el Parque.

Ya no quedan laureles y apenas arces, a la orilla de la vía alta del tren, donde dieron al viejo boticario una ladera para hacer un vivero de plantas medicinales. Calla Jack, el inspector Rebus se afana para que no se le muera el último enemigo, anochece.
Está de moda hablar de Cesc, de su equipo de pertenencia, del de eventual destino y de las posibles ramifícaciones del delta en que desemboca este río, más complicado al parecer y complejo que el mismísimo Amazonas, de cuya selva dicen que aún guarda tribus desconocidas y culturas lejanas e ignotas.

Está de moda hablar de Cesc, cuando llega el verano, como lo estaba hasta hace poco hacerlo del monstruo del lago Ness, que a mí me habría gustado ir a tratar de no ver, cuando el monstruo y yo éramos mucho más jóvenes, más que por el monstruo en sí mismo considerado y por lo que a mí concierne, para tratar de probar alguna que otra exquisitez del licor fabricado en el lugar.

Hablemos pues de Cesc, hipocorístico de Francesc, mozo español, catalán, para más señas, que tras de hacer sus master balompédicos en La Masía, escuela del Futbol Club Barcelona de mis amores, emigró a practicarlo a las Islas Británicas, donde, a diferencia de lo ocurrido con la armada invencible y de modo parecido de lo que en otro tiempo y lugar ocurrió a Cesar Augusto, llegó, vió y venció, hasta el punto de que ahora, cuando nostálgico quiere regresar a sus orígenes, se resisten los súbditos de Camelot a permitirle volver, y así llevamos años, que si me voy, que si me quedo, que si le dejamos, que si no, que pagamos por su vuelta, pero no más de lo que nuestra prudencia ahorrativa mediterránea del norte aconseja, que si por ese precio ni hablar, que si continuemos hablando de Cesc, es decir, Francesc, el al parecer deseado, que en mi modesta opinión ya estaría bien de dar vueltas al árbol y tómalo o déjalo, pero hasta este merodeo podría ser bueno para entretener al personal, justo ahora, en verano, cuando no se ha logrado ver todavía este año el monstruo del lago Ness, y al fin y al cabo el whisky ya se importa de toda clase y condición, por más que sea aconsejable reducir su consumo hasta que se arregle esto de las crisis que Juan Cueto, tan divertido como siempre y dispuesto a reírse con y de sus amigos, llamó nada menos que polisémicas y como tantas veces estaba en lo cierto porque casi nadie sabe lo que qu quiere decir cuando las mienta y por eso lo hacemos un poco al tuntún y para tratar de justificar esto de habernos ido de vacaciones dejando el trabajo pendiente para el señor Rubalcaba, que dijo ayer, en un mitin, que el sabe los remedios.

Menudo otoño espera, con sabe Dios qué cepa del microbio de la gripe al acecho.

sábado, 9 de julio de 2011

Me estoy, como los tres monos del proverbio, escuchando sin oír, mirando sin ver y callado, que no hay como el silencio, pero a uno le tira la grafomanía, se lo comen las ganas de decir la multitud de cosas que se le ocurren nada más escuchar uno de esos cónclaves de la radio o leer las noticias que publican, inexorables, los periódicos que mi periodiquera preferida me dispensa en una bolsa y con un guiño me dice que ahí va eso, que a lo mejor hoy son buenas.

Se refiere a las noticias, y lo primero que me echo en cara es que Gadaffi reivindica Al Andalus y Carrillo pide que la derecha se “civilice”. Un poco más allá, algún ilustre opina que podríamos salir del charco mediante un denodado trabajo, con esto que ahora tenemos.

A “esto que tenemos”, le renquea el motor. Es un cacharro que difícilmente pasaría la ITV a fuerza de remiendos.

Por otra parte, Rubalcaba se apea del Gobierno y dice que va a hacer ahora lo que al parecer desde allí no se podía.

No se entienden, es curioso, en España, los que se parecen. Se da el frecuente caso de que diferentes e incluso contradictorios llegan con mayor facilidad a acuerdos, siquiera sea concretos y determinados, que los supuestamente afines. Los que se supone que estuvieron juntos y ahora son tres agrupaciones diferentes, son incapaces de un acuerdo de mínimos, provisional por lo menos, que la gente, a gritos, les está pidiendo.

¡Cállate! –me digo, me ordena mi pequeño filósofo interior- Se rebela el otroyó de los entusiasmos. Uno se me ha hecho viejo, cauteloso, se me ha enfermado de miedos, el otro cierra los ojos y se sueña todavía lleno del juvenil empuje con que íbamos –entre los tres: ellos dos y yo- a mejorar aunque no fuese más que como decía la abuela “un chisquitín” el mundo y de ahí este más bien susurro que soliloquio de hoy, en el rincón de digredir para conservar la ilusión del sueño se haga posible y suba, humo, del rescoldo aún.

miércoles, 6 de julio de 2011

Hay un espeluznante agujero en la economía nacional, de que nadie quiere hacerse ni responsable ni cargo. Y cada grupo empuja los papeles hacia un lado y trata de escabullirse y dejar que los muertos entierren a sus muertos.

La cuestión es encontrar muertos entre tanto vivo como anduvo hasta hace poco engordando sus cuentas con aquel dinero entremezclado y sospechoso, que era sólo en parte real, pero venía mezclado con negro, posible, imaginario e inexistente.

Todos quieren cobrar, llegado el momento de echar cuentas, pero estaban ya en la era, aventándolo y no queda más trigo que el de verdad. Y no da para tanto ni para todos.

No sabe nadie cuántos cientos de miles de millones de euros faltan en la cuenta de la lechera. Puede que sean incontables, además de impagables. ¿Dónde están?

Muchos, los gastamos en quisicosas inútiles, abalorios y bienes consumibles cuyo recuerdo esfuma caritativo el tiempo, difumina la mala conciencia de cada cual y tratamos, avergonzados, de borrar de cada memoria.

Otros están en la alcancía, en el lugar secreto y sucedáneo del calcetín de la abuela, la caja de galletas enterrada, el arcón pirata de la isla marcada con una equis y a cien pasos al noroeste.

Muchos en las islas del cocodrilo y los milagros, el rincón de los malditos, el viejo y podrido, aún lujoso territorio de esconder las rapiñas y cobrar oscuros intereses que circulan por los profundos canales misteriosos que son como los caminos del zarzal, únicamente conocidos por los mirlos, encopetados, displicentes.

Otros, simple y sencillamente, no existían ni existirán nunca.

Nadie quiere, sin embargo, hacerse cargo del último fracaso, los escombros del derrumbamiento final, esa deuda imposible, que circula como el dinero caliente, como los caballos apocalípticos, buscando dónde cebarse, dispersarse, que siempre habrá un último mono, que es el que se ahoga y aquí no ha pasado nada.

Esta vez, me parece que no habrá más remedio que pagar.

Va a doler. Es la parte final de la crisis, que puede durar más o menos, según cada cual acepte o no su parte de pago de lo que lo más triste es que muchos no deben. Pagarán también. Pagaremos casi todos. Aunque es probable que el pago, desde una perspectiva de cálculos porcentuales, resulte inversamente proporcional a la responsabilidad en la deuda.
Me acuerdo de haber descrito una flor,
leído
en el murmurio del agua de un arroyo
inacabables poemas, tal vez
de amores fracasados. Ilusiones
perdidas
o recién nacidas con la alborada del señor san Juan.

Ahora, me pongo a escribir
y oigo, sin querer escucharlos,
los sarcásticos comentarios que estáis haciendo,
la carga de desprecio, ese inmenso río
que fluye por entre el perfil de la hermosa gente cansada,
decepcionada,
escéptica.

Nadie cree en este momento,
a mi alrededor,
en nada que no esté a su alcance.

Hemos cerrado
el arca del amor, con una pareja muerta, a bordo,
de cada grupo humano posible;
apagado la lamparilla de la esperanza,
pisoteado el polvo de estrellas de la fe
hasta conseguir
este barro pegajoso.

Haz, Señor,
que no sea más que una pesadilla. Déjame
que despierte
una vez más,
que esté el jardín,
que Tú sigas diciendo las nubes y el aire,
las flores y el agua
y la hermosa gente enamorada,
ilusionada, llena
de fe,
desbordante de esperanza.

martes, 5 de julio de 2011

Juego de nuevo al fútbol, ahora con botones, tal vez el mejor juego de imitación al balompié que se haya inventado, con la ventaja de que un prodigio no cuesta al club las multimillonadas que se dicen pagar por algunos hacedores de goles, goleiros, prodigios del icono redondo, otrora el cuero, el esférico, a bola y no se sabe cuántas denominaciones y eufemismos más.

Con botones de colores, fichables en mercerías donde suele haber señoras mayores, de hablar reposado, lentitud de movimientos y antimacasar en la butaca, se pueden jugar brillantes, vibrantes partidos. La vendedora no comprende para qué puede querer un señor mayor, calvo, canoso y barrigudo como yo, partidas de seis botones que por donde mira no es por donde todo el mundo, sino por los bordes y el bisel, que, de ser como un talud, apoyar bien en le mesa y tener un delgado aro que ribetee hacia abajo, que es hacia fuera en términos del uso normal del espécimen, probable es que resulte un crack ¿se dice así? Por su equivalente en carne mortal, mucho más efímero y sujeto a la tentación nocturna de las discotecas y el noviazgo de cantantes y top models es probable que pagasen los directivos de los equipos punteros el oro y el moro, cifras inimaginables. La señora de la mercería te mira con sus ojos claros, acuosos, dulcemente azules y dice que ésos, como son antiguos y ya casi nadie los usa, te los puede dejar a menos de cincuenta céntimos de euro.

Te los llevas al estadio, los sacas de la bolsa, los sopesas, los pruebas, categorizas sus reflejos y capacidad de rechuez, que es tirar de lado, como si navegases a contraviento, descubres sus virtudes en los diferentes puestos del quipo, mides la capacidad de asociarse con un buen pasador –pasa bien el que desde atrás centra bien, te pone el botonbalón delante del morro y zas. Su primer gol. Vas, entonces y los marcas, les pones nombres, pasarán a la historia del campeonato.

Comparas todo esto con el baile de los multimillones que ¿se pagan en realidad o son de boquilla? dicen que se pagan por jugadores que inexorablemente envejecen o son cazados por otros que ya se fichan para convertir el territorio de la defensa en comanche y se les desconflautan huesos y articulaciones, rótulas, meniscos, músculos y talones de Aquiles. Ni punto de comparación. Mi equipo, que daría a los ases al uso por esos estadios de la Chmpions League sopas con honda y los vapulearía a manita por encuentro, no sale por más de entre cinco y cincuenta euros. Oiga, insiste la viejecita, ¿usted para que quiere esos botones pasados de moda? No le gustarán a su mujer, ya verá. Tengo en cambio estos otros … Miras, remiras, posiblemente éste … de pronto te das cuenta de que se te había pasado por alto un poible fenómeno. Pero, coño, estos ya cuestan a seis euros el ejemplar. Está visto que casi todo se está corrompiendo. La viejecita, inocente, sonríe. ¿Verdad que son bonitos?
Paris será siempre, para mi generación, de los viajes imposibles, el sueño de juventud donde pasaban cosas y se pensaban novedades, ideas disparatadas y tal vez, en la esquina de alguno de los puentes sobre el Sena, por donde los bateaux mouche van fingiendo glamour para lunas de miel imaginadas desde la atardecida de la quintana.

Paris, orilla izquierda, era el tono cálido de la voz espesa de Juliette Greco, que nos miraba, desdeñosa. ¿Qué fuimos nosotros, los afanosos estudiantes de los tiempos difíciles? Nos descalificaban: dictadura, pobreza, castañuelas y sol. Incluso alguien habló, me acuerdo, de esa gente bajita, morena y cabreada, que se queja cantando, abriéndose camino con una guitarra, una gaita, dos o tres tamborileros y la banda militar del regimiento.

París de marchantes y síntesis filosófica de lo que iban pensando, lentos, los alemanes, hasta que enloquecieron. Y de pronto toda Europa estalló también en llamas y se bombardeó implacable, se destruyó sin mirar, sin compasión ni contricción. Y ni siquiera así, matando a mansalva y a puñados, bombardeando, sin apuntar siquiera, con bombas cada vez más crueles, empujando a cámaras de muerte sin más que quitar ¿para reciclar? la ropa, amontonada como un tétrico camino de desesperanza, se extinguió algo. Sólo, como siempre, se maltrató, mató a muchos. El resto, como siempre, continuó. Ya sabéis: marchez ou crevez. La vida es el camino que se comparte.

París, ciudad, nos decían, de la luz, conquistada, reconquistada, herida, lacerada, siempre, a pesar de todo, París, cantaría Maurice Chevalier. Picasso repintándonos la desfiguración de unos cuerpos torturados por su genio y Sartre desfigurándonos las almas existencializadas por el suyo. Y como por ensalmo, la aldea global, ahora, que se bebe, como un agujero negro, también a París, con su etoile y sus mansardas, los tiovivos, las hojas muertas y la vida color de rosa.

Ya casi viejos, llegamos por primera vez a París y nos pareció una ciudad. Recuerdo que la agencia nos llevó una tarde a Barbizon. Desde allí, París ya volvía a ser un desdibujado París impresionista. Si ni siquiera París es real ¿qué lo es, de este lado del espejo?

lunes, 4 de julio de 2011

Me puse el otro día en la picota de Carrión de los Condes. Me impresionan estos viejos rollos de Castilla la Vieja y Extremadura, donde ponían a los desgraciados para su escarnio y vergüenza. Me impresiona tanto subirme allí como el día que visité la Universidad de Alcalá y me subí al estrado desde que se contestaba a las preguntas de los examinadores que podían conferirte o no los títulos de licenciado o doctor. Una pena, cuando transcurren los años, no haberse tomado el trabajo de hacer un curso y una tesis para hacerse doctor en alguno de los Derechos. Nunca hay tiempo, cuando estás al cien por cien de actividad. Lo repiensas al llegar la vejez, este umbral de lo desconocido donde a veces concede el buen padre Dios el privilegio de pararse a pensar.

Desde este sitio, es aún más fácil que al pirata de Espronceda comprender lo banal que es cuanto peleamos, a una determinada edad, por tratar de ser el número uno. Nos complicamos la vida de modos y maneras increíbles e increíblemente ridículos para forjarnos un porvenir, que decían nuestros mayores. Cuando vivir es una cosa tan sencilla, como se descubre desde el famoso porvenir ese, a que por fin llega uno y es la vejez.

Una etapa que, si le quitas lo que tiene de limitación humillante, cuando no puedes seguirle el paso a alguien, o pierdes el resuello subiendo una escalera, goteas el baño o no puedes caminar y charlar a la vez, es una delicia de paciente calma durante que por añadidura siempre hay alguien dispuesto a preguntarte cosas y darte la impresión de que sabes de esto o de aquello de que en realidad apenas tienes atisbos.Y te dejan subirte a un podio, y, mientras te dure la cuerda y el aliento, contarles las batallitas habituales del abuelo de los tebeos.

Yo no les cuento, si me acuerdo, batalla ninguna. Los niños de las guerras del tremendo siglo XX, que sobrevivimos recorriendo sus linderos, siempre en peligro de que se desviara un proyectil, no alcanzasen los víveres o nos llamasen a filas y combate, no queremos que nos hablen de guerras. Las guerras deberían no haberse librado más que con soldaditos de plomo, cuando más.

La picota de Carrión, como les va pasando, está arrinconada, lejos del centro de la plaza donde tuvo sus momentos de cruel gloria, junto a un prado ameno en que se remansa el sol de las primeras horas de la tarde. Este sol que no mueve el nordeste, como ocurre en otras tierras, por ejemplo la mía. La piedra ahora está seca, sin sangre ni sudor. Miro con atención los mínimos intersticios, las quebraduras de la piedra, sus grietas. No me dicen nada. Es mi imaginación la que se apena del condenado cuya espalda estuvo donde ahora la mía. Solo que yo abro los ojos y hace una plácida tarde de sol, una tarde en que lo que fue porvenir se me ha venido convirtiendo en recuerdos. Me meto en el coche, bajan la temperatura, la ajustan a esta hora de la plácida digestión del salmorejo y las migas. Me quedo ancianamente dormido. Suelo soñar que llegué esta tarde a mi Colegio Mayor, pero no encuentro a nadie conocido ni localizo mi habitación.
Aunque no nos toque sino de lejos, duele que un campeón nuestro, a quien en su día vimos derrotar a otros para irse convirtiendo en ídolo deportivo y en mejor del mundo, de pronto, pasado el tiempo, se encuentre con otro campeón que le va siguiendo las huellas, para lo cual, como es lógico, ha de destronarlo.

Se nos enturbia la neurona donde la fuente gris de las nostalgias.

Podría ocurrir que haya pasado ya, pese a su juventud, a la sala de los recuerdos donde hay ciclistas, futbolistas y en general deportistas que dieron días de gloria a nuestra expectación ávida. No nos resignamos, sin embargo. Se nos enciende, muy tenue, una lamparilla de ilusión. A lo mejor, aún es capaz de inventar modos y maneras de ganarle a ése. ¿Por qué no? Ya inventó las de hacerlo con otros campeones en principio invencibles. Hasta puede que precisamente el domingo, cuando le ganó en Wimbledon, donde la copa de oro, ha aprovechado, mientras a nosotros nos iba dejando el estupor sin palabras, para aprender modos y mañas y la próxima vez …

Es la vida misma, la que refleja el arroyo del tiempo. Caen unos para que otros repitan las exaltaciones del triunfo, y, alrededor, hay muchos que lo intentan sin lograrlo nunca y se quedan como el resto de la fotografía, cuando, puesto el teleobjetivo, se la juega el fotógrafo en uno de esos primeros planos impecables, que luego son como la memoria de cada casa y cada familia.

El sol de este principio de verano, impertérrito, como si no hubiera pasado nada, reanuda a su vez la desigual pelea con el nordeste.

domingo, 3 de julio de 2011

-La poesía es el naufragio de un sentimiento en la playa de la pereza. Hala, entrecomíllalo y ya está.

-¿Quién digo que lo dijo?

-Pon lo que te parezca. La realidad es que lo acabo de decir yo, ahora, esta mañana grisácea de verano incipiente, que el país se ahoga de calor y por aquí cabalga, frescacho, el nordeste.

El nordeste es nuestro gran moderador. Sobre todo hay umbrías y calles, las que van más o menos de norte a sur o viceversa, por donde pasa como un escalofrío. Se pone la carne de gallina.

-Volviendo a lo de la frase.

-Nessuno torna indietro.

-¿Pero qué dices?

-Es el título de una vieja novela de Alba de Céspedes. La recuerdo porque el día que la estaba leyendo, un perezoso domingo de la mili en el campamento de La Granja, de la milicia universitaria, me picó una abeja en una pierna. Uf, lo que duele.

-¿Y qué tiene que ver?

-¿Con lo de la poesía? Nada. Las frases no han de relacionarse, por más que se digan unas a continuación de otras. Se yuxtaponen. Son como las ideas o, volviendo a la playa, que para eso es verano, como los tesoros que deja la marea en la orilla.

Seguro que no te fijaste nunca. Hay trozas de madera mojada y bruñida con formas caprichosas, como de nubes, que parecen esto o aquello; hay conchas de colores, o con la carne viva interior de coral; hay estrellas recién caídas y ahogadas durante la noche anterior; hay espuma.

La espuma es crin del caballo de la ola, pero se convierte en encaje, en el umbral de la orilla, y, ya en ella, es como un beso del agua, que la arena se bebe enamorada.

La mar es la más antigua de las poetisas. No sé si te habías dado cuenta. Ya cantaba mucho antes de que Ulises inspirase a Homero y mucho antes de que existieran las sirenas, los cíclopes, Nausicaa y los sueños. Toda la tierra firme no es más que un reflejo de la mar, solidificado un día, allá en los tiempos tan remotos que casi no existieron. Hay quien dice que el alma está hecha de olor a mar.
Dicen, por un lado, que la banca es culpable porque no da créditos, ha semicerrado el grifo o endureció las condiciones, pero ahora, a la vez, salen con que la responsable de la situación es la banca, justo por haber dado créditos con excesiva credulidad respecto de la posibilidad de que se pagaran, y añaden, con la mayor desfachatez, que el responsable de que un crédito no se pague es el banco, más que el que no puede pagarlo, que en lo único que cabe coincidir con tan ilustres analistas de la situación es que hay créditos que no se pagan por mala fe inicial y otros que no se pagan por mala suerte sobrevenida.

La mala suerte suele provenir de una errática cadena de sucesivos desaciertos y falsas promesas de estabilidad y supuesto desarrollo en que incurrieron estos mismos que ahora no saben a quién echar la culpa de una evidente incapacidad de gestión del bien común de que son principales responsables.

Hace muchos años, cuando según ellos todo iba bien y yo insistía en que no era cierto ya me permití opinar que no habría sido mala cosa, para corregir excesos, haber declarado inembargable, y como consecuencia no hipotecable, la vivienda familiar. Ahora tampoco se atreven. Hay que ser muy valiente, realmente osado, para hacerlo como insisto que se debería, y le ponen, como suelen, un remiendo al problema, que ni es bueno para unos ni para otros; ni para el que debe ni para el que tiene que cobrar sin más remedio que tratar de hacerlo de quien debe por haber decidido endeudarse para llegar antes a algo que unas veces es cierto que necesitaba, pero otras no era más que uno de esos irresistibles caprichos.

Que suele, en efecto, ser débil. Siempre es más débil el deudor, por lo menos en apariencia, ya que cuando son muchos, el más débil pasa a ser el acreedor.

sábado, 2 de julio de 2011

Es bueno que las cajas se liberen de su dependencia política, siquiera sea parcial, porque en cambio, no lo es que coincidan ni total ni parcialmente las condiciones de prestamista y prestatario. Y menos cuando el prestatario es con cierta frecuencia cualquiera de los niveles de una administración que como la nuestra es desmesuradamente deficitaria y aficionada a las obras deslumbrantes, por costosas que sean, que den lustre a sus promotores.

Es bueno, por excelente que sea su funcionamiento, que la mejor manera de no caer en la tentación de aquél que pedía una sinecura, no donde le pagaran mucho, sino donde hubiese abundancia de dinero.

Parece importante, para el tiempo que viene, tener una estructura económica que más adelante sirva de esqueleto a cada esquema político y permita las habituales veleidades y probaturas sociopolíticas frecuentes incluso en algunos de los países exquisitamente civilizados del primer mundo.

No es bueno, o a mí no me lo parece, que el dinero privado esté al alcance de la administración pública sin pasar por el filtro de derecho fiscal de los impuestos.

La administración tiene que aprender de las administradoras de hogar, aquellas abuelas de hace dos o tres siglos a que horrorizaba la idea de empeñarse y hacían frecuentes ejercicios de taumaturgia económica para que los gastos jamás superasen a los ingresos. Y si no, alguien tendrá que irse preparando a poner el cascabel al gato de volver de ese mundo en mi modesta opinión disparatado y económicamente insoportable de las autonomías, e incluso de ir pensando en que a medida que la técnica lo permite, podría resultar indispensable arreglarse con un menor número de ayuntamientos.

El mundo, al menguar y hacerse más alcanzables quienes antes vivían en las quimbambas, la comunicación, al permitir información inmediata de cuanto ocurre en las antípodas, va suprimiendo fines de etapa intermedios, con economías cautivas como consecuencia de la incomunicación.

Viene un mundo cada vez más previsiblemente diferente, por inimaginable que todavía sea.
Ya desde fuera parecían al profano intrincados los caminos de la propiedad intelectual y complejos los mecanismos que se comprometían a cobrar y repartir entre los autores la menguada participación que dichos autores reciben del precio de sus libros; ya provocaban protestas y sarpullidos los cánones sobre el material de copia y reproducción y las cuotas de percepción generalizada y periódica por reproducciones indeterminadas, cuando, de pronto, se suscitan dudas públicas respecto de la conducta de los rectores y representantes de la más antigua sociedad de este ramo.

Quedará, a partir de ahora, acentuada y subrayada cada sospecha anterior y herida por lo menos la presunción de inocencia de toda esta gente que ha ingresado preventivamente en prisión.

Donde éramos pocos, parió esta abuela y está llegando una curiosa época en que no podremos fiarnos ni de nosotros mismos, que vete a saber lo que hacemos, toleramos o permitimos durante el sueño o cuando confiamos, como no se puede por menos, en colaboradores de toda la vida.

Es complicado y difícil administrar bienes ajenos, cobrar por otro y repartir con él, gestionar intereses del prójimo. Incluso resulta complicado el comentario de la parábola de aquel administrador de que habla el Evangelio.

Y todavía más en territorio social como éste nuestro, donde el espejo de la novela picaresca refleja lo que refleja y es moneda frecuente la del toque recomendacional por si las dudas de última hora, y en caso de empate, oye, échame una mano. Cornelio Nepote anda por entre nuestras bambalinas sociopolíticas y hay instituciones donde dicen que se reproduce como en caldo de cultivo los bichitos miserable y mínimos que dicen que pululan a nuestro alrededor y estudian, incansables, los laboratorios del mundo.

Entre bacterias, algún que otro político, tal vez cada vez más, de pacotilla, corruptelas variadas, timos y timadores, con menos dinero en las arcas y más necesidades artificiales, ídolos con pies de barro y las olas de calor, las contaminaciones y demás agobios y tristezas, se anuncia evidentemente, para cuando regresemos de vacaciones, un otoño trepidante. Hasta elecciones, hay quien dice que podría haber, y entonces sí que podríamos enloquecer.

De cualquier modo, aquí está el verano, y puede que el calor lo aplane y deje todo suave como el cirtupelu de la gaita, el del pulmón donde se guarda su resuello.

viernes, 1 de julio de 2011

Anduve por el mundo de Madrid, que es un mundo, este año, a estas alturas, calcinado por más treinta grados, que auguran un verano de botijo y abanicos. Fui con mis nietas, porque nos han dado premios, a una de ellas y a mí, entre el Ceoma y la editorial SM, por sendos trabajos respecto de la relación abuelos – nietos. Valió la pena el calor, para ver el patio de cristales del ayuntamiento viejo de Madrid, el de la Plaza de la Villa, pletórico de abuelos emocionados y nietos excitados. El colmo que nos den premios por hacer algo entrañablemente agradable y contarlo, que es un modo de compartirlo. Sabido es que las penas son menos cuando las cuentas y las alegría mayores cuando las compartes. Bueno, pues abuelos y nietos, asociados, armamos la marimorena y nos regalaron montones de preciosos libros.

En la calle, ecos del debate sobre las carencias de la nación. Que si fulano estuvo mejor o peor que su adversario. ¡Como si eso importase ahora! Ahora lo que importa es que mucha medida remiendo, pero poco de lo fundamental, que en mi opinión, modesta, pero insistente, consiste en preparar medios, modos y maneras de reorganizar nuestra relación colectiva con los mercados del mundo global y convertir nuestra actual condición de consumidores en la de competidores, que nos permitiría traer riqueza e inyectarla en nuestros exiguos cauces económicos.

Hemos de pagar los más de quinientos mil millones de euros que debe la administración y a la vez cerrar o estrechar en gran medida el agujero por donde se marcha todo ese caudal.

Es muy sencillo. Si somos pobres, tendremos que comportarnos como pobres, individual y colectivamente, y para obrar como los ricos, tenemos que previamente o a la vez, enriquecernos.

A la vez que aprendemos a compartir una u otra cosa, la pobreza o la riqueza, en nuestro ámbito de cuerpo social.

El espectáculo de la telebasura, con su contracanto del mundo económico del futbol, necesariamente tienen que producir indignación, que es muy mala consejera, susceptible de reconvertirse en masa, que podría aprovechar cualquier iluminado para ocasionar “sangre, sudor y lágrimas”.

De cualquier modo, insisto: lo primero, primordial y más urgente, mitigar y si es posible acabar con el paro, trayendo factorías de otros, por lo menos hasta que seamos capaces de montar las propias nuestras de los grupos empresariales que aún no hemos comprendido que son indispensables en el mundo que viene.

¡Tanto trabajo pendiente y nosotros comparando los aplausómetros!