viernes, 29 de febrero de 2008

A las cinco en la esquina,
en la esquina había un bar, hoy sucursal de banco.
Ya no es posible citarse en aquella esquina, supongo
que no se ocurrirá a nadie
citarse en la sucursal no se cuántos de tal entidad bancaria,
como si estuviese domiciliando una letra de cambio.
Sin embargo, estuve allí,
por si después de tantos años
hubieras decidido, como yo, volver,
pasó una viejecita encorvada, y yo,
me quedé pensando si debería haberte parado, preguntarte
si eras tú. Tuve miedo asustarte,
asustarla
en estos tiempos de tirones y atracos.
¡Tenía tantas cosas preparadas
para decirte!
Cada día, hasta dentro de unos pocos, seguirá girando el tiovivo, luz y sombra, colores y espejos, gente y nada, caballitos de cartón y dinosaurios de cartón piedra, para los niños más pequeños y más entusiastas. ¿Qué pasa? Nada. Lo de siempre. Va a haber elecciones y no saben qué hacer para que el ciudadano indeciso escriba, marque, señale, elija y que lo haga para el más listo, el mejor, el más capaz, que es el que alarga la mano y con su mejor sonrisa pide el voto, por favor, que ya la daré yo a usted un buen servicio. No vote usted a esos otros impresentables que tanto dicen que dicen y luego como si no hubieran dicho. Un campeonato de sonrisas, pero no hay que elegir a quien mejor sonría, sino a quien mejor sirva, gobernando, que no se olvide usted, señor candidato, que gobernar es servir y además le ruego, le pido, le exijo que la administración, la poderosa, innumera legión administrativa a sus órdenes valga para servir, quiera hacerlo, lo haga, nos facilite a los de a pie este tránsito, este vivir sin vivir, esta prueba de obstáculos de convivir este trance, y pare usted la mano del funcionario con vocación ejecutiva y deje suelto al que avisa antes de pegar, ayuda a cumplir, informa más que sanciona, teme más equivocarse al sancionar que al absolver, que ya se sabe que el que a hierro mata …

Compiten en público –con la lección preparada, la ficción, la mejor mueca, el gesto más atractivo, de este perfil, que el otro es más duro, quitándose la corbata, que parece dar más confianza al oyente, como si le hablases a la pata la llana, de igual a igual –por ahora, hasta que asciendas, con el combustible de los votos, a ilustrísimo, y no hace falta que me de el tratamiento, me basta con la potestad que me confiere, ya la daré yo a usted servicio, je, je-, pero me atrevo a insinuar que yo no quiero elegir en este caso un actor, sino un gobernante capaz, aunque sea feo, desagradable, sin maneras.

Me voy con mi libro a mi rincón, a discutir con el autor, buscarle las cosquillas. El autor está indefenso, cuando le digo que yo habría terminado el capítulo, la frase o la novela así o asao. No puede defenderse y confieso que me aprovecho. Le digo. Lo critico. Al final nos iríamos a tomar una copa juntos. Con dos piedras de hielo, por favor, sin soda. Espera que se enfríe un poco y bebe despacio, deleitosamente. Solo una copa, debe durarnos un sueño. Un sueño digno de tal nombre, debe durar más de una hora. Tanto que a veces se diluya en una cabezada y nos podamos quedar dormidos, cada uno en su fantasía o en su subconsciente, ambos antesalas, antuzanos de la muerte, espacios de inesperadamente luminoso paisaje en su zaguán. -

jueves, 28 de febrero de 2008

Si no son los pies
¿qué es lo que se cansa de este modo?
¿Los músculos?
¿los huesos?
¿O es el espíritu?, la vida misma, aquella energía
que antes te pareció inagotable, pero pasan los años,
que no son nada,
que ni te rozaron, ni sentías
que te tocasen la piel
y sin embargo …
-¿Qué has estado haciendo desde el martes?
-Me fui a la capital, hacía calor de primavera y por primera vez en muchos años, en un viñedo, vi trabajando a una pequeña multitud de unas diez a quince personas. También, con cierta aprensión, que le están poniendo al puente, uno de los más altos y largos, unos tirantes sobre que sacarán unas aletas para ensancharlo. Y vi cigüeñas. Unas volaban, otras, desde lo lato de las torres de las conducciones de alta tensión, señalaban, sin darle importancia, no sé qué punto cardinal, con la longitud afilada de su pico.

Trabajo, papeles, ese sueño desapacible de cualquier noche de hotel, durante que sabes, pero se te olvida, que no estás en tu cama, y duermes, pero consciente de que no es un sueño dormido en territorio habitual, con los rutinarios sonidos de otras noches en torno.

Más trabajo, más papeles, y de nuevo camino de casa, ahora con la insólita concurrencia de una lluvia paciente a veces, otras apresurada, como con prisa por acabar de llover e irse. Lluvia y noche se conjugan como si la parte más alta de la oscuridad se estuviera licuando y nadie puede asegurar que no sea así y mañana los ríos bajarán oscuros, como los ríos de las viejas cuencas carboneras, con las entrañas vacías de truchas, de algún modo amenazadores como lo es siempre lo que tira a negro, como aire de noche, que hasta puede dar miedo respirarlo.

Y hoy, que ya es jueves, con los papeles a cuestas y el trabajo hecho, a la otra ciudad más pequeña, a consolarnos entre libros amigos y la confortable sensación que produce que incluso los que discuten contigo, en este caso conmigo, son casi todos conocidos, y no como ayer, cuando iba por la calle y todas las caras pasaban y pasaban, cada una con su expresión y su palabra, acaso, recién dicha, o pendiente, o ya quemándole en la boca, y pude volver a experimentar esa sensación de la paradójica soledad de en medio de una multitud de desconocidos.

lunes, 25 de febrero de 2008

El tiempo esta mañana es redondo
como una manzana colorada, como la esfera
a que el viejo maestro
da vueltas, aburrido,
mientras recitamos una vez más, siguiendo el ritmo
la tabla
de multiplicar.

El tiempo, esta mañana, se persigue a sí mismo,
dando vueltas,
como un tiovivo, como las pescadillas que se muerden la cola,
va
como un hilo finísimo de luz,
haciendo lazadas, alrededor de la niña
que sueña,
mirando el río desde detrás de los cristales,
soñando que el tiempo, como un rayo
se pierde entre las nubes, allá en lo más pálido del azul
con que recatan, de día, las estrellas
su insoportable belleza.
Recorro parte, una parte muy pequeña, del mundo, y cuando llego, estoy allí, esperándome. Me encuentro, por la mañana, a cualquier hora que me levante, agazapado en el espejo del hotel, mirándome fijamente, diría que escrutándome y descubriendo con asombro que soy yo, el mismo del espejo de casa, me vuelvo a otro espejo y sigo allí, acompañándome como mis sombra, como la ya larga estela de mis hechos desde que nací, de mis actos desde que tuve uso de razón. Afuera, conmigo pero afuera, está todo lo demás, pero heme aquí, aparentemente de una pieza y sin embargo parcela de todo eso que aparentemente no me atañe. Si el hotel se viene abajo, por ejemplo, o hay un terremoto que asole la ciudad, o un grupo de asesinos pone una bomba, este castillo aparentemente cerrado en que consisto, se derrumbará, destruirá y en seguida, salvo para unos pocos que me recordarán apenas, si acaso en momentos, y eso mientras ellos mismos vivan o conserven la razón, y luego sería como si no hubiera existido, salvo incluso en el número de los no sé cuántos millones de habitantes que tenía el mundo este año, es decir, aquél. Entre todos esos millones, una brizna de hierba del prado, una hoja del follaje, ni siquiera del árbol, sino de la selva. Ese habré sido. Y sin embargo, si no estuviese ahora mismo mirándome en este espejo, la creación y el universo estarían incompletos, porque yo ya estaba, estoy en el plan inicial, igual de necesario que la revolución francesa o la torre Eiffel o el río Amazonas, o incluso el Nilo.

domingo, 24 de febrero de 2008

Es mejor no ahondar
en lo más profundo de la niebla del pensamiento
que estoy pensando
porque en el fondo de la razón está la locura,
más allá de la cual
se convierte la razón en un tormento, puedes
acercarte tanto a la posibilidad
de que sea verdad lo que piensas
que dejes de creer en todo, incluso
en tu propia existencia
y entonces
cuando hayas muerto
podría ser como si jamás hubieras vivido
y nadie sabe lo que podría ocurrirte en este horrible caso.
Leo con cierto asombro que un profundo estudioso ha llegado a las mismas conclusiones que yo, con mi modesto bagaje, comparado con el suyo. Debe ser que estoy en el buen camino para tratar de llegar al límite de mis posibilidades de acercarme a sospechar alguna de las características de alguna aproximación a la verdad.

Y en seguida cambio en tercio y se me ocurre que la memoria, esta útil herramienta, no puede ser lineal, sino que conserva, como fotografías en un álbum, imágenes de momentos concretos, pero que es bueno que así sea. No podríamos probablemente soportar la memoria fiel y exacta de nuestra trayectoria vital. Y tal vez por eso, cuando la vejez se va acentuando, apoderando de nosotros, la memoria de lo más reciente se difumina y la de lejos se fosiliza, pero cada vez en menor número de páginas del álbum, hasta que supongo que desaparece, como preludio del conocimiento.

Llovió, esta noche, se ha suavizado el frío, en vuelto ahora en humedad. Leo en el periódico que se me ha muerto un conocido de hace mucho, casi coetáneo, de repente. El jueves pasado, en la ciudad, nos saludamos, como siempre, sin saber que era la última vez. Nunca se sabe. Esta mañana, cuando iba a buscar el periódico en que viene esa noticia, semiescondida entre los apretujones de la creciente excitación electoral, cantaban con especial dedicación no sé si uno o dos pájaros. Anteayer, en el monte, que subí a hacer unas fotografías aprovechando los juegos del sol y la calima, el sueño del prado, junto al precario camino, estaba sembrado de margaritas y dientes de león, había cardos y una laurela profundizaba en el verdebrillante del haz de sus hojas con entusiasmo.

sábado, 23 de febrero de 2008

El amor es
el centro de todo, su origen
y su destino.

Flota en el aire, como los microbios y el polvo dorado
de meteoritos, cenizas y estrellas.

Hoy te infecciona a ti, mañana a mí, ¿quién sabe
a quién y qué día?

Es caprichoso, vaga
al azar, va y viene sin descanso, pero siempre,
mientras dura, es eterno
incluso aquí, de este lado brumoso
del espejo.
Bostezo, esta mañana, porque es domingo y se repite el sol, contra las amenazas de invierno que vienen del sur, donde antes no llovía y ahora llueve, y es posible que el invierno, ese caminante, carezca de GPS y no sepa los caminos para entrar en el valle en que antes solía a caballo de los vientos del norte. Bostezo, asisto a la ceremonia de comprar los gruesos periódicos de fin de semana, con sus revistas, sus discos, sus libros de esto y de aquello, los supuestos chollos que te venderegalan cortando un cupón, cursos de idiomas y de cocina, relatos infantiles. La abrumadora abundancia del primer mundo, que, si compras tres periódicos, en el chiringuito donde los venden te añaden y por supuesto cobran con la anunciada rebaja, pero cobran, un saco de innecesidades, bagatelas, baratijas, resúmenes, síntesis y demás quincalla.

A esta misma hora, me sugiere el otro yo con que me enfrento en el cuarto de baño con la afeitadora en la mano, se despiertan millones de habitantes de este planeta, con la grave preocupación de buscarse el modo de sobrevivir, a base de astucia y suerte, hasta mañana.

Y a esta misma hora, unos cientos, se despiertan preguntándose qué pueden hacer o decir hoy que contribuya a que ellos y su partido político ganen más puestos de representación y gobierno que los de los otros. Se disponen a dbatir con ferocidad las razones que deberían llevar a muchos ciudadanos a preferir su opción respecto de otras cada vez más parecidas entre sí.

No hay tiempo para bostezar, si de veras me propongo tratar de entender el mundo en que vivo.

viernes, 22 de febrero de 2008

Pongo el disco de blues,
se desgañitan, y advierto,
la ira,
la nostalgia,
la alegría,
el amor a la vida con que sin embargo cantan,
todos los que ahora están cantando,
me llenan
la casa,
de ira, nostalgia, alegría y amor a la vida.
Poco a poco,
me van incorporando a su coro, a su música,
y entiendo
por qué suponía aquel viejo poeta que la gente
es, a pesar de todo, una hermosa gente
Quitan, podan, desmochan, los árboles, que molestan a los vecinos con la hoja, la sombra, la pinocha, las sámaras, el olor de azahar, que haya flores en la ciudad, y alcorques, para que levanten la pata los perros, pero, eso sí, después se apuntan a defender las focas, las ballenas y poner coto a la deforestación y no sé cuántas apuntaderas más, que están de moda por la cosa del cambio de clima, que por otra parte les importa un pito, con tal de quemar y circular en coche por el mundo e ir ensuciando porque los que tienen que mantener el habitat son otros, unos otros misteriosos, ellos, a quienes al parecer conciernen todos los deberes para que a nosotros, los buenos de la fábula, se nos reconozcan todos los derechos.

Quedan ciudades pequeñas, silenciosas, lentas, alrededor de que aún pueden fotografiarse paisajes sin moles de cemento ni entrecruzado de cables, pero sus habitantes están muy tristes, ambicionan, querrían atajar a parecerse a esos monstruos de más de veinte millones de habitantes y miles de barrios y barriadas, que son como pueblos del primero al quinto mundo, donde ya no hay derechos y priva y manda el instinto de supervivencia, que te falla y estás más muerto que Carracuca.

Y es que nadie está contento con la suerte o el infortunio que le ha correspondido, salvo, suponía, esos algunos que nacen con su privilegio en el pico, como quien trae un ramo de olivo, pero me han dicho últimamente que ni siquiera esos están contentos.
JUEVES 21 DE FEBRERO DE 2008

El tren,
más aprisa que nadie, casi
volandero,
se ha comido el paisaje y donde antes
hubo árboles, casitas de juguete, ovejas,
asnos pensativos
y pastores absortos, no queda
más que un vago sonido y ya estás
en otra ciudad igual, y en otra, y en otra,
y, cuando vas a darte cuenta, estás
donde estabas,
como si nada hubiese ocurrido,
como si por fin hubieras descubierto con asombro
la mentira del tiempo
con que la eternidad en que vivimos se disfraza.
Comprendo que todo pasa, pero no puedo evitar echar de menos, sentir la añoranza nostálgica de algunas cosas: los viejos cafés, con divanes, espejos e interminables tertulias pautadas por los ficherazos de dominó que hacían trizas la concentración de los ajedrecistas del rincón; o, y muy especialmente, las viejas librerías donde los libros eran objetos de culto en sus hornacinas, había rincones oscuros, apoyos donde pararse a hojear, ojear y oler la edición de este cuidado tomo, espacios para conversar con el librero antiguo, casi siempre miope por afición a disfrutar de su mercancía o la librera sabia, despeinada, con sus zapatillas y los impertinentes colgados del cuello con una cadenita de plata, rincones y ocultas estanterías donde bibliófilos, aprendices o viejoverdes pasaban con santa unción las hojas del papel políticamente prohibido o el offset de las “fotografías de arte”.

La prisa, la urgencia, los atajos, se lo han llevado todo entre turbulencias de desagüe y ahora todo se compravende como puñados de canicas de pedernal, quisicosas de baratillo o baratijas de engañar al aborigen, desde los libros, amontonados bajo el banderín de “best seller” o de “novedad” ni siquiera por orden alfabético hasta los cafés encapsulados según sabor, que dentro de poco en vez de restaurantes tendrán por las calles dispensadores de pastillas de astronauta, equivalentes a gallina en pepitoria, cochinillo asado o faisán a la mode francaise.

La cantidad y la prisa se han comido gran parte de la calidad y el sosiego. A cambio, nos queda a los más viejos la añoranza.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Cuando atravieso la calle,
me cruzo con la gente,
siempre con ese aire y aspecto de ir a resolver algún asunto importante,
es mucho más difícil,
pero en la soledad,
en una inmensa estancia vacía, cuando parece que no hay nadie,
es cuando de veras
recobro
lo que nunca tuvimos: un momento
eternamente nuestro
de amor.
Al invierno le queda un tercio de vida, pero la abuela, antes del cambio climático, para ella inimaginable, decía que nunca se lo comían los lobos. En tiempos de la abuela hubo casi tantos lobos como ahora, que los protege la ley para que no se acabe su ulular de la sierra, Me pregunto lo que habría ocurrido si una ley, en su tiempo, hubiese protegido a los dinosaurios. O si hubiera habido ley del suelo cuando las viviendas lacustres. Que a veces nos empeñamos en conservar las piezas de museo, como si fuera posible ir convirtiendo pedazos de planeta en retales de memoria, cementerios de ámbar. Todo cambia y desaparece, inexorablemente, como las viejas costumbres que desenterramos a veces con tanto cuidado, soplándoles el polvo para restablecer sus aristas y tratar de apreciar los colores. Y nos complacemos en imaginarnos que las cosas eran así o de la otra manera, pero estamos ya fuera de aquel tiempo, en otro sin duda mejor y desde luego más cómodo para la especie en general y para cada individuo en particular.

He estado esta mañana en un libro que contaba una hermosa historia seguramente ocurrida porque todas las historias que alguien cuenta, por increíbles que parezcan, son historias que podrían haber ocurrido y por lo tanto es como si hubieran sido realidad pura y simple, es decir que han ocurrido, por lo menos en el mundo secreto de la cabeza de quien las cuenta.

Antes de colgar el teléfono, y ahora que me doy cuenta, dejadme decir que un tercio de invierno, un mes, es todavía mucho tiempo de invierno. Menos mal que el libro contiene muchas más historias, todas seguramente ocurridas, y, si nieva, puedo cerrar todas las ventanas y dejar que el autor me las vaya contando con ese estilo suyo que cierra el paso a la nostalgia porque todo pasa en un lejano país y entre aquello que cuenta y el momento actual del que lo narra hubo una guerra terrible, como por otra parte son todas las guerras, que incluso arrasó los castaños de la calle donde el autor vivía cuando era niño, y donde estuvo su casa y justo en la habitación y en la esquina donde su madre cosía con una máquina de coser de pedal hay ahora un manzano en el pequeño huerto de un patio de vecindad.

martes, 19 de febrero de 2008

Dame, Señor, la luz
y dame fuerza
para hacer
el camino.

No el que yo hubiese querido hacer, sino éste, por lo menos,
mil veces iniciado y otras tantas
fallido.

Dame, ya que no es posible que llegue
a ninguna parte, que complete
una
buena
acción
siquiera, y
fuerza para estar cada mañana alzándome
de la aridez del polvo seco del fracaso mío de cada día
y que la muerte me sorprenda
intentándolo, aunque vuelva a ser sin éxito, de nuevo.
Ha muerto Alain Robbe Grillet, que todavía me acuerdo de cuando me deslumbró la primera lectura de su “Jalousie” o de “Le voyeur”, cuando hablaba, éramos todos más jóvenes, de cambiar la novela, con pareja tentación de la sufrida por Unamuno, con los de la “nivola” o por Joyce, que confieso que sigo sin haber leído de un tirón –tal vez su “Ulises” haya sido concebido como libro de horas, para meditar sobre la inconsistente y quebradiza corteza de nuestra cultura, que al desarrollar la sofisticación de su espuma, se ha hecho frágil e inconsistente. Y por eso no debe intentar leerse de un trago, y mucho menos sin disponer de otro para de lecturas para hacer en paralelo y mantener el equilibrio.

Ha muerto, y, en paralelo, una coetánea con que me crucé en la obligada parada del semáforo, me acababa de comentar lo acabados que estamos los más viejos. Allá tú –le dije-, yo no me pienso acabar hasta que de veras haya muerto, me incineren y se disipe en la eternidad en que he decidido creer, la correspondiente voluta de humo grisáceo.

Otro día, si tengo tiempo, humor y valentía, contaré por qué humo grisáceo, que ni siquiera tenga la decisión de ser gris, con todas las consecuencias.

Robbe Grillet, apeado de “la grandeur” de su época juvenil, se complacía en la minuciosa descripción de ,o aparentemente insignificante en que sin embargo consiste la vida de un instante –como espacio de tiempo sin definición de límites y que por eso cabe que dure fracciones de segundo o millones de años-, según y la descripción del paso de una sabandija por una pared bañada de sol podía ocupar, como la de una sonrisa, varias páginas.

Cito muchas veces una frase de Chesterton que en su día me impresionó profundamente. La escribe en la novela o el cuento cuyo protagonista era un “hombre que sabía demasiado”, sagaz intérprete, deslumbrante investigador, que, al final del cuento, en la zona de nadie de una batalla, cae víctima de una ráfaga de disparos. El hombre que en vida había sabido demasiado –dice más o menos Chesterton, a quien estoy citando de memoria- sabía ahora cuanto vale la pena saber.

lunes, 18 de febrero de 2008

Hay un momento sin tiempo,
cuando ella dice: te quiero, y él,
te quiero –responde-, y ya está
hay
toda una eternidad
de amor.
El lunes se despereza con la frente cubierta de blandos jirones de niebla, humedad y ruido, rumor, de mar. El mar, la mar, que por aquí decimos, cuando quieta, respira; a poca brisa que haya, dice un rumor, que va creciendo, hasta que, cuando se encrespa, se convierte en amenazador rugido. La mar habla, se excita, refleja, exhala calima, neblinas y niebla espesa, con la que juega hasta que se cansa y la avienta, como prefiere hacer con el viento del nordeste.

Hoy, lunes, ya digo, se advierte que el tiempo en alguna parte está empeorando. El sol duda si lavarse las manos en este asunto del amanecer y solaparse bajo un ramo de nubes. Se estremecen las flores que habían cubierto los frutales antes de tiempo y ahora se dan cuenta de que podría hasta caer el granizo y dejar sin fruta a los pájaros y a los humanos.

Los humanos …, que, me informa el periódico, nada más extenderlo, que siguen vociferando y matando por las cuatro esquinas del mundo. Puede que ni se den cuenta de que es lunes, hay niebla y los frutales están cuajados de flor. Son cosas de que te das cuenta, supongo, cuando tienes aunque nada más que sea una miaja de tiempo y no está enfrascado en el vesánico empeño de matar, ese afán que nunca ha servido para nada porque de cada modelo de hombre que matas hay centenares más, que ocupan su sitio con frecuente anhelo de venganza. Todavía, entrando en el siglo XXI de nuestra era y obsesionados con el ojo por ojo de que resulta que cada muerte origina un torbellino de violencia que se alimenta a sí mismo de la creciente locura que genera. La violencia es el movimiento continuo, sueño por fin al parecer tristemente logrado por el lado oscuro de la alegría de vivir.

domingo, 17 de febrero de 2008

(Viene, como si estuviera equivocada, la primavera, con flores abiertas, botones, hojas nuevas en las puntas de las ramas casi recién podadas. Da miedo que no llueva, con las fotografías de pantanos casi tan secos como la imaginación política de este segmento del mundo del exceso, donde hay tanto que el problema es estar al día de lo que se inventa –eso que llaman, llamamos, gadgetmanía- y de lo que se publica –esa incontenible avalancha de libros, un verdadero alud, tantos periódicos, cargados de novedosas noticias acerca de las interpretaciones posibles de cada palabra, frase, norma, conducta- o de las invenciones manipuladoras del subconsciente).

La poesía, ¿será por eso?
hoy
se reconvierte en prosa, “prosema”, es la palabra
inventada para el caso.

La prosa tiene hambre de poesía,
esa prosa asilvestrada, o esa prosa
aristocrática,
quimérica.

Si hubiese un mundo especial, la prosa
estaría compuesta de malencaradas palabras,
revolucionarias
-¿y la poesía?
-sigues –respondería el fantasma de Gustavo Adolfo-
siendo
tú.
Hoy crecemos. Hay más gente en el blog y es probable que le pongamos coletilla al nombre. La otra gente que viene sabe escribir y dibuja, y es probable que ponga texto a unos dibujos sorprendentes por su expresiva originalidad.

Yo sigo. Creo que seguiré escribiendo hasta que se me caiga el boli de la mano, que es como decir hasta que no tenga fuerzas para presionar las teclas. Para obtener una nota, basta presionar una tecla del piano. Para tener una palabra hacen falta varias teclas. Tal vez cada letra equivalga a una nota y existan palabras, como hay frases musicales. Lo que pasa es que la música habla a una zona distinta, no sé si de las neuronas o del alma, y no es posible leerla en silencio. Y en cambio, el silencio mismo, que nunca es absoluto, puede ser musical.

Cambio el tercio para volver a hablar de las gaviotas, que han vuelto a aumentar en número y graznan a veces, como esta mañana, sin motivo aparente. Se alborotan, se entrecruzan. Algo o alguien, las saca de esa meditación a que se entregan habitualmente desde una atalaya alta, en el corumen del tejado, sobre la tapadera de la chimenea, en lo más alto de la hilera de farolas. Quietas, pensativas. Algo las altera y revolotean, contra su costumbre velera de ponerse al pairo, de cara al viento y fingir esbelteces que disimulen su aviesa condición de carroñeras, que es por cierto buena, para la limpieza de la costa, pero horrible cuando alguien se ahoga, y, flotando, se ensañan con los restos.

Y a propósito de tétricas tristezas, cito en esta esquina los cartelones anunciadores de la Semana Santa de este lugar, que es como si los encargasen a alguien aquejado de lo que llamaba mi buen amigo Alfonso Albalá la tristeza hermana, cuando la Semana Santa culmina en alegría, esperanza, luz, y el cartel de algún modo tendría que expresarlo, pero no. Se complace en una violenta cacocromía que agobia la mirada y es como si me la apartase en busca de un resquicio esperanzador que tendría que estar, pero no logro advertir.

Tendré que hacer como con los políticos, cada día un poco más enzarzados entre cardos, mirlos, zarzamoras y madreselvas, que en cuanto asoman en la tele hago clic y los escondo, si es en la radío, giro la ruedecita y se pierden entre jipíos, y si en el periódico paso página y entro en el pintoresco laberinto de los anuncios, que hacía tiempo que no leía y ¡válgame el Cielo! Se han vuelto también locos, como diría Obélix, estos romanos. -

sábado, 16 de febrero de 2008

Podemos engañar a casi todos,
incluso a los más sabios, y,
a veces, a los ignorantes sagaces,
podemos hasta engañarnos a nosotros mismos,
pero no al buen padre Dios, si es que existe,
y, si no existiera, ¿para qué tratar de engañar a nadie?
Vuelve a la carga Sánchez Dragó, que es como un otero en mitad de una llanura, palomera de todos los vientos, que se le arremolinan en la cabeza como si no hubiese crecido y me recuerda a nosotros mismos, mi generación, que como nuestros hermanos mayores habían librado una guerra, nos llenamos, a la salida, de hermosos ideales y maravillosos propósitos con que no sólo íbamos a cambiar, sino que mejoraríamos sin ningún asomo de duda el mundo y lo convertiríamos … ¿en qué? ¿tal vez en un lugar inhabitable? Cuenta lo de que solemos, los españoles, ser los que peor hablamos de España. Finge ignorar que España es variopinta, múltiple, mestiza, y, como tal, indestructible en su frágil multiplicidad de aparentes incompatibilidades, que lo cierto es que somos realidades complementarias. No lo entienden, nuestros políticos, y así les van las cosas. Ni somos nadie sin el vecino, ni sin el contradictor, con el que equilibramos la balanza de este ser sin ser del todo que nos caracteriza y a veces enfrenta, con gran sorpresa de amigos y enemigos. Acaba por amenazar con irse, tras de haber descubierto la tentadora perspectiva del Tao, que no tiene más defecto que el de ser antitética con la dinámica indispensable para la vida: lo ideal sería no hacer, pero hacer es indispensable para vivir. Con lo que el Tao podría ser la muerte, pero ¿quién te garantiza que la muerte no acelera la vida? El problema de Sánchez Dragó está un paso por delante de su tentación de escepticismo, cuando Ulises, que ya ha huído, tras de engañar a Polifemo, descubre que continúa siendo, y lo de Nemo fue una añagaza imposible, que por eso engañó con su originalidad al Cíclope. ¿O será que Fernando Sánchez Dragó nos estará considerando cíclopes a sus contemporáneos?

viernes, 15 de febrero de 2008

Cuando el paisaje nos haya olvidado,
quedará el camino solo
y otros vendrán a soñarlo. Me pregunto
si las palabras que dejamos, los gestos,
a medio decir y hacer,
las dirán ellos y se atreverán
a completar las caricias
que ahora no sé por qué no hicimos. Tal vez,
pienso ahora,
porque como no pensábamos volver,
quisimos guardarlas todas
en la memoria
sin la torpeza de mis manos, y
la ingenuidad de tus labios.
Por entre los claroscuros de la historia de España, pasa doña Juana, hija de los Reyes Católicos, madre de dos emperadores y por lo menos cuatro reinas, abuela del triste Felipe, el II, el del Escorial. Dijeron que estaba loca, algunos añadieron que de amor, yo diría que de haber estado encerrada la mayor parte de su vida y en concreto, durante medio siglo, día tras día, hora tras hora, en Tordesillas, que se mira al Duero y sorprende de su elegante porte de castellana vieja. Tengo siempre el propósito de sacarle una fotografía, a esa hora del atardecer a que en Castilla la luz se hace dorada con dorado de oro antiguo, cansado de serlo, reflejada en el río y vista desde el puente por que la carretera ahora elude la villa que no fue de realengo por ser domicilio de su majestad la reina de Castilla e Aragón, por herencia de doña Isabel y de don Fernando, triste cautiva. Nunca, cuando paso, quiere parar el que va conduciendo. También tengo el propósito de pararme en Tordesillas, preguntar cuál fue la casa y buscar un balcón de angustias, aquel desde donde más espacio se logre atisbar, del palacio donde languideció mi reina preferida de la historia de España, que me da mucha lástima y me inspira un vago sentimiento enamorado de sus tristezas desesperanzadas. Más de cuatro siglos, hace que murió en plena primavera, un día de abril de 1555, pero su sombra, apenas atisbo de neblina, flota al atardecer y de mañana a veces sobre el río inmenso, lento, cadencioso, que viene de haber soñado en Soria y va a morir en Oporto, con esa larga agonía de los ríos, que no acaba nunca.
JUEVES 14 DE FEBRERO DE 2008

El río que pasa
junto al molino,
le cuenta,
sin parar, cuentos, como Sherezade
al Sultán,
lo que pasa es que nadie se ha parado a estudiar
el idioma del agua,
nadie conoce el del viento, tal vez
estemos sordos, no entendamos
la voz
que nos describe lo verdaderamente importante.
Todos, o dejémoslo en casi todos, los espacios se van cargando, como antaño de leyendas, ahora de sucesos en novelas, cuentos, películas de corto y de largo metraje, y cuando llegamos, turistas banales, están marcados. Casi no quedan árboles sin señalizar con las iniciales de alguien que haya amado a su sombra. El amor escrito, herido en la corteza del tronco de un árbol es como si se hubiera escrito y así confirmado, autenticado, Un día estuve en el paseo de Machado junto a Soria, en la orilla del Duero. Allí también me sorprendió la paradoja de que junto a los árboles que soportaban iniciales de supuestos amantes faltaba vida. Levanté, recuerdo, una piedra y no había, como en otros lugares, debajo, sabandijas asustadas. El amor es vida, pero allí no la había sino en el agua de la inexorable corriente del ya majestuoso Duero, que, a poca distancia relativa, junto al Burgo de Osma, todavía todavía cabe saltar a pie enjuto. Perdemos originalidad cuando al recorrer Roma nos da la sensación de que falta la Vespa con Gregory Peck en los mandos y Audrey Hepburn en la grupa, camino, como nosotros, de meter cautelosamente la mano en la boca de la verdad. Hay un toque de artificialidad en nuestro modo de movernos por cada paisaje, por lo que tiene de decorado de alguna historia que alguien nos ha novelado. Esto de vivir es decididamente un lío. -

miércoles, 13 de febrero de 2008

La noche empieza hoy como una sonata,
con la luna aún creciente,
sin demasiada tristeza en su luz
y sin que necesite el paisaje, dormido,
ninguna música para ablandar sus límites y hacerlos soportables.
No los hay,
cada farola mira pensativa su cono de luz,
bajo en que enamorados,
muy jóvenes, se arreglan
la ropa
al salir de lo oscuro, con un beso doliéndoles
en la boca, y las manos obcecadas
todavía en buscar
tope al recuerdo de una última caricia
de la huída.
Leo un intrascendente libro de aventuras e incluso aquí, entre sus páginas, desliza el autor pensamientos microfilosóficos y noticias parciales de algún reciente descubrimiento científico más o menos aterrador, como eso de que ahora no sólo te vigilen cámaras más o menos disimuladas, sino que hasta es posible que lo hagan aburridos ojos a través de satélites lejanos, a la vez que se nos puede escuchar con aparatos de escaso precio que pueden comprarse en las que ya se denominan tiendas de espías.

Ya podemos vigilarnos unos a otros y espiarnos en cualquier actividad, por muy privada que parezca y poco interesante para nadie, toda vez que la mayor parte de lo que hacemos cada día, salvado que vivir sea todo lo importante que es como parte de un todo, es banal, rutinario e intrascendente, pero a nadie agrada saber que lo están viendo, aunque sea sin mirar y hay quien tiene a su alcance la constatación de nuestras manías, debilidades y mayores o pequeñas incorrecciones. Y puede que tener un conocimiento, siquiera sea potencial, de la actividad de los demás, puede contagiarnos el miedo característico de la paranoia, tanto a los observados como a los observadores, y todavía peor a los que miran, puesto que los otros, es decir, la mayoría de nosotros, vivimos a Dios gracias todavía inconscientes de la vigilancia de nuestros semejantes, que nos tienen como microorganismos, en la platina de sus microscopios, lejos y ajenos, pero estrechamente vigilados ¿para tratar en su caso, de mantenernos controlados como a los virus y las bacterias peligrosos para alguien?

martes, 12 de febrero de 2008

Dicen que los locos,
si son de amores,
lo están
más el día de san Valentín.
¿Por qué te querré yo tanto –preguntamos a la amada-,
mi dulce amada,
por san Valentín? Y ella, dulce, se derrama
sobre mi brazo,
miro
y es un ramo
de flores del jardín.
Las corté
para ti,
dulce amada, la víspera
de san Valentín.
Una en mi opinión aconsejable medida profiláctica para tratar de evitar la hipertensión arterial consiste en dejar de comprar el periódico, precintar la radio y sellar la televisión hasta mediados de marzo, cuando haya pasado este huracán y nos permitan recuperar la aparente calma, el sosiego de hablar de otras cosas, con la posibilidad añadida de que para entonces haya bajado la marea de telebasura que ha sucedido al pacífico disfrute de películas banales para después de la cena, de aquellas que permitían irse a la cama con la sonrisa rampante.

Cabe también refugiarse en películas que uno mismo elija y compre, que por añadidura estarán libres de anuncios y como consecuencia ni perderemos los más viejos el hilo ni nos quedaremos dormidos entre el de un lavavajillas y el aterrorizador pronóstico de lo que un día tendrán que hacer en los huesos de nuestras pobres dolientes mandíbulas para sustituir el viejo herramental cariado por huesecillos nuevos, relucientes, aptos para que no nos desechen como dicen que hacían los inuits con sus más viejos, cuando ya no podían roer las pieles.

O dormirse con placidez en un partido de fútbol de esos de ahora, todo táctica, pasecito y vicegol, añorando lo de diez para atacar y once para defender, en ambos casos con entusiasmo de un público enardecido, que ahora, para animarse y entrar en calor, tiene o que hacer la ola o que cantar solemnes himnos.

Lo que no recomendaría –que allá cada cual- es la atención prolongada, el exceso de exposición de las neuronas a los mensajes de las candidaturas. He oído decir que los daños pueden resultar después irreparables.

lunes, 11 de febrero de 2008

Nadamos en un mar de palabras,
si no hubiese palabras ¿cómo podríamos
intercambiar sonrisas, sorprendernos,
urdir
amor y desencantos? La palabra,
conjugada con todas las demás de todos los idiomas del mundo
es
tal vez cuanto tenemos. Fuera
de la palabra están las cosas, y puede que también
un paisaje o la música
que tratarían desesperadamente de inventar las palabras
para ser, como ahora,
espuma de palabras
calladas.
¿Cuántas leyes de la física están en juego mientras tus dedos recorren las teclas y brota esa melodía? ¿Cuántos milagros biológicos y combinaciones de músculos, nervios, huesos y neuronas hay en juego? Y todo para que te mire, hechizado, las manos hechas para asomar por los extremos de las mangas negras, gráciles, delgadas, activas y a la vez serenas como cuando hablas y van de un lado a otro, expresivas. Peor también es posible que yo no tenga nada que ver y sea casual este privilegio que me asiste al contemplar tus manos que van y vienen, dicen, silenciosas ellas, arrancando del piano, hace poco inerte, la maravilla musical que está inundando el ámbito, convirtiendo el aire en prodigioso vehículo de sonidos mágicos, combinados para salirse de palabras y colores e ir un paso más allá, donde no hay nada visible y sin embargo se mueve todo cuanto es posible imaginar. Se añade el saxo, enhebra las pisadas leves de tus dedos con un hilo que si pudiera verse sería dorado, tal vez hilo de luz recién amanecida. Me niego a saber, en este fugitivo momento, que apenas dura y en seguida será recuerdo impreciso, que afuera, a pocos pasos, cruza gente pensando en sus cosas, seguramente importantes, mientras tus manos me hipnotizan, encandilan, acarician con ese sonido que en cuanto repose en silencio su polvo alborotado será irrepetible.

domingo, 10 de febrero de 2008

Quisiera no estar –me mientes-,
existir en secreto,
mirando alrededor, con infinita curiosidad huérfana
de admiraciones y sentidos,
de piedad,
odio
y amor,
cuando, lo que pretendes
es controlarlo todo, ser casi todopoderoso,
lanzar desde tu Olimpo rayos exterminadores,
y redimirnos de la estupidez de no parecernos a ti,
ignorando que lo que nos gusta y hace todo lo felices
que cabe que seamos la gente mediocre,
es ser como somos y confiar
en que el buen padre Dios, que niegas,
nos salve a todos y a pesar de todo
Si arrancásemos capas de realidad a cada día nos iría quedando la pura esencia de cada cosa que nos atañe y mudaría la perspectiva de todo eso que ocurre alrededor y despierta nuestra curiosidad por menos que tenga que ver con nosotros. Por ejemplo, ahora mismo están discutiendo si hacer o no unas torres en la ciudad más cercana, la capital de la antigua provincia, ahora autonomía, si serán o no demasiado altas, o grandes, o desproporcionadas, o, muy por el contrario, adecuadas y principio de la nueva fisonomía de una ciudad, que, como todas, dice alguno de los encuestados, deben cambiar cada cierto tiempo. No leo que a nadie se le ocurra que las torres tendrán de bueno y de malo, aproximadamente un número equivalente de razones y otro, asimismo equivalente, de sinrazones favorables y contrarias a su adecuación. Es lo divertido de este mundo: que todo sea relativo y sin embargo se radicalice por quienes se empeñan en mirar siempre desde la misma perspectiva. Yerra quienquiera que opine que las cosas han de ser blancas o negras, cuando existen tantos matices y tonalidades de gris. Muchos de los funámbulos que en el circo trabajan sin red, usan, para garantizarse el equilibrio sobre la cuerda, una larga barra. Pasa aquí lo mismo con las encuestas, cada opinión más radical alarga un poco más la barra equilibrante del funámbulo que en última instancia haya de decidir y que, decida lo que decida, tendrá una multitud a favor y otra en contra. Es asombroso que cualquier cosa que se haga merecerá críticas favorables y adversas en parecido número, y que incluso si decides no hacer, refugiarte en la inanidad, te preguntarán por qué no te mueves y haces, y viceversa. Deduzco que forma parte de la humana condición que cada uno de sus grupos esté siempre dividido, como lo está cada individuo, en una inconmensurable cantidad de facetas contradictorias susceptibles de producir parecidos entusiasmos.

sábado, 9 de febrero de 2008

Di una palabra cualquiera, es
sólo para oír tu voz, escucharla,
cómo se mece en el aire,
es para saber que estás,
que vives.

Di una palabra que no signifique
nada,
puro sonido, tal vez
con un grito baste para detener la llegada del día
justo en este momento, ahora que la luz
no ha inventado ningún color,
ahora que el silencio
es como la imaginación de un niño.

Y dijiste mi nombre.
Pongo la música, con los cascos, para mí solo, es como si, ¡qué tontería!, la interpretasen en exclusiva, ya que nadie más puede oír y por añadidura y nuevo milagro de la técnica, estos cascos emiten no sé explicar qué onda que bloquea el sonido exterior y aún me separa y aísla más de lo que está ocurriendo alrededor. Me supongo fuera del mundo, en otro en que el sonido me absorbe, asimila y convierte no sé si en parte de la música que escucho o ambos nos encajamos de tal modo, música y yo, que todo forma ahora parte de un bloque que se va disolviendo en lo que escribo, gota a gota, palabra a palabra.

Ahora, aquí dentro de mi digamos armadura, que para mayor atractivo, no pesa como aquellas que ahora ponen detrás de las puertas de las tiendas de antigüedades y en los rincones de los castillos restaurados, me considero fuera, aunque puede que no a salvo, de todo este intrincado tejemaneje que urden los protagonistas de los partidos políticos para inducirnos a votar en unas próximas elecciones, a un mes vista. No se salva nadie de la obsesión de los candidatos, de sus asesores y de sus edecanes y demás ayudantes. Ni los sacerdotes ni los jueces, que, digan lo que digan, serán, para estos cautos candidatos sospechosos de pretensión de favorecer al otro, el contradictor, el enemigo, el malo.

Una verdadera pena tener que bajar de la montaña, reintegrarse al vaivén de estos encantadores de serpientes que tocan sus flautas a nuestro alrededor. Dentro de poco más de un mes habrán callado, estarán echando cuentas y buscando el modo de mandar sin explicaciones, en asuntos que no están para bromas ni ensayos. Asuntos que requerirían gente imaginativa, fuerte, sosegada, flexible, enérgica, comprensiva, atenta. Busco un hombre, decía ya Diógenes en su tiempo.

viernes, 8 de febrero de 2008

Hay un ciruelo en flor en la ladera. Nace,
casi un milagro, entre la piedra dura, aprovechando
una herida
de la tierra
cansada.
Hay un ciruelo en flor, mínimo,
equivocado,
adelantado de la primavera,
que es como una chispa, un loco, un sueño
en que a pesar de todo sobrevive
la esperanza
de sobrevivir a otro invierno.
Ayer en dos librerías, hoy en el quiosco de los periódicos, me sorprende la impresión de que estamos habitando una civilización decadente. Lo pone de manifiesto la abundancia de publicaciones que nuestro grupo social no pude asimilar. Está en mi opinión claro que es imposible que se venda y que se compre todo lo que se publica de libros y de revistas, que se desparraman incluso por el suelo de los establecimientos y hasta se salen al exterior y en ocasiones se amontonan en las aceras. Lo digo porque da la impresión de que nos esforzamos en dejar cumplida memoria de nuestra garrulería y del comportamiento de nuestros ejemplares más exhibicionistas. Esos que últimamente venden y hay quien les compre la noticia de cuantos hechos, que no en mi opinión acontecimientos, les conciernen o de algún modo siquiera sea periférico atañen. Les llaman exclusivas y llenan páginas y espacios a todo color, matizado y sublimado por comentarios disparatados de banalidades sin la menor trascendencia, como no sea para sus protagonistas inmediatos. Se hacen novios,, se casan, tienen hijos, se separan o se divorcian y al parecer cada uno de estos hechos, sin duda importantes para ellos, interesa a una incontable cantidad de gente, que me recuerda y justifica a las viejas correveidiles de los pueblos sin radio, televisión ni prensa, que ya en su tiempo disfrutaban con el chisme propalado de boca en boca, que incluso podía llegar a encerrar a sus víctimas en sendos capullos de que por fortuna aún cabía la probabilidad, es decir, más que la mera posibilidad, de que naciesen mariposas de vivos colores.
JUEVES 7 DE FEBRRO DE 2008

Hay una pequeña bandera,
arriba, en lo más alto
de mi montaña.
Cada vez que suben y conquistan –dicen-
su cima, victoriosos, atléticos
montañeros, hay un elfo
que la retira, espera que se vayan
y la vuelve a clavar, con una sonrisa de desprecio.
Nadie puede –me dijo un día- mientras ambos
contemplábamos el atardecer con nostalgias distintas,
conquistar ninguna montaña.
Llegan exhaustos, echan una mirada, si acaso
clavan una bandera
y huyen, y la montaña recupera
su inconmensurable libertad
el solitario silencio
que sois incapaces de comprender los hombres.
Ahora todo es demasiado, y como consecuencia, también lo son los desechos, lo que antes llamábamos basura y cabía en cualquier rincón y el ayuntamiento lo tiraba en un mínimo vertedero a donde no iba nunca nadie. La basura está amenazando con echarnos de la ciudad. Se aprecia cuando dura más de un día cualquier huelga de funcionarios municipales y se amontona, ominosa, por las esquinas, a las puertas, tapando las calles. O cuando vas por la carretera y ahí mismo, casi al alcance ya de la mano, se alinean y apilan los coches rotos, aplastujados, destrozados, despiezados y abandonados en cada vez más extensos cementerios de chatarra progresivamente más y más ferrullenta, que es la manera local de decir que oxidada. Ahora se han reunido, leo, sesudos varones que han discutido qué hacer con lo que nadie quiere y nadie sabe qué hacer con ello, por lo menos cuando su presencia o su acumulación amenaza con herirnos, inficionarnos o incluso matarnos, que eso no sería lo peor, que lo pero sería que contribuyese a irnos expulsando, reduciendo, reconvirtiendo en nómadas de los que antes seguían a la caza o buscaban nuevos pastos para sus rebaños y ahora trataríamos de encontrar territorios habitables. Dicen que hasta afuera, más allá de la atmósfera, se van acumulando piezas, trozos y máquinas de desecho que giran a nuestro alrededor formando tal vez anillos como los de Saturno, por ahora ralos, pero a la vuelta de poco quién sabe. Y que en el fondo del mar, por ahora sellados, se amontonan en un mundo hace poco exclusivos de los calamares gigantes y los ciegos peces abisales, los residuos de las investigaciones nucleares. Espero que a ningún monstruo de las profundidades se le ocurra mutar las eventuales tenazas en abrelatas y nos reenvíe la letal basura resultante de este entretenimiento nuestro de ir estrapallando y quebrantando los brillantes componentes mínimos de cada átomo que habíamos supuesto última partícula de lo que cada vez puede ser más pequeño, hasta llegar al vientre de madera de la última muñeca rusa, que fue la que abrió Pandora una vez.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Debe ser hermoso
tomar entre las manos el barro, la madera, el mimbre
o la herramienta
y, corta de aquí, urde de allá, ir dando
forma a personas, cosas y sueños.

O mezclar y poner los colores,
las notas musicales, y que nazca
la melodía,
el cuadro,
la apariencia de vida inmortal.

Debe ser hermoso.
Las cosas pasan cuando pasan, y no cuando se teme o se espera que puedan ocurrir. El temor, sin embargo, o la esperanza, nos hacen repetir cada experiencia, real o virtual, como si cada vivencia acaeciera en multitud de ocasiones, incluso con la parsimoniosa lentitud con que se teme lo malo que se imagina.

Acechamos la posibilidad de lo que nos gustaría con incredulidad, y, casi siempre, que pueda pasarnos lo perjudicial con sensación de probable inminencia.

Creo que no hemos aprendido, después de tantos siglos, la especie, a dominar amplios sectores de nuestra capacidad mental. Dejamos actuar lo que llamamos subconsciente, sin pararnos a pensar que es probable que se lo estemos llamando a una parte del consciente que estamos llamados a utilizar un día más o menos próximo con la misma naturalidad con que usamos hoy las partes de cerebro que manejamos sin necesidad de previo adiestramiento especial. Domesticaríamos la imaginación y el recuerdo, que, amalgamados, configuran las nubes de la esperanza y el miedo y las cosas, las buenas y las malas, nos ocurrirían sólo una vez, y no como ahora, que nos toca la lotería mil veces y ninguna y morimos otras mil y sólo una, en realidad.

Concluyó ayer el Carnaval, se inicia hoy la Cuaresma. No es como antes. No está mi madre, que me tomaría de la mano para que ir a que nos impusieran la ceniza simbólica y se celebran carnavales fuera de plazo con el pretexto de que no coincidan con otros y los desluzcan. Los carnavales en Cuaresma no tienen sentido, como no lo tendría una anticipación de la Cuaresma que invadiese ni el entierro de la sardina, que en el fondo debió empezar por ser como ese silbido del niño a que mandas al oscuro piso de arriba a buscar algo sin cuenta y consideración de las dimensiones de su miedo a las sombras que hay dentro de las sombras y a veces se espesan en los recovecos y esquinas de las otras sombras, que se mueven y distinguen como sólo podría describir quien haya tenido miedos nocturnos de niño imaginativo.

El espíritu de la Cuaresma se ha retirado a las iglesias pequeñas, recoletas, dejando las catedrales abiertas y expeditas para que durante estas minivacaciones las visiten los turistas y las excursiones de extenuados jubilados que disimulan como pueden el dolor de pies, la confusión y la esperanza de volver a casa que los asaltó nada mas atardecer el primer día de excursión, que es cuando les roza la niebla de su respectiva nostalgia la mejilla de la soledad.

Se ha levantado un frío vientecillo como un escalofrío del aire que pasa y se va haciendo viento allá arriba, donde la nieve y el lobo, donde cada monte, por pequeño que sea, hay días que llega hasta las nubes y por encima sueña, seguro que sueña.

martes, 5 de febrero de 2008

Recuerdos mínimos
como esos planetas infinitesimales, de polvo,
que flotan. Brillantes
en cada remanso de un rayo abandonado por el sol
en el viejo desván
recuerdos
de gestos ya imposibles,
que no hicimos entonces, cuando entonces ya es nunca,
hundido en el pasado, que tal vez
no haya ocurrido nunca.
Recuerdos que ayudan a vivir,
cuando casi no queda tiempo ya,
como si hubiésemos vivido
aquello que soñábamos.
Un ser humano puede convertirse en herramienta de matar y utilizará entonces su razón para hacerlo lo más eficazmente posible, es decir, del modo más “racional”. Lo va contando este libro fascinante, espantoso, que desde anteayer vengo leyendo. Pasa en la guerra. ¿Una patología sólo posible previas determinadas condiciones, una, digamos predisposición genética? ¿Dónde empieza y acaba lo que en última instancia somos, despojados de todos los ingredientes que nos disfrazan hasta tal punto que nos resulta difícil conocernos a nosotros mismos? Incluso la sabiduría popular de Sancho nos avisa: “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. Asusta descubrir esta hondura en el fondo de que hay una pizca de lo que nos caracteriza y diferencia de cualquier otro individuo, como una huella dactilar, un peculiar escorzo de la arquitectura genética o las rayas de las cebras, que me he enterado hace poco que son todas diferentes, según el individuo de cada manada. Y no poder, o no saber, o no atreverse a hundir la curiosidad hacia dentro, ávidos de reencontrarnos y de reconocernos, y menos cuando ya estamos avisados de que cabe la posibilidad de que nos encontremos con nosotros mismos y pasemos de largo, sin conocernos. ¿Cómo, si no me conozco, podría reafirmarme en ser como soy o arrepentirme? ¿Hemos de hacer nuestro camino a tientas? Y sin embargo, alrededor, el paisaje de cada día sigue abriéndose como una creación nueva, que, por la mañana, temprano, tiene el aire tan limpio y recién hecho que se olvida uno del cambio climático, y de la disparatada desorganización de la sociedad humana, que contrasta con el orden y concierto de la naturaleza, la armonía cambiante de su colorido y ese sonido musical del viento y el agua, que hoy desagarra el graznido inesperado de las gaviotas excitadas.

lunes, 4 de febrero de 2008

Creo que existe el mundo,
un apretado sueño, una imposible
multitud que camina
hacia no sabe dónde,
afanosa,
cruel, despiadada o llena de ternura,
consciente
de que no tiene tiempo para nada, pero tal vez
haya una eternidad del otro lado del espejo
o un amor tan inmenso
que baste para explicar incluso el odio.
Creo que este temor,
el afán de llegar, que nos mueve,
el dolor del camino y, a pesar de todo,
sentirme a punto de ser no sé qué absolutamente indescriptible,
es la vida.
Hay casi siempre, yo diría que siempre, tras de un acontecimiento tan extraordinario como son todos los que se salen de la rutina nuestra de cada día, quienes escriben a su respecto, cuentas lo ocurrido según las consecuencias inmediatas, las que directamente afectaron al narrador. Y si el acontecimiento fue importante y lo cuentan muchos, habrá multitud de versiones, que todas serán las respectivas verdades subjetivas, que, por comparación, por muy ciertas que sean, parecerán todas mentiras. Luego vendrá la segunda tanda de narraciones, casi siempre interesada, que habrá recopilado aprisa y corriendo algunos datos, y, con presunción de objetividad, volverá a equivocar, concedo que hasta de buena fe, a sus oyentes. Y sólo al correr de mucho tiempo, tras de muchos estudios y lecturas y una paciente recopìlación de datos, aparecerán los primeros relatos aproximados por fin a la realidad sin adjetivar por el historiador.

El hasta ahora último premio Goncourt me parece, habiendo leído, advierto, nada más que dos capítulos, que es un ejemplo de lo que digo, con su desapasionada relación de las atrocidades que compusieron la segunda gran guerra mundial del siglo XX, librada una vez más sobre los campos empapados de sangre de Europa, y, como novedad, isla por isla de muchas de las del océano paradójicamente llamado Pacífico.

Cierro el libro y me quedo pensando una vez más, preguntándome quién es culpable de que personas que individualmente se recibirían y relacionarían en casi cualquier circunstancia con respetuosa y hasta amable cortesía, de pronto, odiándose, arremetan unas contra otras con ese afán de exterminio que caracteriza a las guerras.

Hay, sospecho, quienes como esos capos de los cárteles que reparten drogadicción por el mundo, deciden repartir la letal droga de las palabras envenenadas que inficionan de odio o de rencor, de ambición o de envidia, de desesperanza y desamor. Las palabras no tienen la culpa, son como armas o como herramientas, por sí mismas inertes. Es la mala intención de quienes hasta paradójicamente cabe decir que haciéndolo de buena fe, las envenenan, la que cuenta. Cuando baja la marea, sus nombres quedan escritos sobre la arena húmeda, que al subir borra de nuevo la mar para que todo vuelva a ser posible. Creo que fue Brecht quien con la mayor desesperación escribió aquello de que no debería regocijarnos la muerte de cualquier tirano, cuando la perra que lo parió estuviese de nuevo en celo.

domingo, 3 de febrero de 2008

Se aplica el agua
en estar viva, ser reflejo, espuma,
murmullo sobre que el árbol
deja caer, curioso,
el desmayo, ahora desnudo, de sus ramas.

¿Sabe el agua
lo cerca que está la mar?

¿La apresura su nostalgia
o es, como en nuestro caso, ingenuidad,
mixtura de esperanza,
imprevisión y prisa por saber?

¿Por qué corremos tanto, si es tan breve
el chasquido de látigo del tiempo?
Salgo, es domingo, con mi buen amigo Bond, que aún cojea a veces, como si recordara de cuando le dolía, y, como es domingo, ambos hacemos un poco de ejercicio para viejos, damos el paseo largo, recorremos ambas márgenes del río, baja él, a husmear, rampa abajo, espanta, alegre, a los patos y del otro lado del puente encontramos a otro amigo, mío éste, no de Bond, que cuando ya ha reconocido la esquina, levantado la pata y marcado su paso, tironea del hilo que lo sujeta por el arnés. Mi amigo comenta que hace frío y que el dinero no importa. Claro, le contesto, deja de importar cuando sobra, y, si no eres demasiado ambicioso, en cuanto basta, pero ¡hay que ver cómo se echa de menos cuando falta!, cuando no llega y no hay manera de suplirlo. En la panadería, visita tan habitual como la del quiosco de los periódicos, se queja un marido de que su mujer le tasa la ración para que no engorde.

-¿Lo veis? –nos pregunta al panadero y a mí, que estoy pendiente de que Bond no salga a media calle siguiendo un enigmático rastro de probable semejante en celo-, un solo bollo. ¿Os parece –gime- bastante un solo bollo para todo el día y para un hombre como yo?
-Compra tres –le sugiero- y unas lonchas de jamón y vete muy despacio, comiendo dos bocadillos, camino de casa.
Se le ilumina la expresión.

A uno no le preocupa el dinero y a otro lo que lo preocupa es que no le dejen invertir en pan y comérselo. ¿Será Bond, por lo menos, feliz? Diría que no. Pienso que le gustaría que saliésemos, pero que lo soltara e ir por delante, cruza aquí, remolonea allá, a su aire, mirando de reojo de vez en cuando, para comprobar que no estoy demasiado lejos. Pero hay demasiados coches, incluso hoy domingo, que todavía no salieron todos, y tiene que conformarse.

Hay una nube alta, que hace de sombrilla, y alrededor tiene un anillo azul impregnado de luz. Antes de entrar en casa, Bond levanta el hocico y olisquéa, no sé si la inminencia del carnaval o la de la lluvia.

sábado, 2 de febrero de 2008

Viene el carnaval, por eso
me quito ese ropaje, la careta, el pelucón,
la sonrisa,
y aparezco tal cual soy,
ya nadie me conoce,
por mí ya puede
empezar
el
carnaval.
Definición de fundamentalista que se me ocurre un sábado por la mañana: aquél que en mi opinión se equivoca pensando que sólo hay un camino para ir hacia Dios.

La vida se diferencia, también en mi opinión, del álgebra en que así como algunas ecuaciones no tienen más que una, en la vida todo tiene varias soluciones y cualquiera de ellas podría resultar acertada por válida, pero con distintas consecuencias añadidas. Pasa como con los medicamentos, que suelen tener un amplio espectro de consecuencias, unas útiles para curar la dolencia a que se aplican y otras que pueden generar dolencias o complicaciones nuevas.

¿Qué a viene todo esto? Pues probablemente a que ha vuelto el sol y arrinconado la tristeza que da esa especial oscuridad del cielo bajo, grisucio, casi amedrentador, que sin embargo da lugar a los numerosos, hermosos ruidos, soniquetes, rumores y estruendos del agua viva en que consiste también la lluvia. ¿Hay alguien que no haya tenido nunca la tentación acuciante de salir a sumergirse, recibir uno de esos chaparrones desmesurados con que nos cubre a veces el invierno?

Y a que un conocido, ayer, va y me espeta: te he leído ese artículo; criticas a unos y a otros, ¿qué, coño, eres tú, socialista o individualista, de izquierdas o de derechas? Estoy pendiente –le contesté y así creo que enfurecí un poco más- de que unos y otros me defináis vuestras respectivas características. Yo, entonces, adelantándote ya que es muy probable que apoye a cada uno parcialmente, os diré a cuál y por qué de momento y en esta ocasión provisionalmente prefiero. Un chaquetero –me dice- es lo que tú eres. Y yo: llámale como quieras a quien opina que ninguno tenéis toda la razón y sin embargo cada cual tiene algo rechazable y algo aprovechable, de modo que alternativamente podéis resultar preferibles para cada circunstancia político o económico social. Se fue bufando. También en política hay fundamentalistas.

viernes, 1 de febrero de 2008

¿Dónde estás cuando no puedo recordarte
como no fuiste nunca, sueño,
proyecto,
escapatoria al mundo de al lado,
donde suena el recuerdo de lo que podríamos haber sido
y se urden los sueños?

¿Dónde
estás
hoy?

Compréndeme, ha empezado a llover, y los cinco sentidos
envían mensajes de tristeza a la imaginación
de los adolescentes encerrados en sus cápsulas,
ahogados
por la ternura de sus ciegos amores,
la esperanza de cambiar el mundo,
la sensación, a veces,
de haber llegado a viejos sin madurez, con la ilusión intacta
como una extravagancia,
un ridículo disfraz
de payaso
esperanzado y esperanzador, payaso triste,
alcanzado, como en una gota de ámbar,
por la luz
de la luna.
Ha sido sin más. Llegó la lluvia y estábamos tan ajenos y desacostumbrados que me sorprende lo oscuro de la tarde invernal y el brillo serpentino de los tejados que en mi pueblo son casi todos de pizarra, que, cuando llueve, adquiere una calidad intermedia entre el aspecto del acero y el de un bruñido espejo sin embargo opaco. Bond, el perro, sale al zaguán mínimo, ventea alzando un poco el hocico y se vuele a casa, pesimista. Como buen cocker lanudo sabe, es perro viejo, que si se le empapa la pelambre estará incómodo y hasta reumático, que por equivalencia ya son los suyos casi sesenta y tres años y por eso implícitamente nos dice que mejor no salir, que si acaso una pizca, acera abajo, para aliviarse más o menos dignamente fuera del hogar. Luego tú limpias –me insinúa- con el mirar dulce con que habitualmente me procura enternecer, el muy cuco, cuando le conviene. Tampoco te cuesta tanto –insiste en su mismo mirar, que, en cuanto ceda, será una sonrisita de suficiencia-, y, claro, acabará por convencerme y cuanto antes ventilemos esta indigna claudicación, mejor para mi autoestima. Suenan los canalones, que recuperan, como viejos instrumentos mudos, el impulso que les permite echar su cuarto a espadas en la melodía, a veces ruidosa, hay veces que algarabía, otras nada más que susurro, que evidencia que el pueblo –la villa, en este caso-, sigue vivo, respira, sufre y se alegra. Se me ocurre advertir que en el universo y en cada una de sus parcelas más o menos divididas o indivisas, constantemente se equilibra el hecho de vivir mediante acontecimientos que producen alegría o pesar, complementándose, enjugando cada grupo de unos las consecuencias de los de sentido opuesto. Puede que otro modo de definir lo que es la vida, ese misterio de innumerables facetas e incontables definiciones y descripciones es el equilibrio en que consiste y nos mantiene a la gente en la posibilidad de ser o haber sido o estar para ser o siendo un poco como los mosqueteros del rey de Francia, que eran –decían-, como los miembros de la humanidad en tránsito: todos para uno y uno para todos.
Cuando llega esta hora
y el día ha dejado ya de serlo, es
umbral de la noche,
cuando nada es seguro,
ni siquiera que haya mañana, y los problemas
se agigantan como esas sombras
que nos alargó desde su ocaso el sol,
cuando llega esta hora, es la de huir,
refugiarse nonatos bajo las sábanas, indecisos,
dudando:
¿será verdad? ¿estaremos aún
vivos?
Viajo muy de mañana, con ese sol de invierno, tenaz, bajo, que juega, sombra luz, pienso que sonriendo, a provocarme para que deje de leer el periódico, que viene, por cierto, cansado de noticias y, en medio, con su suplemento en que hablan de libros, los critican, me entero de que se han publicado no sé cuántos más. Hurgo en la librería y me encuentro uno que me sugiere un artículo para un periódico. En seguida, aprovechando parte del viajes de vuelta, se me ocurre preguntarme si habrá gente bastante para leer tanto como se escribe. No parece posible que se vendan tantos periódicos como había ayer, y tantas revistas, ocupando los alrededores del quiosco, desparramados por entre los peatones de la calle, al lado del hotel. Bueno, en realidad tampoco me parece que merezca mucho la pena leer por ejemplo lo que yo escribo. Ni siquiera un diario. Tal vez un recordatorio por si pasa cierto tiempo, si lo reencuentro, ya papel viejo, ordenador retirado, saber cómo fui un día.
MIERCOLES 30 DE ENERO

Me acuerdo especialmente de aquella librera,
quintaesencia de la tristeza, que nos sonreía,
desde el otro lado de nadie supo nunca qué penas inconsolables,
en que,
si llegabas de pronto y estaba distraída,
la intuías morir entre los libros.
¿Cómo podrá –pensábamos-
con todos esos hermosos, envidiables,
inasequibles libros a su alcance,
dejarse así morir
de melancolía?
Un día crecimos, nos fuimos, la vida
nos llevó, nos trajo a otros mundos.
Un día que volví, la vieja, oscura, honda librería
se había hundido, desaparecido
en el tiempo.
Nadie en el barrio recordaba que hubiese estado allí, pero ahora
era una tienda
de flores, compré una, una rosa muy roja
y la dejé en la acera.
Navego entre un mar de libros. Ya no bajamos a las viejas librerías polvorientas donde encontrar un libro tenía algo de hallazgo de tesoro y teníamos, porque éramos tan jóvenes, que recontar el dinero y comprobar que nos daba para comprarlo. Ahora, los libros se amontonan iluminados implacablemente, bajo unos letreros indicadores de su especie: novedades, ocasión, bolsillo, policíacas, novela histórica, y de pronto, como especialidad, best seller. En un anaquel especial, del uno al quince, “los más vendidos”. Sobre una mesa “los últimos sudamericanos” y en otra “negra extranjera”, NO sé por qué le han puesto el mote de “negra” a la novela policíaca. Echo de menos a mis libreros antañones, que alguno, de joven yo, hasta me fiaba con singular temeridad que podría haber defraudado. Y a aquellos editores de los años difíciles por escasez inconcebible de lectores y de dinero, que a pesar de todo se atrevían a proporcionarnos el deleite de unas cuidadas ediciones en que trabamos conocimiento con Woodehouse, Charles Morgan, J.B. Priestley, Chesterton, Wells, y en seguida, Faulkner. Ya no hay libros que hallar como tesoros. Casi todos, transcurrido poco tiempo, se convierten en basura y desaparecen. Te mira la señorita del gran almacén, abre mucho los ojos, consulta su pantalla del ordenador y sonríe: “descatalogado”.
MARTES 29 DE ENERO DE 2008

He visto la calle,
la misma calle, pero otra, en realidad,
vista
ahora, con estos ojos mucho más cansados.
Hay comercios diferentes,
quitaron la terraza, tal vez porque es invierno,
o
quién sabe si porque no vinimos hoy,
tampoco,
ni ayer ni el año pasado, ni recuerdo ya
desde cuándo.
En los mismos alcorques
siguen las mismas hojas de periódico. Tal vez
sigan diciendo lo mismo sin que nadie se haya dado cuenta
de que es otro el sol, tal vez nieto
de aquél.
¿Es trampa? Debo los textos del martes, del miércoles y del jueves, es decir, el de hoy. Todos ellos de viaje, una vez más, para ir a intercambiar palabras al otro extremo de su trayecto. Sol al ir del martes, nieve al venir del miércoles. Así es el invierno. Tramos de autovía en que frenéticos trabajadores se afanan preparando alguna inauguración. Otros tramos de soledad. Sin más que otros coches que se quedan o adelantan, multitud de grandes camiones, y, llegando a Madrid, la interminable, numerosa caravana múltiple que es como una procesión de luces que vienen de cuatro en fondo por los carriles contrarios, a aquella hora de salir del trabajo y ¿huir? ¿De qué huye la gente que viene a dormir a las aglomeraciones dormitorio que rodean la capital como sus anillos rodean a Saturno, implacables?