sábado, 31 de marzo de 2012

Nada que objetar al desánimo de los desanimados. La televisión, eco en este caso del los hombres y las mujeres del tiempo, ha avisado de que el lunes lloverá y el jueves y el viernes de Semana Santa arreciará el temporal de lluvias de abril, aguas mil, que al parecer quiere hacer honor a su nombre.

Subirá, hala que te corre, la procesión del jueves, sin perfume de madera quemada, primaveral, y las demás saldrán o no, según los claros. En la iglesia se atragantarán con el incienso varios alérgicos, que, como todos los años, han de insistir en tratar de soportarlo, y, a pie de retablo del altar mayor, firmes como en la mili antañona, se estarán los cofrades de guardia.

Cuentan hoy los periódicos de la regañina no se si episcopal, archiepiscopal o del Santo Oficio a un teólogo gallego cuyas cavilaciones se tildan de asomarse al hondón de la herejía. Se cruzan corteses, pero tensas comunicaciones directas e indirectas, Asusta, por lo menos, que se enfrenten los que dicen estar más enterados y seguros, cuando a tantos de los menos enterados nos estremecen tanto los novísimos.

La gente se sigue apuñalando, alegre y torva a la vez, en los mechinales de cada noche de primavera, como si fuese invierno. Impertérritos, los del mínimo escenario de la ventanilla de cada estar comedor del país, sin parar siquiera mientes en las estrecheces del presupuesto del Estado, siguen enredados en sus dimes y diretes, de ahora me caso, ahora me descaso, te quiero, no te quiero, y una riada de euros acompaña cada banal evento, que abre los ojos y se entra y apodera del magín de una audiencia que dicen creciente. Aumenta la sombra y se apodera de Fantasía, se nos escapa el mundo de las manos y si gritamos pidiendo ayuda, las vaharadas de las tormentas solares vienen a interrumpir las comunicaciones.

Menos mal que hoy se juegan varios trascendentales partidos de fútbol, es “finde”, como ahora le llaman a lo que empezó por fin de semana anglosajón y campestre exclusivo para ricachos cazadores de raposos al galope y dentro de poco habrá un Barça Madrid, que siempre dan que hablar, comentar, debatir y al final se acaba por poner al árbitro de chupa de dómine, es decir, como no digan dueñas, cosa que harán, según corresponda, los tirios o los troyanos, ya veréis.

Y nos queda el rabo por desollar de las postelecciones.

viernes, 30 de marzo de 2012

Podríamos también, hacer como los coreanos, que accedieron a partir Corea en dos. Al fin y al cabo, las dos capitales ya las tenemos: Cangas de Onís y Pravia, que ya lo fueron y estarán avezadas o Gijón y Oviedo, que ahora mismo rivalizan en disponer de lo mejor y ser mayores y más importantes. Un grupo de Asturias a la izquierda y otro a la derecha. Podrían quedarse doña Rosa y Nacho, su representante, con los Picos de Europa o el parque Nacional de Muniellos, que hasta les resultarían rentables de visitas turísticas.

Todos estaríamos más cómodos, durante cierto tiempo nada más, sin embargo, dado que a poco, seguro estoy de que daríamos en partirnos de nuevo por lo menos en dos, en cada circunscripción y vuelta a empezar. Que no tenemos remedio, que cada vez somos más lo que vamos llegando a la conclusión de que aquí es imposible tomar “determines”, que son los equivalentes de las determinaciones de otras partes del mundo y de la filosofía.

Lo único malo de esta solución drástica, sería la migración de los del grupo del otro lado, que tendrían que pasar con armas y bagajes a los domicilios de los que con armas y bagajes se fuesen al otro desde el segundo. En los altos del Praviano y de la Espina, se cruzarían pletóricos los alsas, que es como llaman a los autobuses en general, sean o no de Pepe Cosmen, los nenos de mi pueblo.

Cuando no había inserso pa ximielganos a los vieyos, cada fin de semana, diversas asociaciones culturales, benéficas, parroquiales o de vecinos organizaban lúdicas excursiones de fin de semana y recuerdo más o menos cómo contaba don Camilo José que se cruzaban a medio camino los de cada pueblo y su vecino más próximo, todos cantando lo de que no hay quien pueda con la gente marinera. Daba pena, añade el Nobel, ver con qué empeño se aplicaban todos a su gilipollez.

-No habrá sido por ese libro por el que le dieron el Nobel.
-No habrá sido.
Sobre un papel inocente, en blanco, puede escribirse un delicado poema o un virulento libelo. Al papel le da igual, a falta de modo de expresión, una cosa u otra. Se limita a repetir como un loro lo que escribamos grandes autores o los cuatro pelagatos que asimismo nos empeñamos en escribir sin descanso, sin dar tregua, sin decir casi nunca apenas nada que valga un adarme de pena.

El papel ni siquiera, que se sepa a ciencia más o menos cierta, sufre. El se limita, como las autopistas o la vía del tres, a permitir que lo usemos para desahogar ese instinto peculiar de los escritores, que, por desgracia para el eventual lector, lo mismo se da en los escritores buenos que en los mediocres e incluso los malos.

Que deberíamos pensar en la posibilidad de una asistencia y un tratamiento que nos pudiera liberar de la obsesión y la satisfacción de escribir.

¿O no?

Es posible que como la sombra es necesaria para la luz, nosotros seamos indispensables para contrastar a los buenos, a que resalten, como ocurre con un primer plano obtenido con teleobjetivo, que relega el fondo a un borroso expresionismo y perfecciona las líneas de lo enfocado, proporcionándole una envidiable nitidez.

Consuela adivinar que todo, incluso lo que parece tan inútil y molesto como los puñeteros insectos que denostaba Dámaso Alonso en indignados versos, tiene utilidad para algo o para alguien, en este intrincado mundo en que nos movemos.

Anoche mismo, aprovechando las hilachas últimas de la huelga, algunas cadenas de televisión, por una noche, abandonaron a los famosos e hicieron famosos a los diminutos corpúsculos del plancton y del polvo que puebla el aire y se amontona tras mi Mac, capa tras capa de sorprendente suciedad que celosamente oculta para que no me vengan a limpiar y compliquen el enredo de cables y cordelería.

El reportaje me ha recordado que jamás estamos solos, que millones de seres pululan a nuestro alrededor, cada regimiento en su mundo, con su territorio, alguno es posible que en algún peculiar idioma y mediante neuronas inimaginables, capaces de decir, hacer, pensar y hasta endurecerse y vacunarse contra los antibióticos y demás plagas que los feroces humanos enviamos sin cesar contra ellos. Que, al fin y al cabo, como las jirafas, los leones y nosotros mismos, lo único que pretenden es sobrevivir y reproducirse.

jueves, 29 de marzo de 2012

Todavía, y ya tengo muy cerca de ochenta y tres años, me encienden la sangre, los tunos, cuando pasan, y las bandas de Nueva Orleans que atraviesan la calle con su música dislocada. Todavía me quema la sangre que haya tanto odio pendiente, cuando el amor nos llama y grita por lo menos tanto y tanta sangre venosa y sucia, circule e inunde las arterias sociales porque cuatro energúmenos se empeñen.

Me cabrea, cuando ya debería tal vez estar criando malvas y amapolas, que cada día esté gente en la calle gritándole a Pilatos que crucifique al amor en la cima de la montaña de las sombras más espesas. Unos en nombre del orden y el concierto y otros diciendo que lo bueno es el carpe diem del caos, y, juntos, intentando arrimar el ascua a su respectivo puñado de espinas de lo que fue cardumen de suculento bocarte, ribeteado ya entonces de hambrientos delfines.

Mala la hubimos el día que se inventó el uso de la violencia para doblegar y domesticar la salvaje tendencia humana de permanecer asilvestrado en una jungla de ilusiones de convivir con los otros, tan parecidos, necesitados y anhelantes de amar y ser amados.

No sé a quién, hace mucho, se le ocurrió aquello de que la letra con sangre entraba y desde ese nefasto día, se empeñan unos u otros en tratar de educarnos a los demás según sus reglas aunque no coincidan con nuestras legítimas aspiraciones.

Magnifica hazaña, la de la humanidad, que a pesar de todo, sobrevive.
Cuanto está vivo, es dinámico, se mueve, hace cosas o las piensa más o menos apasionadamente.

La inactividad, y, como consecuencia lógica, la huelga, que invita e incita a la inactividad, es otra imagen de la muerte, su reflejo en el fondo del espejo.

Me pregunto si cuantos defienden lo que llaman el estado del bienestar, a través de una creciente demanda de participación en la riqueza, están dispuestos a hacer una parte estimable del esfuerzo en este preciso momento indispensable para crear la riqueza que en su día tendríamos que idear nuevos modos de repartir, a la vez que la pobreza, que es por cierto su inexorable sombra.

Una de dos, o entre todos pagamos nuestras deudas, y, a continuación, estructuramos una economía capaz de generar riqueza, cosas ambas que exigen imaginación, sacrificio y esfuerzo, o no tendremos más que miseria para repartir.

Buen día, éste de hoy, cuando no haya más voz en la calle que la de los que protestan, coaccionan y ahuyentan, para que los que queden aparte, se encojan, amedrenten y reduzcan a su respectiva soledad, aprovechen, aprovechemos para pensar modos y maneras de salir de la piel antigua y entrar en la nueva, ahora que es tiempo de mudar la piel, abandonar el viejo exuvio y estrenar traje del tiempo en que nos ha tocado vivir.

Con cuenta de que cada derecho trae consigo un haz de deberes y responsabilidades sin las que se convierte en remedo de sí mismo. Por ejemplo, el derecho al trabajo viene con el deber de trabajar; la libertad entraña la responsabilidad de su ejercicio; cada privilegio lleva ínsito el deber de servir; la autoridad, sin mengua de su rectitud, supone humildad; la administración obliga a honestidad.

No me parece a mí bueno, a hora de arreciar en el esfuerzo, haber salido a la calle a pararlo. ¿Para demostrar qué? Ya sabemos cuántos somos los que pensamos de una manera o de otra. Más o menos, gritando o callando menos o más, mitad y mitad. Y, dando la razón a Bernard Shaw, la verdad insiste en ser paradójica: el mayor equilibrio produce desequilibrio.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Las respuestas se van disolviendo en melancolía. Al fin y al cabo, la melancolía es como un alivio para la tristeza, que sería la niebla. La melancolía es como haber encontrado, donde la niebla era más vaporosa, unas manos capaces de caricia y ávidas de hacerlas.

La melancolía es como el beso que te da una mujer hermosa antes de irse definitivamente.

Lo que queda, una especie de poso, del recuerdo de cuanto podría haber sido en otro caso. Que no por eso deja de ser improbable, pero la verosimilitud, al fin y al cabo, no es sino otra ilusión.

Para alguna otra ballena, ésta varada en la playa, ya a medio comer por las carroñeras, puede haber sido atractiva. Hay algo, seguro, una especie de amor, que es el instinto, un deseo de aparearse, como les pasa a los perros y los gatos en celo, que se buscan desesperadamente. Otro algo, sin embargo, puede que la vejez, un ultrasonido, cualquier paso cerca de un inmenso petrolero, mataron estas no sé cuántas toneladas de ballena ahora inertes sobre el pedregal anejo a la playa.

Me acuerdo de cuando en el Colegio Mayor probamos la carne de ballena cocinada de oído, sin libro de instrucciones. Me parece estar viendo las fuentes, con trozos de ballena y galletas de posguerra con los ecos resonando aún, de las bombas de entonces, todavía inocentes de la barbarie nuclear. Tenía, aquel cocimiento, un extraño sabor entre la carne, el pescado y la gutapercha. Las galletas, por añadidura, aquel día, habían salido como piedras y saltaban del plato, al tratar de partirlas, como miniaturas de platillos volantes.

Dicen que habrá huelga, mañana jueves. Podría ser un buen día para cortarle al blog las alas, acallarlo y echarlo al rincón de las ballenas varadas o al de los elefantes dormidos.

¡Estúpido que soy!, hasta para cortarle las alas a mi criatura me la imagino desmesurada en relación con su tamaño real, que estará, como mucho, entre la hormiga común, esa que mayoritariamente trajina en la hilera nutricia del hormiguero y el escarabajo de la patata o el cogollín del rey, rabiquín de escoba. He de pensarlo. Al fin y al cabo, hace muchos, muchos años, no sé si recuerdo o me imagino que escribía para mí solo, en unos cuadernos con tapas de imitación de hule negro. Cuando se escribe para uno mismo, para uno solo, para quien escribe en secreto, las palabras se hacen íntimas y conviene irlas quemando, apenas dichas, para reconvertirlas al humo que fueron y que las disperse el viento, traducidas a su idioma de roces y chasquidos.
Lo hemos logrado, al fin, entre los del lado de acá, los de allá y los intermedios. Vamos a tener una autonomía desequilibrada por el mismísimo exceso de equilibrio. Una veintena de votos nos deja a la buena de Dios, que ojalá nos coja confesados.

Somos, mitad de la derecha, mitad de la izquierda, los votantes, en realidad poco más de la mitad de los que podrían haberlo hecho y la estadística extrapoladora y simplificante dice que habría sido igual y que los desentendidos, desilusionados, en el fondo escépticos, de haber votado, se habrían agrupado de modo proporcional a los interesados en la cuestión.

Y ha tenido que venir una veintena de ciudadanos oriundos, pero de afuera a decidir que el asunto se complicara todavía un poco más de lo que lo estaba. Los de más lejos, no han decidido, pero han complicado notablemente la partida. Tenían derecho a hacerlo y lo hicieron, otra cosa es si para bien o si para mal, si deberían o no haber tenido este derecho incuestionable y merecería la pena tomar cuenta de la cuestión, de lege ferenda.

No hemos tenido, en mi modesta opinión, en esta hora y caso, en cuenta los intereses de Asturias. Nos hemos enrocado, cada cual en su capullo, larvados, indecisos entre Pinto y Valdemoro, que si galgos o podencos. Y ahí estaremos, ¿hasta cuándo, Catilina …?

Auguro desencuentro, desorientación creciente, una errática jira por el desierto de los tártaros y muchos años de pobreza y emigración para nuestros descendientes. A los viejos nos cogen por fortuna, del otro lado, con un pie en el estribo, pero eso no nos libra de la inquietud por los nuestros que se podrían quedar, como decía el abuelo cuando narraba sus batallitas, hasta sin intemperie.
Hubo, según dicen, un tiempo en que el Mediterráneo fue el ombligo de los tiempos nuevos.

Había venido de oriente una ráfaga de su cultura ya milenaria y se quedó, embelesada, o tal ven enredada, en las islas griegas, donde los siete sabios la atraparon, manipularon, modelaron y reconvirtieron.

Los romanos cuadricularon páginas y páginas de aquella cultura y le aplicaron el torniquete del Derecho, y para dulcificar tanto rigor, nació Jesús en Belén.

Dios mismo, el buen padre Dios vino a estarse, siendo uno de nosotros, en este desbarajuste humano. Y nosotros mismos, la gente, representada por los más sabios, los más privilegiados, al condenarlo y matarlo, nos matamos, de un manotazo, para que a lo largo del tiempo hubiera, sin cesar una semana oscura, pero luminosa, contradictoria, de muerte y resurrección, al final esperanza, con una consigna: que os améis, puesto que he pagado vuestras deudas todas, pendientes.

Cuando el ombligo de la civilización fue el Mare Nostrum y primero Atenas, luego Roma, y por un momento casi Cartago, fueron las claves del mundo occidental.

Porque había otros mundo de que apenas sabemos, unos más viejos que otros, cada uno con sus búsquedas y sus obsesiones, desde lo más complicado del espiritualismo oriental hasta el panteísmo de los pieles rojas del hermano árbol, la hermana montaña y el gran Manitú, pero nuestra cultura, con sus contraculturas a cuestas, atravesó los mares, se abrazó a los bárbaros, como una yedra y somos lo que somos, ahora tres hilachas, Roma, Atenas y las vapuleadas tribus del país del Véspero, donde acababa, pero no era así, el mundo, en Finisterre, o en san Andrés de Teixido, tal vez.

La Europa más pobre.

Esa mezcla de recuerdos y ensueños.

En el cofre que cerraron y enterraron moros, moriscos y judíos, de acuerdo con los cristianos viejos, por una vez y allí se quedó la primera piedra de la cimentación de Babel, traída de su peregrinación por los freires del Temple, un estuche octogonal, que la memoria histórica confundió para siempre con el Santo Grial.

martes, 27 de marzo de 2012

¿Por qué,
Señor,
escondes la verdad en el recuerdo?

¿Por qué hemos olvidado?

Tal vez, cuanto ocurre, no haya sido
posible
más que una vez.

La historia del mundo, este disparatado acontecimiento,
no cesa, desde que, una sola vez,
el buen padre Dios
estuvo, nos habló y la vida de la palabra,
desgastada
es cada vez más difícil de perfilar,
entender,
como si esta gente que ahora somos,
en el otro extremo del tiempo
hubiésemos envejecido, y ahora llenos
de silencio,
privados de sentidos, fuésemos
remedos de la gente, sus figuras vacías, muñecos
de madera, robots
inmóviles.

El tiempo, sin embargo, no es nada,
lo que ocurrió, la creación, la venida del Jesús,
su condena y su muerte y nuestra precaria
existencia, todo, está ocurriendo ahora, es la verdad
y no somos capaces de verlo,
de sentir
el dolor conjunto
de la creación, la redención y la luz,
que nos abarcan,
ahora,
hoy,
exactamente a esta hora de la tarde.
Comprendo, desde su perspectiva, que a alguien le haya tentado construir en España, donde Castilla se venía haciendo silencio, una ciudad del juego y sus complementarios.

Una serie de resultados electorales y una actitud de las diversas y diferentes formaciones políticas, más que justifica el vaticinio de que en un futuro previsible a medio plazo, seremos lugar de vacaciones de la vieja Europa y parte de las Américas. Harán falta rutas turísticas, atractivos para la curiosidad histórica, juerga modernista y faltaba el juego, con sus complementarios. Al fin y al cabo, si ésta es una ciudad que va a nacer en la meseta pura y dura, Las Vegas está en medio de un inhabitable desierto.

Era la tercera opción, a falta de posibilidad de tener una economía competitiva o territorio y mano de obra atractivos para el establecimiento de factorías de grandes empresas multisocietarias y multinacionales.

Ni bueno ni malo, ni criticable ni encomiable. Un modo de supervivencia. Al fin y al cabo, las gentes también necesitan administrar su ocio y disfrutarlo, y alguien ha de disponer de una organización que garantice hasta el límite de lo posible que el descanso sea, a elección del consumidor, o apacible y solitario o multitudinario y dislocadamente disparatado.

Si hemos de vivir, han de vivir del turismo, el festejo y el ocio de otros, tenemos que aprender a organizarlo de modo que vengan muchos clientes.

Para cuando eso llegue, que es probable que los vejestorios como yo estemos muertos, os recomiendo que tengáis previsto un desembarco de los señores oscuros. Suelen venir sobrevolando ese dinero que fluye con mayor facilidad cuando, de vacaciones, parece inagotable y total, derrocharlo una vez al año tampoco parece que vaya a arruinar a nadie. Y con ellos desembarcarán los agentes de su autoridad, los ejecutores de sus leyes, los vendedores de sus mercancías letales.

Cosas veredes …
Cada cual sobrevive como buenamente puede. Dicen que los napolitanos inventaron su tarantela para sudar y así sobrevivir al tarantismo, especie de baile de san Vito provocado por la picadura de la tarántula.

Otros corremos, precipitados, y aquello de que huíamos nos sorprende saliéndonos al paso por secretos atajos que imagina la buena o la mala suerte a que achacamos nuestras mudanzas de la al final equilibrada que se nos depara como cauce –“nuestras vidas son los ríos …”-, y por eso los filósofos no corren. Suelen ser contemplativos de las cosas que pasan. Nos las cuentan y ni siquiera somos, a veces, capaces de reconocerlas como una historia, que, contada por nosotros, viene siempre trufada de inexactitudes más o menos deliberadas.

Otro día de sol y primavera. Malo para el que sufre, bueno para los que disfrutan. Por cierto, cada día más divertido el giro de la expresión idiomática que considera retóricamente correcto dirigirse al auditorio, a los contertulios, con esa especie de muletilla que comprende a ambos sexos, tal vez para acostumbrarse a derrochar esmero en el cumplimiento de la ley de igualdades, que, a todo más, es ley de equivalencias, porque, a Dios gracias, hombres y mujeres, sin la menor duda equivalentes, seguiremos siendo deliciosamente diferentes y perfectamente diferenciados en nuestra turbulenta complementariedad, tan, por otra parte, sugerente, sugestiva, inefable.

Releo un ensayo de Joseph Pérez y me asomo a otro de García Cárcel. Me baño de estudios históricos para aliviar la imaginación tras de un par de policíacas, una gótica y la abrumadora prosa de Cabré, tan deslumbrante y minuciosa.

Viajo a la capital pequeña y me sorprende la violencia con que un supuesto mendigo me exige que alivie su supuesto estado de necesidad. Me preocupa. Algo está pasando para que cosas como ésta le puedan ocurrir a cualquiera a plena luz del día y en calles céntricas de cualquier ciudad de tamaño medio, donde todavía la gente se conoce y saluda al cruzarse.

lunes, 26 de marzo de 2012

La tarde, como un perezoso lagarto,
corre, pegada al río,
seguro
que van hablando de sus cosas.

¿Qué pueden
tener
en común, para hablar de ello,
la tarde
y el río?

Y sin embargo se advierte en seguida que se entienden,
hablan
tal vez el mismo idioma,
que no comprendo por mucho que me esfuerzo.

La tarde es incorpórea,
como un ángel
gigantesco,
el río tiene de agua la carne y la voz
le brota, susurrante, del cauce.

¿Es el buen padre Dios
quien se entretiene pintándole
al río sus reflejos,
tatuándoselos en su carne de agua?

El río no se queja nunca,
canta.
nadie sabe si, como los niños,
para ahuyentar el miedo
o para decirle piropos a la tarde.

Tal vez, se me ocurre ahora mismo,
le agradezca así,
al buen padre Dios
que le haya concedido la vida del agua.
Tiene su busilis que sean los de fuera, ausentes en otra galaxia circunstancial, los que determinen para bien o para mal lo que ha de ser la puesta en escena de Asturias en el concierto de la al parecer inacabable refacción de las Españas.

Los cuatro reinos, la tierra dispersa, el solar dividido por gala en dos, el botalón de Europa, su proa lejana, el mirador de las Américas.

Se me agolpan dondequiera que resida el territorio con que se siente, corazón, cabeza, estómago o tal vez intestino, todas las nostalgias. El mundo, la gente, todo es agua viva, energía burbujeante. Más de ochenta años viéndolo y todavía sin acostumbrarme, hasta tal punto que pienso que he de morir sin acabar de entender.

En un consuelo comprobar que tantos me preceden y probablemente seguirán en el empeño. Busco de aquí y de allá libros de historia. Hay pocos que no arrimen las ascuas a sus sardinas, pero queda alguno. Y sorprende entresacar del baúl de los disfraces, de vez en cuando una pieza real y verdadera, algo que te das cuenta de que es más verosímil que cuanto te habían contado.

Van a ser unos miles de asturianos de la diáspora, quienes apuntalen el resultado electoral o lo desmonten y habría que ver el cocimiento que sale. Que siempre resultan artificiales, estos guisos que se adoban para reparar la indecisión, las escaseces, la duda y cada vacilación cuando se queda la balanza electoral indecisa, su fiel tembloroso en el equilibrio, como con tercianas.

Maravilla la prodigiosa multitud y la capacidad imaginativa de la bibliografía supuestamente histórica con que uno se enfrenta cuando pretende ahondar en nuestra historia. Gente importante de su tiempo, inventa con la mayor desfachatez hazañas y precedentes legendarios o deduce sin límites consecuencias que nada parecen tener que ver con los hechos ocurridos, en ocasiones meros, simples esfuerzos para sobrevivir o para satisfacer una necesidad individual o colectiva, o una ambición, o la soberbia de un más o menos chiflado, que, por cierto ¿quién no lo está en mayor o menos medida?

Me encanta charlar con mi perra compañera porque hasta ahora, fuera de algún ladrido, jamás me ha llevado la contraria, y hasta por la calle, cuando ella se empeña en ir hacia un lado, todavía le puedo, con un simple tirón de correa. Argumento con ella y he de reconocer que me mire y tuerza la cabeza, desconcertada. Acaba por tumbarse a mis pies, procurando siempre estar cerca. Cierra los ojos y finge dormir, a ver si me callo, supongo. Vive en otro mundo. Donde lo importante es salir por lo menos dos veces al día a la calle y comprobar los olores de cada esquina y cada rastro. Un mundo donde las cosas son como son y a ningún perro se le ocurre tergiversarlas
Votamos. Cada cual lo suyo y por sus razones o sinrazones.

Y, en mi modesta opinión, los asturianos hemos dicho, en conjunto, tres cosas claras:

1.- Estamos hartos y a punto de escepticismo, (videatur porcentaje de votación).

2.- En estas circunstancias, preferimos un gobierno de centro derecha.

3.- Preferimos que, en esta circunstancias, Francisco Alvarez Cascos lidere el centro derecha.

Falta por desollar el rabo de saber si la clase política es capaz de escuchar y entender lo que el conjunto de los ciudadanos parece haber dicho.

domingo, 25 de marzo de 2012

Me ha pasado por encima hoy un tsunami de escepticismo.

Ocurre, por lo menos me ocurre, cuando paso sobre las líneas, más que leerlas, de alguno de los diría que la mejor palabra definitoria la tenemos en Asturias y es llamarles babayos, que pontifican y dogmatizan desde su mínima entidad como si fueran sabios.

No hay más sabios que quienes se sienten aprendices, discípulos, epígonos, llamémosles como queráis. En realidad no hay más sabios que quienes entienden que su provisional verdad subjetiva no vale ni un adarme más que la del prójimo en ese preciso momento más cercano. Ni es más trascendente. Ni siquiera más duradera. Y que por eso hay que seguir estudiando con ahínco.

Una verdad dura lo que tardas en dar el paso de vivir siguiente.

Por eso me indigna, mi particular gran ola, y me deja asolado, trasquilado el ánimo con que había decidido enfrentarme al cambio de hora que retrasa la amanecida y el ocaso.

Viene la perra y me hociquea. Es mi hora –me señala, mediante sus ladridos de urgencia, secos, breves, y varias idas y venidas hasta el banco del vestíbulo donde está la correa-, y tiene razón.

Y me saca del desasosiego, del escepticismo y de la tentación de despreciar a algún babayo.

Todos somos babayos –me digo, mientras ella me arrastra hacia su zona de olfateo y desahogos biológicos, ya sabéis, en román paladino, cagar y meixar-, y es una pena que tenga que venir el de turno para hacérmelo recordar. Y, como consecuencia, lejos de sentirnos decepcionados por cualquier babayada, es más útil derrochar comprensión con el babayo y agradecerle que nos marque y subraye las señales que debemos evitar para que a su vez tenga que derrochar él comprensión con nosotros.

Perra, periódicos, pan. Y ahora queda, hoy, votar. Estaba, de estreno de hora anticipada, a la habitual de levantarse, que ya es otra, vacía la calle. Sólo cochecitos. Escasos a Dios gracias, a esta hora a que en los pueblos todavía se saludan, quienes se cruzan, con el deseo recíproco de que el otro tenga un buen día.

“Que lo está”, nos dicen, como si fuese la locución un informe, en vez de ser lo que es: un saludo acompañado de buenos deseos de bienestar.

Allá voy, con mi voto a cuestas. Apenas una brizna sin valor, como no haya otros muchos que coincidan. Sociólogos, políticos y profesionales de la manipulación, han hurgado históricamente y siguen tratando de hacerlo, modificando las leyes electorales con el propósito más o menos evidente de echar una mano, ayudar, distorsionar si es posible, la voz de las urnas, para que al salir la torrentera de votos digan lo que convendría a los suyos.

Allá voy, con mi tesela, tenaz, terco, renqueando. Contaban de un tarde, en plena sesión de cine de aquellos tiempos en que los desnudos se solían tapar con espuma en la bañera, con ocasión de estar bajo la espuma en la pantalla una moza particularmente dotada de atractivos, que se oyó una voz que gritaba alto y claro desde la oscuridad de la sala: ¡¡¡soplái todos!!!. Así gritaría yo hoy: ¡¡¡votái todos!!! A ver si de una puñetera vez queda limpio el aire.

sábado, 24 de marzo de 2012

-¿Vas solo?

-No. Voy conmigo.

Uno, cuando ha envejecido, jamás va solo. Lleva a rastras un collar, una cadena, sujeta con sus grilletes y sus bolas, a los tobillos. Uno va con sus luces y sus sombras, sus nostalgias y sus arrepentimientos.

Oigo, a menudo, lamentarse de la imposibilidad de repetir, y lo sabido, sabido, toda la vida de quien se trate. Sería igual. Hay una traza, que, según somos, se repetiría. Y doblaríamos la misma esquina, a la misma hora, con el mismo propósito trasgresor, porque cada uno es él mismo, al fin y al cabo, y aunque vea lo mejor, se empeña en mejorarlo, con el previsible fracaso.

-A lo mejor –me dices-, consiste la vida en aprender a conformarse con la identidad que nos correspondió en suerte o en desgracia, según.

Día, hoy, de nuevo soleado y de nuevo de reflexión porque mañana, Dios mediante, habrá elecciones. Y vuelta a votar. Un grano minúsculo, mi voto y mi fervor, en el puchero social, últimamente tan agitado. La abuela, en situación como la que nos aflige, apartaría un poco la cacerola del mayor hervor, en su cocina económica de carbón, chapas y el hierro de la cocina, que se doblaba en la punta para agarrar el disco central. De nenos, metíamos el hierro por el agujero de la chapa central de la cocina hasta que se ponía la punta al rojo blanco. Con el hierro de la cocina, se requemaba la corteza del arroz con leche, a cuadraditos, como las viejas puertas de las casonas castellanas.

Día de sentirnos soberanos, con una pizca de soberanía en el sobre, dispuestos da darnos el gustazo de votar. Una hoja, y nada más, entre el follaje del haya, fagus silvática por el enredo de ramas y de hojas, para delicia del verderón, el verderín y la familia de los jilgueros.

Se han pasado horas y horas reconfortándose, tratando, los candidatos, de suponer, encuestas y asistencias a mítines en cuenta, que van a ganar o que podrían o que a lo mejor sacan uno, aunque no sea más que por casualidad.

Voy a votar a Paco Cascos, Francisco Alvarez Cascos, el Foro de Asturias, lo sabe todo el mundo porque creo haberlo dicho alto y claro. En esta ocasión, creo que, además de ser amigo, es el mejor y lo mejor. Incluso a los del otro lado de la calle político social, les convendría darle la oportunidad de organizarnos para ganar lo que en su día y a su hora, habría que llamarlos a ellos para que concurriesen a repartir mejor en la nueva sociedad y la nueva administración que necesitamos.

Pero esa no es más que mi razón, mi reflexión. Pienso que para bien o para mal, todos tenemos pensado lo que queremos hacer mañana. Y, empecinamos, nos diga lo que nos diga, cualquiera que sea el que nos lo diga, erre que erre, echaremos el garbanzo o la faba, si preferís, al puchero. Que el buen padre Dios reparta suerte y nos ampare a todos, amigos, indiferentes y enemigos. Al fin y al cabo, dependemos todos, los unos de los otros, para que resulte posible equilibrar la convivencia en que consiste ir viviendo en paz, con justicia y sintiéndonos libres.

La otra no es vida.
El tablado de la antigua farsa, dramatizada campos de fútbol adelante por unas decenas, tal vez docenas, de … ¿cómo llamarles? Confieso que no acierto, porque malas personas no creo que sean y de tontos se advierte en seguida que no tienen ni un pelo. Ahí están, forrándose y pidiendo, y logrando, más y más, incluso en épocas como ésta, de carencias y miserias. Ahora nos callamos, ahora hablamos. Y todo un gentío esperando, para aplaudir o silbotear con ruidoso entusiasmo, para bracear o piafar, con la ira a flor de piel.

Una película radicalmente maniquea, de integralmente buenos y malos, que son unos u otros, según se mire desde la perspectiva de un lado o de otro de sus respectivos fans.

Y cada vez se nota más que la ira ablanda mayor número de cerebros y son más fuertes y peligrosas las tarascadas y los vituperios, más ominosos los silencios, mayor el caudal que se juega y se necesita para seguir jugando cada vez que se gana o se pierde cada resto en un envite apasionado.

Fútbol es fútbol, dicen los coleccionistas y los sociólogos. Y en medio, cada vez se ve que más implicados, los árbitros, que deberían ser objetivos, imparciales, exquisitamente inalterables, pero como son humanos tienen que demostrar lo que deberían ser, es decir, prácticamente invisibles, pasar desapercibidos. Si no fuera que su humana condición los incita a demostrar que son todo lo que deberían ser y eso los constituye en protagonistas de su propia película, olvidándose a veces incluso de la del partido que están o deberían estar arbitrando, pero se convierte, a fuerza de tratar ellos de ser los mejores, en una pelea en un barrizal, una agarradiella, un tumulto, un correquetepillo caótico.

Tratan de analizar, en milésimas de segundo, lo que escucharon que cada crítico más o menos sagaz, osado y banal, opina de las cada vez más cosas que debe tener en cuenta en un instante un buen árbitro ideal para que cada supuesto o no fuera de juego no se convierta en polémica y cada córner pueda continuar siendo una impune pelea tabernaria donde ocurre de todo, desde el abrazo hasta el pisotón, desde la agarrada hasta el puñetazo. Y claro, se les embrollan las prisas con las ideas y los buenos propósitos y con la necesidad de demostrar su por otra parte siempre concurrente buena voluntad de hacerlo lo mejor posible. Y pasa lo que pasa.

Al final, cada partido de fútbol se convierte en media docena de partidos: el que se juega en el campo, el que rejuegan los entrenadores en la rueda posterior, el que calientan en las ruedas previas, el que maquinan con su pizarra, el que provocan hurgándole en el subconsciente al árbitro, dejándole allí un subliminal campo de minas, los que amargan a los directivos y los que los directivos juegan atrapando euros en diversos manejos, sin duda lícitos, pero tal vez ilegítimos, tendiendo en cuenta que el fútbol, además de ser fútbol, no es nada más que un juego que sólo hasta cierto punto debería apasionar, sin posibilidad de complicar tantas vidas con tantos miles de millones puestos sobre el verde del prado.

viernes, 23 de marzo de 2012

Sales del fondo de ti,
deslumbrado,
es la primera vez, para todo
hay
una primera vez:
para ver el mar,
leer un libro,
ver la muerte al lado, en un cuerpo recién abandonado
por la alegría,
la energía, eso
indescifrable, que llamamos vida.

Sales
de la caverna en que estuviste toda una niñez,
ves por primera vez un árbol conociendo, ahora
su nombre. No es un árbol,
es un abedul,
un sauce llorón, un cerezo
en flor, justo ahora,
que acaba de llegar la primavera.

Y, de pronto, te cae sobre los hombros, vela
la luz
el crepúsculo.

Y casi sin espacio para tener miedo,
te cubren las sombras. ¿Habrá
-te preguntas-
otro día, del otro lado de noche?

¿Habrá otra tierra, más allá de la mar?

¿Habrá siempre, pase lo que pase,
un poco más allá,
otra cosa,
algo?

La duda
es la que obliga, asegura, convence
de que es necesario andar
la duda es el acuífero,
la alfaguara copiosa
de la esperanza.
Nos gusta hacer buenas fotografías. A lo mejor, es verdad aquello que decían los indios de que al retratarlos se les robaba algo. ¿O no eran los indios? El lo malo de leer mucho. Se te olvida quién escribió lo que recuerdas y otra parte se te queda en el subconsciente y corres el riesgo de plagiar sin querer, si no un texto, una idea. Y lo peor es cuando te encuentras con algo que también tú has escrito, o parecido a lo que tú escribiste y te queda la duda de si te habrá copiado este tío.

Hay fotos que nos gustan tanto que las llegamos a poner de fondo de escritorio.

¿Vístela? –preguntamos orgullosos-. Saquela yo –añades pavoneándote con el tono de voz-.

Me acuerdo de cuando sacabas la fotografía, previo ajustar aquí y allá apertura de diafragma y velocidad, cambio de objetivo, si habías llegado a réflex. Ahora, cada vez por menos precio, al buen padre Dios gracias, te empluman una compacta digital que lo hace todo menos poner música de fondo. La música de fondo la pones tú con el iTunes y el iFoto combinados en un pase de diapositivas que te improvisa el programa en un pispás.

Lo único malo es verte, de vez en cuando. Esos días que alguien te coge la cámara y te dice que anda, que sacará él la foto, para que se te vea en alguna de ese día. Y ahí estoy, con la sonrisa imbécil, mucho más joven. Hay veces que hasta con pelo, ¡sin barriga! y se supone que con todos los dientes. En esa foto que encontré el otro día hasta estoy fumando en pipa. Fumábamos casi todos. Raro era el paisano que te rechazaba, cuando ofrecías, un pitu en redondo. A mí me tentaba la figura calma, paciente, pensativa, del fumador de pipa, que además perfumaba el aire con aquel olor meloso del tabaco de pipa. Nunca, sin embargo, ni cuando era fumador, pude con las pipas, que me quemaban la lengua. Luego, para hacerse un hombre, hubo que dejar de fumar.
Entre que vana cambiar la hora y la polilla se me ha comido la pechera de un jersey, estoy bordeando la tristeza hermana, invento de mi amigo Alfonso Albalá, que se le ocurrió llamar hermana a la tristeza cuando ambos compartíamos mesa sin mantel y tienda de campaña en el campamento de la Milicia Universitaria, allá por los años cuarenta, que ya ha llovido. Luego, Alfonso se hizo poeta, allá en su tierra de Extremadura, y después, por desgracia, se murió demasiado joven. Hace poco, gracias a los buenos oficios de otro amigo extremeño, conseguí un ejemplar de su obra poética, recuperé allí el sonido de su voz, siempre un poco cansada como de nostalgias, su calma paciente de cuando soñábamos que íbamos a cambiar por lo menos una pizca el mundo a mejor porque éramos tan jóvenes.

La polilla, dice siempre mi mujer, se come la lana cuando la guardas sucia. La lana, en efecto, la guardas, sin mirar, cuando afloja el invierno y cambian la hora. Sigo, por cierto, dudando de que esto de cambiar la hora, pasito adelante, pasito atrás, todos los años, sirva para mucho más que para darnos más clara noción de la efimeridad del tiempo, puesto que siempre parece, cuando vuelven a cambiarla, que fue ayer cuando dieron el pasito contrario.

El jersey, semicomido, al destierro y la hora al reloj. Esta vez toca devolver la que dormimos de más hace unos meses.

Por algo llenaban las abuelas sus armarios enormes de bolas y olor de naftalina. Y llegaba el momento de ponerte una pieza de las reservadas y salías oliendo gloriosamente a naftalina, que debe ser algo así como oler a polillas muertas. Se me ocurre que si yo fuese fabricante de lanas o vendedor de jerséis, tendría un criadero de polillas, un vivero, como los hay de peces y de animales en peligro de extinción, para que los consumidores, esa curiosa invención del siglo de las compras compulsivas y los grandes almacenes, plagados de técnicos especialistas en inducirnos a comprar todo lo que de momento no necesitaríamos, tuviesen que renovar la lana, ya que sólo las ovejas lo hacen sin el menor esfuerzo, por lo menos una vez al año.

¿Dónde van, por dónde pasan, de dónde vienen, las horas, que, como las olas de la mar, vienen y pasan y la playa y la mar, impertérritas, quedan, como si no hubiera pasado nada, pero un pelín más allá, camino del fin del mundo y de los tiempos?

Ponemos y quitamos horas y parece que no ocurriese nada. ¿Pasa una hora, si yo giro las manecillas del reloj hacia delante y doy, con la mayor, una vuelta completa a la esfera? ¿Y si el reloj es de mentira, como esos que venden en escondidos antros, imitación perfecta, tente mientras cobro?

-Niño, no juegues con el reloj, que podrías estar gastando el tiempo.

Y el niño, que acaba de leer a H.G. Wells por primera vez, sonríe y me dice que con rara astucia estaba girando la aguja hacia atrás, ganando tiempo al tiempo, retrocediendo hasta la pintura rupestre y los poblados lacustres.

jueves, 22 de marzo de 2012

¿Se ven, en un prado, unas a otras, las margaritas?

¿Sabe cada ola de la mar que la preceden y siguen las demás olas?

¿Se acarician o se lastiman, cuando se encuentran, la tierra y la mar?

¿Sufre el agua o disfruta, cuando la roza el viento?

¿Por qué hiere la música, a veces, cuando la escuchas, y otras veces, en cambio, es como una caricia consoladora?

¿Dónde van las palabras calladas?

¿Dónde las indebidamente dichas?

¿Dónde las palabras muertas?

Una palabra muere cuando nadie la dice ya ni la recuerda.

¿Nace una palabra cuando alguien la inventa y la dice, sin saber todavía lo que significa?

“Las palabras son aire y van al aire”. Las palabras son aire manipulado y que envuelve unos sonidos o los transporta, pasan, invisibles, dejando un rastro de ira, de complacencia, de vida, muerte, heridas o terror.

Las palabras son el cuerpo, invisible e ingrávido y su significado el alma de cada palabra.

Una sola palabra, nuestro nombre, evoca nuestro recuerdo incluso más allá de la muerte, cuando ya no estamos para confirmarla o desmentir que hayamos existido.

¿Quién es capaz de separar lo que hay de cierto o de imaginado en cada recuerdo?

Cada uno que vemos y pensamos que es como creemos, nos ve como piensa que somos, pero cada cual es como es, aunque ni él mismo, confundido, lo sepa.

¿Soportaríamos conocernos como en realidad somos?
El invierno, el muy cuco, se ha dejado la cola en el paisaje y la primavera entra tambaleándose.

Caen el frío y la nieve. El invierno, ya en la estación, con el jefe tocando su campanilla y la máquina silbando, agita un pañuelo blanco.

Nieve, frío. Ya lo dice el refrán, que hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. Las mocinas núbliles de cada año, no se ponían las batas de percal hasta santa Rita, que es el veintidós de mayo. Se ponían ellas las batas de percal y un señor procurador de los tribunales el canotier. Maurice Chevalier, fuese invierno o verano, bailaba con canotier. Ya casi nadie se acuerda de Maurice Chevalier.

Y no usa nadie, que yo vea, canotier. Ahora se ponen gorros con visera, como los de los aficionados americanos al beisbol o al baloncesto, con la insignia del Madrid o del Barcelona y una cinta de ajustar para cabezas más grandes y más pequeñas.

Los bancos y sobre todo las cajas, ponen también sus marcas en esas gorras de visera, verdes, rojas, azules, blancas, la cajastur las hacía rojas, con perfil de asturcón y la rural verdes con espiga y letras amarillas. El paisaje de todas las Asturias es multiverde, con apuntes morados del brezo y rotundamente amarillos, de las cádavas y la retama.

En seguida que llega el verano, en Asturias, en todas las Asturias, se celebra la fiesta del señor San Juan, llena de misterios y de leyendas. La noche y la alborada del señor San Juan, ambas indescriptibles, son como los cimientos de las Asturias, el rastro y la esencia de sus más hondas raíces, hundidas en el pasado, mucho más allá de donde llega la memoria.

Falta mucho. Ahora mismo hasta se ha puesto a nevar y el ampo de la nieve ha borrado los puertos, allá arriba, donde el silencio se mezcla con soledades, sueños y palabras perdidas, que las lleva el viento y las aprovecha y engancha en los acebos, los abedules y los pinos y forma con ellas la oración del viento, que suena a brisa, y, abajo, en el valle, hace juegos de manos con los álamos blancos y mece la melancolía de los sauces llorones.

El viento se mira en el río, nada más nacer, y al río, en el remanso, le da miedo y se le estremecen las carnes de agua oscura. Mira, dice el niño, púsosei al ríu la carne de pita.
El invierno, el muy cuco, se ha dejado la cola en el paisaje y la primavera entra tambaleándose.

Caen el frío y la nieve. El invierno, ya en la estación, con el jefe tocando su campanilla y la máquina silbando, agita un pañuelo blanco.

Nieve, frío. Ya lo dice el refrán, que hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. Las mocinas núbliles de cada año, no se ponían las batas de percal hasta santa Rita, que es el veintidós de mayo. Se ponían ellas las batas de percal y un señor procurador de los tribunales el canotier. Maurice Chevalier, fuese invierno o verano, bailaba con canotier. Ya casi nadie se acuerda de Maurice Chevalier.

Y no usa nadie, que yo vea, canotier. Ahora se ponen gorros con visera, como los de los aficionados americanos al beisbol o al baloncesto, con la insignia del Madrid o del Barcelona y una cinta de ajustar para cabezas más grandes y más pequeñas.

Los bancos y sobre todo las cajas, ponen también sus marcas en esas gorras de visera, verdes, rojas, azules, blancas, la cajastur las hacía blancas, con perfil de asturcón y la rural verdes con espiga y letras amarillas. El paisaje de todas las Asturias es multiverde, con apuntes morados del brezo y rotundamente amarillos, de las cádavas y la retama.

En seguida que llega el verano, en Asturias, en todas las Asturias, se celebra la fiesta del señor San Juan, llena de misterios y de leyendas. La noche y la alborada del señor San Juan, ambas indescriptibles, son como los cimientos de las Asturias, el rastro y la esencia de sus más hondas raíces, hundidas en el pasado, mucho más allá de donde llega la memoria.

Falta mucho. Ahora mismo hasta se ha puesto a nevar y el ampo de la nieve ha borrado los puertos, allá arriba, donde el silencio se mezcla con soledades, sueños y palabras perdidas, que las lleva el viento y las aprovecha y engancha en los acebos, los abedules y los pinos y forma con ellas la oración del viento, que suena a brisa, y, abajo, en el valle, hace juegos de manos con los álamos blancos y mece la melancolía de los sauces llorones.

El viento se mira en el río, nada más nacer, y al río, en el remanso, le da miedo y se le estremecen las carnes de agua oscura. Mira, dice el niño, púsosei al ríu la carne de pita.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Habiendo, como hay, tanto donde sajar, cortar y reconducir, produce una sensación entre la congoja y la ira, que se hable, precisamente ahora, de subir la luz y haya subido de tan desmesurado modo la energía indispensable para calentar el invierno y refrescar el verano de la gente que ha de moverse en el cauce de sus posibilidades, ya tan mermadas por tanta incompetencia de unos pocos, de que hay quien dice que son los que más ganan haciendo menos y sin lograr casi nada.

Se adelgaza así esa franja intermedia, entre los ricos y los pobres, donde descargan todas las tormentas económicas.

Los más ricos tienen paraguas, a los más pobres, por desgracia, los coge la tormenta siempre en descampado. En medio quedan los que tienen que apretarse el cinturón y sufrir los embates y los envites de los ricos y de los pobres. Son, digamos, el terreno de nadie, donde se libran todas las batallas y producen todas las bajas y los daños mediante que los de arriba se libran y los de abajo desahogan,

Desde que se inventó eso del delicado encanto de la burguesía, este ingenioso segmento social, este invento de los unos y los otros, paga cuantos daños, duelos y quebrantos sociales se concretan en periódicas subidas de impuestos y precios, que exprimen su esfuerzo. Tirios y troyanos, ricos y pobres, rivalizan, cómitres de sus respectivas galeras, en exigir un mayor esfuerzo de los agotados remeros.

A cambio, un rato a la hora de la siesta y otro mientras esperas que te den la cena, te entretienen, dopan y adormecen, ora con un programa de famosos del deporte, ora con un programa de famosos del dolce farniente y los problemas del follaje.

En ambos casos, famosos prodigiosa, increíble, disparatadamente retribuídos.

De vez en cuando, te recuerdan que “hay que apretarse el cinturón”. Ya entiendo. Somos ese también famoso “cinturón” que se aprieta entre la parte de arriba y la de abajo para evitar que o se salga la camisa o se caigan los pantalones.
Dos partidos, dos aforismos, dos refranes; dos caminos conocidos, dos cosechas trilladas. Por sus obras, los conocimos. Son como son. Vienen de las ideas del siglo XIX, cuando, siendo como éramos, los necesitaron nuestros abuelos. Lo que ocurre es que nosotros somos los nietos de nuestros abuelos. Nos parecemos a nuestros abuelos, pero no somos exactamente como ellos, ahora mutados a gente del umbral de nada menos que el siglo XXI.

Por eso no valen aquellas ideas, a menos que las adobemos y trufemos con las de nuestro tiempo, éste, el único que tenemos de este lado del espejo, donde, como ellos en el suyo, también aguardamos la llegada de la Dama del Alba, pero de otra manera sutilmente diferente.

El tiempo no perdona. Las ideas del siglo XIX, que tanto necesitaban nuestros entrañables abuelos, se han hecho viejas. Ahora es tiempo tan nuevo que puede compararse con la llegada a cosa parecida al Renacimiento, cuando salieron de la Edad Media y redescubrieron que, además del alma, nuestra figura tiene el cuerpo.

En la Edad Media, las guerras fueron tremendas, de religión, religiones enfrentadas, A la larga, el Renacimiento, que, paradójicamente, nos llegó a través de traductores islámicos, recondujo al enfrentamiento de radicalismos materialistas. E hicimos, de la mano de unos ideólogos que trataban de indicarnos caminos, las tremendas guerras económicas, sin cuartel, de radicales capitalistas contra radicales comunistas.

Las guerras, por más que tengan vencedores y vencidos, acaban siempre en las tablas del dolor, la destrucción y la catástrofe. Mueren, durante ellas, los probablemente mejores de ambos bandos y sobreviven los más astutos, sagaces, prudentes, que en seguida, tratan de reconstruir en su beneficio.

Solo que después de la convulsión de cualquier guerra, lo prudente no ha sido nunca reconstruir, sino poner en los cimientos, además de los materiales viejos, recompuestos, reciclados, los que trajo el futuro, sus nuevas técnicas y nuevos conocimientos.

Tenemos, hoy, después de habernos enfrentado en el terreno espiritual del medievo y en el material de las edades moderna y contemporánea, que comprender a la gente nueva de este siglo, materia y espíritu, para construir con ella la sociedad nueva, en parte parecida a lo que tuvieron nuestros abuelos, pero con cuenta de lo que ya ahora tenemos y previniendo en la medida de lo imaginable, lo que tendrán nuestros hijos, para mí ya nuestros nietos.

Un tiempo nuevo, una sociedad nueva. Dudo que nos valga tratar de volver a alguna parte, cuando lo que necesitamos es el camino para llegar al tiempo nuevo.

Que se parecerá, pero será muy diferente.

martes, 20 de marzo de 2012

Ignorar lo que está ocurriendo del otro lado del mundo puede ser bueno o malo. Para un viejo, un jubilado o un soñador, como para un tonto, un niño o un poeta, por diversas razones para cada uno, es una omisión misericordiosa.

Las noticias del otro lado del mundo, que está por cierto a la vuelta de cualquier esquina, suelen ser malas. Las buenas, decía el viejo periodista, no son noticias, y, cuando lo son, incluso entonces pueden dar lugar a maldad. Por ejemplo, cuando te dicen que a no sabes quién le ha tocado un desmesurado premio de alguna clase y se encienden todas las mechas de la envidia. La envidia es amarilla, insidiosa y malintencionada.

Hay que procurar estar preparado para las buenas noticias. Si llega alguna, tenemos que acostumbrarnos a pensar que debemos alegrarnos y mucho de que alguien, en algún lugar, haya tenido suerte y por esa o por cualquier otra causa haya recibido una extraordinaria alegría.

Debe procurar contagiarse la alegría como solemos hacer con los virus y las tristezas.

Empuja, hoy que llega la primavera a las seis de la tarde, a las dieciocho horas, no sé cuántos minutos y algunos segundos, dijo ayer pomposo, erudito y petulante un locutor, precisamente hoy, empuja el invierno la carretilla del frío.

He de repartirlo, parece decir un tanto azarado: no me lo puedo llevar conmigo; se me pudriría, con los calores que vienen, antes del año que viene.

Trae un frío nuevo cada año. El de éste fue escaso, pero arañaba los bronquios y los pulmones, preferentemente a niños y vejestorios. Un invierno engañoso, eso es lo que fue, y ahora cierra la tienda con este ramalazo que no esperaba nadie y veremos si no contagia a la loca de la primavera, que ya sabemos que es como es, más que primavera, prima loca. Turbulenta. Hace descarados mohines al invierno que se fue y al verano que viene.

Tengo un amigo payaso que cuando se acerca y llega la primavera, se pone mucho más triste y cómo será el peligro que entraña que Casona tuvo que escribir aquello de “prohibido suicidarse en primavera”. Hay también un “diccionario de suicidas”. Se me ocurre que el suicidio es el punto de contacto, allá en su respectiva radicalización, de dos contrarios, el miedo y el valor, que al mezclarse exaltados producen la explosión de la razón y así el fracaso personal del suicida, que, al morir fuera de tiempo, al atravesar el espejo cuando todavía no se le esperaba, es probable que tenga mucha mayor dificultad para descubrir los caminos de acceso a dondequiera que deba ir a parar.
Me pregunto si fue primero la música o la palabra. Opino que la música, porque está en la naturaleza. La hacen las fuentes, el agua viva del río, el viento al rozarse con cualquier cosa. Hizo falta, para entenderse mejor, modular los sonidos, domesticarlos, formar las palabras, que concretan a cada situación la mucho más expresiva capacidad de la música para decir un sentimiento.

Por eso, donde las palabras no llegan en prosa, se acude a la poesía, que las exalta, y cuando la poesía se revela insuficiente, regresamos a la música. Hay seres excepcionales, por ejemplo García Lorca, que alcanza la posibilidad de imprimir en las palabras utilizadas en un poema la musicalidad que suena sobre todo en sus romances.

Alguien ha dicho ayer en algún telediario que hoy, sobre las seis de la tarde, es decir, dentro de unas siete horas, llegará, tan loca como siempre, cargada de maletas, bultos y paquetes, la primavera, que, como anuncio, nos lleva casi un mes desparramando margaritas por los prados y tirando de los brotes verdes, más altos, todavía tiernos, del limonero del patio que mi mujer ha convertido en un pequeño jardín donde logra calas y rosas, margaritas, azaleas, lirios y geranios. El limonero está atrás, donde ahora le da poco el sol y pareció, cuando hicieron la casa de al lado, que se enfadaba e iba a dejar de dar limones, pero no. Los limoneros, apunto en mi agenda, no son rencorosos.

Al lado de la escalera hay unas margaritas tirando a malva que se abren y se cierran según la luz o que llueva o no. Yo en cambio pongo unos cacharros con alpiste y me los desprecian los gorriones, las lavanderas y los mirlos del escayal de la ladera del monte, los verderones, los jilgueros y hasta la pareja de urracas que tiene su nido en la laurela. Hace tiempo, probé con nidos artificiales, de madera y paja, pero tampoco quisieron nada conmigo. Sólo unas golondrinas, accedieron estos últimos años a cobijar su nido bajo el alar del tejado. Y han vuelto, que me gusta verlas correr, la familia entera de las lagartijas de cada verano, permanecen las arañas de siempre y parece que hemos logrado erradicar a los caracoles que se comían con tantísima fruición las hojas de los acantos.

Imposible lograr que sobreviva una buganvilla. Ya se secaron como media docena. Siempre me han gustado las casas semivestidas de hiedra. Por la parte de atrás, junto a la ladera, hemos puesto un banco de madera para aprovechar la sombra en verano, ahora que hay estos agobiantes veranos podridos de humedad durante que hay días que parece que se respira mermelada de aire y se suda en cuanto se sale del agua. La sombra huele a limones. Los limones juegan a esconderse casi entre las hojas. Mi mujer ha plantado un muro de hortensias, que, año tras año, han ido perdiendo color.

Es solo un rincón, pero cerrando los ojos puedes imaginar un jardín. Me gustan los jardines, pero no por las flores, que también, sino por sus posibles rincones donde es posible refugiarse a jugar con la imaginación, la memoria y la razón. La razón es menos propensa que la traviesa imaginación. la memoria, inexorable, nos traza la línea de puntos de nuestros errores. ¿Por qué, si en teoría somos animales racionales, no puede nuestra vida haber seguido la traza neta y limpia de una línea desnuda? ¿Por qué estos quiebros, fallos, fracasos?¿por qué estas roturas con nosotros mismos?

Un rincón donde se deja entrar a la memoria, de pronto, puede convertirse en un sótano inquisitorial, donde oscuros verdugos y sayones de mirada triste nos devuelven al miedo nocturno de los niños.

lunes, 19 de marzo de 2012

Produce, la lluvia, melancolía. Cualquiera de los especialistas en contar historias que ni sucedieron nunca ni llegaron a ser leyenda, como Cunqueiro, como Borges, como Juan Perucho, contaría cómo en días de orbayo algún rey de un país inexistente o una imaginada princesa, sintieron desmayarse como una damisela posromántica su imaginación, apoyados en el alféizar de sus respectivos ventanales, con la frente pegada al cristal, escuchando el crepitar apenas audible de la lluvia.

Alternativas de sol y sombra, al paso de soplidos súbitos de un viento asmático. Nubes henchidas de agua, tras de bruñir el cielo, ennegrecidas de cenizas de estrellas.

Discreto y callado, como era, observador como buen fotógrafo, paciente, casi invisible, él lo veía casi todo y lo contaba mediante fotografías de esa realidad que constantemente se escapa. Hablo de un amigo que se llamaba Pepe Vélez y ha muerto sin hacer ruido, como le gustaba andar por entre los más trascendentales acontecimientos como si no estuviera. Hay gente como él, insustituible por más que haya quien aseguro que no hay nadie que lo sea de verdad. Echaré de menos a Vélez dondequiera que vaya, porque ´le siempre estaba. El buen padre Dios, espero, lo habrá recibido ya. A mí, la última vez que estuve con él, no se me ocurrió que pudiera llegar a faltarnos así y no se me ocurrió despedirme más que como siempre, hasta la próxima. Ahora será ya, la próxima, del otro lado del espejo. Hoy le dedico un abrazo y una oración.

domingo, 18 de marzo de 2012

Igual que los buenos, todos los buenos, incluso los mejores, tienen su parte oscura, y cuanto mejores, para compensar, tal vez mayor, tienen los malos su parte buena. Ahí radica la complejidad humana y la absoluta, imperiosa necesidad, de querer a los adversarios, por retorcidos que sean, puesto que hay un más o menos remoto lugar en que, por humanidad, coincidimos, y un día u otro necesitaremos de su comprensión tanto como pueden hoy ellos precisar de la nuestra.

Vivir es al final esto. Tratar de comprendernos los unos a los otros y procurar una disculpa para el error ajeno, que un día u otro puede ser nuestro error.

Un antiquísimo consejo de la sabiduría popular china recomienda que si es absolutamente necesario optar por lastimar a un viejo o a un joven, procures optar por molestar al viejo, que ya está al final de su camino. Los jóvenes, nadie sabe a dónde podrán llegar.

Me encantan esas frases hechas, los refranes, los aforismos, las exclamaciones finales de una honda reflexión. Son entrañables porque casi siempre están o equivocadas o basadas en un error que permite que exista siempre el aforismo igual y contrario. Una vez más, concluyo en que el universo se basa en un equilibrio inestable de cada cosa con su contraria. Somos lo que somos por contraste con lo que son otros en el mismo preciso momento, y si esos otros, nuestros contradictores y nuestros adversarios, no existieran, su inexistencia arrastraría indefectiblemente la nuestra. Por eso, si acabamos con los pobres, no habrá ricos y si con los ricos, no habrá pobres.

Puede que tratar de acabar con algo, provoque consecuencias tan inesperadas que sorprendan nuestro peculiar sentido de esa justicia, concepto cambiante, que perseguimos pienso que sin saber exactamente cómo es en realidad, tan mudable en cada espacio y cada tiempo que ha hecho imprescindible la equidad, que la despoja de su corteza y la humaniza respecto de cada caso concreto. Una Justicia de verdad, seguro que está del otro lado del espejo, donde el espacio y el tiempo se disuelven en la luz
Amanece un domingo esperanzador. Porque la lluvia nos ha lavado el aire durante la noche, se acerca la Pascua de Resurrección y las encuestas apuntan a que ni los pepes ni los pesoes se van a enquistar en las Asturias necesitadas de oxígeno y transfusiones de salud, dinero y amor, como dice la canción. La otra pata, la de la ilusionada esperanza, se nos dará por añadidura si definitivamente apuntamos por el camino, la decidida elección y emprender la peregrinación de salida por fin.

Vamos, dicen, a votar por unos que ni siquiera acertaron con el dibujo, a pesar de haberlo hecho con la idea. Hemos, dijeron, de mudarnos a la humildad laboriosa y organizada del hormiguero, para poner los cimientos de otras Asturias, las nuevas, las del siglo XXI, que, después de las turbulencias del XX, debe ser de bonanza y real progreso hacia el aprovechamientos de tantas cosas como se han descubierto, inventado, puesto en marcha e imaginado con tanta prisa y tanto desconcierto a lo largo de las tres o cuatro últimas generaciones.

Hacen falta sacrificio, laboriosidad y paciencia.

Que generarán, inexorablemente, repito, la inconmensurable ilusión de la esperanza. Sólo echa a caminar hacia la tierra prometida un pueblo a quien tras de habérsela descrito se le sugiere un camino.

El mayor esfuerzo es el del primer paso.

Vamos a elegir a los que nos parecen mejores, conscientes de que el mejor hombre está lleno de defectos. Con todo, ellos, siguen siendo los mejores para lo que ahora mismo necesitamos.

Sus enemigos y adversarios nos los van a describir por su lado oscuro. Nosotros conocemos y hemos de proclamar el otro lado, el de la capacidad que nos motiva para seguirlos y empujarlos.

Un líder necesita seguidores, pero también que se le impulse. A quien se sabe que puede, hay que exigirle que se esfuerce. Nos lo debe, a cambio de nuestra confianza y nuestra lealtad.

Vamos camino de la paz, la justicia y la libertad.

Pero sin engañar a nadie. Advirtiendo que la paz, la justicia y la libertad no son más que una situación de tenso equilibrio necesitada de permanente esfuerzo para mejorar unas condiciones que jamás llegarán a ser perfectas, porque se nos ha dicho y es cierto que el ser humano no puede regresar al Paraíso, por lo menos del lado de acá del espejo.

Vivir es ir acercándose al reflejo propio, fundirnos con el cual entraña pasar al otro lado, donde nadie puede tener plena certeza de saber lo que exactamente hay.

sábado, 17 de marzo de 2012

Corretea la imaginación
embrollo arriba y abajo del semisueño de
la soledad.

Me estoy, callado, a pie de invierno.

Nada es real, en este momento íntimo
en que no sé de cierto
si vivo todavía, o,
del otro lado ya,
paso, como las cuentas del rosario, una a una,
las de recuerdos
que ni siquiera sé si son mentiras
que conté un día a alguien.

Tal vez,
esto que me pasa,
sea como una fábula sin moraleja,
tal vez haya muerto,
esté dormido,
o,
sencillamente,
sea la hora de la siesta y en cualquier momento
me despertará de un manotazo el sol
y estarán poniendo anuncios en la tele.
Como si quisiera dejar a ultima hora cumplida a medias, que ni siquiera, su trabajo del año, nos trajo esta mañana el invierno un chisquitín de lluvia, casi ni orbayo, humedad apenas concretada en unas lágrimas pluviales que flotan en el aire, indecisas si caer o limitarse a mojarnos la cara como quien da un beso sin tocar, de los de los saludos de ahora.

¿De dónde habrá salido la astuta idea, ya pícara costumbre, de chucharse con las mujeres en vez de darse la mano o hacer el reverencioso ademán de acercarse como a besar, si a cubierto, el dorso de sus manos?

Ya había sido un logro prescindir de la carabina, supongo que con apoyo en la necesidad de disponer para tenerla de permiso de armas, para el reconocimiento del terreno propio de aquellas casi siempre honestas relaciones prenupciales. Ahora, por lo que veo alrededor, lo difícil debe ser salvar la honestidad, cuando ambos sexos me da la impresión, así, a simple vista, de que compiten en el brío del asalto de la fortaleza del otro, su asedio, la audacia de los golpes de mano.

-Y tú, me preguntan, desde tu atalaya de los ochenta y más, casi tres, ¿qué opinas?

No puedo opinar. Nadie entiende del todo lo que ocurre más allá de su tiempo. Nadie puede sufrir o gozar de las circunstancias de lo que está pasando en el campo de juego, cuando ya se ha convertido en espectador.

Los mirones, decíamos durante la partida de dominó de cuando había jugadores y se fumaba después de comer, son de mármol, excusado es decir que por lo de su deber de callar posibles sugerencias relacionadas con la partida, y dan tabaco.

El tabaco estuvo también racionado. Si llegabas a una mayor edad que se alcanzaba a los veintiuno, te daban una cartilla de que en el estanco te iban arrancando cupones para darte unos paquetes de pitillos o de picadura, según lo que hubiera. Dar tabaco era un acto de generosidad evidente. En las vías del metro de la gran ciudad, siendo ya estudiante yo de Derecho, recolectaban los colilleros con un ladrillo ensalivado amarrado con una cuerda, colillas para reciclar. No llegaban a costar una peseta ni las novelas policíacas que publicaba Editorial Molino, ni sus publicaciones de los Hombres Audaces, que eran cuatro, como las esquinitas de la cama y los puntos cardinales: Doc Savage, La Sombra, Billa Barnes y Pete Rice. Un tomo de obras completas, publicado por Aguilar, andaba por los cuarenta duros. ¿Quién tenía, de estudiante de posguerra, cuarenta duros disponibles?

viernes, 16 de marzo de 2012

Viernes último de este invierno bonachón y apacible, que se ha mecido al sol, en su veranda de su casa de esta villa, esta comarca, este rincón desde que Asturias se asoma al bable asturgalaico, que desemboca en la mar por entre Ribadeo y Vegadeo, leo en alguna parte que la ría baja con agua insuficiente para los salmones.

Entre nuestro territorio, que acaba en el riachuelo de Barayo, y la ría del Eo, queda la del Navia, que nace en Galicia y lo compartimos, pésicos y albiones, las viejas tribus iberas de que ya no queda en el recuerdo más que el nombre. Tal vez no sabía escribir ninguno de sus guerreros, mitad, supongo, guerreros, mitad cosechadores de una agricultura por lo menos en parte asilvestrada,

No hubo casi nieve, este año de gracia, en el Rañadoiro, de modo que los ríos bajan gachos, El Negro, que parte la villa en dos, aporta transparencia. Se apretujan los cantos rodados, en el fondo, enseñando unos sus calvas, otros melenas verdes. Vivaquean las truchas. Un letrero decía hasta hace poco que está prohibido pescarlas, salvo en determinado tiempo y bajo condición de reintegrarlas al río. Bajan los aficionados al llerón, algunos hechos unos pinceles, con su atuendo impecable y sus cañas impolutas y las cestas de mimbre lustrosas y lustradas. Sombrero de ala ancha, gafas polarizadas. Lanzan con estudiada sucesión de posturas equivalentes al swing que además tienen, se adivina, recién aprendido para el gol que casi han hecho, los ejecutivos, tan habitual como la lubina.

Hubo un tiempo en que dicen que se cazaba y se pescaba para comer. Ahora, paradójicamente, se hace para adelgazar y mantenerse en forma. Había, cuando lo de necesitarlo para comer, que cazar y pescar a mansalva. Ahora, detrás de cada árbol, un secreto guardián vigila, pesa, mide y confisca cuanto pasa del riguroso cupo mediante que se pretende conservar por lo menos el recuerdo de otras abundancias y misteriosas reproducciones que durante tantos siglos permitieron subsistir al depredador humano, tan imaginativo e ingenioso que dio en matar más de lo que la naturaleza era capaz de reproducir.

Y así estamos, que dentro de poco pasará como con las angulas y a alguien se le ocurrirá el modo de fabricar chuletas y pescaíto freíble a partir de sabe el buen padre Dios de que ingredientes adobados con extracto fluido de sabor a pata de jabalí o a salmón ahumado.

Echo de menos las manteigas amariechas que bajaban al mercado de los domingos las vaqueiras, envueltas en un trapo húmedo, la leche de cántara de lechera de fábula, los pitos de caleya de pico y patas del color de la panoya, la cresta erguida y el muslo renegrido, los requeisones cujados en moldes de piel curtida, los huevos de cáscara siena y yema amariecha … Bajo al supermercado y todo es light, está descargado, desmantelado, suavizado, puede que esterilizado y convenientemente protegido por unos conservantes que tienen nombres de número y letras de vitaminas incorporadas. Ya no me acuerdo de si en el mundo feliz aquel de Aldous Huxley que leíamos de más jóvenes, cuando los nórdicos no habían descubierto la mina de la novela negra, había supermercados. Debo empezar a releer alguna cosilla.

jueves, 15 de marzo de 2012

Contigo, Asturias, pan y cebolla. Será lo que nos quede, cuando entre los hunos y los del otro lado se reinstalen, si lo consiguen, los de siempre, se supone, yo temo suponer, pero supongo que parecidos a los que se fueron con sus respectivos proyectos donde llevan los perros el rabo cuando los dominas y reprendes.

Dicen y no acaban, los enamorados, de las excelencias del pan y la cebolla proverbiales para alcanzar por lo menos el lindero de la por lo menos apariencia de felicidad.

¿Rellenas? Aquí en Asturias, en determinadas zonas, valles, comarcas, las cebollas son cebolles rellenes, exquisitas por cierto, y en otras, los que son como las cebollas son los habitantes, que tienen capas, como ellas, y las vas quitando y siempre hay otra dentro, como las muñecas rusas, de modo que es difícil saber cual es su meollo, puede que una duda, que es lo más sabio que se conoce: sólo sé que no sé nada. Tampoco es para tanto, que algo, por más equivocado que estés, necesitas hacer pensar que sabes para ir tirando.

Y cabe, todavía cabe hoy, a poco más de una semana de la ocasión, que tengamos la brillante ocurrencia de acertar con lo que deberíamos hacer para intentar salir de este embrollo.

-¿La crisis?

En realidad, ya no es una crisis. Se trata de una convalecencia con evidente riesgo de recaída. Suele ser mala, cualquier enfermedad que pegue dos veces. Habíamos asomado la cabeza, todavía en un mundo de sueños, pero aún nadamos al alcance de los remeros, tentados como bogan de pegarnos con los remos en la cabeza.

Pan, cebolla … Riesgo de recaer en el maíz, boroña y farrapes. Papas, chentas o pulientas, para que nadie se queje de falta de libertad. El maíz y les fabes, además de su indudable atractivo turístico, sólo comparable a lo de tirar la sidra, que provoca la admirada estupefacción de los guiris, serán nuestros últimos recursos, junto con el pito de caleya y el jamón de gochu del país, criado con las tradicionales “aguas”.

Venían aquellas vieyinas de largo faldamento y pañuelo rojo en la cabeza, a recoger, por el fin de semana, las “aguas” de sus veceros, para criar el gochu. Venían las lecheras, con sus cántaras. Tuve un compañero de estudios que desde una rendija de su balcón, con el tirachinas, acertaba gran número de veces, alternativamente, en las pantorrillas de las lecheras o en sus cántaras. Las despertaba, es probable, de su fábula.

Espero y confío que habrá día en que todos nosotros seamos capaces de romper las cáscara de tanta fábula como nos recitan.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Leo y no acabo del desprestigio que vierten los diferentes comentaristas respecto de los candidatos que encabezan las distintas opciones políticas que pretenden gobernarnos y representar a los asturianos.

Hay muchas más descalificaciones que relaciones de méritos que pudiese justificar una por lo menos ocasional preferencia por alguno de ellos.

Me pregunto si estaremos llegando a ese grado de irritación, escepticismo o desaliento a partir del cual ya nada vale más que una especie de anarquismo como el de esos herederos minoritarios o comuneros de propiedades horizontales que acreditándolo, opinan que vale más “quemarlo todo” que permitir nuevos esperanzados, o por lo menos ilusionados ensayos.

No vale, al parecer, ninguno para hacer lo que cada cual piensa, todos diferente, que debe hacerse en este rincón para reconvertirlo en vergel. Mejor, parece que se ha llegado a opinar, dejarlo ir todo a monte de cádava, ortigales y escayos, que permitir que alguno de “estos” se apoltrone a nuestra costa.

Me gustaría tener suficiente y suficientemente clara voz para recomponer la ilusionada esperanza de que, si no otra cosa, alguno, por incompetente que pueda parecer, poco afable, desagradable, inquietante, pueda alcanzar la gracia de ese milagro, equivalente mínimo del milagro grande de que amanezca cada nuevo día, susceptible de ponernos en marcha como un equipo coordinado, eficiente.

Asturianos recios, violentos, de notable aspereza, según relataba Herodoto, con la cabeza clara, nos adulaba Ortega, tan clarividentes como Jovellanos, por no añadir la ristra de quienes bajaron, o subieron, a Madrid y ahora preparan las maletas para irse a Bruselas, como otros inundaron las repúblicas ultramarinas de esfuerzo y saberes … ¿nos iremos a rendir ahora? ¿habremos desdejado tanto el cultivo de las virtudes propias de nuestro hecho diferencial que estemos a punto de rendirnos al cansancio del escepticismo?

Tal vez, ojalá, mañana, todos a una, cada periódico y sus comentaristas me empiecen a sembrar la duda acerca de si debo votar a uno u otro a fuerza de enumerarme sus méritos, capacidades y virtudes, en vez de sembrármelas por supuesta incompetencia generalizada del conjunto.
Aprovecha el tiempo. No tienes más que éste y por una sola vez. Cuanto no logres hoy, jamás habrá para ti otra oportunidad. Cada día tiene su afán, dice el Eclesiastés y el padrenuestro añade la petición al buen padre Dios de que nos dé el pan nuestro de cada día. Cada día tiene su afán. Y vendrá luego, o no, otro día, pero será “otro”, con diferentes oportunidades.

Resulta, cuando se es joven, difícil de creer, pero es así. Lo aprende uno mucho más tarde, en la vejez, cuando ya no te sirve más que para disfrutar con arrepentimientos y nostalgias que ni remendar pueden las desgarraduras de los fracasos sufridos por haber dejado escapar la ocasión entonces, cuando parecía que iba a haber tiempo para todo, incluso de recuperar el tiempo perdido. No se puede. Proust se extravía en el laberinto, para deleite de generaciones de lectores. Lo que tampoco sabía Proust era que llegaría tiempo en que los lectores habrían perdido, perdieron la paciencia, con esto de la prisa, y ya no se disfruta leyendo las páginas y páginas de digresiones de Proust, difundido entre las palpitaciones de aurora boreal de su imaginación desbordada y desordenada. Tuve un amigo algo esquizoide que decía que la literatura de Proust era como la excelente tela del mejor paraguas imaginable, pero sin varillaje.

Hay gente así. Nos perdemos, servata distantia, pero de análoga manera, en el delta de la desembocadura de nuestra imaginación, que se impone al raciocinio puro –todo lo puro que cabe en cada cual- y hablamos y hablamos, o escribimos y escribimos de esta manera que parece elaborada en duermevela, pasando por entre la realidad y sus hologramas como de puntillas y dudando si lo más digno de crédito es lo uno o lo otro.

Amaneció hoy bajo la niebla. La niebla es un nocturno desteñido. La oscuridad se queda, de recién amanecido, mutada en este ovillo de telarañas grises, que las tocas y se disuelven entre los dedos, dejándonos a cambio humedad como de lágrimas recientes. Tal vez la noche llore, cuando le pasan estas cosas. ¿Quién sabe lo que ocurre más allá del frágil suspiro de luz que apenas exhalan las farolas?

martes, 13 de marzo de 2012

Despierta primero un ojo, el otro, hundido en la almohada, sigue soñando y la cabeza se parte en dos, que uno lo alumbra el parpadeo del despertador y el otro sigue a flor del agua de lo onírico. El despertador se mete en el sueño o es éste el que lo abarca a aquél y se acaba entremezclando la amanecida con los restos de noche dispersos por la habitación, flotantes. La “dudosa luz del día”, con los jirones desgarrados del miedo nocturno.

Permanece, haciendo juego, el sol, embozado con una niebla amarillenta. No amenaza lluvia, es un antifaz de cansancios antiguos, el que se ha puesto el sol esta mañana. Estará, digo yo, avergonzado de sus estornudos de estos últimos días, esas que llaman tormentas solares, cuyas vaharadas dicen que silencian a los orgullosos satélites que flotan a nuestro alrededor y hacen fotografías, como los turistas, y proporcionan ecos sorprendentes de comunicaciones que tartamudean cuando el sol eructa llamaradas de exceso de energía. Cosa de la primavera. Adolescente como es, fiérvei el unto, que decían las viejecitas beatas, comino de la misa primera cuando las había, misa y viejecitas.

Juegan al ajedrez, unos, y al poquer, otros, los estados de la improbable confederación europea, se hacen fintas, se engañan. Por fortuna, nuestro presidente es ahora un gallego y ya sabéis que dicen que no es posible adivinar si suben o bajan, cuando te los cruzas en el descansillo de la escalera. ¿Saldrán, los españoles, de ésta? –le preguntan- ¿e logo? –“responde” él-. Lo de responder, tratándose de un gallego, o incluso de un asturiano occidental, que nos parecemos. es un decir.

Cuentan y no acaban, los expertos, que si la inflación, que si el ipecé. Los únicos que saben de inflación, deflación, crecimiento o ipecés son las amas de casa, varones o hembras, cuando cada fin de semana saldan sus mínimas cuentas de resultados, y cada vez hay que tironear más para intentar que lleguen la manta o el edredón al nivel del pescuezo.

Martes y trece. Y supersticiones para todos los gustos. Unos dicen que es la combinación más suertuda posible, otros que nos acecha el peligro. El mero hecho de vivir, pienso, entraña el peligro de desvivir. No hace falta esforzarse, como recomendaba el filósofo de las exageraciones, para “vivir peligrosamente”.

lunes, 12 de marzo de 2012

En unos versos memorables, se pregunta Jon Juaristi si nuestros padres nos engañaron. Pienso que no. Creo que nos dijeron “sus” mejores verdades, con la mayor sinceridad y su mejor voluntad, y que, como suele ocurrir, venían impregnadas de la mendacidad que se sigue de no saber bastante.

El refrán dice que en la duda nos abstengamos, pero un amigo me contó que su jefe le dijo siempre que en la duda, lo que había, era que estudiar más.

Y ni siquiera eso es imputable a nuestros padres, que estoy seguro que estudiaron todo lo que pudieron y con la mejor intención, pero, sobre ser la verdad escurridiza, incluso cuando se trata de al provisional y parcial verdad a que en cada generación podemos aproximarnos, toda una multitud, cada vez más numerosa y más especializada, se esfuerza en atraernos hacia las verdades, asimismo cargadas de mentira, de quienes les pagar por hacerlo.

No nos engañaron. Nos engaña nuestra sempiterna tentación de dar las cosas por hechas y tener por cierta, suficiente y definitiva cada aproximación que a una supuesta verdad logramos.

Como suele pasar con cuanto es humano, la convicción de estar en posesión de una verdad es un equilibrio inestable, que debe revisarse todos los días y varias veces cada día.

Porque, cada día, hay muchos, rebuscando, comprobando, criticando los linderos de las verdades de los demás y comparándolas y contrastándolas con unas u otras piedras de toque. Y si no estamos atentos, cada confrontación con una verdad ajena nos irritará, ofuscara y no permitirá hacer la serena comparación con las nuestras que las verdades de otros merecen.

Cuando el otro viene de mala fe, para desmontarle el sofisma, cuando de buena, para acercarnos, apoyados en la controversia, a otra aproximación mayor y mejor hacia el límite de nuestras comunes posibilidades generacionales.

Hay casos, prodigiosas personas, que incluso son capaces de echar una mirada un poco más allá de lo previsible para una época determinada. Son los ingenios y los genios, son unos pocos en cada caravana de cada espacio y cada tiempo. Están ahí para que los demás nos sintamos provocados por la audacia de sus descubrimientos y nos esforcemos otro poco y la sabiduría nos vaya pareciendo cada vez algo más apetecible, luminoso y satisfactorio.
¿Transmigración? ¿Por qué no imaginarla? Al fin y al cabo, la prodigiosa economía del universo autoriza a suponer que las minúsculas partículas en que puede subdividirse la materia cuando algo muere, se reconstruyen con arreglo a una diferente arquitectura a que se incorpora la energía vital, el alma inconcebible, que nadie ha podido localizar y mucho menos de algún modo sentir con alguno de nuestros cinco sentidos oficiales.

El sexto es perfectamente consciente de que hay seres vivos, de que formamos parte, y muerte, cuando se aparta esa energía, el alma, que mantuvo de modo más o menos, pero siempre efímero, su provisional cohesión.

Tal vez haya alguna de mis partículas estado en un dinosaurio.

O formado parte de ese polvo de estrellas en que dice Sagan que consistimos.

Una estrella, muda, de mar, o un viejo tiburón varado en una desconocida y de momento inaccesible playa lejana, cuyos restos devoraron carroñeras, basureras de la mar, unas gaviotas ya hace mucho capotadas también. Por cierto ¿dónde van a morir las gaviotas?

¿Habrá, como dicen las viejas leyendas subsaharianas que los hay de elefantes, cementerios de gaviotas? Los elefantes se separan del rebaño y van, más o menos renqueantes, hacia cada desconocido revoltijo de colmillos y osamentas. Puede que las gaviotas bajen planeando a un oquedal del acantilado donde estuvo su nido, el refugio. Las aves no tienen luz en las ventanas. Vienen, se aparean, regurgitan para criar las crías alborotadoras.

En la ladera del monte, en un laurel, tiene su nido una urraca, lo descubrió un gato asilvestrado y fue digna de verse la contienda, entre el gato terco, asido en equilibrio a la rama, y la urraca dándole pasada en defensa de su nidada. Desistió, al fin, tal vez aburrido, el gato. ¿Habrá dicho, como la vulpeja de la fábula, que le parecían verdes?
A la salida de un domingo, hay siempre, o ha habido siempre hasta ahora, un lunes, en esta caso concreto, de los idus de marzo. Hace muchísimos años, por estas fechas, asesinaron a César. Hoy, con la misma desfachatez, se sigue matando, asesinando a veces, a más gente, sean o no los idus de marzo. Casi primavera. Tendría Alejandro Casona que haber prohibido, no sólo el suicidio, sino también el homicidio en primavera. La primavera, sin embargo, con eso de estar llenándolo todo de vida, invita al neoromanticismo de la muerte. Muerte y vida, en sus extremos, como pasa con el amor y el odio, son colindantes y se atraen con la mista intensidad que los polos contrarios de los imanes.

“Et tu, Brute …”, dicen que exclamó César, ¿dolido? ¿asombrado? Poco debía valer el servicio secreto de un caudillo tan importante, si no le había informado de los manejos de Bruto y de su deslealtad. Asimismo la deslealtad vuelve a estar de moda. Poco importa la desdicha ajena, si de algún modo puede aliviar la nuestra, Cosa, hay que suponer, que acentúa y subraya el estado de necesidad por que pasamos en cada época de vacas flacas.

Hay siempre misóginos, solitarios, enamorados de la curvatura, para ellos única e inimitable, de su ombligo. Resulta divertido localizarlos, de vez en cuando, porque a la larga son tan insoportables como todos los demás egomaníacos, y escuchar su palinodia. Cualquier persona es digna de estudio y admiración, siendo tan peculiares, diferentes, y, sin embargo, tan parecidas. Te cuentan, maravilladas de sí mismas, “su caso” y lo que preocupa es que sea tan parecido a varios semejantes, que recuerdas. Así resolvía la señorita Marple, de doña Agatha Christie, intrincados problemas policíacos que le proponía la autora, por analogía con vivencias de su pueblo, St. Mary Mead, creo.

Durante el domingo, ayer, diversas pequeñas o grandes multitudes se han echado a la calle para protestar por diversos motivos. Cada vez será, auguro, peor, porque ya decía la abuela Sabina que “donde no hay harina, todo es mohína”. Se secaron, al parecer, aquellos “brotes verdes”. Hubo en la galería de casa de mis padres una aspidistra que estuvo muchas veces aparentemente a punto de secarse para siempre. No sé qué le echaban, que, al poco, brotaban de la tierra unos pequeños brotes, que, poco a poco la reconstruían boyante. Llegué a considerarla parte integrante de la familia, indispensable para la supervivencia colectiva. Recuerdo que se le cortaban pedazos de raíz y algunos de nosotros nos llevamos a nuestros respectivos hogares “hijos” de aquella increíble reproductora. Todavía anda por ahí mi tiesto, creo que apenas unas hojas ahora mismo. Tengo que acordarme de abonarlo y regar.

No es bueno que se formen multitudes, por pequeñas que sean, porque cualquier grupo puede ocasionar pérdidas de identidad. La identidad se pierde cuando los individuos agrupados se funden y convierten en masa y cuerpo de la consigna que otro desmesura a través de un megáfono. Los megáfonos, como la letra impresa, confieren a las consignas y los aforismos una especie de verosimilitud que se impone y antepone al raciocinio, y, a veces, lo que es peor, incluso al sentido común. Pienso que no deberíamos perder nunca el norte de ser conscientes que tan importante es el colectivo como el individuo, pero asimismo el individuo debe ser tan importante como el colectivo.

Lunes, anticiclón, sol. Dentro de nada, saldrá el nordeste y nos recordará que aún siendo inminente la primavera, queda por desollar el rabo, que también es toro, del invierno.

domingo, 11 de marzo de 2012

Domingo. Descanso a discreción. Hablemos del tiempo, como dicen que hacen los británicos a la hora del desayuno. Un desayuno británico no es cosa de broma, tengo entendido. Jamás tuve la oportunidad de disfrutarlo “in situ”, es decir, en una casa de campo de un lord inglés de los de antes de todas las guerras. A todo más, en algún hotel, donde se anuncian diversos tipos de imitaciones de desayuno. A mí, en el hotel, siempre me han apetecido los churros, el café, y, antes, un zumo de naranja.

Decía que hablásemos del tiempo y me acabo de meter en el berenjenal del desayuno. Para churros, recomiendo los que hacen en Jaén, y luego, a cierta distancia, los madrileños de cuando las verbenas antañonas. Los churros, las croquetas que hacía mi madre y la tortilla de patata han sido siempre mis debilidades. En algunos paradores me dieron churros congelados, que cubren, con cierta tristeza, el expediente. A los churros congelados les pasa lo que a los zumos de bote. Son como un referencia vaga de la “vaga ilusión” rubeniana.

“Decíamos ayer ..” Pero no, hombre; no ayer; sólo un poco más arriba; ahí mismo, al principio de la entrada de hoy, que hablásemos del tiempo. Contrasta con las arremolinadas turbulencias políticas, económicas y sociales que atribulan nuestra conciencia social, económica y política. ¿Os habéis dado cuenta? Pienso que nos hemos perdido en el laberinto social del derrumbamiento de los principios, en el económico de que no hay para casi nadie, fuera de futbolistas, exclusivas de supuestos famosos y subvenciones erráticas –los más ricachones empiezan a ponerse nerviosos porque cada vez se habla más de sus cosas-, y en lo político resultamos incapaces de elaborar planes para un futuro por lo menos asequible, sostenible y casi estable.

La estabilidad es imposible. La sociedad humana es un equilibrio y los equilibrios se apoyan siempre en precarios asientos donde hay que tener habilidades funambulescas para permanecer durante el mayor tiempo posible. El equilibrio, en lo político, lo económico y en definitiva lo social, es una situación que cuesta trabajo, dedicación, eficacia y atención mantener. El equilibrio impide “tumbarse a la bartola”. Dicen que Aníbal perdió la oportunidad de que la cultura europea fuera cartaginesa en Capua. ¿Dónde y por qué habrá perdido este año la liga el Barça de nuestras preferencias?

Y, hablando, ya que no del tiempo, del Barcelona, ¿de qué pretenderán liberarse esos independentistas? ¿De verdad piensan que ser más felices reduciéndose y que así evitarían ser lo mismo que ahora solo que a escala más reducida?

“En llegando a esta pasión …” –que dice Segismundo en su famoso monólogo-, paso a preguntarme por qué hay siempre una fracción de cada todo que supone, en mi opinión con palmario desacierto, que va a ser más feliz desgajándose de su tronco. Pasa incluso en los pequeños y ya insostenibles concejos –nuestros equivalentes a municipios de las Asturias-: cada pueblecito, cada lugar acasarado, preferiría, en cuanto tiene cierta entidad, separarse, desgajarse de su núcleo central, reconvertirse en esqueje, en seguida, planta independiente, con su gobierno, sus representantes, su “independencia”. No sé si por suerte o por desgracia, pero lo cierto es que la gente, nosotros, cada uno, somos interdependientes, animales sociales, humanos necesitados del grupo, la sociedad humana, por inestable que sea, peleando denodadamente por ese equilibrio que en cuanto nos descuidamos la ciudad de los hombres halcones de Alex Raymond, el Castroforte de Baralla de Torrente Ballester, se tambalean y cunde entre nosotros el desasosiego del hombre solo, cuando no puede estar seguro de que al volver de cada paseo que supone a veces la “descansada vida, la del que huyendo del mundanal ruido … ” del solitario, encontrará la “casa encendida” de uno de mis poemas de cita preferida, de que es autor Luis Rosales.

Ea. Ya hemos hablado del tiempo.

¿O no?

sábado, 10 de marzo de 2012

La opinión acerca de lo que puede ser justo o necesario es personal y subjetiva de cada cual que emita una. Pero creo que es importante tener una opinión. Y que sea propia.

Por ejemplo, personalmente, no considero ni justo ni necesario que se dificulte el despido de las contratados ineficaces cuando por añadidura no se esfuercen por dejar de serlo.

Personalmente opino que un contratado ineficaz que no intenta corregir su ineficacia es malo para la empresa, por su ineficacia, y malo para sus compañeros de trabajo, porque han de suplir su ineficacia.

Y que si una empresa económica no gana dinero y carece de perspectivas de recuperar la posibilidad de lograrlo, por la razón que sea y sin perjuicio de las responsabilidades que puedan después exigirse en los supuestos de gestión torticera, debe cerrarse y cuanto antes mejor, ya que si no, perjudicará a alguien más en cadena y progresión probablemente geométrica.

Y si empieza por decirse públicamente que la razón fundamental de oponerse a la reforma laboral es que facilita el despido, en mi modesta opinión, que para mí es la más fiable mientras no se me demuestre lo contrario, esta huelga, y menos de la dimensión convocada, ni es justa ni es necesaria.

Tenemos, cada país, una capacidad de generar riqueza y de que los ciudadanos, proporcionalmente, paguen impuestos. Con esos impuestos, que no deben rebasar un predeterminado porcentaje de la renta y riqueza generadas, tiene que bastarle a la administración de ese país para funcionar.

Y cada servicio, en cada país, resultará delimitado por dicho límite de gasto posible, de lo que se deduce que unos países tendrán o no podrán tener determinados servicios y que los que tengan deberán ajustar su calidad y dimensión a las posibilidades de su riqueza.

Una buena administración corta de aquí y pone de allá, pero como no debe rebasar el límite de gasto predeterminado, cada incremento de un capítulo provocará el decremento de otro.

Criticar que sea uno u otro el minorado no lleva a ninguna parte. Es un problema de criterio administrativo. El dinero no ha sido ni será nunca elástico. Cubrir de más una supuesta necesidad, destapará siempre otra.

Excusado es decir que debe suponerse que cada sector, segmento, gremio o grupo social que alternativamente deba sufrir la disminución, tiene derecho a declararse en huelga y echarse a la calle, con el injusto e innecesario, pero también inexorable empeoramiento de la situación económico social.

No se arregla nada con pedir y conceder nuevos créditos. Si acaso, habrá que prorrogar los antiguos o condonarlos en todo o en parte, Nuevos créditos, arruinan a la larga al país, puesto que cualquier entidad de crédito los da a partir del dinero que los ciudadanos del país le confían y si lo presta y lo hace a quien en definitiva no podrá pagar, a quien arruinará a la larga será al depositante del dinero.

Las entidades financieras no son más que intermediarios en la relación mediante que unos ciudadanos prestan dinero a otros. Una relación mediante que todos, dependen de que en el trayecto que supone cumplir las obligaciones de cada cual, genere más dinero, y si no es así, por el mero hecho de circular sobre sí mismo, no sólo no crecerá, sino que se irá consumiendo su valor.

Este país, que es pobre, dado que carece de una estructura económica que le permita competir en el mercado global y allí ganar dinero y generar riqueza, pretende mantener una sofisticada, compleja y desmesurada administración, que tampoco tiene medios para soportar.

Creo que lo que constantemente necesita créditos es insostenible, y lo que habitualmente necesita subvenciones es artificial.

En mi opinión, ojalá que equivocada, estamos corriendo el riesgo de convertirnos en un lugar de ocio, vacación y despropósito. Recomendaría mirarse en el espejo de algunas áreas de recreo cuyos resultados no se ajustaron a sus previsiones y la cometa de su sueño, arrastra una larga cola de importantes créditos fallidos y subvenciones desperdiciadas.

La solución estaría en la creación de los Estados Unidos de Europa, pero como no es probable que en mucho tiempo se logre, nuestra única alternativa aconsejable, sigo opinando personalmente, consiste en apretarse, primero, el cinturón, luego, exprimirse el magín, y por último, pero en seguida, estructurar una economía que resulte competitiva en el mercado internacional.

Excusado es decir que tras de reformar, racionalizar y adelgazar profundamente la administración, poniéndola al alcance del colectivo de nuestros bolsillos.

jueves, 8 de marzo de 2012

Tengo
los ojos
cansados de mirar tanta belleza
como hay
en el mundo, alrededor, donde todo está vivo
y la muerte
se convierte
poco a poco en una vieja amiga,
sonriente,
con que tengo una cita
cada día más próxima.

Respira con cuidado,
la primavera que viene,
este último ramalazo, ya sin ánimo,
del invierno.

Vocifera la gente consignas,
promesas,
viajes imposibles al país de las hadas
y la felicidad. Seguro que
habrá elecciones pronto: ¡sois libres! –nos gritan´,
es mentira.
Mientras lo dicen y estamos distraídos,
nos atan y amordazan,
matan
cada ilusión que teníamos.

Tengo
los ojos,
cansado, cerrados, me miro,
desolado,
por dentro, donde el río del tiempo,
ha ido dejando cenizas de sueños.

¿Dónde estoy? –me pregunto-
¿y vosotros?
¿y todos?

¿Es la muerte,
al llegar,
perder vuestra indispensable compañía,?

Algo me dice que debería ser,
que ha de ser
recuperarla, estar todos de nuevo,
ya uno solo,
fundidos en un solo acorde, el mismo rayo inmóvil
de luz de amanecida.
Salieron al prado de junto a casa donde está siempre la quintana, el cogollo, es decir, de la unidad familiar, la sociedad, más que de ganancias, de participación en las pérdidas y la economía tradicional, de supervivencia del agro de esta región, esta comarca, rodeada del prado de arriba de casa, el prado de debajo de casa y los prados de junto a casa. Salieron, escarbaron y allí estábamos, en nuestro búnker, acechándolos, viendo la mordida, la mamandurria, la recomendación, el nepotismo, la endogamia, el unte, la sisa y, a la vez, el peloteo y el despelote, el pelotazo y el pelotón de los torpes, en que nos quedamos los que por preguntar nos ha tocado servicio.

Ahora los ponen en los periódicos y se nos salen los ojos de la órbitas y se nos sube el embozo del miedo, viendo las consecuencias de que no se sabe quién, pero es probable que los que hablaban del cambio por el cambio, hayan derogado unos principios renqueantes, seguro que necesitados de retoque, pero que si vienes, los derribas y asolas y mientras no haya otros, habremos regresado a la selva de las leyes del Talión y el más fuerte, al final de cuyo respectivo imperio no hay más que una ciega espiral de violencia culminada en el caos.

No tienen desperdicio, los periódicos nuestros de cada día, sea cual fuere su candidato preferido, su partido más atractivo para los comicios que vengan, cada vez más frecuentes. Desde alfa hasta omega, desde la página uno y el editorial hasta el cierre del columnista desterrado al dorso de la última hoja, no falta en ninguna el manchurrón de un evento sorprendente, un indignante acontecimiento o un truculento suceso.

Políticos torticeros, complicados con escalatorres aprovechados de la venalidad de aquéllos para ellos forrarse; cada día mayor obcecación en tomarse la injusticia de matar con premeditación y alevosía por la mano; entrar a saco con nocturnidad, escalo, fuerza y en cuadrilla los bienes ajenos, y frecuentes cagaleras de dinero público ido por el desaguadero del descontrol.

¿Cómo es posible que se trate de mantener ni se permita, una organización administrativa que por boca de sus prebostes manifiesta pública, expresa y explícitamente que no le da, sin empeñarse habitual y progresivamente, lo que ingresa, para prestar una parte de los servicios que pretende ofrecer?

¿Cómo pueden cuadrillas de agitadores mezclarse impunemente con manifestantes, más o menos pacíficos o más o menos entusiastas, pero casi siempre excitados y crispados, con el exclusivo propósito de provocar, insultar y zaherir a los agentes de la autoridad hasta que pierden paciencia y control y cargan airados, para, a renglón seguido, imputarles haberse propasado con infelices inermes y pacíficos?

Contaban, recuerdo ahora, lo de aquel fontanero acusado en juicio de faltas por blasfemia, cuando la blasfemia no era sólo pecado, sino también delito, que explicaba que lo ocurrido había sido que estando al pie de la escalera mientras allá arriba, a la altura del techo, soldaba el aprendiz una tubería, le cayó a él, el maestro, una gota de soldadura al rojo en la calva. Había dado un salto y le había dicho al mozo: pero Pepe, caramba, por favor, pon un poco más de cuidado, mecachis.