martes, 29 de marzo de 2011

Del nacimiento de la aldea global es lógico en mi opinión que se siga la acentuación del sentimiento tribal de pertenencia un grupo iqueño, identificativos.

Las personas, en un ámbito demasiado grande, como es nada menos que el del mundo, el planeta entero, se sienten indefensas, a una especie de intemperie cultural resultante del cruce y rozamiento y de la imbricación de unas culturas con otras.

Al desaparecer la protección del valle, se recuerda el ámbito de la cueva primigenia, y al alejarse los centros de poder, mando y representación, el mercado donde han de venderse los productos de nuestra modesta artesanía personal, se echan de menos las plazuelas de los mercados comarcales y, a la vez, se echa de menos la familia, progresivamente destruida por diversas circunstancias, o, por lo menos, el calor de la hoguera de la tribu.

Se nos desfigura la humanidad como conjunto, a fuerza de crisis sucesivas de crecimiento, unas veces tecnológico, otras de las ideas, en el fondo desfases de la indispensable convivencia pacífica del cuerpo inerte con el espíritu que lo vivifica.

Unas veces inventamos desaforados y luego nos resulta imposible entender que cada cosa lleva en la propia esencia su contrario, cada luz su sombra, y otras imaginamos utopías, como la lechera de la fábula, sin precaver la cuenta de resultados que reclama apoyar en la tierra la realización de cualquier vuelo.

Para el ser humano, es probable que el equilibrio y la armonía, conjugados, fuesen el ideal, pero eso sería casi el Edén, y de ahí fuimos expulsados hace tiempo. A lo mejor es que el privilegio de vivir tiene que pagar el peaje de que la vida sea como es.
El problema, aunque también, no es que los bancos sean mayores y más sólidos y fiables, todo lo cual estaría muy bien, si además las cajas fuesen todas privadas, lo suficientemente sólidas y fiables y del suficiente tamaño para poder intervenir en los mercados financieros internacionales, nacionales y comarcales. El problema real está en disponer de unas piezas económicas suficientes para competir en los mercados internacionales, además de los nacionales y comarcales. Y organizarlas y estructurar una economía nacional capaz, a la que debería engancharse, como complementaria en unos casos y suplementaria en otros, una red de pequeñas y medianas empresas.

Se equivoca ese presidente de ese banco, que no ha hecho sino enfrascarse en la contemplación del ombligo de su empresa, precisamente ahora, cuando hay que mirar de dentro afuera, y no al revés.

El problema, en realidad es que lo que viene, lo nuevo, es imprevisible por falto de antecedentes históricos. Estamos cambiando de época, el ámbito de actuación responsable del hombre medio ya ha cambiado, desplegado y más próximo, como consecuencia del avance tecnológico, el hombre está cambiando, como consecuencia de la dispersión y participación en el acervo cultural común, y ha de cambiar la sociedad –los modos y formas de hacer política y de organizar y funcionar la administración pública-, cosa que estoy dudando de que hayan comprendido y sepan hacer nuestros ya por desgracia profesionales de la política.

Me toca ira a la Capital grande, y, en seguida, a la chica, para seguir contemplando cada vez más asombrado, como hierven en vano sus cerebros, cuando se obstinan en cocinar en ellos las viejas ideas, ya insípidas y muchas caducadas.

lunes, 28 de marzo de 2011

Me ofende la tremenda, incomprensible crueldad anónima de quien pone una bomba y se va, silbando, con las manos en los bolsillos, sin pararse un momento, su insensatez, en pensar que cualquiera puede pasar por allí cuando estalle.

No hay nada ni nadie que pueda justificar tamaño desafuero. Asusta la inhumanidad a que puede llegar un ser humano sin dejar de aparentar serlo.
Ahora que habéis matado el árbol
y se ríe, entre dientes, la autoridad competente,
mientras los pájaros,
cada vez más desconcertados,
buscan lo que fue su nido,
el lugar de su congreso de pájaros, el escaño
desde que proclamaban cada día
la desbordante alegría de vivir,
ahora,
padres de mala acción, asesinos
de la indefensa ternura, de la bendición
majestuosa con que el árbol recibía a los vientos,
ahora
estaréis satisfechos,
disfrutaréis
de la satisfacción de haber sobrevivido a la belleza,
de haber entristecido un poco más
la locura sádica del mundo que nos rodea.
Yace en el suelo, sin pena ni gloria,
el testimonio de vuestro inútil capricho,
os habéis frotado las manos, limpiado el sudor,
encendéis un pitillo, hacéis,
si acaso,
un comentario respecto del partido de fútbol del domingo
o del culo de la vecina que pasa contoneándolo.
Ya está, el árbol ha muerto, la vida
sigue.
Podría ocurrir, durante un largo viaje, que la mar inundara toda la tierra conocida y no hubiese puerto a que regresar. O que, estando nosotros en la meseta, desapareciera por completo la mar. Sería en ambos casos como si hubiéramos descubierto un planeta nuevo, diferente y nos hubiésemos convertido en alienígenas, obligados a reaprender a vivir otra vida distinta.

Podría asimismo, cuando volviésemos de un largo viaje, que todos nuestros familiares y conocidos hubieran emigrado y ahora la ciudad y el barrio de siempre estuvieran poblados por desconocidos.

-Esto era … Aquí había …
-¡Déjese de monsergas, peregrino! –nos dirían-. Aquí no fue ni hubo nunca más que lo que hay.

Podrían ocurrirnos muchas de las cosas que, mientras vamos al trabajo de cada día, imaginamos. Por ejemplo, ese recurrente sueño de que al llegar al barrio y el edificio de nuestro trabajo cotidiano, si fuese ahora aquél el mismo barrio ni existiese siquiera el edificio. Desconcertados, vagaríamos por los alrededores, pero ni los mercachifles de las esquinas ni la vendedora de periódicos ni la taberna de más allá son ahora ni parecidos a los habituales.

Podría entremezclarse el tiempo con su anterior o con el futuro, y encontrarnos con que es la boda de nuestros abuelos la que se está celebrando en la iglesia donde iremos a misa esta semana, pero que todavía es otra, más nueva, y nuestra abuela sonríe y se pregunta si habremos venido del extranjero más lejano, con este atuendo del siglo XXI con que nos ve de reojo, al pasar feliz, del brazo, nada menos que del bisabuelo que no habíamos conocido hasta ahora.

sábado, 26 de marzo de 2011

Y como quien no quiere la cosa, veintiséis de marzo. Sol a raudales, en brazos de la primavera. Como si este año fuese, la muy ladina, a ser como debe, que, loca como suele estar, acabará nevando, cualquier día. El secreto está en no hacerle caso cuando se pone melindrosa. Mirar hacia otro lado. Si no, correremos el riesgo de que le entre comezón de artista y se empeñe en demostrarnos lo loca que está.

Casi cierre de curso. Después de Semana Santa, que está ahí, a la vuelta de la esquina, los estudiantes nos percatábamos del tiempo perdido y echábamos mano, inquietos, de los libros. Cuando estudiábamos. Nos coincidían la inquietud finicursal y una residual adolescencia. Nos hervía la sangre enamorada. En primavera, digan lo que digan quienes disimulan el sentimiento llamándole cursilería, la sangre de los adolescentes, si no encuentra de quien enamorarse, lo hace del amor mismo. No resulta tan extraño si se tiene en cuenta que Darío, el padre de Alejandro Magno, se enamoró de un árbol, dicen no sé si los escritos o la leyenda.

Luego están los efectivamente cursis, que se enredan como hiedra en el carbol más próximo, cubiertos de flores, ellas o ellos, que contra lo que muchos opinan –de esos que dicen que los hombres no lloran-, hay cursis machos y cursis hembras.

Tome –dice mi periodiquera-, le pongo los periódicos en una bolsa, para que no se le caigan las noticias por el camino. Los periódicos, durante algunas temporadas, son como la telebasura, parece que, como ella repite los mismos personales con los mismos aburridos soliloquios, la prensa reitera las tremendas noticias, que así se van diluyendo en la repetición y perdiendo la fuerza de su impacto inicial.

Bombas que tiran los buenos y los malos, y ambos matan inocentes y cada uno dice que fue el otro, parejas que se acuchillan o se matan a golpes y después se horrorizan, tratan de responsabilizar de lo ocurrido al muerto, y, a veces, completan la lúgubre tristeza del cuadro suicidándose de mala manera. Robos, timos, palizas a la puerta de la discoteca y de la noche. Borrachos que atropellan a noctámbulos. Fútbol. ¿Son los futbolistas las personas mejor pagadas del mundo?
Uno se pierde entre los ceros de los miles de millones que se cruzan para tratar de ganar y hacerlo cuanto antes. ¿Pueden, todos esos que vienen chapurreando nuestro idioma, poco menos que en olor de milagro, sentir la vieja rivalidad con el vecino del pueblo de al lado, de la ciudad más próxima, de cuando había que llevar en la camioneta que llevaba al equipo, las gaseosas del dopaje del descanso y venían los municipales a regar a falta de ducha a los esforzados gladiadores durante ese cuarto de hora reconfortante?

viernes, 25 de marzo de 2011

El pipirigallo y la pipirijaina,
un pipiolo y su pipiripao,
prefiero
poner
ponchos de vicuña al sol, a secar,
entre las flores
de pipirigallo,
mientras la pipirijaina hace propaganda
de su función de esta noche,
cuando se ponga el sol en el lugar.

Iré, entre tanto,
con el pipiolo a hartarnos
en su pipiripao.

Estás pipiliciego, me dicen,
cuando estés piponcho,
mejor te entretienes
tocando el piporro
o la pipiritaña.
La vejez,
como el vino añejo,
debe tomarse a sorbos reposados,
no sea que o se atragante o me emborrache
con la súbita luz
que contiene
en el fondo de su tristeza.

La vejez es un ámbito
donde sólo los más fuertes sobreviven
y los débiles
poco a poco, se encogen, a medida
que cada día,
con cada nuevo dolor inesperado, un fallo
de las rodillas,
una caída, ese ahogo inesperado,
el recuerdo
de otro día radiante de cuando la otra vida de joven
vivimos en cada lugar,
mueren una, dos, cientos de veces,
hasta amedrentarse con la sola mención
de algo tan natural,
justo,
necesario,
como es la muerte.

La vejez es un privilegio más
que nos concede el buen padre Dios,
como nos permitió vivir,
sin ningún merecimiento nuestro que lo justifique.

La vejez es un tiempo para soñar,
imaginar,
esa otra vida que ésta
nos permite con su inconmensurable belleza,
taraceada de sufrimiento,
equilibrada
de dolor
como una deslumbrante paradoja.

La vejez es el umbral
de lo desconocido.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Maderas rotas, fierros, polvo, barro. Mi calle ya no es la calle de nadie más que unos hombres ceñudos, que se afanan en romper y clavetear, destruir y untarse de cemento. Pasa mi mujer y la asisten solícitos: cuidado, señora, no se vaya a romper el alma. Mi mujer dice, casi sin decir, puro rezongue apenas murmurado que no es el alma lo que teme romperse en este despeñadero, sino brazos, piernas o el occipucio. Para un mes, como mínimo, tendremos todavía de este desaguisado urbano y leo hoy en el Factbook que han robado no sé cuántos metros de una carretera de un pueblo de Santander. Pongo un anuncio: compro carretera de segunda mano, aunque sea robada, para poner ahí, delante de casa, donde el caótico amasijo es mayor.

Curioso caso el del sistema “democrático”, en que se pone escrupuloso cuidado en que quede constancia de que se escuchó la opinión de todo el mundo, pero luego hay siempre mecanismos que permiten a unos pocos hacer lo que les da la gana.

Ha entrado la primavera hecha un brazo de mar, con nordeste y sol radiante, pero, eso sí, sin ningún síntoma de mejoría del estado del mundo, que ahora se complica todavía más con el terremoto japonés, terrible para miles de personas que murieron al paso de la mar embravecida con el tsunami y las averías de las centrales nucleares, a mi juicio indispensables para el creciente consumo energético de esta disparatada sociedad nuestra. Lo dicho ya muchas veces: el desarrollo tecnológico produce a la vez elementos beneficiosos, pero y a la vez, peligros equivalentes. Una moneda tiene siempre, como forma de ser, cara y cruz, las duras y las maduras del refrán.

martes, 22 de marzo de 2011

Las palabras e entremezclan, riman o no, pero conserva su musicalidad el verso, gracias al sonido y al significado de cada palabra o de su enlace con otras que le arrancan reflejos. Es la luz, energía pura, la que se convierte en expresividad. Las palabras se entrelazan. Adquiere la voz, o se le concede, de obtener trozos de luz, que, al fragmentarse, se hace polícroma, y precisamente entonces, el verso se enlaza con sus hermanos de estrofa y los que escuchan pueden empezar a sentir el paisaje, con el que entran en contacto no saben bien con qué sentido, puesto que todos concurren en la atención al poema, que, indefectiblemente, los convoca y atrae.

La osamenta vieja del anciano que soy, duele, ahora en primavera, y, en cada cambio de tiempo, se queja y rechina, mientras el pensamiento, que quisiera volar, ir a ver los juegos de luces, escuchar los sonidos menos perceptibles del planeta vivo, se desespera.

Queda poco –dice la razón-, y comprendo que es justo, que hemos vivido y hay que dejar tiempo y espacio para otros que vienen con avidez de vivir, de sentir, de participar en el privilegio que nosotros estamos acabando de gastar y nos resistimos a abandonar. Son demasiado apasionantes los desafíos humanos, insondable la capacidad de la razón, que ahora lamentamos haber desperdiciado sin ser capaces de aprovechar hasta la última gota de la maravilla insólita de haber estado, de estar todavía vivos.

Ayer estuve ayudando a presentar unos libros conmemorativos de cosas y de personas del tiempo de nuestro recorrido vital. Permití a la nostalgia recorrer las cuerdas de la memoria y obtuve tañidos para mí entrañables. A la gente, observé en los rostros de algunos de los oyentes, le gusta que le cuenten cosas de un pasado donde no estuvo. Creo que o son conscientes o intuyen en ese momento, que el futuro, su vida que les espera, se empieza y cimienta, lo digo siempre porque así lo creo, con y sobre cenizas y polvo del pasado.

En la caravana de peregrinos, primero te protegen, ayudan, enseñan a andar, luego pasas al frente, la primera fila, donde se hace camino, y, con suerte, se participa en avizorar parte del futuro, hasta más y más lejos cuanto más largas y poderosas son las antenas de la capacidad de cada cual, por último te mandan a los vagones de retaguardia, donde cuentas a los niños, como un viejo rapsoda más o menos afortunado en el recordar y el decir, unas veces lo que deben recordar y otras lo que deberían olvidar, pero forma parte tan íntima de nuestra miseria que no podemos resistir la tentación de repetir, sobre todo cuando estuvo tan a punto de lograrse.

La vida es también así.

Otros, cuando les llega este tiempo, se quedan poco a poco dormidos, unos con la sonrisa en los labios, otros con ese sueño inquieto de las pesadillas, las obsesiones, el miedo.

lunes, 21 de marzo de 2011

Tenemos, es inevitable, nuestras diferentes preferencias. Y cada cual las va dejando, si escribe con frecuencia, unas veces de modo explícito, otras tácito, en lo que cuenta y cómo lo cuenta.

Leo escritos de un viejo conocido, ya muerto, e identifico sus manías, interlineadas en sus exquisitos textos. Coincidimos en unas, en otras no. El era más importante, mucho más conocido, entonces. Ahora, que yo soy más viejo, habríamos discutido, pero con la amabilidad del aprecio, y, ya dije, sólo respecto de alguno de sus puntos de vista, que sigo sin comprender.

Son escritos cortos, de modo que puedo intercalas, y acabar, otros dos libros, que no merecen comentario. A pesar de que uno de ellos es tan entretenido como casi todos los del mismo autor y los que escribe asociado a otro amigo suyo. No es, sin embargo, un libro que haga pensar. Al contrario, absorbe, una aventura tras otra, algunas inverosímiles, pero fascinantes. A mí me encanta leer los libros de estos dos socios, ambos los cuales escriben también, como en este caso, por su cuenta. Siempre entretienen.

Acabamos un libro y hay quien, como yo, los va alineando casi todos en las baldas, los “plúteos”, decía Azorín, de las estanterías de una pequeña, ya no tan pequeña, biblioteca. Ahí esperan la relectura total o parcial, la rebusca de un dato o de una cita. Impresiona, ahora, saber que todos estos libros y más, dentro de poco podrán coleccionarse en un disco duro de pocos terabites. Podremos ir con varios miles de libros bajo el brazo, como cuando llevábamos uno, recién comprado, y en cualquier rincón, echar mano de un artilugio portátil, seleccionar cualquier libro de cualquier época y releer cualquier párrafo.

La primavera, recién nacida, la mece en sus brazos un sol radiante, engañoso, todavía a medias de enterarse de que es su turno, después de la nieve sobre que resbala todavía.

domingo, 20 de marzo de 2011

La primavera rebota sobre el asfalto. Huele a gasolina, como casi todos los días, en cuanto el sol se asienta un poco, todavía caído, sesgado, deslumbrante. Hay guerra, en las playas del sur del Mediterráneo, casi en las ruinas de Cartago, que a los estudiantes, cuando las guerras Púnicas de Aníbal y Escipión, nos caía más simpático que los romanos. La ribera sur del Mediterráneo es radicalmente diferente de la ribera norte. Arriba estamos los países descendientes de Roma, por más que nosotros, la orilla del Cantábrico, tal vez tenemos menos que ver. Esta esquina, finisterrae europea, entre el Mediterráneo y el Atlántico, tal vez no se parezca a ninguna otra de la cuenca del Mediterráneo precisamente por eso de estar en medio, entre dos mares, entre el mar clásico y el océano desconocido.

Resulta en mi opinión peligroso meterse en los asuntos de otra cultura con otros principios. Tal vez mejor que ellos y sus afines culturales, resolvieran esos problemas típicos y casi siempre tribales, que no somos capaces de comprender en todas sus dimensiones. Son distintos. Se enfrentan y mueren por principios y razones que no tienen similitud con nuestros principios y nuestras razones. Y hay experiencia en descubrir que si se altera, lastima o hasta destruye su esquema social, se abren abismos insondables, en cuyo fondo se mueven peligros que nosotros, los más occidentales, no llegamos a comprender nunca del todo.

Una cosa es tratar de equilibrar y armonizar el mundo para esta nueva época del constante imbricarse de culturas cada vez más próximas y entremezcladas y otra no apoyarse en el respeto de las culturas de los demás y tratar de homogeneizarlas con la propia, probablemente no extrapolable.

Cae, sin prisas, la primavera, empujada por un nordeste frescacho, pero, donde hay un remanso para el aire, como una lluvia de polen semidorado, que flota indeciso y se desliza en los cauces de cada rayo de sol. Pasan mozas altas y fuertes como amazonas. Asustan. Nuestra raza ha crecido en su término medio y ahora estas muchachas núbiles miden entre metro setenta y cinco y metro ochenta, cuando menos. Otra novedad son estos días de marzo los ateridos fumadores expulsados a las terrazas de los cafés y las puertas de las tabernas, donde se cobijan bajo calefactores con forma de paraguas, de que se ríe el viento.

No entiendo por qué, el empresario que lo prefiera no puede señalar su negocio como ámbito donde se puede fumar, para que así lo eviten quienes no sean fumadores y puedan estar a cubierto quienes lo sean. Cada vez se entiende menos, o yo, por lo menos, entiendo menos por qué se protege unas veces la vida contra el tabaco y otras no se protege, por ejemplo frente al aborto. No se excite, señora o señorita, en efecto, usted tiene derechos, como persona que es, pero su hijo, ya su hijo, ser o proyecto de ser vivo, aunque todavía embrión, también los tiene. Y si unos y otros entran en conflictos, la humanidad debe proteger los del más débil, que es su hijo, contra los de usted, que es más fuerte. Que nadie tiene un hijo por casualidad, ni las cigüeñas los van dejando caer como Dumbos, al azar, por chimeneas a veces equivocadas.

Es como eso de la guerra donde nos han metido, que antes, disparaban unos de modo indiscriminado, contra la población civil enfrentada al dictador y ahora se dispara “de modo legal”, ya que tampoco legítimo, contra las tropas del dictador. ¿Llevan bien puesta la dirección estas bombas y estas balas, estos proyectiles y estos obuses? ¿Saben que no deben matar inocentes? ¿Conocen el modo de evitarlo y lo aplican?

viernes, 18 de marzo de 2011

Tras de recorrer una revista o ver una lista de publicaciones, estudiar las novedades que proyectan una o varias editoriales y hojear algunas reseñas de libros desconocidos, se te enloquece y encalabrina la imaginación. Personalmente, en cualquiera de esas situaciones, me gustaría haber leído cuanto se me propone adornado con tanta palabrería de mercader hábil, capaz de adornar incluso lo banal hasta interesarte profundamente por lo que luego resulta que no era más que otra de las chapuzas usuales, cuyos autores las intrincan a base de confusión, tal vez porque son incapaces de interesar con lo que urden.

Hay cada día o inventan nuevas técnicas para adornar o para sencillamente colocar las mercancías en determinado lugar por que pasará sin duda mucha gente interesable en lo que se trata de vender. La publicidad ha generado, a base de derrochar ingenio, una patología nueva, que es la del comprador compulsivo. Nos desarrollan, o no sé si hasta nos implantan, unas células madre de anhelo de posesión de abalorios y quisicosas. De pronto, hay días, en que me sorprendo abrumado por el deseos de que llegue a los comercios algo que ha sido sabiamente programado, preparado, adornado y descrito por unos profesionales del desconcierto y la reconcentración en ese punto donde se encuentran el deseo y nuestras posibilidades de posibilidad.

Me refiero a ese hecho frecuente de que incluso gastemos, por cosa de la prisa en tener algo dudosamente necesario, lo que todavía no ha llegado a la parte disponible de nuestro patrimonio. Esa columna del activo donde somos tan aficionados a incluir en seguida lo nada más que probable o lo que es peor, sólo dudosamente posible.

Tiempos de necesidad y tentación, justo coincidentes ahora con una salida de las crisis que Juan Cueto llamó polisémicas, por decir de modo más intrincado que la habitualidad de hablar de las crisis o de la crisis ha hecho mella y erosionado la palabra, hasta dejarla en la frontera de la ambigüedad, un tiempo en que resulta previsible anunciar que habrá que ganar y gastar menos cada vez, hasta que el nivel de la nueva sociedad se restablezca.
La presentación de un libro convoca casi siempre a gente conocida. Intercambio de palabras. ¿Te acuerdas de …? Casi nadie se acuerda de lo mismo. La memoria selecciona, clasifica, almacena. El subconsciente difumina lo que no le interesa, aparta. La presentación de un libro proporciona experiencias. Escuchas, comparas con tus criterios. Vuelvo a casa de noche. Asturias, de noche, desde cualquier carretera que pase cerca de la costa, parece estar plagada de luciérnagas, estar celebrando, lejos, fiestas y romerías.

Se leen trozos de libro. A veces, los autores, se creen capacitados para interpretar su obra. Un autor puede tratar de explicar sensaciones a partir de las cuales hizo, escribió, esta parte o la otra, pero estoy convencido de que ni puede clasificar, ni interpretar, ni por lo tanto explicar, su obra. La obra ha de explicarla siempre un espectador, mejor cuanto más objetivo.

Mi experiencia personal es que hay ocasiones en que uno se pregunta cómo y por qué escribió lo que escribió. No hay respuesta. Sólo alguien, desde fuera, mediante un análisis de circunstancias, puede acercarse a ella, pero será aproximada, falible.

A medida que me hago más viejo, duermo más tiempo durante cada viaje. No se debe dormir, durante un viaje. El viajero por excelencia fue Ulises. ¿Qué habría ocurrido, cómo hubiera acabado la Odisea si Ulises estuviera dormido cuando llegaron a la tierra de los cíclopes, o a la playa donde Nausicaa acudió a bañarse con sus damas?

¿Qué edad tendría Ulises cuando emprendió su regreso? No debía ser ningún niño, tras del sitio de Troya, donde decían que había tenido la ocurrencia aquélla del caballo, que permitió a los aqueos acabar con el engorroso asunto. Ni sería demasiado viejo, cuando tuvieron que amarrarlo al palo del barco para que no lo arrebatasen los cánticos de las sirenas.

Cuando se presenta un libro, alguien, ya sea su autor, ya otra persona, dice, en primer lugar, antes de que el autor explique lo que bien le parezca, que tiene que situar a autor y obra en el tiempo y en el espacio. Y valorarlos. No hay pesos y medidas para los autores. Lo que suele es darse una visión subjetiva, comentar las sensaciones experimentadas por el que suele haber sido lector.

martes, 15 de marzo de 2011

Cualquier tiempo debería ser como éste. El invierno, engañoso, o tal vez cansado, abandona con frecuencia sus armas y se queda dormido como un viejo en la solana. La primavera, todavía no tan loca como deberá llegar a estar, asoma la nariz entre el follaje de la ribera de enfrente, retama y aulaga, del brillante amarillo de su primera floración. Queda mimosa en algún árbol retrasado y todavía no es Semana Santa y no se mezcla el olor a incienso con el tímido, casi fugaz, de algunas flores silvestres primerizas.

Andan los japoneses preocupados, y con ellos por una vez el mundo, que estas cosas nunca se sabe muy bien como acabarán y nos manejamos con una indómita energía cuyos límites desconocemos, porque el tsunami reciente, motivado por el violento terremoto de hace pocos días, les está reventando partes esenciales de una central nuclear. El monstruo prisionero, se mueve en su jaula y echa por las rendijas bocanadas de muerte. La vasija del reactor nuclear parece haberse hendido y se escapa radiactividad, por ahora al parecer mínima, pero peligrosa, volátil, invisible, letal incluso a largo plazo. Trágico que Japón, víctima primera de la energía nuclear usada como arma, tenga que padecer ahora un accidente como éste, cuyo antecedente inmediato más conocido fue el de Chernobil.

Tal vez lo más grave de este asunto es que, en mi opinión, la energía nuclear es la del futuro, y habrá que aprender a manejarla y mantenerla envasada adecuadamente para que sus efectos no hagan daño a la gente. Paradójico que cuanto inventa el hombre tenga la doble dimensión de beneficio para su bienestar, pero equivalente peligro para la especie humana. A mayor beneficio, además, mayor peligro. Se me ocurre un aforismo: vivir es permanecer en peligro de muerte.

Todo lo que nace, morirá antes o después; ¿revive, antes o después, todo lo que muere?. Los creyentes estamos convencidos de ello, por lo que a nosotros, las personas, la gente respecta. Bueno, en realidad no estamos convencidos, sino que creemos porque queremos creer. Creer, dice el cura de mi parroquia, es un acto de la voluntad. Tiene razón, opino. Porque lo que se cree existe mientras se está creyendo en ello, y si no existiera, nada valdría la pena. Ni siquiera el maravilloso hecho de vivir.

lunes, 14 de marzo de 2011

Un mundo como el financiero, a la vez fuerte, cruel y sin embargo frágil, se experimenta algo parecido al escalofrío, cuando se descubre que la sociedad humana está cambiando y muchas de las estructuras de sus herramientas van a tener que modificarse sustancialmente o desaparecer para dar paso a otras en algún caso diferentes e incompatibles con éstas, que por lo menos en parte han agotado su función.

La preocupación cunde entre las “cajas”, bancos o bancas pequeñas, que nacieron con vocación comarcal de descentralización del aprovechamiento de los ahorros sectoriales, bajo las dos formas, o de ahorro o cooperativas, que ya estaban inventadas para intentar lograrlo. Cuanto más se movieron bajo un control y una administración privada y progresivamente profesionalizada, se hicieron más fuertes y solventes, pero, como consecuencia inmediata de su ratio existencial y su estructura, permanecieron en ser pequeñas, y, como subconsecuencia, vocación de territorialidad o de ámbito personal de prestación de sus servicios. Por añadidura, algunas, bajo control y con organización pública o semipública, se hicieron cada vez mayores, pero más frágiles y menos solventes.

La política social y la económica no pueden entrelazarse sin graves riesgos. No cabe asociar sin los consiguientes peligros al gobierno de la entidad prestamista a los miembros del gobierno de la administración prestataria.

Hacen falta sistemas, filtros, capaces de retener y mantener una parte de los recursos de determinados ámbitos personales y territoriales para reinvertir en ellos y mantener y en su caso recomponer sus economías, pero esos sistemas y filtros deben tener recortada su actividad en la medida de su función o deben hacer tránsito, cuando su vocación y sus posibilidades lo exijan, a modos y formas de entidad superior.

La mía, sin embargo, no es más que una opinión personal susceptible de que usted, quienquiera que la lea, la mejore, la discuta o la modifique. Seguirá siendo cierto lo de que una especie de escalofrío recorre el equivalente estructural de las espaldas de estas entidades financieras menores, inquietas ante la realidad global a que se asoma la humanidad.

sábado, 12 de marzo de 2011

Dadme una buena noticia. La que sea, acerca de lo que sea, por pequeñaza que resulte entre el tropel de las malas que atrapan en tropel las redes tenidas por los más avezados y riguroso profesionales de la comunicación. Dadme una buena noticia, por favor, ¿es que no habéis sido capaces de cazar ninguna con vuestras sofisticadas artes de caza y pesca, la red de soplones, trotaconventos y correveidiles que tenéis montada, tanto fotógrafo espía como hay detrás de cada árbol y cada esquina de la calle y la vivienda de cada pintoresco personaje de la peculiar espuma social de cada grupo. Dadme una buena noticia, por ejemplo de que la panacea se ha inventado, encontraron la fuente de la eterna juventud o un alquimista residual halló por fin la piedra filosofal, Decidme que un prodigioso número de lotería ha hecho de pronto ricos a todos los ciudadanos que eran en este país pobres. Decidme que hay trabajo para todos los parados, o para muchos de ellos o, por lo menos, para todos aquellos que realmente quieren trabajar. Decidme que se han cerrado bajo siete llaves, enterrado bajo catorce capas de hormigón armado el rencor y la envidia, decidme que se ha prohibido ejercer función publica a todo el que diga públicamente una mentira consciente o que la humanidad ha consensuado dejar de tratar de apoderarse de los bienes ajenos, contra la voluntad de sus dueños y como contrapartida, sus dueños se han comprometido a ponerlos a producir en beneficio de la sociedad a que cada uno pertenece.

Me conformaría, por hoy , incluso, con que en todo el día de hoy no me dieseis ninguna nueva mala noticia.

viernes, 11 de marzo de 2011

Marcelo Suárez García publica su segundo libro de texto y dibujo, que tituló Fábulas y garabatos. Marcelo es al humor lo que Lovecraft la terror. Lovecraft solía decir que el terror más alucinante es el que se produce a partir de lugares y situaciones habituales. Eso le ocurre a Marcelo con sus dibujos de personajes hecho de globos y distorsiones que retratan comportamientos, gestos y escorzos de la gente y sus trextos, que tienen de Woodehouse, Joan Butler, Jerome K. Jerome, Jardiel Poncela, Tono y Mihura, pero todos ellos batidos y añadiéndoles unas gotas de Marcelo, bondadoso espectador del disparate humano que un poco disculpa, otro poco comprende y trata siempre de remendar para que no se vea la carne viva del sufrimiento y quepa, en el peor de los casos, que mañana o pasado, la situación desemboque en la reconciliación con lo humano de una sonrisa.

Los garabatos de Marcelo, de trazo seguro y caricatura evidente, pero hecha siempre con bondadosa ternura y frase, en cada globo acompañante de aparente ingenuidad de sabio deliberadamente distraído, andan por todos los rincones y papeles de la casa, por los márgenes de los libros, en las libretas, al dorso de papeles y anuncios. Son como una tribu alienígena de buena gente, como los personajes de Pirandello que buscaban autor para contar su peripecia.

A media tarde, llega la noticia de que las pequeñas cajas rurales, cooperativas de crédito, entidades financieras a medio camino de ser un híbrido de minibanco, son sólidas. Nuca, desde sus crisis de los años setenta – ochenta, dejaron de serlo. Su problema real, en la actualidad, no es ése, sino el de su tamaño, que podría excluirlas de un escenario, como algunos de los previsibles para las posibles salidas de las crisis sociales y económicas que ni políticos ni economistas parecen capaces de resolver por reequilibrio del grupo social resultante del desarrollo tecnológico y el desengaño materialista del cruel siglo pasado. Una buena noticia, de cualquier modo, equivalente al espaldarazo de una administración prudente como suele ser el de las entidades financieras cuando no se mezclan en ella intereses diferentes de los puramente económicos, ni se pretende incluir en los negocios de hoy dinero de dentro de más de medio siglo, o, como últimamente, más allá todavía. Debe mantenerse como axiomático el principio de que nunca, en banca grande ni pequeña, debe el prestatario intervenir en la administración del prestamista.

Salió estos días el libro anual de Donna León, con la familia del afortunado comisario Brunetti, que, además de tener la de vivir y trabajar en Venecia, como su autora, tiene la suerte de conservar alrededor de sí una familia envidiable, real protagonista de cada novela, que proporciona por uno u otro medio al comisario la perspectiva por lo menos desde que podría tenerse que mirar el enigma para advertir un hilo de que se podría tirar en busca de unos malos que Donna León mira sin miedo, sin rencor, compadeciéndose, como aconsejaba Beccaria del delincuente. Y otro de Preston solo. Preston, con Child, nos tienen acostumbrados a la policíaca semiterrorífica y apasionante. Por separado, uno y otro elaboran narraciones que también lo son, pero sin el desconcertante concurso de Pendergast ni ese miedo visceral que gotea de lo desconocido que por negligencia de cualquier explorador, se cuela en la civilizada estructura de la modernidad y la desbarata.

miércoles, 9 de marzo de 2011

El Barça ha eliminado al Arsenal. Sufriendo, sobre todo la inquietud de si entrará o no el gol, puesto que el partido resultó un soliloquio, jugado en sus casi tres cuartas partes por los del equipo que yo prefiero. Ustedes disculpen. Son muy libres de preferir otro y de odiar éste o despreciarlo, pero yo lo seguiré prefiriendo, supongo, cuando ya le he sido fiel en la adversidad, cuando tal parecía que ya no iba a ganar más, y en esta gloriosa época, que se recordará todavía cuando hayan pasado muchos años y sea legendaria.

La noticia es banal, mientras en el norte de Africa muere la gente a puñados y los diferentes foros parlamentarios del mundo se siguen perdiendo en palabras y las eventuales reacciones nacionales se dilatan por el aquel de los intereses de cada cual. Opino, con todos los respetos, debido o no, del caso, que se debería tratar de impedir por todos los medios al alcance del mundo civilizado, que siga muriendo gente, personas como tú y como yo.

Los periódicos reflejan una extraordinaria actividad judicial, que en el fondo no se traduce sino en resoluciones de trámite, palabrería y silencios en que se remansa y detiene el curso de la justicia, pendiente de que no se dañen los derechos por lo menos humanos de algún delincuente tan celoso de su personalidad que protestó y fue escuchado porque no le cortaban el pelo como a él le gustaba.

Miércoles, mercadillo, cielo encapotado, tal vez restregón del invierno sobre la tersura expectante de la mar. La mayor parte de la flota del puerto “anda a la caballa”. En los colegios, da una penúltima rabotada la gripe. Unos diez días para que se ponga la primavera sus collares y se arregle para una Semana Santa más.

lunes, 7 de marzo de 2011

Todo un invento, eso de las “redes”. Uno grita ahí lo que le inquieta y se alzan mil veces mil voces. Se advierte que la hermosa gente esta harta de que a fuerza de tomarle el pelo se haya incrementado de modo tan alarmante la tribu de los calvos. Creo que fue Brecht el que nos contó aquello del enfrentamiento entre braquicéfalos y dolicocéfalos. Dentro de nada, los calvos y los peludos. La cosa es buscar a los diferentes y ponerlos al hilo. Por eso las redes. En la red se desahoga. Hay torrenteras de adrenalina, remansos de frustración, ríos de energía perdida por el aquel de que dejes correr el agua que no has de beber. Las redes son bondadoso anarquismo en estado puro. Por eso hay tanto apunte solapado en que se sugiere que dejen de ser gratuitas. Cosa más triste que sería la de que cobrasen por este equivalente del cantar a coro de otrora que son las redes. Estos caminos, más allá de todos los caminos, que ese entrecruzan en el aire, invisibles, pura energía recién fraguada. En las redes alternan verdades como puños y mentiras como gigantescos icebergs, que navegan enseñando solo la punta de su gracia o de su desgracia. Hay en las redes ilusiones desmedidas y penas hondas. Las redes son como la vida misma. Una vida gratis. Utopía. Una vida donde esta tarde convocaban a la sonrisa universal. Tuve y se murió un amigo que decía que la sonrisa nos distingue de las fieras del monte y las bestezuelas del campo. La sonrisa es como una palabra de bienvenida, dicha en un idioma universal, sin faltas de ortografía ni defectos de pronunciación.

domingo, 6 de marzo de 2011

Pienso,
no puedo dejar de hacerlo. Cuando yo no quiero,
hay algo, dentro,
que sigue pensando,
sin remedio.

Doy vueltas y más vueltas,
sin querer,
hasta que la desgasto y se queda
casi en rayo de luna,
en humo,
a la nostalgia
de tu recuerdo.

Pero
si tú nos has sido nunca
más que una ilusión
imaginada,
¿cómo es que puedo recordarte,
añorar la textura
de tu piel,
saber una por una
tus palabras que sorbo enamorado?
Pienso que casi no hay nada peor que ser pobre en un país pobre, aunque tal vez sea peor no haber sido, o peor haber sido sin ser en realidad, que hay quien pasa por la tierra y la vida como un fantasma, sin lograr más que reflejar los rayos de la luna, que a su vez son el colmo de la tristeza, al no ser más que nostalgia de los de sol.

Pienso que no hay nada como tener, para comprender que nada se tiene y nada de lo que parece tenerse vale casi nada, pero cuando no se tiene se echa muchísimo de menos. Por ejemplo el dinero, que, según los ricachos, cuanto más ricachos más convencidos de que no es lo más importante, pero es que no saben que el dinero, cuando no se tiene, pasa a ofuscarte de necesidad de tener el indispensable.

¿Y el amor? ¿Qué me dices del amor? El que lo tiene, regocijado, no le da importancia, pero el que no, en su hoyanca, es como agua quieta, que ve irse pudriendo y repudriendo su alegría y la pureza de cuando era agua viva y susurraba en la torrentera.

Creo que la prisa es una de las mayores y más graves enfermedades epidémicas, en cuanto nos arrebata la posibilidad de deleitarnos con las cosas elementales, que en seguida pasan, pero mientras duran son imágenes de eternidad quieta, y vale la pena detenerse y degustar un chorro de agua, palpar la rugosa corteza de un árbol venerable, asistir a la puesta de largo de una salida del sol de una mañana o a la clamorosa dignidad de su puesta, cuando el Universo se permite una sinfonía de colores imposibles.

viernes, 4 de marzo de 2011

Días que resulta imposible escribir. He de dibujar trabajosamente las letras, que, como seres vivos, o partículas de seres vivos, se resisten a que las encarcele en las palabras. ¿Te acuerdas, madre, de cuando vendían, delante de la que fue nuestra casa, jilgueros recién cazados, enloquecidos, que se arrojaban hasta morir contra los barrotes de las jaulas? Otros, domesticados, sacaban del paquete de papelillos, pronósticos de la suerte. Me asustan siempre, aunque no crea en ellos, esos y los demás pronósticos que hacen en vacío los periódicos al hilo de la Astrología.

A la vista del singular y acorde funcionamiento de lo inmenso y lo pequeño -¿qué son en realidad las moléculas y los átomos sino pequeños sistemas planetarios, que funcionan como los más lejanos y descomunales del Universo-, ¿quién puede asegurar que no esté relacionado el giro de los iones o de los átomos con el de las galaxias y los planetas?

Cazar y enjaular. Grillos y pájaros indefensos. ¿Por qué, aún niños, ya pretendíamos enjaular mascotas aterrorizadas, que se nos acababan muriendo en un rincón de la jaula o de la grillera, en el pequeño zoológico de nuestras casas?

En cuanto los cazas y te los llevas ya no hay remedio. No vale, ese gesto de que tu madre te convencía, abrías el balcón y los dejabas irse. ¿Irse a dónde, si ya los habíamos sacado de su habitat?. Hasta los pájaros y los grillos tienen un territorio donde se desarrolla su vida. Incluso los que migran, aquí y allá tienen unos límites de valle más allá de los cuales están los peligrosos vericuetos de lo desconocido.

Las palabras contienen cada una su esencia, que, vertida en la frase, le proporciona el sentido de lo que se dice, y por ello, la vida. Una palabra sola es como la luna fuera de su órbita, pero es que llevada a la fuerza a la jaula de una frase inoportuna, se convierte en el revés de la vida, que es la muerte.

martes, 1 de marzo de 2011

Estoy aterrado. Alguien me ha dicho que hay quienes leen esto que escribo pensando, yo, al hacerlo, en voz alta. Sin revisar ni corregir. Como el capitán, que pone los hechos desnudos, según ocurren, en la memoria del libro de bitácora, y allí van, como meras anotaciones destinadas a refrescar el relato en su día, si hay que explicarle a alguien alguna peripecia del viaje.

No cuidar el estilo produce, dicen un estilo peculiar, pero sólo para los que pueden lograr un estilo. Cosa que nadie es capaz de juzgar respecto de sí mismo. Nadie sabe si en realidad escribe de modo diferente y peculiar. Son los que leen, quienes tras de repetir lecturas de escritos de aquél, pueden opinar al respecto. Y seguro que lo hará alguien, en alguna ocasión y es posible que llegue a mis oídos. Eso es lo que me aterra. Porque duele que te digan de una mediocridad probable y probablemente al poco advertida, de que todos, empapados, tratamos de escapar siquiera sea por un pelo y que digan: pues mira, de tanto y tan vacío como escribe, se salva este libro, esta página, este párrafo, este fragmento de un tedioso poema.

“La libélula vaga de una vaga ilusión”, escribió Rubén Darío, en uso de su estilo, superpuesto al de su época, de que iba despegándose para matizar el modernismo y abrir hueco en el tiempo hacia lo que entonces era futuro de la poesía. Como casi siempre, hecho de polvo del pasado, puesto que ya hay en la Iliada, desde una perspectiva, y en la Odisea desde otra, atisbos de la musicalidad de párrafos y palabras que regresan en el barroco, impregnan a los postrománticos y desembocan como ahora mismo en ese espacio, entre la palabra y el melisma, que sirve de refugio a los poetas, un concepto, éste de poeta, en que caben los fracasados, incapaces de despojarse del peso de lo prosaico, pero en cuya vocación queda el implacable atisbo de belleza que deja haberte rozado con la lectura de algún texto genial de otro.

La belleza, como la luz, hace, donde toca, juegos de luz y sombra y produce inesperados reflejos de sí misma.
Llegamos a marzo, rema que rema, cía y boga, alternativo, rema a pareles, iza la vela, navega de bolina. La primavera saca siempre de quicio a las lluvias y los vientos, es un tiempo desapacible, hasta diría yo que malhumorado, Como el otoño es tiempo de nostalgia del verano reciente, lo es la primavera del invierno, que se resiste a dejarse llevar por el deshielo.

Todavía le quedan, al invierno ese, más de quince días de bufar, sonarse estrepitoso, empaparnos de aguanieve.

Mi calle es ya un despeñadero surcado de caminos que concluyen en trampas mortíferas. O pisas barro o pedruscos, caes de un lado o de otro, te tambaleas, y si por añadidura llevas una perra atada, deseosa de mezclarse en el tumulto y robar pedazos de manguera, herramientas o cualquier cosa que se ponga a su alcance, atravesar esta campo de batalla se convierte en una aventura de resultados imprevisibles.

Toda una multitud de obreros se mueve alrededor de media docena de ominosas máquinas dotadas de instrumentos de percusión, rotura, apaleo y acarreo de impresionantes montones de tierra y pedruscos descomunales. Entre todos, abren, entierran colosales tuberías de metal, plástico y hormigón, cierran, vuelven a abrir, entierran más tubos de todos los colores, cierran de nuevo, mueven el barro, salpican, apedrean, empujan. Deberíamos haber huido, cuando hubo tiempo y vimos acercarse este ejército que nos tiene sitiados y casi imposibilitados de acarrear agua y víveres hasta la puerta en que han puesto una rampa de madera que al pasar se mueve. Cada día, varían el trazado del sendero que nos permite llegar hasta la relativa civilización del entorno próximo.

Leo que este gobierno errático que sufrimos acaba de acordar la reducción de velocidad máxima en autovías y autopistas a ciento diez kilómetros por hora. Dicen que así ahorraremos. Tal vez. También puede que esa reducción, tal como se construyen ahora en los países semicivilizados de la quizá algún día Unión Europea, redunde en un gasto mayor, a que habrá que añadir la recaudación de radares y medidores, a que auguro un futuro inmediato prometedor. No podemos, excelentísimos señores, no podemos con el gasto de la multiplicación administrativa del gasto autonómico, no podemos con las autonomías, no podemos con la asesoría múltiple, deca y centimúltiple de los incompetentes que ya han hecho profesión de una incapacidad política derivada de su escaso bagaje intelectual, derivado del fracaso escolar y el abandono de su esfuerzo estudiantil antes de tiempo. Y para colmo, los mejor preparados han iniciado, como era de esperar, su éxodo en busca de puestos de investigación y trabajo especial y especializado. Todo un panorama primaveral.