miércoles, 31 de diciembre de 2008

Cierra el año este día gris, de san Silvestre, con multitud de atletas corriendo por las calles de las ciudades, empeñados en llegar antes y recoger el trofeo para ponerlo sobre un pedestal en la repisa de casa y mañana, que es año nuevo, recordarán que en su juventud ganaron una copa en una carrera de san Silvestre, un fin de año cualquiera. Los años entran y salen de puntillas, corren como los ratones, pegados al zócalo de la estancia que nos encierra, este ensimismamiento en que tratamos de ocultarnos de los inevitables peligros de vivir, Ye es el año catapún, el que pensábamos, cuando niños, que no iba a llegar nunca, y ahora descubrimos que ha pasado otro y estamos tal vez caducados, fuera de cuenta, Este fin de año, en diez días, se me han muerto tres amigos de distintas épocas, y al mismo tiempo, palestinos e israelíes, se matan sin piedad, como si fuera posible resolver algo matando o vengarse o construir no sé qué que tendrán en ese pervertido modo de mirar que los anima a unos y a otros a tirarse bombas, y para colmo pusieron una bomba en una ciudad amiga, donde vive gente amiga, que a Dios gracias no mató a nadie, pero podría haber supuesto otra catástrofe que añadir a la lista de motivos que saldan los supuestos prohombres del país diciendo cada cual una frase más lapidaria, como los latiguillos de los comediantes, que, al irse por el foro, al acertar con la frase, el tono o el gesto, arrancan la reacción del público embelesado, encandilado, en este caso amedrentado, pero con un miedo que se va haciendo peligrosamente rutinario, como se puede hacer, si nos descuidamos, manía la de matar. Sorprende y acongoja la capacidad humana de crueldad, acreditada en los genocidios de las guerras olvidadas, en que se ensañan hasta la barbarie, los contendientes, y una parte del mundo, la teóricamente civilizada, mira hacia otro lado porque acabamos de celebrar la Pascua y estamos, justo hoy y ahora, cambiando de año y demostrándonos que cada de año nuevo, vida nueva, sino que año nuevo, y, como cada día, el misterio de hasta dónde pueden llegar, con casi las mismas probabilidades, la mayor ternura y la barbarie menos humana de cualquier persona de esta gigantesca caravana de seis mil millones y pico de peregrinos hacia seguimos sin saber dónde, borrachos de esperanza y de desesperanza, a la vez, erráticos de miedo a la soledad y sin capacidad de aprender a querernos, así de sencillo, con lo fácil que debería ser. De cualquier modo, dejadme dar un gran grito que diga que os deseo a todos los que venís conmigo ¡feliz año 2009!.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Y hace tanto que casi ni me acuerdo,
pero me miraba en el fondo,
nadaba, en el fondo de tus ojos.

Dime,
¿qué hiciste
desde entonces?
¿echarme, a la vez,
de ellos y de tu recuerdo?

Cuando la tristeza baja
como un regato mínimo
de agua clara y cantarina
y se me convierte,
abajo,
en mi valle sombrizo y sombrío de los días malos,
en niebla con sabor a tus lágrimas,
me descubro en el recuerdo
de la imagen
que guardabas
en el origen de todas tus sonrisas, el origen
de la luz,
el fondo insondable
de tus ojos.

Si aún estoy ahí,
me cabe
la esperanza
de que no sea cierto eso que dicen mis sentidos
de que se acabó el mundo aquella tarde.
Tal vez tenga razón este niño que dice que el invierno es un asco, te mandan al cole, hace frío, sales a la calle agobiado de mil ropones, te coge la gripe, a veces en vacaciones, para más INRI, y el tiempo de ocio se hace escaso, sin tener en cuenta –añade con amargura- que ya sabemos todo lo que necesitamos saber.

Yo que estoy del otro lado de la madurez me pregunto si no tendrá razón y para qué les van a servir tres cuartas partes de las informaciones que van a proporcionarles en las sucesivas aulas, si, un elevado porcentaje de humanos, trasladados hoy mismo a un planeta lejano cuya humanidad viviese en la prehistoria se iba a beneficiar muy poco de nuestros conocimientos, supuestamente tecnológicos y propios de una cultura de tercer milenio. Allí perdidos, sin el concurso de la multitud de ayudas que hemos de manejar para sobrevivir cada día, sin energía eléctrica encauzada, sin carreteras ni conducciones de agua, incapaces de hacer fuego sin cerillas o encendedor, una lupa por lo menos o la habilidad de que dispondrían los neandertales del lugar o sus cromañones, no es probable que durásemos las primeras veinticuatro horas de intemperie y variados peligros.

A lo más que podría ayudar un abducido a la prehistoria del imaginado planeta lejano, siendo de letras, podría ser a resumirle al hombre de las cavernas toda una biblioteca de resúmenes filosóficos. Sus propios retazos, citas en su mayoría fuera de contexto de una particular historia de la filosofía como la que cada cual elabora leyendo a través de sus comentaristas los de otro modo áridos textos de los pensadores. Resultaría un curioso epítome justificativo de los errores culturales que han venida agitando a la humanidad durante los últimos dos mil años. Porque a lo largo de ellos, a fuerza de leer a torcidas y derechas lo pensado por otros y pasarlo por el filtro de nuestras propias justificaciones generacionales y particulares, lo cierto es que nos hemos, pienso, cocinado una complicada y confusa sopa de letras mediante que nos podríamos convertir, si resultase, en ombligos, cada uno de nosotros, o, como mucho, nuestro particular grupo tribal, en ombligos de la civilización. Con lo cual, en vez de llegar a la conclusión de que formamos parte de un todo, tenemos cuando menos la tentación, y muchos incluso la convicción de que nuestra persona, individualmente considerada, podría ser el centro de ese universo.
Cada vez me convenzo más de que no hay ninguna respuesta completa, exacta y definitiva para ninguna cuestión concreta y que la humanidad en marcha va proporcionando perspectivas diferentes, que permiten ir perfilando respuestas ocasionales, provisionales y que han de complementarse mediante aportación de criterios distintos y en ocasiones hasta contradictorios.

Un detalle nuevo cualquiera puede modificar cualquier axioma lo mismo que en su día se hizo añicos la convicción aparentemente ineluctable de que la línea recta era la distancia más corta posible entre dos puntos.

La definiciones que parecieron más definitivas, se han ido perfilando, modificando y hasta contradiciendo a lo largo de esa dinámica que impone a todo lo creado irse modificando –téngase en cuenta que no he dicho progresando, sino moviéndonos, ya sea hacia delante, hacia atrás o en círculos, como a través de la historia ha hecho la especie humana- y descubriendo datos y detalles tan sencillos a veces, y tan evidentes, que nos sorprendemos, al llegar a ellos, no haberlos visto o sabido antes.

Vamos tanteando la inmensidad de que formamos parte infinitesimal y cada día puede sorprendernos una sutileza, un matiz, o pueden pasar épocas de ceguera intelectual. Somos una especie maravillosa, necia, sorprendente.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Vamos, los mayores, de puntillas, a través de la Navidad. Ya nos vigilan, los más jóvenes, para que no nos alcance el ala de la tristeza, no nos roce la melancolía de saber que estamos a punto de emprender ese misterioso viaje de destino inimaginable donde hay tanta gente que dice que no habrá nada.

No haber nada ya sería algo diferente de lo que otros nos describen como si lo hubieran visto. Como en el título de aquel libro: el cero y el infinito. Todo o nada; la noche y la luz; el yin y el yang.

Que no hubiese nada también sería un destino. Es curioso y tremendo que ambos sean inimaginables, Dios y la nada, y que esta brizna de hierba, la hoja, la molécula de agua viva que somos, falible y débil, agobiada de manipulaciones, engañada por los sentidos, amedrentada por lo desconocido, sea la que tenga que decidir y decir creo o no en una u otra posibilidad.

Puedo estar, esta mañana o esta tarde de Navidad, doblado de cansancios y de tristeza sorprendida y, a la vez, de encendida esperanza junto al belén de las imágenes del misterio o al lado de la misteriosa inercia callada de dos amigos recién muertos. Todos están en silencio, ambos misterios, tal vez ambos misteriosos signos, tal vez mensajes que están diciendo, sin palabras, la contestación de todas las preguntas que con frecuencia olvidamos, yo al menos, enfrascados y ensimismados en lograr un acuerdo, un aprobado, una ganancia, todo tan importante y todo tan poca cosa, comparado con los dos hechos de nacer y de morir que marcan los linderos de nuestra deslumbrante insuficiencia.
Caracolas de nácar
que trajo el agua, ¿desde dónde?
La mar es otro mundo,
la caracola,
dormida en brazos de la mar,
lo atravesaba
mientras yo estuve dormido
y tú velabas.
Luego, ambos nos quedamos
mirando absortos
alguna estrella. Tal vez
la de los Magos de Oriente,
que es Navidad,
¿recordabas?.
Hay susurros de agua viva, están encendidas
todas las ilusiones,
pero hay también,
muertos recientes, que esperan …
Yo no sé que esperan
los que agotaron
el caudal de la esperanza.
Creo
que forman parte de la luz
inmóvil
de la Navidad,
de la sonrisa del Niño,
del barro de las figuras, que corriendo,
van, sin moverse,
todas,
a adorarlo esta mañana;
son parte de la alborada,
gotas de la flor del agua

lunes, 22 de diciembre de 2008

Hay una fuente de agua clara,
helada,
que nace en un monte que yo tengo,
es mío, según las leyes de los hombres,
pero no doy abasto a beber
su agua viva,
¿qué he de hacer?
¿dejarla ir? Alguien
la tomará para sí
antes de que llegue al valle
y ya no será mía,
mi agua clara,
mi agua
viva.
¿Por qué, si toda ella
me pertenecía?
Bajando mi ladera, el agua canta.
Si la bebiera yo toda,
se acabaría la canción,
que es eco de la voz
del buen padre Dios,
de Quien es el agua
que yo
pensara
mía.
Tampoco este año me ha tocado el gordo, y en cierto modo y si he de ser sincero, se lo agradezco, porque entre la preocupación por administrarlo y el miedo a que me lo quitasen se me habría acabado la tranquilidad que da ir, como decía Machado, ligero de equipaje. Lo único que en los hoteles y sobre todo en las posadas y las pensiones, los hostales y los paradores, si llegas sin equipaje, te miran siempre con esa desconfianza del que barrunta pufo en la mirada del interlocutor escaso de fondos. Ir ligero es una bendición. Me paso la vida buscando un zurrón que sea a la vez capaz y ligero, para llevar lo poco que en realidad se necesita para hacerle una foto al paisaje o robarle una instantánea a la rapaza que pasa comiéndose el mundo y sin percatarse de que deja poetas soñando y posibles enamorados atónitos, apuntar la media docena de ideas que se te pueden ocurrir según atraviesas un paisaje, el pañuelo y las tarjetas esas que ahora te adelantan el dinero para caprichos y cuando llega la hora de hacer balance del mes no quedan más que pelusas en el fondo del bolsillo y el telefonino, apagado desde luego, no sirva a quien te llama, sino a quien tengas que decirle algo urgente, como por ejemplo que la quieres y tu amor será eterno mientras dure. Ha llegado un tiempo imposible en que con llevarte el Mac y un enchufe y unos auriculares, además, hasta sesiones de cine te puedes permitir en el último mechinal del reino a que lleguen el adsl y la corriente eléctrica domesticada. Pero nada más, ya no cabrán en el zurrón habitual más que un trozo de queso y un mendrugo. Las demás, que serán ilusiones, hay que dejar que viajen y vengan en la cabeza, ramoneando, revoloteando, rumiando, que en cualquier momento, no sabes cuándo, se hay que quedar a descansar al borde de la puesta de sol, enfrente de la alborada o a pasar la noche junto al remanso donde suene el agua viva.

domingo, 21 de diciembre de 2008

No dejes que se apague,
la luz,
mi amor, no dejes,
que en lo oscuro no hay,
pero da miedo.

No dejes que se apague
¡es Navidad!
turrón y castañuelas alrededor
de Belén
de Judá.

No dejes que se apague,
déjame
ver ese Niño de barro,
como yo,
que es Navidad.

Dios se ha hecho carne y sudor,
llanto,
posible
dolor.
Dios.

Dicen que no lo hay, las malas lenguas
de trapo y de cartón. Yo sé que se equivocan.
Tú lo decías, madre: no te dejes engañar,
el buen padre,
todavía Niño en Navidad,
te salvará.
Dosel de gaviotas excitadas, arrebatado flamear de la niebla, espuma marcando una cremallera en la mar verdemar, y en medio la embarcación, mínima, tabla, sal y olor a humo y aceitón, gorros de lana, enfrente el puerto y las manos ateridas, insensibles, algunas con mitones húmedos de agua que, de poderse beber, sabría a lejanías. Marca el termómetro un grado y la otra aguja grande del barómetro viejo del puerto se escora hacia la izquierda. Viene, dice el marinero viejo, vaga de mar, ya se adivina la mar de fondo, la punta tiene collarín de espuma. Cuando los barcos de pesca traen gaviotas revoloteando encima, graznando como excitadísimas comadres, señal de pesca segura.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Cuando seamos de nuevo
otra vida,
otra gente
¿qué será de este amor que tuvimos
recién nacido,
tembloroso,
ingenuo, entre las manos,
indecisos
entre morir ya o renacer,
ya deslumbrados
por la luz que ahora seremos?

jueves, 18 de diciembre de 2008

Sangra la tierra esta mañana
la alegre canción del agua, huele a otoño,
a tierra húmeda de dolor reciente.
Ayer,
arropados de nieve, fueron
quedándose dormidos mis sueños
en tu regazo.
¿Dónde los llevaste? ¿dónde?,
que no me acuerdo de tu voz. Tu voz que me decía:
duérmete niño
para que yo soñara.
Atravesé en otoño la meseta entre la nieve domesticada a poco del desastre de la última nevada, que mantuvo a cientos de personas angustiadas bajo la hasta ahora mismo mayor nevada del otoño. Donde más, lloviznaba. Hacia el oeste, luminoso y brillante, por dos veces en quince días, el lucero de la tarde, que será Venus, si queréis, pero yo me seguiré empeñando en que es un lucero impertérrito, que mira descarado hacia oriente y me hace ilusión pensar que debe ser el mismo que dio nombre a este país mío, del final de la tierra, cuando le llamaban el País del Véspero. Como escoltándolo, una estrella que seguro que es muchas veces mayor, pero yo la veo pequeña, segundona, edecán del viejo lucero, que parece tan joven. Pido vino en el figón del borde de la carretera y ahora te sacan de quicio con tanta botellería, tanto origen, tanta añada. Dame vino de la Rioja o de la Ribera, que todavía tenga algo de sabor frutal. No debo ser buen bebedor de vino porque no me gusta que sepa a madera de roble, sino que guarde memoria, en el regusto, de su origen. El vino completa ese refugio del figón desde que es una delicia contemplar las diferentes cadencias de la nieve y cómo sugiere tempos diversos de la musicalidad de su silencio inexorable. La lluvia y el viento son alborotadores, la nieve es el silencio cayendo en copos y capas como si, todavía niño, te arropasen, Alguien ha encendido la chimenea y huele a humo, que se disuelve entre más vino, queso semicurado y hablar de esto y de lo otro, que no sean lo de siempre, ni, por supuesto, de la dichosa crisis de que hablan todos los ilustres bustos parlante de la televisión. -.

martes, 9 de diciembre de 2008

Sólo hay una ocasión de hacer las cosas que deberían hacerse en cada ocasión. Todos hemos vuelto a casa dando vueltas en la cabeza a lo que deberíamos haber dicho o hecho, pero cuando ya no es tiempo. Hay algo que falla, o puede que lo más cierto sea que no deberíamos haber hecho o dicho lo que creemos haber omitido y es mejor que haya sido como en realidad fue, por más que nos haya quedado este desasosiego, la duda, la inseguridad con que, a pesar de todo, debemos seguir intentando salir del laberinto. La realidad es lo que dijimos, hicimos o dejamos de hacer o decir. ¿Quién escribirá y dónde lo que cada día ocurre en la soledad y el silencio? Hay un libro de historia, supongo, que se escribe en las páginas de la memoria del tiempo. Vete a ver quién será allí protagonista, con la cantidad de héroes que hay a nuestro alrededor, anónimos, en este preciso momento, sin que sepamos nada de sus prodigiosos esfuerzos.

lunes, 8 de diciembre de 2008

A veces, como hoy,
como esta tarde de otoño,
es importante recordarlo, es otoño, cae
todo, desde la niebla
hasta las hojas y los cristales rotos por las palomas
asustadas,
en ocasiones como ésta, resulta
casi imposible soportar la belleza, la expresividad,
el sentimiento,
con que la música,
lo invade todo,
como si impregnase el aire de la inmensa catedral del universo.
Días
como hoy,
explican por qué estamos aquí,
y sin embargo,
seguimos siendo incapaces de entenderlo,
borrachos como ahora mismo estamos
de emoción
y sentimiento, a la vez.

sábado, 6 de diciembre de 2008

No sé cómo ni cuando, pero estoy seguro
de haber cambiado el mundo.
Precisamente yo,
Tan insignificante, éste,
que soy,
pese a estar convencido también
de no haber hecho nada por completo.
Alguno de mis hechos,
supuso, no preguntes
cómo o por qué lo sé,
hizo que cosas importantes fuesen de una manera muy distinta
a como hubieran sido si yo no hubiera estado,
no hubiese movido
algo
de un modo tal vez inesperado,
imprudente,
sin darme yo cuenta siquiera
de lo que estaba haciendo en las manos del buen padre Dios,
que pienso que nos ha creado para esto de ser,
incluso sin saberlo
sus herramientas para este asunto,
este entretenimiento suyo, de la creación.
Festejamos como un logro colosal cada declaración de unos derechos humanos olvidando que ya habían sido proclamados hace muchos miles de años en las tablas del Decálogo, cuyos preceptos, decía el catecismo, se encierran en dos, todavía hoy única regla de oro, principio en que todavía cabe cimentar la nueva sociedad de los primeros siglos del milenio entrante. La libertad de cada cual ha de estar delimitada por los linderos de la libertad del vecino, para quien debe desearse lo que para uno mismo y tratar de evitarle lo que tampoco queramos para nosotros. Y mientras no apliquemos esa regla, que desde hace tanto conocemos, ni derechos humanos ni democracia posibles.

Permítame que le reitere mi convicción de que los derechos humanos y sobre todo la democracia no sirven para organizar la vida de un grupo social mientras la cultura de ese grupo desconozca por sistema que la libertad propia es una tesela del mosaico que compone con las de los demás, tan respetables como ella. Y no cabe que la cuestión se disfrace con el hipócrita comportamiento de poner especial mimo y cuidado en no lastimar a los malos cuando hay que reprimir su comportamiento perjudicial para el común.

El que, no sólo desconociendo la libertad de los demás y su deber de respetarla más aún o por lo menos tanto como la propia, por añadidura, la hiere a veces hasta con tan cruel violencia que mata, hiere o roba, al hacerlo está renunciando al hacerlo a su propia humanidad personal, a los derechos humanos que como persona le corresponden.

Y permanece, sin embargo, aún en tal caso, el mandato de la vieja ley, de que Beccaria y Concepción Arenal deducían la consecuencia de que había que odiar el delito, pero compadecer al delincuente. Incluso “amarás a tus enemigos”, corrige la ley nueva. Lo que no cabe admitir es que la consideración, la compasión, incluso el amor, proporcionen ventajas a los delincuentes y dificulten a los custodios del orden y el concierto social la detención y la represión de los violentos, los delincuentes, los terroristas y los bárbaros, en definitiva.

Cuando lo que está en juego es la vida, al estar la convivencia que la posibilita. -

viernes, 5 de diciembre de 2008

Un tiempo para cada cosa, dice el Eclesiastés. También, digo yo entonces, para soñar. Uno ha de concebir, con la primera luz de la mañana, un sueño que perseguirá, después, durante el día. Tiene que ser un hermoso sueño, y no una nadería alcanzable, como es apagar el despertador, por ejemplo, y robarle a la vigilia el duermevela, ese espacio todavía onírico, pero que te permite intervenir, establecer pautas de entresueño y vida real, sin que llegue lo que ocurre a ser ni lo uno ni lo otro. Un buen sueño, imposible, desde luego, es el de que nos toque la lotería de Navidad. No tienes más que comprarte un décimo, o, si prefieres, varios, atento a lo que cuestan, no vaya a ser peor el remedio que la enfermedad. Ya has abierto el camino y puedes emprender con la lechera la fábula de lo que harías y dejarías de hacer si la lotería en realidad te tocase, que es como ya hubiera ocurrido y en seguida se advierte si eres un puñetero egoísta o si tendrías preparado en su caso un reparto que te dejaría de nuevo casi en la pobreza. Puedes pensar también que te tocó, pero que ya has repartido y estás como antes, a las dos velas de casi siempre. ¿Lo ves? De todos modos, ha sido bonito soñar. Incluso hubo un momento en que te sentiste rico como Creso o tentado, como Harpagón o Shylok, de quedarte con todo. Otro sueño …, pero bueno, otro sueño mejor para otro día, que ahora va a llegar el invierno y hasta santa Lucía, dicen que cada noche gana espacio la oscuridad, preñada de miedos, a la luz. Es tiempo de contar consejas. María, la vieja inolvidable cocinera de mi niñez primera –luego ya no hubo cocineras ni consejas-, nos aterraba con sus narraciones de ánimas y aparecidos, monstruos y peligros. María, viejecita y menuda, con un moño redondo y los ojos pequeñitos, oscuros y brillantes, hubiera podido ser, si otros hubieran sido sus tiempos, tan famosa como los hermanos Grima o como Perrault. Hacía unas croquetas inolvidables y una empanadas que todavía provocan jugos a un montos de lustros de distancia de sus hábiles manos hacendosas, siempre peleándose con las arandelas de la cocina, su hierro, el carbón, las piñas, aquellos inmensos peroles de cobre de hacer dulce, el quemado del arroz con lecho y la fabada a dulces, que le clavabas un tenedor y se quedaba allí enhiesto, en las deliciosas espesuras de la grasa impregnada de un compango ilustre.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Va y dice ahora el presidente más poderoso del país más poderoso y mejor informado y más rico de la tierra, que uno de los dos o tres mayores errores, de sus ocho años de mandato, fue declarar una guerra sin saber si existía en realidad el motivo invocado para hacerlo. Porque motivo para declarar una guerra, lo que se dice motivo, creo que se dan muy pocos, si se mira el asunto desde la perspectiva empírica de las consecuencias previsibles. Debería caber la posibilidad de que una especie de consejo de ancianos como los que nos contaron que había en las tribus indias del lejano oeste, examinara en cada caso de posible guerra supuestamente justa si se trataba o no de una verdadera ofensa infligida por un pueblo a otro, un grupo humano a otro, y, caso contrario, poder decretar que los gobernantes responsables del desentendimiento y el enfrentamiento, fuesen los únicos que salieran al campo del honor o del deshonor, según se mire, a ventilar a garrotazos sus desavenencias. En un error demasiado gordo y muy poco justificable que un presidente que dispone de fantásticos medios e innumerables personas capaces y capacitados de realizar exhaustivas comprobaciones de cualquier cosa que pase en los más remotos y recónditos mechinales del mundo, trate de justificar en el error y la precipitación nada menos que una guerra, con lo que supone, como dijo otro político famoso, de sangre, de sudor y de lágrimas ajenas a este personalmente indemne culpable de tan inconmensurable negligencia, que bastaría, de no haber otra, para empañar todo un mandato presidencial. Creo que, de ser él, sólo por esto, yo no podría volver a conciliar un sueño tranquilo, rodeado por el recuerdo de tantos muertos y el dolor de tantos heridos
Aumentó el número de abortos un diez por ciento durante el año dos mil siete. Me da pena de ese ingente y al parecer reciente número de frustraciones de vida naciente. Opino, con cualquier clase de respetos y de comprensión que se me pida, que cada caso de aborto es un caso de homicidio en que quien mata no incurriría si hubiese podido conocer a su inocente víctima. Es caso del mandarín de la china desconocida que Casona reitera con un marinero bretón. “Si te ofreciesen una elevada suma por apretar un botón, sabiendo que, de hacerlo, fallecerá un desconocido mandarín de un remoto rincón de China ¿lo harías?” Creo que en la vida todo sucede previas encrucijadas al decidir por cuál seguiremos caminando, optamos, tácitamente por toda una serie de todavía desconocidas consecuencias. Muda, en cada supuesto, la traza de la creación toda. Modificamos, mediante cada aborto, todo el plan de la creación. Lo hacemos, los humanos, con premeditación y con alevosía, circunstancias que convierten el tipo y perfilan el de asesinato, expresamente dispensado, ya lo sé, por el ordenamiento positivo, pero en contra del derecho natural y de la humana naturaleza. No es legítimo destruir brotes de vida.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Ha cogido mis escritos, un diseñador, los ha cuidado una editora y ahora, siempre me sorprende, como por arte de magia, son un libro en que aparecen los meandros de mis digresiones y mis versos simulando un dibujo atractivo gracias, ¿en gran parte?, ¿en su mayor parte? a estos adornos ajenos. Y pienso que si alguien, al leer, se ha sentido inspirado hasta lograr esta apariencia, digamos esta forma de presentar lo que dije y había olvidado, algo habré dicho que por lo menos ha sido escuchado por otras personas, ha llamado en la puerta de otro modo de sentir y ha sido compartido. Ahora dispondré, supongo, de unos cuantos ejemplares que podré regalar a alguna persona amiga, otra vez compartir. Si no opinan nada, entenderé que no lo consideraron digno de atención, para decirlo de una vez, que les pareció malo y sin valor. Claro que hubo ocasión en que regalé un libro, el destinatario no me dijo nada y al cabo de meses, cuando con cierta curiosa timidez le hablé de él, esperando una contestación por lo menos consoladora, y, a pesar de todo, preparado para que fuese despectiva, para mi asombro, fue encomiástica. Excusado es decir que ese día engordé varios kilos de satisfecho e injustificado orgullo. Y mira que me lo tengo repetido: si no escribes para nadie, si lo haces para ti ¿qué más te da que guste o que no? Me quedo, tras de hacer esta pregunta, siempre, mirando para dentro, hacia las escondidas estancias en que, como nos ocurre a casi todos, vive mi personalidad más íntima, esa que tenemos, indefensa, escondida para que sobreviva, me mira con sus ojos más tristes, de laguna olvidada en un inaccesible recodo del manso río que viene con el agua viva e intacta desde la nieve que lo sueña y me digo ¿y tú crees realmente eso que acabas de decir?
Esta tarde tampoco
habrá puesta de sol, las oculta la tristeza
de la lluvia,
ese quedarse dormido
del día
cuando amanece gris
como una vieja estampa en blanco y negro.
Parece imposible amar,
hoy,
que no somos, la gente,
sino fotografías
de los fantasmas que seremos,
el ruido sordo
de las cadenas arrastradas a través de la noche,
cuando nada es probable que exista
no sabe nadie a ciencia cierta
si ya o si todavía. Hoy
pienso que estamos solos, cada uno
con su temor
o con la esperanza que nos queda
o con el escepticismo ya sobre la mesa,
envuelto en papel de regalo.
Y sin embargo, sé que me rodea
la presencia de todos vosotros, sé
que algunos
¿ya?
¿todavía?
estamos vivos esta tarde de otoño.
Nada más revelador de la ineficacia sociopolítica, de la ausencia de imaginación, de la banal garruleria que el reiterado hecho de que haya personajes (personajos y personajas) que dedican su afán a la crítica del prójimo sin dar palo en el agua que acredite utilidades prácticas, beneficios estéticos o soluciones hábiles para la multitud de asuntos pendientes que tiene la sociedad de nuestro tiempo en momento histórico como éste, en que más que perderse en evocaciones cuando más estériles y cuando menos perjudiciales, deberíamos estar todos enfrascados en la preparación de un futuro inmediato que no repitiera las mismas miserias de que venimos huyendo. Hay tipos que salen en la televisión y te preguntas nada más verlos de quién irá a hablar hoy mal éste, qué sambenito le irá a colgar a quién, con qué estigmas pondrá hoy a los mismos de ayer en la picota, a falta de ideas con que ilusionar a propios y extraños. Pienso que a veces es cosa del miedo que algunos evidencian a que los de verdad vengan con la esperanza en la boca y los releguen al mechinal de donde no deberían haber salido a emponzoñar los paisajes. Protesto. Me molestan porque ni el esfuerzo merecen que he de hacer para darle al botón del mando y cambiar de canal para no oírles cada mañana y cada tarde las mismas calumniosas e injustificables patrañas.
El primer día de diciembre es también gris, en el año dos mil ocho, y llueve, y hace frío. Un pequeño gorrión, yo creo que más pequeño de lo normal, tal vez una cría de gorrión, picotea afanoso bajo las ramas del evónimo que queda junto al río. Al otro, al que se entrelazaba con él, como dos enamorados, lo cortaron este verano pasado sin el menor miramiento. Lo aserraron y lo dejaron caer al río, donde estuvo varios días abandonado como en una picota, mientras el otro lo sentía, seguro, no sé con qué sentido equivalente en el mundo vegetal al de la vista humana, pero lo sentía. Baja el río turbio y apresurado. Murmura más alto, con evidente excitación y no pierde el tiempo en reflejos. Cuenta hoy en el periódico Sánchez Dragó que está consternado porque se le ha muerto joven, en accidente doméstico, su gato atigrado. Habrá quien diga que lo comprende y quien se ofenda porque habiendo tanta hambre en el mundo, a alguien le duela que se le muera el gato. Ambos, el que comprende y el que no, son a su vez ambos comprensibles. Nadie puede evitar que le duela perder a la mascota que le acompañaba y en la que había puesto mucho afecto, y algo hay que hacer sin duda para paliar la necesidad de tantos como lo necesitan casi todo. Dicen que hay linces por los montes de Toledo y en seguida hay quien pide que les acoten espacios. Yo sostengo que la pacífica vida humana excluye la posibilidad de mantener fieras conviviendo sin barreras con los humanos, y que la agricultura y la ganadería excluyen, si han de permanecer, la selvicultura, y, por la misma razón, ésta impide aquéllas. Me parece estimulante, pero peligroso, que por los caminos, de noche, anden cerca y sin barreras, los osos, linces, lobos y jabalíes. Cualquier día, alguno de los edecanes del poder constituido, mandará soltar tarántulas y anacondas. Por razones estéticas y evocadoras del Paraíso.