martes, 27 de abril de 2010

Guardad silencio
para que sea posible escuchar lo que vale la pena,
el ruido del agua,
el paso
del viento
sobre la hoja que, azorada, tiembla
bajo su caricia,
la primera escala del mirlo
esta mañana de abril. Los gritos
confunden.

Nada más el silencio puede
traer
de nuevo
la paz.

Escuchad todos el eco de esa voz
que ordena el Universo, evita
el choque de un planeta con otro,
que se caiga esta noche la Luna
entre sus reflejos
temblorosos
del pozo.

Ay, madre, que estoy volviéndome
loco, estoy
no sé si enamorado o enfermo de vida nueva,
que es como una muerte repentina,
me proyecta
hacia la luz. ¿Es ésta, ay, madre, la luz
que esperábamos?

Callad, para que escuche
el goteo de luz de luna
sobre el nido,
aún vacío
de abril. Repiquetean
los martillazos de los gnomos ciegos
que ya están fabricando,
aplicados
como viejos orfebres que son,
esmeraldas verdes,
pepitas de oro y pétalos
de rosa.

Hay una pequeñísima araña
colgada de la nada del aire,
el corro de las niñas,
arcaicas
del colegio de monjas de la esquina
por donde se pone el sol,
canta un viejo romance
de amores y de muerte.

Ay, madre, ¿sabes tú
si amanecerá mañana?

sábado, 24 de abril de 2010

Ayer, día del señor san Jorge, del dragón y del libro, del regalo del libro y la flor, de la disertación del Premio Cervantes de cada año, de sacar a la calle los mostradores de las librerías, mira por donde, yo que debo comprar alrededor de doscientos cincuenta libros al año, no compré ninguno. Contribuí a regalarlos, me regalaron varios, hice el panegírico de los libros, solo que el día antes. Anduve por entre libros y libreros. Lamenté el fallecimiento de don Manuel, Manuel Fernández Alvarez, catedrático asturiano, emérito de Salamanca, historiador capaz de sorprender contando la historia con tan singular maestría, habilidad y gracejo, que la lectura, a mí por lo menos, me apasionaba más que un relato de ficción. Don Manuel era un hombre afable, por añadidura. Un día lo conocí, charlamos y quedamos en escribirnos, pero ya sabéis, una cosa son los buenos propósitos y otra lo que en realidad se hace. Como último recuerdo, nos deja una historia de España a que subtitula biografía de una nación. Joseph Pérez y Manuel Fernández son mis dos maestros preferidos, para tratar de hacerme una idea de la tremenda historia de España. Los leo alternativamente y de vez en cuando alivio la atención con un repaso de dos libros de Sánchez Dragó, la historia aquella de Gárgoris y Habidis y aquel otro que dice que se reconoce a los españoles por su hábito de hablar mal de España.

Asomar, por otra parte, la cabeza a la realidad de lo que está pasando, me parece una temeridad. Desde la tele, con esos vergonzantes programas de verduleros y verduleras echándose en cara las respectivas vergüenzas de sus impúdicas conductas hasta el revoltijo económico-político-judicial que evidencia la situación crítica por la que la sociedad atraviesa, el panorama recuerda ese tríptico del Bosco que tanto admiro por contener ya en su tiempo y a la vez que probablemente el retrato de la sociedad de su tiempo y su pasado, llegó a asomarse sin duda a este entonces futuro que ahora estamos viviendo con asustada sorpresa, ribeteada de horror e inquietud.

miércoles, 21 de abril de 2010

Va, dice la canción popular, su cada cual con su cada cuala. Se entiende que ellos también, quiero decir que el cual y la cuala se entienden a su manera, según usos y costumbres de la época. Ambos, siempre, se miran y se remiran. Uno es probable que enamorado del otro o la otra, y ese otro u otra sencillamente encaprichado con su desde pronto antagonista, que la gente se suele dejar domina mal y de ahí las dificultades de la convivencia. Por eso, si los dos, macho y hembra o sus modernos sucedáneos de otra condición más epicena o ambigua, son simples encaprichados recíprocos, la batalla de intereses comenzará antes y la más feroz repulsión sustituirá al deseo ferviente de hacer suyo al o a la partenaire, que la cosa no pasa de ser si acaso colegas en el sucesivo afecto y desafecto, que los más optimistas llaman desamor.

Viene todo esto a cuento de la nueva desgarradora historia del hombre que tiroteó y mató, según la prensa de hoy, a su mujer de toda la vida “porque –dijo- se gastaba todas las perras”.

Malos tiempos para muchos, por desgracia, mucho paro, crisis y escasa imaginación de quienes deberían estar derrochándola, en vez de urdir y tramar para sobrevivirla a cualquier costa … de otro o de otros, si acaso. Y compartir la necesidad suele desembocar en desesperación conjunta y perversas tentaciones de suponer que la culpa la tiene otro, tal vez el de más cerca, a que “amábamos”, pero el verbo se ha convertido en triste pretérito de sí mismo y disfraza el entorno en un aborrecible paisaje en que la tentación de sentirse víctima atrapada resulta excesiva para muchos y pasa lo que por desgracia pasa, que al final lágrimas y dolor e invocaciones a la imprescindible misericordia.

¿Qué no llegó a tiempo –me dices- para la muerta? ¿Y tú qué sabes? En casos como éste, recuerdo una sobrecogedora cita que hace Ian Rankin, al principio de unos de sus libros, donde más o menos repite que según no recuerdo quién, el clima de Edimburgo es tan difícil de soportar que la mitad de sus habitantes mueren jóvenes, y la otra mitad los envidia. –

lunes, 19 de abril de 2010

Merodean juntos el frío y el calor por la sabana de la primavera, el frío, un lobo viejo, el calor un gozquecillo, todavía. La primavera permanece en su habitual estado de turbulencia insensata, de cachorro del tiempo, y este principio de siglo se advierte menos y peor porque todo es turbulencia y no nos damos la gente cuenta de que nada podrá volver a ser como era y la tela social no podrá remendarse con retales de lo que fue y hay que darse prisa en inventar, para que menos gente sufra, que cuanto más tardemos, más personas lo estarán pasando mal, desamparadas.

Ni la economía ni la política ni siquiera la religión, volverán a practicarse como antes de este coletazo final de todas las guerras en que consiste la renovación que estamos viviendo en plena crisis, con la piel vieja insuficiente y la osamenta escasa para reorganizarse como tenemos pendiente toda la humanidad de hacer.

No cabe aquello, tan frecuente, de volver sobre los pasos dados, para corregirse. Ahora los pasos deben darse por el territorio recién descubierto, como cuando los viejos exploradores de aquel mundo mucho más pequeño se dieron cuenta y nos contaron que había tierras nuevas y diferentes de todo lo conocido.

La sociedad que viene es así también: nueva y desconocida, y yo estoy convencido de que todavía inimaginable.

Viene un tiempo en que subsistirá la necesidad de diferenciar, pero nadie podrá quedarse con todo ni nadie sin nada. Y la vida no será por eso más fácil o más difícil, sino un camino erizado de problemas y dificultades, solo que tendremos que caminarlo con una mayor solidaridad, conscientes de que todos y cada uno somos el conjunto que entre todos debemos llevar hacia nadie sabe dónde, pero que a todos nos espera y para llegar mejor o primero no vale ni trincar ni atajar, artimañas ambas que junto con la recomendación y la mordida seguiremos indefectiblemente ensayando, puesto que somos como somos, equilibrio entre el ser y no ser, que Shakespeare escribió para Hamlet.

domingo, 18 de abril de 2010

Eres la única palabra
que sé decir en silencio. Eres
mi amor, el sueño ahora imposible,
de volver a soñarte, de inventar
de nuevo tu presencia
como el nacer de un día impredecible,
tal vez primero o último.

Eres aquel amor que te decía,
sin decir nada, sin saber de ti, sin conocerte
cada vez que pasabas por la calle
donde no estaba yo ni estaba nadie.

Porque no hay calles, donde el amor
ni hay nadie
que lo entienda cuando es amor de veras,
este fuego
implacable,
esta sed insaciable de echar agua
en el desierto
para encender la sombra de sonrisa
en que consiste una flor
sin nombre todavía.
Tengo la máquina de pensar llena
de basura
y cenizas.

Días como hoy
lo mejor sería estarse callado, pero
¿quién cierra el paso al río
de las palabras?
Podría desbordarse su caudal
desmesurado siempre. ¿Quién
puede medir,
limitar,
recortar
esas palabras que salen a borbotones de la boca
cuando me ciega cualquier sentimiento?

Está mi lengua, como esos perrillos temblorosos,
a la puerta,
esperando que le abra, que abra la boca,
para salir corriendo,
diciendo.

Por eso, me repito,
lo mejor es callar. Tente, no digas,
Román,
estate como el búho,
en silencio, mirando,
atravesando,
la noche con ojos de búho,
de besugo,
como si no supieras, como el pájaro, como el pez,
no supieras
hablar.

Pero hay días,
como hoy,
que estoy ciego hacia fuera, que no veo
más que la esquina más triste de mi alma
gris,
niebla.

sábado, 17 de abril de 2010

La primavera ha sido siempre así, me digo, con estos vientos quemando cada brote, ese volcán enloquecido, la tierra que se estremece, el agua, fuera de cauces, que derriba viviendas de los hombres y las arrastra y convierte en fantasmas, a sus habitantes, cuando no en muertos. Sólo algún poeta la ha adornado de capullos y margaritas en las rimas de sus asombrados versos, en el límite, como andamos siempre los poetas de verdad y los que no somos más que apócrifos copistas de los versos que pasan, musitados por ese mismo viento, del territorio de lo cursi, donde se ahoga el sentimiento cuando resbala en la piel de plátano, como un humano cualquiera y no entiende el tremendo fuego que hay soterrado bajo cualquier suspiro.

Y la vida es probable que sea este desmedimiento de los conceptos entre que tratamos de hallar camino para cada escalón de la civilización humana, tan incomprensible en sus recovecos, consecuencias y desencantos. Puede que tengamos que lograr cada escalofrío estético a fuerza de batacazos y sufrimiento.

Siempre hay alguien, cada tarde, cuando se inicia la decadencia de la luz, y, apoyado en el horizonte, aún intenta el sol un nuevo acto de amor, cantar una luz nueva, como un cisne agonizante, que escarba en la memoria y rebusca motivos de inquietud, de violencia, de la barbarie de cuando vagábamos por la selva, atados por sus leyes, ensimismados en matar o morir.

Pienso que la música, ininteligible al fin y al cabo en su paroxismo de belleza, es un resumen codificado de la existencia de cuanto nos rodea y no sabemos explicarnos. Puede que eso sea lo que nos mueve a arroparnos con ella para tratar de amparar nuestra supervivencia en la calidez de su misteriosa textura, que es como una caricia esperanzada.

viernes, 16 de abril de 2010

Dejad la memoria quieta,
mientras no se purifique y decante
del resto de aquel odio que ahora mismo
no podríais
comprender.

Dejad que la memoria
se vaya haciendo columna de humo limpio,
que suba recta hacia el cielo azul
del tiempo nuevo,
del futuro.

Esperad, para recordar,
a que la brasa última
se apague, mirad que el fuego quema,
inexorable,
que es la ceniza, su impalpable polvo
lo que puede servir
para hacer del futuro ánfora
de vida.

Lo importante ahora
es que vosotros viváis. Dejadnos
a los muertos
con nuestros fantasmas,
el rencor, que es maldición que no os atañe.

Vosotros
salvaos
de esta pesadilla que llevamos en la piel,
de esta cicatriz del alma,
que duele
a cada cambio de tiempo o de estación.

Hacedme caso.
No vais a lograr, si removéis lo huesos
cansados de escepticismos,
huellas
de aquel horrendo fracaso,
más que escribir
otro prologo del Apocalipsis.

jueves, 15 de abril de 2010

Colaboro a inaugurar una exposición de pintura de Sanjurjo, ensimismado como siempre en su particular batalla con la morfología del color y de su ausencia, que libra con extraordinario denuedo a partir de su descubrimiento de que materia y sus características siguen existiendo, tras del catastrófico siglo XX, de todas nuestras esperanzas fallidas, y, como consecuencia, de nuestra colosal desesperanza, casi empacho de escepticismo. Es, Sanjurjo, dolorosamente esperanzador. Se sufre con él, ante esos monumentales cuadros, de gran tamaño, que exhibe en el Círculo de Bellas Artes, de la capital. Hay, en cada generación, un grupo de privilegiados, que han de pagar con esfuerzo parecido al de este pintor su capacidad de experimentar ante la memoria, que es el material de que está hecho el futuro, cuando la vida se le incorpora, el futuro, sensaciones únicamente posibles cuando se esté dotado de la especial sensibilidad que tienen las invisibles antenas de los artistas de todo tipo. En sus obras, reflejan la dolorosa evolución de su espíritu, herido por los coletazos y dentelladas de la evolución vital de la energía de vivir y las mutaciones que provoca en el hombre como individuo y como especie. Cada ismo no es más que la manifestación que hace cada uno de estos privilegiados, que nos está contemplando como vamos a ser o como ya estamos siendo por debajo del enmascaramiento cultural de cada época. En estos cuadros sangran o tiemblan, al lado mismo de la vorágine de la materia oscura, la forma y la materia de que estará hecho o como se proyecta el futuro, en el lindero mismo entre su duda y la realidad. He visto a la gente, de variadas edades, quedarse sobrecogidos. El autor paseaba entre su obra, tratando también de entender.

lunes, 12 de abril de 2010

Muchas veces, durante cualquier viaje, que otro va conduciendo y yo dormito, se me ocurre echar cuentas de la cantidad de cosas que estarán pasando en cada estancia de cada habitáculo de cada paisaje. Si es de noche, incluso cabe imaginar un relato corto en torno a cada punto de luz. Tengo, lo confieso, hasta tentaciones de escribir alguna de estas novelas, pero una novela, pienso, es demasiado para mí. No tengo paciencia para ir tratando con cada personaje, que en seguida tiene cada cual su personalidad y me propone discutir unas casi siempre, por lo que me concierne, débiles convicciones. Me asusto y lo dejo. Mejor conformarse con echar el lazo a los mensajes que mueve el viento sin cesar alrededor, escribir sobre las impresiones que la vida produce y nos impactan como a los planetas cada rociada de meteoritos como los que parecen haber dejado huellas en la cara de la Luna, que con aire tan aburrido nos mira. Ahora que lo pienso, esa cara, siempre la misma, de la Luna tiene que estar, si es posible que un satélite se aburra, cansado de ver la terca disposición de los humanos a estar constantemente enfrentándose, discutiendo, envidiándose unos a otros lo que cada cual tiene, por más que haya ocasiones en que es menos de lo que tiene el que sin embargo no tiene él. Se me ocurre que cada miembro de la comunidad humana, cada persona, como en las comunidades germánicas, tiene la vocación o el instinto de que toda la Tierra sea suya, cuanto hay, desde la Luna misma hasta cada grano de arena de la playa más remota. Por eso es tal vez por lo que todo se nos antoja, nada nos parece bastante y nos resulta tan difícil compartir lo que está ahí, creo, para toda la especie, para que compartamos. He ahí un concepto de los más difíciles de entender.
Nadie recuerda, si te fijas, su niñez, la adolescencia. Ni siquiera esa juventud que tanto suele decirse que se añora. Si acaso, sus esquinas, las encrucijadas, los puntos de inflexión, es decir, los acontecimientos más impresionantes. Lo hechos o los actos, propios o ajenos, que dejaron cicatriz, aún la conservamos, en la memoria. Llevamos incorporado un álbum donde van amarilleando, abarquillándose, las engañosas imágenes, adornadas, cada vez que se miran, con detalles que seguramente no estaban aquel día radiante o sórdido, pero que hemos ido adornando, por las esquinas de la fotografía, los entresijos del recuerdo, hasta hacerlo poco menos que irreconocible para un imposible espectador objetivo. Porque esa es otra. Nadie recuerda lo mismo, ni siquiera cuando se recuerda un acontecimiento que afecta a varios o que es trascendente para más de uno. Y si todos se reuniesen de nuevo ahora mismo, cada cual contaría lo suyo y parecerían recuerdos de hechos, actos, momentos diferentes aunque fueran el mismo. Eso, en cierto modo, me consuela cuando se trata de malos recuerdos. Al fin y al cabo hasta es posible que no me haya comportado tan mal, no haya sido tan miserable y me salven indeterminadas circunstancias. Si los días radiantes es posible que no lo hayan sido tanto y los haya adornado de modo tan evidentemente excesivo, una cosa podrá compensarse con la otra. Es una reflexión que puede servir incluso a esta hora del atardecer, cuando está a punto de ponerse el sol y la tarde se convierte en el preludio, tal vez una metáfora del fin del mundo.

domingo, 11 de abril de 2010

En la cafetería, me siento detrás de la puerta. Es domingo. La gente no tiene prisa y se advierte relajada. Aún gritan excitados los de la pandilla de copas de todos los domingos, allá, junto al mostrador, algunos gesticulantes, seguro que comentando que ayer el Barcelona le zurró la badana al Madrid, para satisfacción de media España y consternación de la otra media. Hace un tiempo revuelto, justo de su época, primaveral, con sol, nubarrones que se deslizan sobre el cielo predominantemente azul y viento frescacho del nordeste, que, en determinadas calles de mi pueblo, es una corriente de frío súbito, como un escalofrío. Desde mi rincón, se puede apreciar, si estás atento, el aire de domingo, apacible. En los pueblos, al pasar, casi todo el mundo se saluda, excepto los más jóvenes. Es curioso que la mayoría de los jóvenes pase sin mirar, como si fuesen absortos en un propósito urgente, incluso hoy, domingo. Pesa la bolsa de los periódicos, engordados de suplementos y fascículos. Cada vez más gente lee menos y se escribe más y casi siempre mejor, pero la mayoría nos conformamos, cuando el periódico viene preñado de digresiones, con echar una ojeada a las letras gordas de cada página y después seleccionar dos o tres artículos, comentarios, ensayos, columnas o colaboraciones. El resto del periódico, que leerá, supongo, alguien, en la mesa o en el pueblo de al lado o de más lejos, se queda para mí en papel huérfano, que, con algo de remordimiento, me parece a veces que tratara de llamar mi indiferente atención, pero yo ya estoy moliendo la lectura reciente, amasándola en el alfar de las neuronas, disintiendo o no, cuando me interrumpe alguien, amigo de siempre, hombre o mujer y reanudamos la vieja conversación. Los amigos no inician conversaciones nuevas, sino que reanudan una, la de siempre, que dura lo que la amistad y está hecha de retazos que se enlazan o se interrumpen, suben y bajan, tejen la trama y la urdimbre de la amistad, ese tejido tan frágil, pero, cuando es de buena calidad, tan resistente.

sábado, 10 de abril de 2010

Y ahora ya, casi de repente, se ha hecho primavera, se ha espesado el aire, cargado de deseos. Los deseos no son buenos ni malos, sino vida naciente, futuro en el momento mismo de hacerse vida, o de reconvertirse en ella, procedente de otra forma diferente. La primavera es un momento cada año de amasar vida donde la marea del futuro rompe en la playa del presente y en vez de dejar estrellas de mar muertas o conchas vacías, deja vida, que se va incorporando a la desesperanza vencida del invierno y la recobra pata que el tiempo dure, se expanda, abarque figuras indecisas. Porque en primavera todo es indeciso, desde la niebla hasta el futuro, pasando por los sueños, más bien ilusiones, que se agolpan en el pecho, a flor de tierra, en la entraña misma de la piedra, pero simultáneamente es todo vigor y la naturaleza exhala olor a grito de júbilo, que arranca destellos a los colores del paisaje y en seguida los vela, es posible que para que no deslumbren al resto de lo que nace.
Hoy es día de fútbol. La gente sufrimos, leve, pero visiblemente, el temor de que gane el otro y pierda el nuestro. Curioso que casi todos, además del equipo de cada pueblo y de cada provincia, nos identifiquemos como afectos al Madrid o al Barcelona. La España siempre partida en dos cachos sensiblemente equivalentes del tópico. Y más curioso aún que los protagonistas, los que juegan, o, por lo menos la mayoría de los distinguidos, han venido de fuera. ¿Qué apoyamos los partidarios de éste o de aquél? ¿Una camiseta? ¿Un nombre? ¿Un sueño? Sea lo que sea, incluso los poco aficionados, lo apoyamos con evidente entusiasmo. Ah, me olvidaba. Como decíamos allá por nuestros tiempos de bachillerato, yo "salto" por el Barcelona.

viernes, 9 de abril de 2010

Los vicios y las virtudes de que es capaz un ser humano, lindan por el norte y el sur con lo inimaginable, y hasta puede que por los restantes treinta puntos que señala la rosa de los vientos. Se ensañan, sin embargo, los críticos, con quienes se apartan de cada cauce cultural, como si el escaso grado de civilización a que hemos llegado fuese infranqueable, que desde luego no lo es y por eso, cada día, alguien se sale, muchos, tal vez demasiados, y nos deja boquiabiertos a los demás. Si bien puede que algo estemos fingiendo y que en el fondo comprendamos cada desmán y cada atrocidad, puede que porque muchos coinciden con viejas tentaciones nuestras, impulsos refrenados con más o menos esfuerzo.

Cuesta entender la telaraña de motivaciones que provoca los hechos de cada día. Uno, yo mismo, en su rincón de envejecer, más lento de reflejos, más sensible a comprensiones nuevas, como por ejemplo la de que el tiempo resulta cada vez más escaso, no sólo como perspectiva de futuro, sino también como espacio en que realizar cada actividad: leer, escuchar, meditar, resolver un crucigrama o completar un libro.

Compro e inicio la lectura de un libro cuyo autor, al parecer serio y solvente historiador, se atreve a sondear un futuro para el que augura hechos y descubrimientos. Me paro en dos lugares de un capítulo, en uno de los cuales dice el autor de pasada, como sin darle importancia, que se le ha ocurrido, al acabar una frase, pensar que no estará cuando se produzcan los hechos que pronostica; en el otro describe una guerra global, que opina que habrá de producirse dentro de cierto número de años y cuyo pronóstico choca con mi convicción de que el género humano habría llegado a través del siglo XX a la conclusión de que las guerras no sirven para nada ni bueno ni útil. Me ha hecho pensar, y considerar que es por desgracia probable que sea yo el equivocado y dentro de más o menos tiempo, habrá otra u otras guerras.

Me parece lamentable, pero creo que tal vez indispensable para valorar la paz. Otra vez aquello de que todo tiene su equivalente oscuro sin que no existiría su concepto. Es ésta, sin embargo, una teoría por el camino de las consecuencias de la cual se llega a otras insospechables. Por ejemplo, concluir en que lo oscuro se hace perdonable por su condición de necesario para que exista la luz, y por eso es posible que carezca de límites también la misericordia.

Me refugio en “El Asedio”, de Pérez Reverte. Se ha divertido, creo, lo indecible, escribiendo con lento deleite un libro sin prisa, que trata de meternos en la época de otra guerra, la del asedio de Cádiz por el ejército de Napoleón, y que le ha obligado a estudiar terminología marinera habitual en O’Brien. Se entrecruzan varias historias, que se cuentan y deben leerse sin prisa. Sabe el autor contarlas. En algún otro de sus libros, me pareció que lo que no acertaba era a terminarlas. Como si al acercarse al final, le entrasen prisas o ya se hubiera aburrido de pelear con los personajes. Los personajes, cuando adquieren vida propia, son gente peligrosa, audaz, terca. Hay ocasiones en que descubres que te están llevando la contraria y tal vez tengan razón.

miércoles, 7 de abril de 2010

Hay un silencio
hecho de estatuas rotas y piedras caídas,
polvo
de grandeza
flota en el aire, finge ser niebla, apaga
los últimos
rayos
de sol
del imperio.

Nos habían dicho a los niños,
los torturados niños de ambos bandos en guerra,
que teníamos el secreto,
lo guardábamos -oro en paño- soterrado
para una nueva, sorprendente generación
futura,
que iba a nacer del gigantesco útero del recuerdo
de
todas
las
guerras, la nuestra y las ajenas.

¡Como si hubiese guerras
ajenas!

Nosotros, los niños, por arte de birlibirloque,
maleducados,
redimidos por la ignorancia y la crueldad,
desenterraríamos un día el tesoro para bien del mundo.

Hay un silencio,
por sí mismo aterrador. Como si estuviésemos realmente a punto
de hallar,
de encontrarnos con la materia oscura, descubrir
no sabe nadie qué misterios,
que encierra, que oculta, que amenazan
el equilibrio del conocimiento.

Un silencio que humea
de los principios
quemados en la hoguera de la hipocresía
sutil
que nos envolvía con su humo acre a los tristes
harapientos culturales niños
de la tremenda posguerra que ha sido para la humanidad
el siglo XX
de todas las barbaries.

¡Qué más fin del mundo que éste
paisaje de ruina, ausencia, miedo,
soledad
y dolor
por que vagamos la gente como sombras
en busca de la luz
de la esperanza,
del alba que aún,
contra toda esperanza, tenazmente,
soñamos!

martes, 6 de abril de 2010

Late, se advierte, una corrupción medianamente soterrada en la cultura social española, de alguna manera es posible que entroncada en su tradición picaresca. Recuerdo ahora mismo, cuando sale a la luz el entramado de una verdadera multitud de conductas sospechosas, lo que alguien dijo de que la novela es como un espejo puesto al borde de un camino, en relación con el hecho de que la literatura nacional contiene los más brillantes ejemplos de literatura picaresca de la mundial. Algo, me digo, tendrán que ver Rincón y Cortado, el Lazarillo y comparsa, con este ir y venir de torres y montones, proyección en el techo social del de pequeños obsequios, mercedes y distinciones, recomendaciones, comisiones y demás metralla de abalorios con que se tiene en cuenta a quien en el mejor de los casos no habrá hecho más que cumplir con sus deberes, ya que me resisto a pensar que haya sido el regalo motor de actuación, sino adehala de cumplimiento con las obligaciones de quien las tiene.

Considero casi tan difícil corregir este bochornoso comportamiento social mediante procesos y castigos como tratar de acabar con la delincuencia mediante otros parejos o aún mayores. Un modo de comportarse generalizado no se obtiene más que partir de una razonada y razonable educación, con su adecuada dosis de dureza espartana. Pienso que nadie aprende sin previa enseñanza trabajada por sí mismo, o, en defecto del adecuado esfuerzo, por imposición ajena de unas razonadas y razonables pautas de comportamiento. Que no se trata de la dureza del tirano, sino de la compulsión del maestro, caprichosa aquella e inútil, razonada, insisto, y razonable ésta.

Una supuesta libertad, proporcionada a quien todavía no ha aprendido a usar de ella, conduce al libertinaje, que, en confrontación con el vecino más próximo, ha de resolver los inevitables conflictos aplicando la ley del más fuerte, la asociación en bandas y banderías, la ley del Talión y la del silencio.

Que tire la primera piedra quien no haya hecho o padecido el vicio recomendacional de la sociedad española, o quien no haya recibido el pollo aldeano o la caja de puros navideña. Regalos de amistad, que absuelve de pecado una nimiedad en que está el germen de la propina, que nadie sabe por qué se añade, de algún modo humillante, al precio debido por un servicio, pero que hace imprescindible el despreciativo gesto del que realizó algunos servicios cuando te vas de rositas y niegas ese previsto además, que, curiosa paradoja, está y no está a la vez entre los deberes sociales esperables.

Das, en ocasiones, propina, y su destinatario te la desprecia porque quién te habías tú creído que era él; la evitas y quien la esperaba te moteja de miserable, que quién te habrás creído que eres. Hay un confuso entramado de pequeño vicios, mordidas de roedor, entremezcladas con la brillantez propagandística de recomendaciones como la de que se practique la elegancia social del regalo, o que se haga como expresión de afecto. No es la cuantía, la que diferencia los supuestos. Los únicos que pueden distinguir son quienes regalan y quienes reciben, que ambos saben muy bien cuándo el regalo es pago de algo inconfesable o expresión de amistad y afecto encomiables.

Y en cualquier caso, reitero, sólo una adecuada educación capacita también para dar y recibir cuando sea procedente, cómo y por qué.

Que incluso hay ocasiones en que despreciar lo que te ofrecen , incluso cuando de buena gana lo rechazarías, puede molestar y hasta herir a quien se considera por una buena razón obligado a cumplir con una obligación social o por alguna otra quiere expresarnos su afecto.

Todo un lío, en que, complicados los más avispados y los poderosos, puede mutar a cualquier sociedad en patio de Monipodio, pero decorado y amueblado con arreglo a la contracultura de la oclocracia. Cuya seudoética de la riqueza y el poder permite incluso justificar y hasta contabilizar minuciosamente las cuentas de colosales mordidas multimillonarias. Si no fuese tan lamentable, sería hasta de una risible ridiculez.

lunes, 5 de abril de 2010

Siempre hay algo terrorífico en el periódico de cada día y me quedo pensando, con la afeitadora zumbando, sin verme, allá, ahogado, tras el cristal del espejo, todavía imagen que me espera y me invita tal vez, pero como habla con mi voz, desconfío. Es posible que seamos ejemplares defectuosos de una especie desconocida y por eso se nos arroja a la tierra para que hagamos el camino iniciático y nos despojemos de cuanto nos impide ser como deberíamos. No se concibe, si no, la constante de terror, mediocridad, fracaso, incluso maldad, que nos distorsiona el hermoso hecho de vivir. Y sin embargo, puede que para que se dé el indispensable equilibrio, sea necesario que conozcamos la parte oscura, para valorar la luminosa. Un lío. Se me apaga la afeitadora, olvidada zumbando en la mano y me miro con reproche desde el espejo:

-No es que te estés haciendo viejo –me digo desde el espejo-, es que eres, subrayo el eres y aún así cuesta entender afirmaciones como ésta: eres viejo. Te olvidas de la máquina. Das vueltas a las ideas hasta que se desgastan y resbalan, igual que cantos rodados, despiste abajo, camino del pozo del sueño, donde Alicia amordaza a la reina de corazones para que no siga mandando que le corten la cabeza a nadie más, y se muere de risa el gato de Cheeshire –comoquiera que se escriba su nombre-.

Somos nosotros y nuestra sombra y nuestro reflejo en cada espejo, ¿O un reflejo solo, que salta de espejo en espejo? Porque tl vez sea el mismo, como pasa con al sombra, que es la misma, me consta, salvo que muera y resucite, con y sin luces que la motiven para estarse a mi lado. Prefiere el sol. Por eso suele ser negra, y, al atardecer, alargada por la tristeza misma que empuja a hacer confidencias a esa hora mala en que se aparta el sol y quién sabe si va a volver.

domingo, 4 de abril de 2010

La nueva perrita, algo de rata, peluche, conejo blanco, ladridos de juguete y aprendices de dientes, es lista como una ardilla y no para de explorar, constantemente urgida, agitada, nerviosa, cuanto se mueve a su alrededor. Desaparece con un zapato en la boca y reaparece arrastrando una manta enorme, con visible esfuerzo, pero inquebrantable decisión. En el camino, encuentra una gallete, suelta la manta y se come la galleta. Entre dos y tres meses -nació el 29 de enero- y tal parece que quisiera comerse en seguida el mundo, o pararlo, o tal vez empujarlo para que gire más aprisa.

sábado, 3 de abril de 2010

Lluvia. La lluvia de primavera arranca de la hierbanueva olor de vida recién estrenada, y de la tierra olor a flores posibles, todavía no nacidas, que las flores nacerán un día de estos, cuando sea verano, y así una y otra vez, para que se maravillen los niños, generación tras generación, como si todo fuera a ser eterno, pero no lo mismo. Tal vez seamos todos un puñado de polvo arrojado fuera del espacio, que va cambiando y cambiando y será así siempre, con diferentes arquitecturas esenciales, porque lo que se desgasta es la forma de la materia, y no la materia misma, que está hecha de energía moviendo partículas infinitesimales de poco más que nada, lo que Sagán llamó “polvo de estrellas”, pero ni siquiera de estrellas, puesto que también pueden estar hechas con él, o tal vez soñadas por el movimiento incansable con que la energía las mueve, puede que sólo la energía de la luz impalpable y total.

Sábado de Gloria, arrebato de campanas, campanillas, campanudas y cascabeles. Una vez, de niño, no sé quién cantaba, recién amanecido lo de que por tierras de Andalucía, los campanilleros, a la madrugá, te despiertan con sus campanillas y con sus cantares te jasen llorá. Así lo cantaba, era una voz de mujer muy joven, que no vi, diciendo madrugá y jasen y llorá, se adivinaba que con nostalgia de otra tierra diferente de la mía, puesto que su nostalgia tenía aroma de sol en fruto y la que entendemos en la tierra mía tiene el regusto a musgo y huele a armario recién abierto, con manzanas raleando, entre la ropa blanca, en las baldas de castaño o de roble.

viernes, 2 de abril de 2010

Leen, dicen, por entre las estrellas, siguiendo el rastro que pintan las telarañas del cielo allá en lo más hondo de cada paisaje vertical. Que habrá, digo yo, trazos y señales que permitan a los astrólogos hacer sus cartas, los mapas y los cartapacios de los augurios.

Lleva, el hombre, siglos, persiguiendo la trasmutación en oro, la cuadratura del círculo, el viaje en el tiempo, la telepatía, pero es posible que, sobre todo, el augurio certero, la previsión segura de lo que va a pasar mañana y pasado.

Como si eso fuera importante o concebible una humanidad telépata, que menos mal que en seguida inventaríamos un modo más o menos sutil de esconder el pensamiento real, enmarañarlo, engañar, porque si no, ¿cómo evitar morir traspasados por la verdad pura y como un florete, aguda, inexorable?

Lo pienso ahora que nos engañan tanto y nos cuentan el cuento del futuro controlado o que dentro de no sé cuánto, se acabará el mundo. Un mundo que en realidad desaparece todos los días para millones de personas que pasan al otro lado y ésas se supone que sí que saben cuanto nos concierne.

Me gusta pasear por las provisionales calles de los mercadillos en que infinidad de manos modelan pequeñeces apenas valorables, restos de ediciones y de compras masivas de pretenciosos comerciantes que luego malvenden los restos para hacer sitio a la moda su señora y la de los clientes recién enriquecidos. Quisicosas pensadas para prevenir los gustos pasajeros, están sobre los puestos como mercancía apilada por los raqueros en la playa después del naufragio, como conchas al hilo del límite de la marea, como pensamientos semiolvidados de que encuentras un día el apunte en una vieja libreta.

Voy siguiendo el laberinto de los olores, los colores, los flecos y los harapos. Compro una bola y una caja de madera, una bolsa que huele a piel recién curada y un cascabel de latón con tres escrupulillos. Llueve apenas, lo bastante para que el hermano mayor detenga el paso a la puerta de la parroquial para preservar los bordados de hilo de oro y que llore, denunciada por la luz, casi lunar de su vela, una moza tan bella que provoca un suspiro estremecido.