Apoteósico triunfo futbolístico del Barcelona C.F. de mis preferencias, que regateó y goleó a un apagado Madrid, su rival más fuerte, que no se sabe si es que jugó mal o el otro lo hizo tan bien que no le dejó levantar cabeza. Hay que disfrutarlo, porque otro día cualquiera ocurrirá al revés, que un juego es un juego y alguien tiene que pasarlo mal para que otros, alternativamente, disfruten y en definitiva, valga la pena jugarlo.
Y así, pasito a paso, nos sorprende que se nos haya ido noviembre, como el agua de un cesto, y ya sea hoy el último día del penúltimo mes del año 2010, ahí es nada.
Cuando éramos niños los octogenarios de hoy, se citaba por la gente que nos rodeaba el año dos mil como algo mágico, para ellos tan inalcanzable como para nosotros ahora mismo el tres mil. Y ya han pasado diez años desde aquello y habiendo mudado muchas cosas, hay otras muchas que permanecen. Como, pongo por ejemplo, este afán de enseñarnos recíprocamente los dientes, que tenemos los humanos de toda clase y condición, a pesar de todos los pesares que nos han producido a lo largo de la historia las inacabables guerras que se siguen de que en plena orgía de amenazas, a cualquiera se le va un poco la mano y pasa lo que pasa.
Nadie quiere las guerras. Y sin embargo, cuando no es Afganistán es Corea del norte o del sur, o los americanos, o los rusos, o este sátrapa o aquél, incontinentes mentales, incapaces de reprimir el gesto que acaba por desencadenar las catástrofes. Sigue siendo cierto que con una arenga, un tambor y una bandera se puede, como decía don Pío, montar la marimorena. Y venga de tachín tatachán y tremolar enseñas y lucir brillantes uniformes, que se disuelven entre el barro y el polvo que hay que morder más tarde en las trincheras del cruento disparate de ese afán de exterminar que contagia a los guerreros.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
martes, 30 de noviembre de 2010
domingo, 28 de noviembre de 2010
Ciudadanos en tránsito, ni de aquí ni de allá, puesto, como tenemos, “ya en pie en el estribo”, que dedicó el clásico. Tengo la impresión, ignoro si personal, de hallarme en uno de esos nudos de comunicaciones, estaciones de ferrocarril o aeropuertos donde hay que desembarcar y enlazar con otro tren u otro avión que siempre tardan un poco más de lo previsto. Por mucho que sea, pronto, aparecerá el otro vehículo, embarcaremos hacia el destino último del viaje.
Miro con profunda desconfianza por un lado el desarrollo de las elecciones catalanas, y por otro el Barcelona contra el Madrid. Luego habrá más días y todo habrá pasado, es probable que ganen Convergencia i Unió por un lado, y el Barcelona club de fútbol, por el otro. El martes será otro día, de echar cuentas, unos y otros, perdedores y ganadores. Pensándose todos otro empujón, en cómo renovarse y seguir.
Por otra parte coincide el último domingo de noviembre, supongo que como siempre, por más que sean móviles, con el primer domingo de adviento, que el señor cura de mi pueblo pone una corona de follaje sobre el altar, con velas que irá encendiendo a medida que avanza el tiempo y llega la Pascua. Un villancico se enciende, tímido, el primero, en off, y, paradójicamente, los coreanos del norte y del sur se empiezan a bombardear y provocar, insistiendo en la terrorífica idea de que las guerras, las agresiones, las venganzas, llevan a alguna parte.
A lo peor es que también las guerras son indispensables para que el planeta equilibre su precaria subsistencia y los humanos nos vayamos acoplando a los diferentes ciclos, a las etapas de la historia de una humanidad tan inexplicable como este grupo de que formamos parte. Parece como si no hubiese manera de escapar de su reiteración. Hace día, comentábamos los contertulios que si pudiera juntarse en una pila toda la riqueza de la tierra y fuésemos capaces de poner en fila a los seis mil millones de humanos que aproximadamente hay y repartiésemos entre ellos la riqueza en partes iguales, pasado que hubiese un siglo, los que quedaran se habrían reorganizado en un sistema jerárquico, tanto en lo político como en lo económico, porque los más de una u otra manera capaces ya se habrían hecho para entonces con su parte del león.
Somos como somos, debemos pelearnos con nosotros mismos, primero, luego con los demás, tratar de ser de otra manera, fracasar, levantarnos. No hay más ni otros mimbres. Es posible que en otros lejanos planetas las cosas ocurran de modo parecido, entre criaturas inimaginablemente distintas. Dios, asimismo inimaginable y por ello indescriptible, puede haber creado una infinidad de cosas diferentes, que lo verán de distintos modos, criaturas que es probable que también hayan necesitado el auxilio de la redención, operada en cada caso a su peculiar modo. Nos empeñamos en definir, en clasificar, cuando la realidad, esa que dicen los filósofos que no existe más que nuestra imaginación, capturada en los diferentes modos de expresión, que llamamos palabras, es inimaginablemente imponderable, inconmensurable.
De momento, por ser feria y fiesta de santa Catalina, en mi pueblo comimos callos y amarraron caballos y mulos en el llerón del río. Como antes –decían, llamando en vano al pasado- Nadie vuelve atrás.
Miro con profunda desconfianza por un lado el desarrollo de las elecciones catalanas, y por otro el Barcelona contra el Madrid. Luego habrá más días y todo habrá pasado, es probable que ganen Convergencia i Unió por un lado, y el Barcelona club de fútbol, por el otro. El martes será otro día, de echar cuentas, unos y otros, perdedores y ganadores. Pensándose todos otro empujón, en cómo renovarse y seguir.
Por otra parte coincide el último domingo de noviembre, supongo que como siempre, por más que sean móviles, con el primer domingo de adviento, que el señor cura de mi pueblo pone una corona de follaje sobre el altar, con velas que irá encendiendo a medida que avanza el tiempo y llega la Pascua. Un villancico se enciende, tímido, el primero, en off, y, paradójicamente, los coreanos del norte y del sur se empiezan a bombardear y provocar, insistiendo en la terrorífica idea de que las guerras, las agresiones, las venganzas, llevan a alguna parte.
A lo peor es que también las guerras son indispensables para que el planeta equilibre su precaria subsistencia y los humanos nos vayamos acoplando a los diferentes ciclos, a las etapas de la historia de una humanidad tan inexplicable como este grupo de que formamos parte. Parece como si no hubiese manera de escapar de su reiteración. Hace día, comentábamos los contertulios que si pudiera juntarse en una pila toda la riqueza de la tierra y fuésemos capaces de poner en fila a los seis mil millones de humanos que aproximadamente hay y repartiésemos entre ellos la riqueza en partes iguales, pasado que hubiese un siglo, los que quedaran se habrían reorganizado en un sistema jerárquico, tanto en lo político como en lo económico, porque los más de una u otra manera capaces ya se habrían hecho para entonces con su parte del león.
Somos como somos, debemos pelearnos con nosotros mismos, primero, luego con los demás, tratar de ser de otra manera, fracasar, levantarnos. No hay más ni otros mimbres. Es posible que en otros lejanos planetas las cosas ocurran de modo parecido, entre criaturas inimaginablemente distintas. Dios, asimismo inimaginable y por ello indescriptible, puede haber creado una infinidad de cosas diferentes, que lo verán de distintos modos, criaturas que es probable que también hayan necesitado el auxilio de la redención, operada en cada caso a su peculiar modo. Nos empeñamos en definir, en clasificar, cuando la realidad, esa que dicen los filósofos que no existe más que nuestra imaginación, capturada en los diferentes modos de expresión, que llamamos palabras, es inimaginablemente imponderable, inconmensurable.
De momento, por ser feria y fiesta de santa Catalina, en mi pueblo comimos callos y amarraron caballos y mulos en el llerón del río. Como antes –decían, llamando en vano al pasado- Nadie vuelve atrás.
viernes, 26 de noviembre de 2010
Es probable que no nos conozcamos, caso de encontrarnos. Recuérdame, si eres tú la que me conoces, yo soy muy mal fisonomista, algo de cualquier entonces en que hayamos coincidido. Me ando buscando. Busco, sobre todo, aquél que fui cuando todavía no había llegado a ser como mucho más tarde. Cuando, para que lo entiendas, no habíamos llegado a la mitad de los caminos del bosque, coincidente, como ahora ya sabemos, en la encrucijada de su centro. Me gustaría saborear el aire que respirábamos cuando era esperanza todo, sin mezcla de los cansancios, los desalientos … Creo que la frontera de la niebla está en la primera muerte del primero de los que nos acompañaban de la generación anterior, cuando descubríamos que nuestros mayores eran vulnerables. Y no te digo cuando murió el primero de nosotros y descubrimos que un día tendríamos que pasar por ese trance, lo mismo que habíamos tenido el privilegio de nacer e incrustarnos en la ternura del nido en que estuvo nuestra niñez. Incorporarnos a una familia. Si, ya sé, nos pasaba como a nosotros, que, como fuimos descubriendo, ninguno somos más que lo que somos, con todo el peso de tener, además, que soportarnos y lo que es más difícil aún, tratar de mejorar los que hay y progresivamente, de por sí, se deteriora tanto, y, en ocasiones, hasta se desploma parcialmente, parece que se va a desmoronar del todo.
No es probable. Lo de reencontrarnos, digo. La gente tiene escasas oportunidades de relacionarse. Con la mayor parte de nuestros contemporáneos nos cruzamos pocas veces y menos nos hablamos. Y eso que ahora, con tanta televisión, nos cruzamos con alguien por la calle y tenemos la falsa sensación de conocer a alguien de quien no sabemos nada en realidad y es que se parece tal vez a algún habitual de la pantalla que nos permite ver paisaje como quien va en un vagón del tren y mira distraído por la ventanilla.
Este año, mucha gente se va lejos, la semana que viene, en cuanto se inicie el “puente” de primeros de diciembre. Van lejos de casa, a la nieve, los que pueden, a un rincón, otros, huyendo de cavilar sobre si seremos capaces de entender que somos más pobres que el año pasado. Otros, nos arrebujamos, sorprendidos por los primeros ramalazos y remosquetes del frío, y refugiamos la inquietud aventurera en un libro. Yo ando ya metido en dos o tres, de la media docena que me propongo degustar en diciembre. Los libros, que suelen contarte lo que pasó a mucha gente, son una alternativa barata y menos arriesgada que echarse a la carretera. Y por añadidura ahora los trenes no son como antes, que emprendías viaje a Madrid, desde cualquier lugar de la periferia, en un vagón de tercera, y estabas seguro de hacer un montón de nuevos amigos, aprender varias canciones nuevas, de las de tasca y francachela, como dice mi mujer, que les llama “cantarinos” y ya ha calado que yo nunca los aprendo enteros y los deterioro con caídas de tono entusiastas. Si no los hicisteis entonces, ya no podréis disfrutar de aquellos viajes, pongo por ejemplo, desde Madrid a Barcelona o viceversa, en el supuesto “exprés”, que, con suerte, duraban día y medio. Qué habrá sido de aquella “hermosa gente” de que nos hacíamos cómplices durante la aventura del placentero, imprevisible viaje, hecho sin estas prisas que nos agobian hoy, con la deleitosa probabilidad de una charla distendida, como si no fuésemos a ninguna parte y el viaje mismo fuese por cierto tiempo nuestro único destino.
No es probable. Lo de reencontrarnos, digo. La gente tiene escasas oportunidades de relacionarse. Con la mayor parte de nuestros contemporáneos nos cruzamos pocas veces y menos nos hablamos. Y eso que ahora, con tanta televisión, nos cruzamos con alguien por la calle y tenemos la falsa sensación de conocer a alguien de quien no sabemos nada en realidad y es que se parece tal vez a algún habitual de la pantalla que nos permite ver paisaje como quien va en un vagón del tren y mira distraído por la ventanilla.
Este año, mucha gente se va lejos, la semana que viene, en cuanto se inicie el “puente” de primeros de diciembre. Van lejos de casa, a la nieve, los que pueden, a un rincón, otros, huyendo de cavilar sobre si seremos capaces de entender que somos más pobres que el año pasado. Otros, nos arrebujamos, sorprendidos por los primeros ramalazos y remosquetes del frío, y refugiamos la inquietud aventurera en un libro. Yo ando ya metido en dos o tres, de la media docena que me propongo degustar en diciembre. Los libros, que suelen contarte lo que pasó a mucha gente, son una alternativa barata y menos arriesgada que echarse a la carretera. Y por añadidura ahora los trenes no son como antes, que emprendías viaje a Madrid, desde cualquier lugar de la periferia, en un vagón de tercera, y estabas seguro de hacer un montón de nuevos amigos, aprender varias canciones nuevas, de las de tasca y francachela, como dice mi mujer, que les llama “cantarinos” y ya ha calado que yo nunca los aprendo enteros y los deterioro con caídas de tono entusiastas. Si no los hicisteis entonces, ya no podréis disfrutar de aquellos viajes, pongo por ejemplo, desde Madrid a Barcelona o viceversa, en el supuesto “exprés”, que, con suerte, duraban día y medio. Qué habrá sido de aquella “hermosa gente” de que nos hacíamos cómplices durante la aventura del placentero, imprevisible viaje, hecho sin estas prisas que nos agobian hoy, con la deleitosa probabilidad de una charla distendida, como si no fuésemos a ninguna parte y el viaje mismo fuese por cierto tiempo nuestro único destino.
“Finde” le llamáis ahora al fin de semana, con ese afán de síntesis que pasa por las “pelis”, por películas, y la “teuve” por la televisión. Bueno pues “finde” futbolero, ¡qué angustia!, por si el lunes va a someter el Barcelona al Madrid o si viceversa, como dicen muchos pronósticos y algunos temores. Amedrenta más este asunto que las elecciones catalanas y eso de las crisis que tal parece que ninguna de las dos cosas vayan con nosotros, por más que sean las dos gripes más amenazadoras que hayamos padecido desde hace tiempo. “Finde”, por otra parte, con la luz amatista, precursora del alba apuntando de que vienen sucesivamente el “puente” de “santa Constitución”, que ahora también llaman las vacaciones o la “semana blanca” de los “coles”, por colegios, y, en seguida, la Pascua de Navidad, que tengo que acordarme de escribir y traer y poner aquí mi villancico lleno de melancolías. Cada año, sin poderlo evitar, se me viene a las mientes el recuerdo de aquella Navidad, allá por los años cuarenta, que estoy degustando aquel trozo de turrón, con mi gente alrededor, en aquella habitación, precisamente, de una casa en que vivimos muy poco tiempo. Y soy incapaz de recordar por qué ese recuerdo tan preciso del sabor de un bocado de turrón, en un lugar determinado de una estancia concreta, justo de esa casa, cuando yo tenía diez u once años. Mi amigo Luis, ahora del otro lado del espejo, siempre se acordaba de felicitarme las pascuas y me mandaba uno de sus hermosos dibujos y un villancico alegre como unas castañuelas. Supongo que ahora se los dirá todavía más hermosos, dibujo y villancico, al buen padre Dios, en el lugar sin tiempo ni espacio en que me esperan. A ver si, llegado el momento, me ayudan y acierto con el camino.
martes, 23 de noviembre de 2010
Estoy en la acera, del lado de acá, pegado a la fachada de un edificio cualquiera. Delante, tengo el ancho de la acera, la calzada, con un paso de cebra a la vista, la otra acera y los edificios de la manzana de enfrente. Pasa por delante de mí toda una multitud de gente por ésta y otra por la acera del otro lado. Por la calzada, de este lado y del otro, se cruzan innumerables los automóviles.
Es la ciudad.
Casi ninguno habla ni con su o sus acompañantes, como mucho son grupos de tres, y muy pocos con los que se cruzan. Casi todos llevan gesto adusto, expresión de ir a hacer algo importante. Si alguno de los peatones hace además de bajarse de la acera e ir a cruzar la calle, suenan, airados, dos o tres bocinazos.
Ambas calzadas son de los coches. Y parte de las aceras. Y, dentro de poco, espacios en los portales. Y, casi en seguida, aparcamientos en el salón de arriba, de la casa donde vivimos y nos echan, como si fuera pienso, las inacabables aventuras de esa media docena de cuyo nombre no quisiera acordarme, pero ya es como una obsesión. Como aquellos viejos anuncios de los entreactos y los descansos del cine y del teatro, que acabábamos tarareando sin querer, silbando al respirar.
Aquí quietos, sin duda acabaremos por estorbar a alguien. Nos dará un empujón, sorry, un guiri. No se preocupe –contesto maquinal-, me aparto, entre la vendedora de caramelos y chucherías y el tullido que exhibe sus limitaciones y un letrero donde explica, sucintamente, que pide para comer él y que coma su familia. Así lo dice: “nop uedo trabajarpidoparaco meryqueco malafamiliamejorquerobar”. Así, todo junto o inesperadamente separado. La gente, sin mirar apenas, echa unas monedas en el burujo de papel que tiene delante. Me apoyo en la pared y sigo mirando o esperando, ya no recuerdo. Tal vez esperaba a alguien. ¿Desde cuando? Deba hacer ahora unos sesenta años que salí de mi último examen, del aula última de mi entonces recién estrenada licenciatura. Recuerdo que precisamente ese día compré un libro editado por Janés. Colección Manantial que no cesa. Autor: Charles Morgan. Título: Sparkembroke –no sé si se escribe exactamente así- y lo estuve hojeando y ojeando, antipé el disfrute inenarrable de irlo a leer inmediatamente después, sentado en la terraza del café donde solíamos ir a veces los del Colegio Mayor a jugar al dominó. Bolado, ¿se llamaba Eduardo? jugaba muy bien al dominó. Siempre me ha hechizado el juego del dominó y siempre he sido un jugador mediocre, distraído. El dominó, decía mi viejo amigo el procurador de los tribunales, se juega maquinal, instintivamente. Yo creo que el dominó es un juego de concentración, que se juega maquinalmente. Mientras hojeaba mi libro nuevo, enfrente, a la vez, hacía la instrucción una sección de cadetes de la Guardia civil y una nube de niños jugaba con media docena de cometas de colores. Y no sé si espero o si he vuelto, salido del hotel, llegado demasiado temprano a donde iba y estoy eso que dicen “haciendo tiempo”, ¿Se tricota el tiempo? ¿Se hace con bolillos? ¿Es una subespecie de mecano? De niño, los Reyes Magos, un año, me dejaron un mecano de piezas rojas y verdes, con esquineras plateadas. La paciencia no ha sido nunca lo mío. Entiendo demasiado aprisa, sintetizo en seguida y ya está mi insaciable curiosidad buscando otra cosa. Por eso prefiero la poesía o la música, que necesitan mucha menos atención y muchas menos palabras para decir muchísimas cosas.
Es la ciudad.
Casi ninguno habla ni con su o sus acompañantes, como mucho son grupos de tres, y muy pocos con los que se cruzan. Casi todos llevan gesto adusto, expresión de ir a hacer algo importante. Si alguno de los peatones hace además de bajarse de la acera e ir a cruzar la calle, suenan, airados, dos o tres bocinazos.
Ambas calzadas son de los coches. Y parte de las aceras. Y, dentro de poco, espacios en los portales. Y, casi en seguida, aparcamientos en el salón de arriba, de la casa donde vivimos y nos echan, como si fuera pienso, las inacabables aventuras de esa media docena de cuyo nombre no quisiera acordarme, pero ya es como una obsesión. Como aquellos viejos anuncios de los entreactos y los descansos del cine y del teatro, que acabábamos tarareando sin querer, silbando al respirar.
Aquí quietos, sin duda acabaremos por estorbar a alguien. Nos dará un empujón, sorry, un guiri. No se preocupe –contesto maquinal-, me aparto, entre la vendedora de caramelos y chucherías y el tullido que exhibe sus limitaciones y un letrero donde explica, sucintamente, que pide para comer él y que coma su familia. Así lo dice: “nop uedo trabajarpidoparaco meryqueco malafamiliamejorquerobar”. Así, todo junto o inesperadamente separado. La gente, sin mirar apenas, echa unas monedas en el burujo de papel que tiene delante. Me apoyo en la pared y sigo mirando o esperando, ya no recuerdo. Tal vez esperaba a alguien. ¿Desde cuando? Deba hacer ahora unos sesenta años que salí de mi último examen, del aula última de mi entonces recién estrenada licenciatura. Recuerdo que precisamente ese día compré un libro editado por Janés. Colección Manantial que no cesa. Autor: Charles Morgan. Título: Sparkembroke –no sé si se escribe exactamente así- y lo estuve hojeando y ojeando, antipé el disfrute inenarrable de irlo a leer inmediatamente después, sentado en la terraza del café donde solíamos ir a veces los del Colegio Mayor a jugar al dominó. Bolado, ¿se llamaba Eduardo? jugaba muy bien al dominó. Siempre me ha hechizado el juego del dominó y siempre he sido un jugador mediocre, distraído. El dominó, decía mi viejo amigo el procurador de los tribunales, se juega maquinal, instintivamente. Yo creo que el dominó es un juego de concentración, que se juega maquinalmente. Mientras hojeaba mi libro nuevo, enfrente, a la vez, hacía la instrucción una sección de cadetes de la Guardia civil y una nube de niños jugaba con media docena de cometas de colores. Y no sé si espero o si he vuelto, salido del hotel, llegado demasiado temprano a donde iba y estoy eso que dicen “haciendo tiempo”, ¿Se tricota el tiempo? ¿Se hace con bolillos? ¿Es una subespecie de mecano? De niño, los Reyes Magos, un año, me dejaron un mecano de piezas rojas y verdes, con esquineras plateadas. La paciencia no ha sido nunca lo mío. Entiendo demasiado aprisa, sintetizo en seguida y ya está mi insaciable curiosidad buscando otra cosa. Por eso prefiero la poesía o la música, que necesitan mucha menos atención y muchas menos palabras para decir muchísimas cosas.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Puede que sea ésta la última ocasión que Europa tenga para construirse como Unión Europea. Una constitución que tendría como consecuencia principal la de que se acabaría la diferencia entre países ricos y pobres, cuando todos fuesen uno, con comarcas más ricas o más pobres, según la productividad de cada cual en bienes y servicios de las diferentes clases imaginables.
Estamos corriendo el riesgo de que Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia o cualquiera de ellas, tengan que abandonar el grupo y el proyecto, hundidas, por su insuficiencia económica, en la desesperanza, el desencanto, el escepticismo.
Y la Unión Europea pasará a haber sido otro hermoso sueño de recrear la pax romana del imperio.
La riqueza de Europa se genera en Alemania, se gasta en Francia y se jubila en España o Italia, con Portugal y Grecia como segundas alternativas, pendientes de crear infraestructuras turísticas de una por desgracia mayor sofisticación.
Hay dos clases de turistas: los masificados, que recorren las curiosidades en rebaño y los mochileros, que van en grupos como mucho de media docena de individuos de ambos sexos, que pisan el terreno, lo recorren, se impregnan, se mezclan con la gente, conviven y descubren por lo menos una esquina del alma de los territorios y los pueblos por donde pasan. Los primeros prefieren, cuando llega la hora de comer o descansar, una mayor sofisticación; los segundos huyen de cualquiera y prefieren las condiciones de vida naturales, antiguas, dimanantes de los distintos modos de vida de cada lugar.
Hermoso sueño, el de la Europa Unida.
Tal vez en el tercer milenio. O antes, si se descubre que hay otros mundos habitados y la gente tiene que recurrir a la gente, aterrorizada por otra gente distinta, de modos y formas imprevisibles. En cualquier planeta, las condiciones de vida diferentes pueden haber determinado la aparición de criaturas inimaginables, con raciocinio parecido sin embargo al humano o incluso susceptible de desarrollos superiores o inferiores, y, desde luego, con culturas y códigos de valores diferentes.
Estamos corriendo el riesgo de que Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia o cualquiera de ellas, tengan que abandonar el grupo y el proyecto, hundidas, por su insuficiencia económica, en la desesperanza, el desencanto, el escepticismo.
Y la Unión Europea pasará a haber sido otro hermoso sueño de recrear la pax romana del imperio.
La riqueza de Europa se genera en Alemania, se gasta en Francia y se jubila en España o Italia, con Portugal y Grecia como segundas alternativas, pendientes de crear infraestructuras turísticas de una por desgracia mayor sofisticación.
Hay dos clases de turistas: los masificados, que recorren las curiosidades en rebaño y los mochileros, que van en grupos como mucho de media docena de individuos de ambos sexos, que pisan el terreno, lo recorren, se impregnan, se mezclan con la gente, conviven y descubren por lo menos una esquina del alma de los territorios y los pueblos por donde pasan. Los primeros prefieren, cuando llega la hora de comer o descansar, una mayor sofisticación; los segundos huyen de cualquiera y prefieren las condiciones de vida naturales, antiguas, dimanantes de los distintos modos de vida de cada lugar.
Hermoso sueño, el de la Europa Unida.
Tal vez en el tercer milenio. O antes, si se descubre que hay otros mundos habitados y la gente tiene que recurrir a la gente, aterrorizada por otra gente distinta, de modos y formas imprevisibles. En cualquier planeta, las condiciones de vida diferentes pueden haber determinado la aparición de criaturas inimaginables, con raciocinio parecido sin embargo al humano o incluso susceptible de desarrollos superiores o inferiores, y, desde luego, con culturas y códigos de valores diferentes.
domingo, 21 de noviembre de 2010
La definición de este domingo otoñal, pasado por agua está acentuada por el dolor de mi pie derecho, aliviado por un antiinflamatorio, el descubrimiento de las cajas de hadas hecho por mis nietas y ese sabor especial de la comida en familia de algunos domingos, cuando es como si la paz tocase una región sensible del alma que hay quien dice que no existe porque no puede verla. Tal vez el alma sea la parte de energía vital que corresponde a cada individuo humano.
Domingo, comida familiar. Todos hablan a la vez y el privilegio consiste en callar y escuchar la algarabía desde tu esquina oeste de la mesa.
Sube y baja el torbellino gárrulo del conjunto. No seas pedante, majadero, me digo, lo que pasa es que hablan todos a la vez y se forma un torbellino de sílabas y palabras, frases, como cuando agitas uno de esos pisapapeles de cristal que contiene una nevada.
-¿Y tú qué opinas?
-Yo –cogido de improviso-, pues … que tenéis alternativamente razón.
Se ríen. El abuelito –gritan con acierto- pensaba en otra cosa.
No en otra cosa. En vuestro conjunto, en los que no están, en los que se fueron más lejos, por más tiempo.
Los más lejanos son los muertos, que estuvieron como ahora estamos éstos. Dicen, y hago el esfuerzo indispensable y creo, que nos esperan en alguna parte, que nos recuperaremos unos a otros, que reconstruiremos algo definitivo, eviterno y luminoso. Como es difícilmente imaginable, casi increíble, hay que hacer el indispensable esfuerzo de la voluntad y creer.
El domingo de otoño, la lluvia, un plato de callos por santa Catalina. Es tradicional comer platos de callos estos días de matanza y fin de año agrícola, que acabó el día de san Martín. Ayer, santa Cecilia y hoy último domingo del año litúrgico, que el domingo que viene será primero de Adviento. Adviento es anuncio de una Navidad inminente. Santa Catalina es el día 25 de noviembre. De antiguo, alrededor de ese día, se celebraban ferias y fiestas en mi pueblo y se vendían xiplas. Las xiplas eran unos globos que se hinchaban a través de un canuto provisto de una lengüeta colocada al revés y se dejaban después desinflar con un largo gemido. Las xiplas de mi niñez costaban tres perrinas y el hijo del estanquero, que las vendía entre otros, se tragó un día una y sonaba, al respirar anhelante, como una enorme xipla humana. Sobrevivió, por increíble que parezca. Que ocurran cosas increíbles facilita realizar el acto de voluntad indispensable para creer otras que asimismo lo parezcan. No es tan increíble como parece que el alma sea inmortal. Es evidente que la vida se sobrevive a sí misma y toda la naturaleza converge sobre sí misma.
Las sucesivas guerras fueron acabando con las antiguas pequeñas cosas, so pretexto de que al parecer había llegado la modernidad. Nos ha costado aprender que la modernidad no es nunca un salto en el vacío. Ahora se mira hacia atrás con una cierta nostalgia, en parte justificada por las crisis que ni somos capaces de interpretar ni de por ahora de remediar. Instintivamente, miramos atrás. De algún modo, sabemos que la solución de todo está en comprender que el futuro es algo nuevo, pero está hecho, al menos en parte, con polvo de estrellas, es decir, de recuerdos. Algo de lo antiguo y algo de lo nuevo. Nada de lo ocurrido es del todo bueno ni del todo malo. Y con lo nuevo que venga, pasará lo mismo. Ni todo será del todo bueno ni del todo malo. Ahí puede que esté el principio del camino que lleve a desvelar la pista de la salida de este laberinto.
Domingo, comida familiar. Todos hablan a la vez y el privilegio consiste en callar y escuchar la algarabía desde tu esquina oeste de la mesa.
Sube y baja el torbellino gárrulo del conjunto. No seas pedante, majadero, me digo, lo que pasa es que hablan todos a la vez y se forma un torbellino de sílabas y palabras, frases, como cuando agitas uno de esos pisapapeles de cristal que contiene una nevada.
-¿Y tú qué opinas?
-Yo –cogido de improviso-, pues … que tenéis alternativamente razón.
Se ríen. El abuelito –gritan con acierto- pensaba en otra cosa.
No en otra cosa. En vuestro conjunto, en los que no están, en los que se fueron más lejos, por más tiempo.
Los más lejanos son los muertos, que estuvieron como ahora estamos éstos. Dicen, y hago el esfuerzo indispensable y creo, que nos esperan en alguna parte, que nos recuperaremos unos a otros, que reconstruiremos algo definitivo, eviterno y luminoso. Como es difícilmente imaginable, casi increíble, hay que hacer el indispensable esfuerzo de la voluntad y creer.
El domingo de otoño, la lluvia, un plato de callos por santa Catalina. Es tradicional comer platos de callos estos días de matanza y fin de año agrícola, que acabó el día de san Martín. Ayer, santa Cecilia y hoy último domingo del año litúrgico, que el domingo que viene será primero de Adviento. Adviento es anuncio de una Navidad inminente. Santa Catalina es el día 25 de noviembre. De antiguo, alrededor de ese día, se celebraban ferias y fiestas en mi pueblo y se vendían xiplas. Las xiplas eran unos globos que se hinchaban a través de un canuto provisto de una lengüeta colocada al revés y se dejaban después desinflar con un largo gemido. Las xiplas de mi niñez costaban tres perrinas y el hijo del estanquero, que las vendía entre otros, se tragó un día una y sonaba, al respirar anhelante, como una enorme xipla humana. Sobrevivió, por increíble que parezca. Que ocurran cosas increíbles facilita realizar el acto de voluntad indispensable para creer otras que asimismo lo parezcan. No es tan increíble como parece que el alma sea inmortal. Es evidente que la vida se sobrevive a sí misma y toda la naturaleza converge sobre sí misma.
Las sucesivas guerras fueron acabando con las antiguas pequeñas cosas, so pretexto de que al parecer había llegado la modernidad. Nos ha costado aprender que la modernidad no es nunca un salto en el vacío. Ahora se mira hacia atrás con una cierta nostalgia, en parte justificada por las crisis que ni somos capaces de interpretar ni de por ahora de remediar. Instintivamente, miramos atrás. De algún modo, sabemos que la solución de todo está en comprender que el futuro es algo nuevo, pero está hecho, al menos en parte, con polvo de estrellas, es decir, de recuerdos. Algo de lo antiguo y algo de lo nuevo. Nada de lo ocurrido es del todo bueno ni del todo malo. Y con lo nuevo que venga, pasará lo mismo. Ni todo será del todo bueno ni del todo malo. Ahí puede que esté el principio del camino que lleve a desvelar la pista de la salida de este laberinto.
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