lunes, 20 de agosto de 2012


Un señor alcalde y un señor ciudadano, han tenido un encontronazo donde el muelle, en día de sus fiestas mayores y se han dado de chufas, collejas, bardiascazos, galletas, soplamocos, bofetadas, puñetazos o qué sé yo, si no esta allí e ignoro más detalles que los que cada cual cuenta como quiere y puede en las distintas publicaciones, bulos, panfletos, sueltos o artículos.

Mal asunto, este de los asturianos, a quienes ya el rey don Carlos III, consta en la Novísima Recopilación que prohibió reunirse, como tengo contado tantas veces, portando palos, en las riberas del Manzanares, cuando las fiestas del Santo y dirimiendo allí sus diferencias concejiles. So pena, nada menos que de galeras.

Eriza la pelambre considerar que disponemos de unos de los idiomas, tal vez el más, versátiles y expresivos, tanto para entendernos como para desentendernos e insistimos sin embargo en regresar a la penumbra de la pintura negra de Goya, que a mí me ha dado siempre casi tanto miedo como la profecía poética hecha en su día al “españolito” que entonces nacía, por don Antonio Machado, pesimista de la desesperanza, a veces. Esa pintura, que tan a menudo recordamos, de los jayanes empeñados en matarse a garrotazos, enterrados hasta la rodilla, para que no se te ocurra huir. Si acaso, pedir clemencia. ¿La habría? Induce a la duda la oscuridad del horizonte, al fondo del cuadro, donde, a pesar de todo, hay ramalazos de una luz. La luz, aún la más aparentemente lóbrega del fucilazo tormentoso de cualquier peligro, es siempre esperanzadora.

Aprieta el calor. Nuestro norte hace tránsito, casi, al condado de Yoknapatawpa –o como se escriba- de cuyos agobios nos cuenta Faulkner, un condado del sur, la descripción del clima del cual, casi podría aplicarse a la de este insistente bochorno sahariano que nos agobia.

La gente, alrededor de mis sudores, se sumerge bajo la espuma de la fiesta. Carpe diem, insiste, agotad la ocasión. Del otro lado de la esquina, me han dicho que vieron al primer afilador. Los erizos, ternura verde aún, se mecen ya en las ramas de los viejos castaños.

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