miércoles, 8 de agosto de 2012


Voy, de un lado a otro, con el desconcierto del hombre habitualmente sano que de pronto se quiebra por aquí o por allá o descubre una gotera en el descuidado edificio de su cuerpo, que, a fuerza de resistir los abusos del tiempo, había dado en pensar que hasta podría ser invulnerable.

No debe haber paciente peor. Porque los hay, en cambio, que por desgracia han padecido habitualmente de esto o de aquello y se acostumbran a la esoteria del análisis, la exploración, las misteriosas investigaciones de que suelen seguirse, como en los juzgados, sentencias, que, como allí, son unas veces absolutorias y otras condenatorias de mayor o menor gravedad.

¡Vida ésta! Siempre muchos que saben más que tú de lo que te concierne y te enmiendan el paso, reconducen, agavillan y recuerdan la efimeridad de lo humano, del hermoso privilegio de haber estado vivo en algún momento de la historia de esta Creación deslumbrante.

Paz en la economía. Estabilidad en las bolsas. Pausa.

Leo en el periódico que los representantes sindicales hablan al Rey de la posible conveniencia de un referéndum. Me imagino a alguien preguntando a los deudores de otro alguien si prefieren pagar o no pagar, dilatar el pago o no, conseguir o no una quita, por pequeña que sea. Una, a mi modesto juicio, de las dolencias que pueden aquejar a una democracia es la suposición de que todo puede resolverse mediante sufragio. Un referéndum no puede cambiar el tiempo de ninguna estación. No sirve para borrar las consecuencias, que deben afrontarse, de haber gastado mucho o poco y haberse pasado o quedado en la evolución social, que ha de ser armónica, y cuando no, las cosas suelen complicarse hasta lo imprevisible.

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