Leo un tremendo novelón implacable, pero incluso de su
enloquecida aventura cabe entresacar la profundidad de alguna sabia conseja. De
entre ellas selecciono la que comenta que hay que tener valor para confesar que
se es un cobarde. Me hace revolver el guiso neuronal y considerar que en
efecto, hay que tener un a clase de valor, o una de sus complejas facetas, para
confesarse a uno mismo, o, lo que es peor, decirles a otros que se es un
cobarde. Como en casi todo, para sobrevivir es indispensable equilibrar miedo y
valentía. Ambos, en exceso, mata. El exceso de miedo puede convertir en héroe y
el de valor incurrir en temeridad. Hace falta un gran miedo o un gran valor, o
ambos, para vivir y para morir, pero para sobrevivir han de equilibrarse.
Se enciende, se apaga, embozado de niebla, este juvenil sol
de atisbo de verano próximo. Hace demasiado calor para este tiempo. En el
periódico, escribe hoy un señor cuyo nombre ni siquiera leí, que el cambio
climático es un hecho comprobado. Y sigo pensando que inexorable y que los que
mutarán para acomodarse a nuevas condiciones de vida, serán los humanos, hasta
esa tremenda y al parecer prevista posibilidad de que esta galaxia y una de las
vecinas entremezclen, dentro de unos cuatro mil millones de años, sus respectivos
puñados de estrellas.
¿Debemos preocuparnos? ¿Mudará ese conflicto sideral la
inconcebible textura de la eternidad donde para entonces nos hallaremos?
Hace mil años, astrónomos y astrólogos egipcios, incas o
mayas, nos intuyeron y grabaron en papiros y pedruscos nuestro probabilidad.
Nos toca ahora soñar gente desconocida, cambiada, ni siquiera olvidada de
alguien a quien ni imaginan cómo fuimos y lo que nos preocupaban el euro, las
riquezas y el poder.
Tenemos el maniego y dentro, confundida, una masa que hay
que redistribuir para hacer la sociedad del siglo en que ya estamos, con el
trabajo pendiente de aprender a organizarnos socialmente de un modo racional.
Veo a mi alrededor a gente que todavía no sabe cuál es el problema que hay que
plantear e insisten en sus anacronismos. Y lo malo es que sustituimos las
tertulias donde se cambiaban impresiones y nos enterábamos de algo de lo que
pasaba por una televisión que de lo que nos cuenta todo lujo de detalles es de
la turbulenta banalidad de unos curiosos muñecos que se nos parecen, pero
tienen poco que ver con el afán que cada día a nosotros nos aflige.
Pienso que hemos llegado a la realidad del vivir de cada día
antes de tiempo y aún está el paisaje sin componer, la comida sin hacer, la
limpieza pendiente. No es que el hotel esté sin limpiar y arreglar tras la
fiesta de ayer, sino que su arquitecto aún no ha terminado los planos del
edificio donde tenemos que alojar y dar de comer y beber al tropel que llegamos.
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