viernes, 15 de junio de 2012


Presento un libro mío, de versos. Se llama Lendel. Ahí van, agavillados al azar, tal y como vinieron y se suelen ir los versos, unos poemas, ignoro si buenos o malos, que para uno mismo, es bueno lo que escribe, por lo menos hasta que pasan unos meses, lo relee y la mayoría se ha convertido en ceniza o en basura, pero a lo mejor, transcurrido otro lapso de tiempo, mejora y hasta vuelve a parecer, si no bueno, por lo menos suficiente para decir lo que se quiso decir, es decir, un sentimiento, muchas veces súbito e inesperado y casi siempre, por  no decir siempre, un sentimiento demasiado lacerante como para saber expresarlo. Puede que haga falta más oficio, o mayor capacidad, sensibilidad o ese toque privilegiado de que algunos disponen y en general no lo saben. Mis escritores preferidos no sabían que eran tan buenos como son. La vocación de expresarse es, incluso para malos y mediocres, insaciable.

Bueno, pues he presentado un libro. Lo he llevado a las librarías a que se esconda entre muchos libros. A mí, me hubiera bastado con haberlo escrito, pero no voy a mentir que no me satisfaga verlo hecho un hombre, con su encuadernación que lo hace parecer un libro de los muchos que tanto me han gustado o indignado en tantos años. Lo que pasa es que los libros propios sólo se leen después de mucho tiempo. Así, como éste, tiernos y oliendo a imprenta, se quedan, entre las manos como hermosos objetos, mérito de diseñadores y editores.

Me gusta dedicarlos, sobre todo cuando lo hago o a personas desconocidas, con las que trabo una relación, o a mis amigos y mejores amigos, con los que tanto reconforta volverse a encontrar y reanudar esa conversación que se mantiene de por vida con los amigos de verdad y es cuando los reencuentras es como si hubiéramos dicho ayer, que dicen que dijo fray Luis al volver.

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