martes, 19 de junio de 2012


Vendrán tiempos mejores, otra gente se hará mayor, irá descubriendo mediterráneos, hará pruebas y probaturas. Saldrá, hasta que se canse, el sol, y cuando se canse, acabará todo con un soplo de energía como habrá habido tantos desde que la energía existe.

La energía es un temblor de la eternidad. Algo así como una tormenta solar de un sol inimaginable.

A trancas y barrancas, el equipo de fútbol de España, sin “goleiros”, superó ayer la prueba de los dieciséis y está entro los ocho elegidos para disputarse el campeonato europeo. Escasean los rematadores. Los goles, en los campeonatos caseros de liga y de copa, los meten del foráneos. Aún así, cabe esperar siempre, cuando se está entre ocho presuntamente mejores, resultar el más diestro o el más afortunado o mezcla de las dos cosas.

La economía, en cambio, no parece que haya modo.

Cuando las deudas llegan a cierta cuantía, se convierten primero en sospechosas, luego en dudosas, por fin en impagables. No se debe rebasar nunca ese equivalente económicos del cero absoluto, rebasado el cual se hace, más que probable, probablemente imposible pagar lo que debes o que te paguen lo que te deben.

A partir de ese momento, hay que asumir las pérdidas, recomponerse, reajustar el sistema, reorganizarlo y empezar de nuevo.

El mundo y la vida son así. Incluso en el planeta hay zonas desérticas, vergeles, tierras áridas y otras productivas. Yo pienso que cada cual ha de vivir y trabajar en la suya y solidarizarse con los habitantes de las otras.

De ahí la importancia, para ponerse en camino de resolver los problemas de los países de Europa, de asociarlos en la soñada y cada vez más difícil unión europea. Esos Estados Unidos de Europa, que todos quieren, pero no quiere nadie. Algo parecido a lo que ocurre con los grandes empresarios españoles, que intuyen que para salir de las crisis han de asociarse en grandes unidades económicas de producción diversificada, pero sólo parecen dispuestos a hacerlo si cada uno fuese el que comandara el conjunto.

Martes. La primavera se despide con niebla, orvallo, desesperanza, tentación generalizada de diferentes grados y categorías de escepticismo.

Afuera, al raso, a la intemperie, la escasez enciende la ira y desemboca en una ciega búsqueda de inexistentes responsables individuales de una patología social contagiada por el afán generalizado de competir, superar y compartir sin esfuerzo muchas cosas que sólo podrían alcanzarse mediante esfuerzos colectivos y solidarios. 

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