miércoles, 6 de junio de 2012


Philip Roth, premio Príncipe de Asturias de las Letras. Otro escritor de la angustia vital. Adivinó por los setenta la que se nos venía encima, a través del sufrimiento de la gente que se quedaba socialmente atrás por tantos y tan variados motivos.

Otra de nuestra multitud de culpas sociales es la de no mirar casi nunca atrás a ver quién se va quedando. Son víctimas del progreso de los otros, de la creciente capacidad de los que siguen, impertérritos, como si no estuviera pasando nada. Y pasa. Crecen el dolor, la angustia y el miedo, a medida que el grupo en que seguimos descubre nuevos motivos de alegría, delicia y esperanza.

Lo peor de los que se quedan es la desesperanza, capaz de oxidar, carcomer el amor y dejar al humano inerme, y, poco a poco, cada vez más deshumanizado. Y como el camino va y viene, helicoidal, a medida que trepa hacia el objeto de deseos de nuestra inagotable, insaciable ambición, nos ven una y otra vez, más lejos, más arriba.

Philip Roth se sumerge en la sombra de la sociedad y nos cuenta lo que hay. Leemos incrédulos. Maravillados por la capacidad descriptiva de esos escritores de la ola setenta americana, directamente entroncados en Dickens, pero sin su ingenuidad, porque desde Dickens, que también escribió desde la sombra social, han ocurrido y pasado muchas guerras y catástrofes, que a la vez que enriquecían a los que lo lograron y así hasta prosperaron más aprisa, multiplicaron en paralelo la oscura pléyade de los derrotados, los abandonados, los frustrados, unas veces por su culpa, otras por la nuestra, y hasta por las circunstancias, que también están ahí, conformando el paisaje vivo.

Nada que ver, teniéndolo que ver todo con Faulkner, que es sureño, tiene un componente espeso de intelectual en un entorno todavía agropecuario, rural y atrapado en la parte sórdida de una pobreza embarrada y a pesar de todo embalsamada de nostalgias.

Son, esta generación de novelistas, espectadores atentos, todavía capaces de sufrir la tremenda sensación de que todo podría ser de otra manera y hay un camino de baldosas amarillas por el que deberíamos haber ido. Escribieron, escriben, escribirán la historia de verdad. Esa que tantos historiadores saben que trucan siempre los vencedores y la distorsionan con arreglo a sus preferencias, criterios y tendencias. Por detrás vienen  estos testigos, que cuentan lo realmente ocurrido mientras se celebraban los fastos de cada victoria. 

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