sábado, 23 de junio de 2012


No son ni esenciales, ni necesarios, ni siquiera útiles, todos esos personajillos que intentan diversificarnos, a los europeos y de convencernos de que somos diferentes unos de otros, y, los del país de al lado, como consecuencia, enemigos. Ahí está el error. Somos diferentes, como lo son los barrios de cada ciudad del mundo, grande o pequeña, pero siempre, todos, complementarios. La ciudad es lo que es, como lo es Europa, por complementariedad armónica de los diferentes instrumentos que componen la sinfónica. Y, como ella, necesitamos una sola batuta, un gobierno central, que resuma, organice y armonice todos y cada uno de los esfuerzos y méritos, los vicios y las virtudes de cada componente de esa unidad soñada, emprendida, hasta ahora por desgracia fracasada, que es Europa.

Amanece la víspera de la alborada anterior a la del señor San Juan. Es hoy el día más largo del año y se ha llenado de sol, mechado de nordeste. A ratos te fríe un sol recién estrenado, a veces tiritas en una esquina de la villa aprovecha el chaflán el viento para poner a punto las uñas.

Por la tarde juegan al fútbol los franceses contra los españoles. Tienen gracia los comentaristas, que hablan de los equipos como si fuesen seres vivos, unos y los mismos con los de su historia deportiva de hace medio o un cuarto de siglo y hablan y no acaban de cuentas pendientes, venganzas por encuentros anteriores y otras aventuras e ingenios a cual más pintoresco. Lo mejor de eventos como éste resulta que circula por las calles un diez por ciento de los coches que lo hacen habitualmente. Millones de españoles se pondrán ante el televisor, con algo de comer y de beber y una camisola futbolera con número a la espalda y estarán absortos, encandilados durante hora y tres cuartos.

Tengo que confesar con cierta vergüenza que desde que el fútbol se ha convertido en el tejer y destejer de unos y el tratar de interrumpir y sorprender de otros, con, como mucho, media docena, con suerte, de destellos de juego brillante en cada partido, la mayor parte de los que veo me aburren hasta el adormecimiento y vuelvo a mi crucigrama de La Vanguardia, el damero maldito o el libro, que ahora resulta que puedes llevar una biblioteca y una cinemateca a cuestas y ponerte a disfrutar en cualquier rincón hasta sin luz, que la traen incorporada las tabletas o los libros electrónicos.

Por cierto, irritante, al menos para mí, que algunos autores hayan caído en la tentación de escribir libros por entregas, sin principio, que está en otro anterior, ni final, que estará en el siguiente. Por lo menos, en cualquier trilogía o hasta pentalogía, cada tomo debe poder leerse con independencia de los otros, sin perjuicio de que la historia contenida en él pueda completarse con otras aventuras, contenidas en otro u otros, más o menos relacionadas, de los mismos personajes. Cortar una narración en varias y vender los pedazos por separado me parece un abuso y mayor cuanto más interesante y mejor escrita pueda estar. Y si por lo menos todos los tomos se pusieran a la venta al mismo tiempo, la trampa sería menor que la de mantener en suspenso un desenlace durante meses o años o incluso para siempre, si al autor le da por cortar el chorro, se le corta la inspiración o hasta podría morirse y llevarse un secreto cuyo derecho a  desvelar ya no le pertenece por entero.  

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