domingo, 15 de febrero de 2009

Complejo mundo éste, en que ya todo es sospechoso y no puedes o no debes tener amigos, que podrían hacerte regalos o salir contigo a la calle o ir a pescar o a cazar y todo es sospechoso de que estéis tramando algo en perjuicio de tercero, que piensa mal –dice la sabiduría del refranero- y acertarás, de modo que podría ser un vano intento lo de que la buena fe se presume, debe presumirse –acota la ley- y ya estamos en un lío porque ahora quién nos garantizará que es lo mejor y lo más prudente, o, por lo menos, lo que perjudique en menor medida. Y no se te ocurra agradecer, ni menos ser generoso con quien lo haya sido contigo, no sea que pueda sospecharse que hay algo torticero en cuanto sea amical, justo en este país de recomendaciones, puentes y vados. Tíu, decía aquel jayán impresentable, dijísteme que me habíes recomendau, examineme y suspendiéronme. Calla, animal, respondía el tío, que te preguntaron por lo que derrotaron a don Podrígo en La Janda, fueron derrotados por don Pelayo en Covadonga, dominaron España siete siglos y dijiste que si seríen los fenicios. ¡No, tíu! Yo no dudé. Yo dije que ¡eren los fenicios!

Curioso país de taifas irremediables, nadie sabe si por culpa de los iberos, de los fenicios, los griegos, los cartagineses, los variopintos bárbaros, los árabes, los judíos, los mudéjares, los mozárabes o el mestizaje final del Lazarillo, que lo que pretende es sobrevivir y comerle al ciego la tostada y el queso, o beberle el vino subrepticio, que es el que mejor sabe, a hurtadillas, soplado en lo oscuro de la bodega.

¿Habrá sido la Inquisición la que nos hizo envenenarnos de desconfianza? También podría ser esta condición increíble del país del véspero, que, extremo del mundo, fin de trayecto, finisterre aparente, paradójicamente fue encrucijada de todo lo ocurrido en Europa antes del invento de Europa, este sueño de L’Europe Unie, que estoy convenciéndome que no llegará a ser nunca verdad verdadera.

Puede también que nuestro mal haya estado en que descubrieran América bajo las banderas de una España tierna, como diría Cela, como la hoja del culantrillo. Descubrir América hizo ricos a estos reynos, y, como tales, la envidia y el objeto de la rapacidad de quienes habían permanecido en tierra, propios y extraños. Nos reinvadieron los prestamistas y los vendedores, revendedores, comerciantes, puros y simples ladrones y los corsarios nos estrangularon las carreteras de la mar.

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