lunes, 8 de marzo de 2010

Lo peor del caso, o tal vez lo bueno, según desde dónde se mire, es que no haya un territorio donde pueda vivir el grupo de los que piensan igual, pero diferente de la mayoría que pueda formarse o, como ocurre con frecuencia, trucarse en cada país. No habría bastante en la Tierra ni desecando los mares. Porque cada grupo se escindiría, cada cierto tiempo, y los que volvieran a diferenciarse, pedirían a su vez un territorio para asentar sus criterios.

Inexorablemente, tenemos que convivir con el adversario y que aprender a soportar sus criterios y decisiones, pero eso implica que el adversario, por mayoritario que sea, ha de aprender a convivir también con cualquiera de las minorías y respetar lo que piensa, defiende y publica.

Las circunstancias, que todo lo mudan, acaban por trastocar los papeles, y casi siempre, por no decir siempre, los pequeños crecen porque no tienen más remedio, como no tienen otro tampoco que decrecer los que llegan a desmesurarse, y para ese entonces no deberían conservarse cuestiones pendientes ni rencores, cosa a que contribuiría el respeto del grande cuando lo es por el pequeño, que algún día llegará a serlo y se mudarán los papeles y habrá estallado la paz cuando sea habitual el respeto recíproco.

Nada debería tener que ver el ser provisionalmente más fuerte o más numeroso con la chulería soberbia, ni la contradicción, cuando es tan razonable que no admite réplica, con el insulto o el desprestigio del adversario con quien es muy probable que se tengan que cambiar un día los papeles.

El intercambio de opiniones, concordantes o adversas, suele ser además de todo un espectáculo de extraordinaria brillantez, ocasión de enriquecimiento recíproco, tanto en los fondos como en las formas. Los abogados sabemos mucho de eso, cuando ejercemos uno de los oficios más duros y exigentes de la sociedad, enfrentando en el rigurosamente educado cauce del proceso nuestros criterios con los de otro profesional tan preparado e inteligente, y muchas veces más, que nosotros, y de aceptar después la crítica de otros que nos dan o quitan la razón de un modo y con arreglo a una reglas que al final hemos de aceptar y respetar en cada caso, con independencia de que su solución, además de vencernos, nos haya convencido o no.

No hay comentarios: