viernes, 15 de enero de 2010

La astucia del comerciante, que ahora ya no es un individuo vestido con chambrón de color indefinido, sino pajarraco con corbata y camisa impecables, sentado ante su mesa de diseño y leyendo las sesudas opiniones de psicólogos famosos, entrenados en el arte inverosímil y desde luego con algo de pecaminoso de manipularnos el cerebro a los incautos humanos, tan impresionables, a través de los anaqueles, placas de microscopio para el macroscopio de la humana naturaleza, de los grandes almacenes, donde siempre hay algo que por cualquier razón inimaginable, que el psicólogo aisló con sus pinzas y reveló por precio al desconocido vendedor.

Ya no se sabe quién nos vende. Es probable que sea una sociedad compuesta por personas que ni siquiera saben a qué se dedica el dinero que tienen invertido a través de un pequeño banco de su pueblo, que a s vez mantiene tesorería en un negocio internacional cuyos tentáculos se extienden por el mundo.

Estamos construyendo un mundo de desconocidos por el que deambulamos como si no estuviésemos. Lo “sienten”, o tal vez presienten, los filósofos, que al hurgar en el conocimiento hacia dentro de su propia naturaleza, se preguntan si existimos o somos meros sueños, artificios del lenguaje. Hay quien llega a decir que si fuésemos capaces de despiezar cada palabra, podría haber una cuya destrucción acarrearía la del universo. Mejor entonces dejar las cosas como están, y comprar con docilidad esa tarrina que no necesitamos, la quisicosa inútil o ese producto rebajado cuyo coste nos va a encarecer la crisis sin la menos utilidad práctica, agobiados como ya íbamos por la cuesta de enero.

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