miércoles, 13 de enero de 2010

Nos empeñamos en buscar una perspectiva, el punto de vista ideal: desde aquí, y señalamos un determinado solar, podríamos ver el mar, sus cambios, la línea del horizonte, los dibujos que trazan las barcas que van y vienen cada día, o: veremos la montaña, y, con unos buenos prismáticos, imaginarnos las trochas y los senderos, las vías de trepada, los secretos cobijos de las rapaces. Los indianos, cuando volvían de América y habían hecho fortuna, construían palacetes para dar cobijo a sus familias numerosas. Cada triunfador rebusca un lugar privado, selecto, aislado a poder ser, y defendido de la agresiva curiosidad del resto del mundo. Un refugio donde enamorarse de la felicidad y convivir con ella en exclusiva. Y siempre hay un momento en la vida en que se descubre, con singular perplejidad, que no es posible, que no hay modo ni de aislarse ni de ser definitivamente nada, ni siquiera de ser feliz de modo diferente de cada uno de esos destellos de felicidad que se corresponden con otros de profundo dolor o incalculable desaliento. El ser humano es poderoso y vulnerable, en la misma medida y al mismo tiempo. Un complejo amasijo de luz y de oscuridad, amalgamadas, simultáneas. Debemos tener al mismo tiempo al pájaro cautivo y la inconmensurable alegría de acabar de soltarlo y que vuele, como un grito, hacia lo más profundo del cielo. Y sin embargo resulta inevitable la concurrencia de la ilusión con el miedo, a la vez que ese aferrarse a cada cosa que tenemos anhelo de entregar a otra persona. Dudo entre si seremos contradictorios o paradójicos, o tal vez ambas cosas a la vez.

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