domingo, 3 de enero de 2010

No me siento gran cosa, arrebatado por el furioso catarro bronquial que suele atravesarme cada año en una de sus dos épocas, de entre el otoño y el invierno o entre invierno y primavera, cuando el clima enloquece desconcertado y tampoco sabe lo que le pasa Me percato entonces de la poca cosa que somos y la risa que da ese sacar el pecho inflado y presumir de cuando el tiempo es bueno y nos parece que si nos diesen el famoso punto de apoyo que para lograrlo pedía Arquímedes, también nosotros podríamos mover el mundo. Es probable que ahora, como entonces, no convenga poner fulcro tal al alcance de nadie, que hasta el más sensato de los hombres puede en indeterminadas circunstancias chiflar y, si pudiese, hasta podría caber que se le ocurriera sacar “sólo un poquitín, sólo por probar, al cansado planeta de su órbita o de su eje y vete a ver lo que podría ocurrir. Algo como lo que pronosticaba la abuelina que pasaría si desarmásemos el reloj del comedor, para ver como funcionaba, que un día lo había intentado en su casa un conocido suyo y nunca más supo ninguno de los miembros de su familia la hora en que realmente vivían, y contaba la conseja popular que se acabaron por olvidar de comer y dormir y como al viejo hidalgo cervantino, vino en secárseles el cerebro. Ese amasijo de tan mal ver que llevamos en el estuche de la cabeza y de tal nos trae, incluso a los más eruditos, que algunos persisten en serlo de la violeta y se desviven y olvidan de vivir, ocupados, preocupados y hasta obsesionados por si no serán ellos, cuando se miran en el espejo mágico de su ego y le preguntan, los más inteligentes por lo menos del lugar donde pasean, se pavonean, disimulan y se van requemando para íntima y jamás reconocida satisfacción de sus semejantes, unos porque se saben más listos y otros porque se saben más tontos que ellos. Yo mismo, que soy de este segundo grupo, me consuelo, contemplándolos y viendo cómo sufren, del sufrimiento que yo padezco por ser menos avispado, listo, sagaz, y, ¿por qué no decirlo?, probablemente menos sabio y menos inteligente. Una vez dicho, lo dicho es una auténtica vergüenza. Para ser más tonto que otro, debe procurarse por lo menos la dignidad de conformarse cuando uno ve que lo que tiene, por poco, confuso, dubitativo y escéptico que sea, es tan realmente maravilloso, un real, verdadero, auténtico milagro

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