lunes, 18 de enero de 2010

Me asalta la curiosidad. ¿Cobrarán, dentro de algún tiempo –poco ya, en cualquier caso, por razones evidentes- por enseñarnos a los turistas con el mismo énfasis con que se enseñan ahora las catedrales, los castillos y los palacios y las quintas de indianos a los turistas?

Uno de los posibles futuros nacionales para por ser destino de las vacaciones europeas. Aquí se come bien, se actúa con desfachatez, se aprovecha el horario nocturno, permanecen costumbres que son como leyendas de otros lugares más o menos civilizados y no hay una economía susceptible de incrementar los motivos del cambio climático y sus molestias consiguientes.

Los ancianos, como las viejas piedras, mantenemos convicciones, principios y conductas para un turista observador posiblemente pintorescas. De ahí una posible utilidad, que podrá ser aprovechada por la administración local para evitar que se considere que estamos comiendo una sopa boba social. La cicerone de turno alzará su sombrilla identificativa, convocará a sus pupilosque nos rodearán, e irá señalando nuestras peculiaridades, de gente que ya se halla en vías de extinción.

La humanidad está cambiando, de hecho cambia cada día, por más que insistamos en tratar de repetir alguno que nos resulta más agradable. Priestley hablaba de “días radiantes”. Los hay, sin duda, dejan huella y cicatriz en el alma y el recuerdo. Los recuerdos probablemente no sean más que cicatrices del alma y la memoria es su colección, que repasamos. Duele eso de que la memoria, por lo general. Selecciones escenas, como un objetivo fotográfico, pero casi nunca secuencias, por mucho que cada instantánea esté cerca de otra. Y s como cuando vemos una vieja fotografía y la memoria nos ayuda a recordar aquel mismo y preciso momento, u otro acontecimiento del mismo día, pero nada más. El resto de aquella jornada se ha perdido para siempre y ya es aire, ceniza o ¿en qué se convierten los hechos cuando ya han ocurrido y se pierden en los recovecos del tiempo pasado?

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