martes, 19 de enero de 2010

La gente llega a ser como es, dicen los antropólogos, los etnólogos y los etólogos, no porque inicialmente se diferencie en razas diversas, que las hay sin duda, sino porque, dentro de cada raza, la diversifican las condiciones de vida a que obliga una determinada cultura. Y, siempre con el miedo a la libertad a cuestas, tiende el hombre a parecerse a sus vecinos que considera triunfantes, envidioso muchas veces de lo que no es más que otro disfraz de la desgracia o de la infelicidad. Pasa el tiempo, mudan las condiciones de vida, el comportamiento cultural y aquellos que parecían sólidos grupos étnicos de características acusadas, se diluyen entre sus en realidad iguales. Así, dice este libro que profundiza en su comportamiento, ha ocurrido con los vaqueiros de alzada, pieza colectiva de las Asturias rurales de montaña. Lo rural siempre a remolque de lo urbano, para bien y para mal, en cuanto aquí tarda más, en el ámbito rural, en llegar la mudanza de costumbres que sobresalta, conmueve y desconcierta, pero también el progreso generalizado, la necesidad de aprender para sentirse “a la altura” de quien parece saber más y así disponer de mayores recursos para afrontar los problemas que arrastra el futuro hacia nosotros. Vivir, hay quien dice que no es más que prepararse, utilizando los recursos que el pasado proporciona, la experiencia en definitiva, con todo su bagaje, para afrontar los problemas del futuro. Incluso cuando el futuro parece enloquecer y estalla en un terremoto, una guerra o un tsunami y cuesta recobrar la convicción de que todo tiene sentido, en este caos en que cualquier previsión es válida, pero ninguna segura, y por eso es tan difícil aprender, hay quien no llega nunca, a usar, con casi todas las consecuencias, de la propia libertad, con lo que tiene de haz de facultades y núcleo de responsabilidades.

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