jueves, 22 de diciembre de 2011

Según los días, la vejez se te acumula en cualquier esquina del cuerpo y te acosa la duda de si será el principio de no sabes qué, porque nadie sabe cómo ni cuándo.

No eres como cuando joven, ni siquiera como cuando ya muy mayor, conservabas el equilibrio y el trabajo te borraba, de un soplo, la inquietud casi siempre pasajera.

La vejez ralentiza, desde el paso hasta el pensamiento. Reconduce a la idea esa de que hablan ahora de las ciudades a ritmo lento, que procuran sus regidores convertir en peatonales. Vas y vienes, incluso a veces te paras a recuperar aliento. Hasta la perrita que ya es perra se da cuenta, mira, tuerce un poco la cabeza, ajusta su paso nervioso, ella a que gustaría correr como cuando la suelto y brinca y entonces al mirarme sonríe y me dice: ¿ves? Si no pasa nada.

La vejez te reduce, como el tiovivo, como la noria, a las idas y venidas cotidianas. Estrecha el paisaje.

Basta irse, sin embargo, al rincón y cerrar los ojos, abstraerse en cualquier tiempo pasado, que sin duda no fue mejor, pero era cuando corríamos sin percatarnos de ello. Era natural, ir y venir en un abrir y cerrar de ojos hasta el otro extremo incluso de la península. Por el camino echabas cuentas, pero no de achaques, sino de esperanzadores organigramas resolutorios de intrincadas ecuaciones.

En el rincón, por pasmoso que parezca, cabe imaginar que vas a ir de un salto a hacer esto y aquello que en la realidad suponen para cualquier viejo ejemplar de la especie tomarse tiempo y ejercitar la calma paciente. Una calma con que en realidad, si te fijas, se mueve la mayor parte de las cosas creadas, cada una en su ámbito, y que cuando se salen de esa calma es que algún meteoro las mueve, arremolina y disparata.

Viene la perrita que ya es perra, me dice un ladrido corto y seco, echa a correr y se sube al banco del zaguán, donde está su correa, vuelve, se sienta junto a mi silla, me mira, ladea la cabeza. Claramente me dice: ¿vamos o qué? Me levanto y corre que se las pela, por delante, arrollándolo todo. Es su media hora del paseo de la tarde.

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