miércoles, 21 de diciembre de 2011

Tal vez por ser Navidad, el banco de Europa ha desparramado sobre los bancos una lluvia de euros. Otra medida de espera hasta ver, que me está dando la impresión que incluso los banqueros más conspicuos del mundo empiezan a reconocer que de esto nadie sabe cómo salir cuando lo que falta en la mayoría de los países es producción vendible suficiente para mantener el nivel de vida ensayado por cada cual con su burbuja.

Como siempre, hay que repetir que el dinero no es elástico. Hay el que hay y cuando se gasta de más, hay que devolverlo, y cuando no se puede devolver, uno, de buena o de mala fe, está en concurso, sólo un pasito más acá de la inminente quiebra a que reconduce el saldo final de las cuentas.

Estamos en concurso, el mundo mundial entero, por haber gastado más de lo que se produce y de lo que había, y hay que echar cuentas. Y mucho me temo que el saldo sea muy, pero que muy deficitario.

Y habrá que elegir, cosa sumamente arriesgada y difícil, entre la inflación y la quita, dos males menores entre que la dificultad entraña en saber cuál lo es menos.

A la corta, duele menos la inflación, pero es de efectos provisionales y menos duraderos. La quita supone un bajón súbito del nivel de vida de entre un tercio y un cuarto. Duele a la larga, pero sana, hasta donde ello es posible, la posibilidad de empezar de nuevo.

Para lo que es conveniente que de momento subsistan los paraísos fiscales donde reside un dinero indispensable para realimentar la economía mundial, pero que en seguida habrá que ir, a largo plazo, eliminando hasta que todos entendamos que no hay más que lo que hay, debe estructurarse una economía que lo distribuya con equidad.

Los ricachos deben entender que la justicia, también la económica, ha de ser distributiva. Para ellos también, o mejor, para ellos principalmente.

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