martes, 24 de enero de 2012

Cuando ya no se puede ir muy lejos, los problemas del mundo se van haciendo ajenos. Yo, por ejemplo, dispongo ahora de mucho menos espacio, nadie viene a pedirme que resuelva, que indique, que diga. Ya no tengo nada que decir. Comprendo ahora a Ortega espectador.

No es fácil. Antes te proporcionaban datos, te traían estadísticas, te daban cuentas del resultado de las medidas adoptadas. Ahora he de entresacar de las páginas de periódico lo que considero meollo de la cuestión de que se trate.

Desentierro una historia de la filosofía, dos, y una tercera “ilustrada”. Me paso la mañana entre filósofos griegos. Hace dos mil quinientos años, aquella gente, cuya vida cotidiana es casi imposible imaginar, pensaban con lucidez. Daban vueltas a las ideas venidas de oriente, a las suyas propias. Nos estaban superponiendo a nosotros, que éramos su futuro aún lejano, capas y más capas de civilización, de sofisticación, de humanización.

Sus dioses estaban justo al lado, en el Olimpo y eran antropomórficos. ¿Subían los filósofos griegos al Olimpo a espiar a sus dioses? Por lo menos, consultaban el oráculo de Delphos u otros por el estilo y daban de comer a la organización, que debía ser numerosa y compleja.

No puedo, podría ser imposible adivinar, como no sea por pura casualidad, lo que pensarán de nosotros quienes dentro de dos mil años pueblen este espacio que ahora ocupamos. Tendrán que hacer parecido esfuerzo al que nos cuesta imaginar las guerras y migraciones de los celtas, que al parecer eran los que dominaron hace mucho las reservas y el comercio de la sal, en su tiempo indispensable para sobrevivir.

Nosotros andamos ahora enfrascados en prescindir de los símbolos del dinero, que vamos convirtiendo paulatinamente en plástico o en palabras, gestos. ¿Habéis visto comprar en una subasta o el bolsa? Un gesto apenas, una leve señal. Dentro de nada, en cuanto inventen la tarjeta monedero, para pagar el menudo de un bollo de pan o el periódico y provean a los mendigos de maquinitas de esas que saben leer las tarjetas de crédito y débito, habremos desinventado una forma de dinero. No ocupará lugar.

Creo recordar que hubo una vez un ministro que dijo que el oro había dejado de ser no sé si conveniente, necesario o útil para respaldar la monedería y los billetes emitidos por la máquina de hacerlos. ¿Llegará ese momento, estaremos ya en su umbral en que el respaldo de los símbolos sea una promesa imaginativa? Algo así como guardar en el sótano del poder económico un ejemplar de la fábula de la lechera

No hay comentarios: