viernes, 6 de enero de 2012

Pasaron, como pasa todo –insistiría mi Sancho Panza, el filósofo-, sudoroso, esta mañana, entre tanto alboroto de nietos excitados, que ahora cosechan en el huerto donde hace, sólo parece que hace, tan poco, cosechaban los hijos.

No se puede decir que haya estado la caravana especialmente inspirada. Lo justito. Ahora cuesta moverse, ir al almacén, traer los paquetes o que te los traigan.

Los tiempos, además, no están para gastos. Los viejecitos perdemos en seguida la vejiga de flotación que, mientras capaces de trabajar en serio, nos mantenía siempre a flote.

Hay pocos paquetes, dijo mi sagacísima nieta más pequeña, mirando todavía por la rendija de la puerta entreabierta.

La iglesia, esta mañana de fiesta, semivacía, y los pobladores por encima de los cincuenta, tal vez de los sesenta o setenta, en su mayoría por lo menos. Tiene que ser desolador pronunciar una homilía para treinta, como mucho cuarenta personas. La misa, o si prefiere usted la eucaristía, es la misma. Supongo que el celebrante se centra, ensimisma en lo que hace. La homilía es otra cosa, se dirige a alguien con quien trata de entablar, mediante su soliloquio, un diálogo en que el intercambio es de ideas, puesto que las palabras las dice nada más que uno, que sugiere. Hace muchos, muchos años, cuando las iglesias solían llenarse de bote en bote, hasta el punto de que un pariente mío, infante aún, se negaba a ir en Madrid los domingos porque, según argumentó, no veía más que culos de mucha gente, me tocó asistir a misa en una iglesia de un pueblecito castellano, no sé si de León, Zamora o Valladolid, la iglesia estaba llena y el predicador cumplió largamente con su encargo, y, acabada la larga perorata, ya casi dándose la vuelta, nos espetó: “y ahí queda eso, para que lo vayáis rumiando durante la semana.

Aunque hubiesen quitado la carpa findeañera de la plaza mayor, aquí plaza del Ayuntamiento, para la gente, y, para el nomenclátor de la villa, de Alfonso X, el Sabio, que para eso nos extendió como pueblo de realengo, el fuero de Benavente, tampoco habrían podido aprovechar los nenos del pueblo para exhibir su juguetería nueva, porque desde bien de mañana no dejó de orbayar, ni de estarse el día entristecidamente gris.

Os cuento: una bufanda espléndida, larga y confortable; un hipopótamo de cristal -“para que te acuerdes de ir al dentista”, decía el taimado papelillo cruel de las innecesarias explicaciones; una varita mágica que con paciencia y arte podría responder a las promesas de su propaganda de que pueda programarse para hacer la competencia al mando a distancia de la tele; un ingenioso trípode articulado para sostener cualquier artilugio fotográfico o similar, y una máquina de afeitar eléctrica, que, como casi todo el mundo sabe, se compran con garantía de un año y suelen durar, medianamente cuidadas, hasta tres y medio o cuatro.

Entre todos, me quitan del ordenador toda la basura que le voy metiendo con mis curiosidades, errores y chapuzas. Corre ahora como un galgo juvenil. La varita, en cambio, o se me resiste o es una divertida tomadura de pelo. Os contaré, Deo volente, en cuanto regrese de mi viaje.

No, hombre; no, mujer. Ya no voy periódicamente a las capitales, ya mis viejos amigos, colaboradores y contradictores de tantos años, se han librador todos de mis insistencias, mis argumentos, probablemente mis errores. Que de todo habrá habido. Pero, a lo que iba, mi viaje, si al final no me asusta algún recelo, apoyado en el vil razonamiento de que es probable que me quede poco tiempo, de modo que ¿para qué arreglar goteras? El argumento es indebido y pequeño –dado que debemos actuar, dicen mis principios, como si fuésemos a durar mucho más-, pero más pequeño es el que lo utiliza. Por lo menos, lo reconozco. Ya es algo.

No hay comentarios: