domingo, 8 de enero de 2012

Una calle es ella misma, mientras la de al lado es como es. El “otro” Machado, dijo aquello de que “tu calle ya no es tu calle / que es una calle cualquiera / camino de cualquier parte”. Las calles, por bella que resulte la retórica de los versos de la copla de don Manuel, no son de naide: Otra retórica malévola, malintecionada, resabiada, errónea y cruel, dice lo de “mía o de naide” de la jalousie –palabra francesa sin equivalencia, por más que su concepto sea tan carpetovetónico- hispánica. Jalousie es una palabra traducible sin embargo como exceso aberrante de unos celos enfermizos que vacunan contra el amor.

Los celos, motivo de tanto duelo y quebrante y de tanta barbarie, son contrafigura del amor, que se realiza o bien en armonía o bien mediante el sacrificio que siempre está dispuesto a hacer el enamorado para que sea feliz la otra, aunque consista en perderla. Lo otro: o mía o de naide, es la expresión del egoísmo coleccionista que no concibe perder la “pieza cobrada” para su eroteca privada.

No habíamos empezado por esto, hoy, sin embargo, sino por la contemplación de una fotografía tomada desde la colina. Dos calle parten de un origen común, un chaflán donde, como es lógico, alguien ha situado una sucursal bancaria. Tampoco es, sin embargo, de los bancos ni de sus delegaciones y sucursales de lo que pretendíamos hablar, yo por lo menos, sino de que desde aquí arriba se ven las dos calles, que, nada más nacer, se van apartando y caracterizando, y cada uno se va acercando paulatinamente a ser como es, perfectamente diferenciada de la otra en casi todo, salvo en que ambas son calles, caminos, posibles rutas, que, como todas las carreteras y los caminos del mundo llevan al mismo sitio, sea Roma u otro lugar cualquiera.

Parece mentira que dos calles, recién nacidas ambas en la misma esquina, se puedan diferenciar tanto que, si por cualquier callejón, pasas de una a otra, puede darte la impresión de que cambias de una a otra ciudad.

Una calle puede abrirse, invitar a la alegría de vivir. Otra, paralela, en cambio, se ensimisma, deja rincones, gira, dobla, convierte algunos tramos en peligroso laberinto, se adorna de corte de milagros, permite que se abran sobre ella bocas oscuras, de ominosas oscuridades.

Es como aquello del amor que decíamos, que es entrega, y los celos, su contrafigura, puesto que tratan de apoderarse de la persona amada, esconderla, si hace falta, destruirla para que pertenezca del todo.

Todo esto se me ocurre mirando esta fotografía cuando acabo de leer en el periódico la triste noticia de otro crimen pasional

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