viernes, 30 de octubre de 2009

Estamos vivos. Es como una novela de ciencia ficción, si bien se mira. Imagínate que eres un espectador, no humano, flotante en el lindero del universo, que de repente acabas de descubrir que la energía de que formas parte, de algún modo, es posible que se concrete, disfrace o revista de la forma caprichosa que sin duda tiene nuestro cuerpo, con sus cinco –algunos hablan de seis- sentidos, capaces de trasmitir a la capacidad de comprender, para estos seres opaca, traslúcida algo definible como sensaciones. Para ti, pura esencia, ya te digo, al borde del universo, una “sensación” es algo incomprensible, la impureza que se interpone entre la sabiduría y la comprensión, que es un paso más allá de lo que cualquier humano, dotado, cuando más, de inteligencia, es capaz de entender. La inteligencia es camino que gira y se retuerce sobre sí mismo, puro laberinto incapaz de llegar, pero que puede intuir y así verse a la vez impelido y anhelante de llegar hasta la sabiduría.
Tal vez desde ahí presientes la belleza sensorial, a la vez que engañosa, de la vida y comprendes que alcanzar la vida y recorrerla es un hermoso privilegio, una brillante trayectoria, algo que diferencia el ser del misterioso no ser, esencia incomprensible de la nada.

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