miércoles, 7 de octubre de 2009

Sale, el caminito de madera, por encima del traicionero barro de la marisma, en cada recodo hay un banco de madera donde puedes sentarte a mirar la mar, que jadea, cansada, al allegarse a la precaria faja de arena de la orilla, lejos, arropando sus besos de espuma bajo la niebla escasa y sucia.

Hace una tarde gris, otoñal, apacible, que sugiere la vuelta al rincón preferido. Casi todo el mundo tiene un rincón preferido. Yo no sé preferir uno entre los varios a que retiro mis pensamientos cuando acabo de leer algo que me hace divagar en busca de otras respuestas.

Hay, por lo menos para mí, rincones preferidos para leer, para pensar, para imaginar y para sortear las dificultades que la incertidumbre convierte en temor. Y, desde hace relativamente poco tiempo, desde que llegó la televisión, suele haber otro rincón donde el sueño te asalta en cualquiera de las sesiones de anuncios que entrecortan las películas y las reconvierten en folletones por entregas. Echo a veces, cuando no llego a dormirme del todo, que alguien, cuando se reanuda la proyección, me haga un resumen de lo ocurrido hasta la tanda de anuncios. Tal vez por eso repiten tanto las mismas películas. Como cuando, opositores, volvíamos una y otra vez sobre el mismo tema, que acababa por aburrirnos, enloquecernos, de algún modo reconvertirnos en el paciente borrico de la noria.

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