lunes, 5 de octubre de 2009

Ha de aprenderse un nuevo ritmo, cuando uno se asoma a la vejez, desacomodado ahora del que se mantenía con la imaginación, porque ya no cabe pensar y hacer, sino que tras de pensar ha de tomarse el anciano una fracción de tiempo y ha de acomodar sus movimientos a la creciente torpeza, que cada día va siendo casi imperceptible, pero inexorablemente mayor, y donde antes se movía con soltura, el viejo derriba ahora los objetos que siempre estuvieron ahí, el rimero de papeles que había ordenado ayer con tanto esmero, la jarra de cristal, una colina de libros, y de nada vale desesperarse, aunque alivie el torrente de improperios que se disuelve en el aire y por lo menos tiene la ventaja de hacerte reír, cuando comprendes, comprendo, la estupidez de la escena, apropiada, imaginas, para un sainete, y hasta casi se oye la risa alegre del público, mientras en el escenario, un actor joven, esmeradamente caracterizado, que talmente soy yo, mirado en el espejo mientras me afeito cada mañana, se acelera e irrita, recoge cacharros y barre para disimular y fingirse tan suficiente como antes, tal vez ayer, que esto del tiempo es tan engañoso y tu espíritu de Peter Pan tan eficaz, que resulta incomprensible haber dejado de ser capaz de este esfuerzo o aquél y ahora ni se te ocurra subirte a la escalera de mano para enroscar la bombilla fundida del comedor, que alguien ha subido la puñetera lámpara a lo más alto del Everest y habría que hablar con unos sherpas, que nos acompañasen en la aventura de trepar hasta las cercanías de la techumbre de casa, que aún recuerdo cuando estaba al alcance de la mano. ¿Sabes? –me digo- casi todo en este pícaro mundo ha de pagarse de alguna manera, y éste es el precio que debemos pagar tú y yo por haber sobrevivido hasta hoy.

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