viernes, 2 de octubre de 2009

Salgo de paseo por los blogs habituales, es decir, los que, tras de conocerlos, me atrapan la atención, me hacen sonreír con más frecuencia, me conmueven, comprendo. Me sorprende que seamos tantos los que todavía, al leerlos a ellos, pienso que seríamos capaces de pasarnos horas de alternar silencios con parrafadas de impresionante sentido, unas veces para bien, para lo que otros podrían considerar mal, otras. De algún modo, sin dirigirnos la palabra, echándola, con esto de nuestro respectivo soliloquio, a merced de las mareas y del viento, nos consolamos mutuamente de que el mundo sea como es y nos permita de uno u otro modo ser como cada uno somos, algunos tan entrañables. Ya es larga la lista de blogs –quizá llegue un momento de que sea tan larga como la suma del padrón de vecinos de muchas ciudades juntas-, que es cada vez más larga su sombra, es decir la de huellas que voy siguiendo, cada caminata con sus vicisitudes, que van dejando en las espinas de los bordes de cada camino, retazos de tela y en ocasiones hasta de carne y gotas de sangre o de sudor. El mundo está cambiando, desde que la red abrió estas puertas que todavía nadie sabe a dónde pueden llegar a conducir, incluidos aquellos mundos de que nos reíamos cuando alguien se atrevía a adivinar que existían y estaban en éste, pero eran diferentes y tal vez ilocalizables.

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