martes, 24 de abril de 2012


El recurso populista de la calle, para reconvertir la supuesta democracia en otra cosa, método que mi contertulio refiere como un apretón más del cinturón de la demagogia sobre la anoréxica cintura de la oclocracia, se ha empezado a sugerir por quienes sólo admiten la validez del sistema cuando y si favorece a sus propósitos e intereses.

En la calle, como cantaba Chavela Vargas con aquella voz desgarrada, tú y yo juntos, somos muchos más que dos. La calle es un altavoz que multiplica, asombra, asusta, sobre todo a quienes, como yo, somos pusilánimes. Pocos centenares, parecen en la calle miles y se pueden pasar sobre ellos los multiplicadores de costumbre para que parezcan centenares de millar y hasta cerca o más de un millón.

El ejército, formado y armado, parece siempre invencible, erizado de banderas, impecable, disciplinado.

Lo que pasa es que siempre cabe que haya otro ejército, más o menos brillante, pero más práctico, más astuto o más y mejor armado, capaz de infligir al tuyo, a los nuestros, que siempre nos parecen los buenos, una tremenda, horrible derrota.

Nada peor que un ejército que regresa vencido del frente de combate, de la batalla, del error, una vez más, de pensar que la violencia, más o menos cruenta, pude arreglar algo, generar algo que no sea afán de revancha, y, como consecuencia, mayor violencia, que casi siempre acaba donde acaba.

Sacar una masa a la calle, cuando se te acabaron los argumentos, es y será siempre, hasta el fin de los tiempos, un error que acabarás pagando, por más que te parezca que venciste. No hiciste más que amedrentar provisional y transitoriamente al otro, que así se habrá hecho más valeroso y tal vez más fuerte, como los animales heridos y acosados.

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