sábado, 28 de abril de 2012


A medida que se ensancha la herida, crece, afecta a más, me refiero a esta herida socioeconómica que habíamos dejado enconarse con la desnortada esperanza de que o el tiempo o nuestra hada madrina colectiva nos la curase una noche, a poder ser mientras durmiésemos, por ensalmo secreto, más de nosotros gemimos que estábamos equivocados, que mejor como antes.

Todo tiempo pasado, dice una mentira que con frecuencia se repite, fue mejor, pero en este caso, la tela, llevada al límite de su elasticidad, estaba a punto de romperse.

Yo no sé en qué cabeza cupo que podríamos sobrevivir con la triste convicción de que iba a haber siempre quien trabajase por nosotros, cuantos más fijosdalgos, mejor, que ya pagarían impuestos los pecheros o trabajarían los ilotas de turno, charnegos, maquetos, chuetas, manguelos y en último término, chinos, que para eso hay tantos, estaban tal lejos y decían que se contentaban con una bola de arroz, o emigrantes, mejor sin papeles, para que presintieran, a la hora de reivindicar, la famosa espada colgando sobre su cabeza del precario hilo de la denuncia a quien correspondiera.

Cada vez estoy más convencido, y allá quien piense otra cosa, que es muy dueño, de que este mundo y esta vida son lugar de convivencia y de que fracasa quien se aparta como los apestados o los elefantes locos, a pasarla mirándose el ombligo, y, sólo a su través, la realidad de las cosas.

Hay que reconcentrarse primero y luego inventar, crear y crecer. Es la convicción generalizada, el discurso político correcto, pero … y aquí está el quid, que se reconcentre el vecino, que inventen ellos, que trabajen otros, y nosotros nos subiremos al carro, exigiremos nuestros derechos, una instalación adecuada a ese famoso estado del bienestar, que “entre todos” nos habremos ganado y todos felices. Lo contaban ya del viejo convento: que dice el padre prior que bajemos al huerto, que trabajéis, y, llegada que se la hora, que subamos a comer. Y Noel Clarasó, en sus máximas y observaciones de Blas contaba de aquel ciudadano espabilado que decía lo de que le encantaba hasta tal punto el trabajo que no podía vivir sin ver trabajar.

Lo “nuestro” es importante, es lo que no puede recortarse, cuando hay tanto que recortar y tantos a quienes debería recortarse. Cierto, pero se dispersan, ocultan, disimulan y se escaquean de tal y tan eficaz modo que ni Diógenes, con su linterna, los encuentra y falla la vieja canción marinera de que de poco valía que te escondieras por debajo de la lancha, puesto que yo, con mi vigilancia, te encontraría en un pispás.

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