sábado, 3 de septiembre de 2011

Mi padre, que murió hace más de medio siglo, era muy aficionado al teatro y a la enseñanza. Como consecuencia de la suma de ambas circunstancias, dirigió cierto número de veces representaciones teatrales de aficionados, algunos de los cuales eran sus alumnos de lengua y literatura de bachillerato. Del reparto en una de esas representaciones, intervenía en concepto de dama joven una que entonces lo era y, a la vez, muy realista y amiga de los animales, hasta el punto de empeñarse en sacar a escena un asno de verdad, conveniente a la trama, según las acotaciones del autor.

Mi padre hacía, además, de apuntador. Los escenarios tienen una ligera inclinación hacia su proscenio, donde se abría la concha del apuntador. El burro, acuciado por la naturaleza, dio en echar la gran meada.

“Cuando vi acercarse aquel líquido humeante como lava, solía contar mi padre, abandoné allí mismo el libreto, y, sin más trámite, dimití de mi cargo y emprendí vergonzosa huida”.

Me acordaba yo ayer, durante mi pregón del Centro Asturiano de Oviedo, bajo aquellos foco ardientes, con aquel calor, resollando, bajándome por el arco de la nariz goterones de sudor, que: plof, caían con cadencia de metrónomo sobre mis papeles, de la huida de mi padre, y por primera vez pude figurármela mejor y me pareció más verosímil que nunca.

No escapé y por esta vez sobrevivo. Supongo que gracias a la amable consideración, amistad y compañía de toda aquella gente, amable, atenta, considerada, amiga y compañera a pesar de haber tenido que soportar la tediosa pesadez de mi perorata. Hay personas de verdad admirables, incluso en este mundo de locos.

Por las diferentes vías de comunicación, me llegan felicitaciones y despedidas, que agradezco. Este fin de etapa es diferente. Es como el final de uno de esos caminos que hay en las zonas rurales, que, de pronto, desembocan en una finca. Un camino que desemboca en una finca es siempre un camino “servidero”. Los caminos, por regla general, para serlo, comunican dos núcleos de población. Si esos lugares son muy pequeños, los caminos serán menos importantes, pero siempre comunican grupos sociales de mayor o menos entidad. Los caminos que llevan a un finca, sobre todo si es rústica, de labor, no suelen ser, a partir del último pueblo o lugar de que parten o que atraviesan, más que puros senderos ensanchados por el paso de los carros y los tractores, más pequeños cuando menor la finca. A algunas mínimas no llega más que un sendero “d’a pía”, califican los paisanos. Lo que basta para trabajarla casi desdeñosamente cuando ya no queda labor que hacer en las demás tierras, prados y montes del caserío.

Una finca propia, por pequeña, alejada, casi olvidada que esté, hasta cuando no tiene camino de acceso y el código civil le dice “enclavada” entre otras de diferente propiedad, puede ser un inolvidable, ameno lugar. Confieso que me gusta estar aquí. Esta sensación de haber llegado, que, es curioso, minimiza los esfuerzos del camino, que, por otro lado, es ahora cuando descubro la desproporción que suele haber entre ilusión, suceso y recuerdo.

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