lunes, 26 de marzo de 2007

Cuando era niño y era, como hoy, domingo, me llevaban a misa, unas veces de doce, otras de diez. La misa de diez, que concelebraban tres curas, estaba llena de incienso, la de doce de señoras con grandes abrigos de pieles, recuerdo haber pensado que la misa de doce, que entonces el cura oficiaba de espaldas al pueblo y murmurando latines, era una misa a que asistía o una extraña tribu vestida de pieles o un cónclave de osos pacíficos. Después de misa de diez, a los niños nos impartían clases de un catecismo en que se tenía la osadía de definir, que es tanto como tratar de delimitar a Dios, cuando Dios es, pienso yo, inconmensurable, incomprensible, indefinible, inimaginable. Después de misa de doce se iban muchos a tomar un vermú con tapa de anchoas o de patatitas fritas a la inglesa, o de cacahuetes torrados. En el parque había barquilleros que, cuando salía, en alguna de sus ruletas, el cero y perdías todos los barquillos, te daban dos o tres de consolación. Acabaron, pasado el tiempo, supongo que porque les daban pena los niños sin suerte, por tapar el cero de las ruletas de sus bidones rojos con un esparadrapo sobre que se había maldibujado un número, eso sí, pequeño. No mayor del tres. Por un perrín –es decir, cinco céntimos, podías tirar una vez, tres por una perrona –es decir, diez céntimos. En una ocasión, uno de mis compañeros, hijo de padres ricachones, preguntó al barquillero cuántas veces podría tirar por cinco duros. ¡Cómo si quieres estar tirando todo el día y mañana! Pero, eso sí, el número del esparadrapo no suma nunca, sólo sustituye.

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