miércoles, 7 de marzo de 2007

El viejo lobo se despereza un poco apartado de la manada, del otro lado del río, cansado de la caza realizada en sueños, elástico y joven –según todavía en sueños finge ser- ha desgarrado piezas abundantes para la alimentación de su lobuno harén y los lobeznos. Por eso ahora se acerca al río, bebe y a la vez olfatea, se detiene, alza la cabeza, sorbe el aire con súbita alarma, mira del otro lado del río y huele a quemado y hombre, dos olores a cual más temido y odiado, vadea la corriente sin ver, enloquecido y halla los cadáveres de los lobeznos quemados y el aroma del miedo de los demás lobos que trataron de huir, pero en seguida va encontrando los restos inidentificables de sus cadáveres carbonizados. Alza la poderosa cabeza y aúlla una y otra vez. Desde muy lejos, viene una respuesta lejana hacia que se encamina por entre los restos humeantes de lo que fue bosque lleno de vida y umbrías. Para el viejo lobo, hoy se ha acabado el mundo.

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