viernes, 2 de marzo de 2007

Tras del glorioso verano,
quedaba
una sola hoja,
seca, olvidada, sin duda muerta,
en el árbol dormido.
Ni siquiera hizo falta una ráfaga de viento,
fue un blando soplo
apenas perceptible
el que se la llevó para que naciese el otoño.
No hay otro modo posible
de que ocurran
las cosas.

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