sábado, 17 de marzo de 2007

Una novela de Dorothy L. Sayers en las librerías. Algo como encontrar una nueva forma, tal vez una mutación de una especie extinguida. Un recuerdo de cuando empezaba a salir de los clásicos e investigar autores diferentes, ya un poco especializados, de novelas que todavía no se llamaban “negras”, como ahora decís, y la duda de siempre ¿será una nueva edición de algo conocido? Vale más, en la duda, llevársela a casa. Aunque no sea más que por el prólogo, que diferenciaría el texto de aquellas ediciones en rústica que mi madre –otra apasionada de la literatura policíaca- y yo, devorábamos, uno tras otra, a medida que yo los llevaba a casa. Entonces, cuando doña Dorothy nos presentó a su lord Peter Wimsey, éramos ambos mucho más jóvenes. Mi madre incluso estaba viva. Leíamos sucesivamente cada novela –esos novelones, decía mi padre, profesor de lengua y literatura, pero al final, apasionado con nosotros de las novelas de Simenon, sobre todo, claro, las de su comisario Maigret, con el que recorrí por primera vez los entresijos de París, desde el Quai des Orfebres hasta las tabernas de la rive gauche-, pero, que yo recuerde, pocas veces comentábamos las peripecias. Cada cual, supongo, encontraba una clase diferente de atractivo en aquellos apasionantes duelos entre detectives astutos y criminales que no lo eran menos, pero perdías indefectiblemente la partida.

Todo ello me trae hoy a detenerme en la consideración de la aventura de leer con que nos consolamos por lo general en mayor medida los niños menos capaces de aventuras, los sosegados niños demasiado reducidos o por sus padres, por la debilidad, por la enfermedad o por la timidez, a no brillar en la escalada, no sea ases del fútbol elemental de la playa, no descollar como atletas. Que las criaturas humanas tenemos una dimensión aventurera, de gente audaz, que si no ejercitamos en la práctica, hemos de fingirnos, de algún modo mentirnos, fingiéndonos capaces, desde el rincón de la lámpara, desde debajo de las sábanas, desde la esquina del desván o desde dondequiera que nos hayamos reducido la lectura sucedánea, alimento de la imaginación, que hemos sido aventureros, incluso temerarios.

Concluyo en que la gente digamos normal, para serlo y puesto que la vida es limitada y efímera, de este lado del espejo, ha de vivirse en parte y en otra parte de mentirse, y tal vez por eso somos los hombres tan necesariamente mentirosos, en parte auténticos y en parte personajes de la farsa que urdimos para sentirnos liberados, completos, realizados.

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