jueves, 22 de marzo de 2007

Hemos atravesado el invierno. Aquí, junto a la mar, sol y frío, frío y sol en la meseta. En medio, acampado, el invierno, trajeado de cellisca, resbaladizo. Ir y venir entre camiones que bufan. La civilización naufraga y navega a la vez en una flota de camiones que van y vienen, escoltados por hileras de cochecitos de todos los colores, formas y marcas, que piafan borbotones de sus caballos mecánicos. Entre nevando la primavera, que es un invierno, todavía. O tal vez el invierno, que se va, quiere bailar antes una polca frenética con la primavera. Una luna en forma de cimitarra, a última hora, parece un cuenco de que se cae el lucero de la tarde. La luna reza la frágil oración de su luz quebradiiza, que siempre parece que va a oler a limón. Tengo un montón de cartas, al llegar a casa, que me dicen que el mundo sigue girando, la gente escribe libros y te invita a ver cómo los presenta entre la caudalosa palabrería del caso. Me dicen que se ha casado un pariente y otro se va a ordenar sacerdote. Y todo esto como si el invierno y la primavera hubieran sosegado ya la sorpresa de su reencuentro anual, que dura lo que una riña de enamorados. Hasta el año que viene no se volverán a ver.

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