jueves, 29 de marzo de 2007

Hay, en esto de escribir, gente verdaderamente deslumbrante, a la que, leyendo, envidias, quiero decir que yo envidio, desde luego, por ese modo de utilizar la palabra adecuada para decir algo de la manera más clara y expresiva. Me pregunto si este modo de expresarse, habitual en algunos escritores, será fruto de la inspiración o denodado trabajo de poda de la primera frase escrita por ellos en un papel, sobre la que podrían haber estado trabajando con esa paciencia de los alfareros, que acercan la mano a la pella de barro y la hacen crecer, la inclinan, le proporcionan, aparentemente sin hacer más que rozar la figura o la vasija, una inesperada esbeltez o la gracia de una curva inimitables para los zafios que nos perdemos en el barroco de los adjetivos, la musicalidad o el cromatismo y desdibujamos el contorno que debería ser una línea grácil, dando si acaso apariencia expresionista a la frase, borrosa de sentido, ambigua, engañosa, en ocasiones deslumbrante, si no se analiza demasiado y descubre que es una mancha, un juego de colores, un collage de recortes de luz de diferentes matices. Después me consuelo pensando que es posible que tenga que haber de todo, y que a lo mejor, a esos maravillosos dibujantes del trazo limpio y la palabra precisa, podría gustarles este azaroso, errático modo de escribir de los más perezosos, que ponemos las palabras tal como las pone el viento delante al moverlas, con cierto miedo a que se nos olviden.

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