lunes, 5 de marzo de 2007

Han puesto mordaza a las campanas, no dejaron
más que la del reloj de la torre más vieja,
ya no sirve
la espadaña
más que para que aniden las cigüeñas y trepe
la hiedra,
contando con sus tallos, minuciosamente
las hendidura,
los mechinales,
entre las piedras.
Ahora ya, con la magia de sus bronces apagada,
no queda voz
a la vieja iglesia,
sólo revolotean, asustadas,
cada vez que dan las doce y las repite,
cansado, el antiguo reloj,
las bandadas
de cornejas.

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