jueves, 19 de julio de 2007

La carretera va siempre bordeando el mismo rosario de pueblos, lugares y paisajes. Antes los atravesaba, a medida que la modernidad nos inunda, los bordea y llega un momento en que llega a ignorar la mayoría, que ahora quedan más allá de un altozano o disimulados por una ladera o un soto. De este tramo que acabo de recorrer, destaco dos paisajes: el del pueblo que trepa por la ladera de un altozano. Abajo, cerca de la carretera, la iglesia de la parroquia mayor, que, como suele ocurrir en Castilla, da la impresión al observador de que caben allí media docena de pueblos como el que se acurruca en torno a la iglesia, bajo su protección. Un caminito arranca de la parte baja, pasa ante el edificio del templo, sube vacilante, errático, por entre las casas que pululan sin más orden, concierto ni urbanismo que el capricho de cada cual y la alineación de la calle. Del otro lado del pueblo, de pronto se alza otra iglesia menor, pero ésta desgarbada, alta de espadaña tuerta de campanas. Luego el camino hace dos o tres quiebros más y se allega a la torre del telégrafo, casi totalmente desmoronada. Insisto en que tiene que haber alguna leyenda que siga el hilo de ese camino, y si no la hay, debería escribirse la novela. No sé si hacerlo.

Un poco más allá o acá, según se mire, junto a una de las escasas y abiertas curvas de la carretera, fuera de contexto, con el pueblo alejado, hay lo que debió ser una ermita y ahora son ruinas al pie de su erguido campanario. A los lados de la puerta de la fachada principal, hay una solana y en ella un banco de piedra en que hasta hace poco se sentaban unos cuantos viejos a tomar el sol, cada vez menos viejos, a lo largo de los años que llevo haciendo este camino, yendo y viniendo más de quince veces, idea y venida, es decir, más de treinta pasadas, ahora no queda ninguno y debían meterse en las ruinas vagabundos porque las han cerrado sobre sí y alzado las paredes laterales, por cierto que sin ensanchar ni establecer arbotantes. Se caerán. Todo el paisaje se va reasumiendo así, poco a poco, tratando de reconvertirse en llanura, absorber los adobes, disolverlos en su polvo, que, cuando llega esta época, adquiere la totalidad carnal del trigo recién segado. Más despacio, se alisan las redondeadas cúpulas de los cerros. Paras el coche, lo sacas del túnel a cielo abierto de la autovía, te subes a una de esas mínimas alturas y todo, alrededor, se convierte en una campana de cristal que te encierra.

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